Las emociones básicas son universales como lo demuestran diferentes estudios
en los que se observa que las expresiones faciales para ciertas emociones
son reconocidas en todas las culturas, sugiriendo que no son un resultado
del aprendizaje. Los bebés humanos exhiben expresiones de rabia, miedo,
alegría, tristeza, sorpresa o disgusto desde su primer año de vida. Esto
sugiere que diferentes redes neurológicas deben dar cuenta de diferentes
emociones primarias en humanos (Lane et al., 1997). Varios modelos han sido
propuestos para definir los correlatos neuroanatómicos de las emociones. Se
ha sugerido que las emociones básicas se encuentran localizadas en el
hemisferio derecho, o que las emociones de valencia positiva son mediadas
por el hemisferio izquierdo, mientras las de valencia negativa en el derecho
(Sackeim et al., 1982). Sin embargo, diferentes estudios no soportan la idea
de una separación hemisférica de las emociones, ni de sus valencias. En un
estudio se indujo tristeza a un grupo de voluntarios sanos pidiéndoles que
recordaran momentos tristes y, a través de evaluación imagenológica
funcional, se detectó que la actividad cerebral en la corteza orbitofrontal
bilateral se incrementaba (Pardo et al., 1993). Otros autores estudiaron la
alegría y la tristeza en 11 mujeres sanas combinando los recuerdos
personales con la exhibición de imágenes representativas de tristeza o
alegría. La tristeza fue asociada con un incremento bilateral de la
actividad en el cíngulo anterior, en la corteza prefrontal medial y en la
corteza temporal medial, así como en el tallo cerebral, el tálamo y el
caudado/putamen. La alegría en cambio fue asociada con una disminución de la
actividad en corteza prefrontal derecha y regiones temporo-parietales
(George et al., 1995). Finalmente, un estudio con 20 mujeres sanas, con un
procedimiento similar al anterior, mostró que la tristeza se asocia con
actividad incrementada en corteza prefrontal medial, tálamo, tallo cerebral,
caudado y putamen. Adicionalmente, se encontró un incremento en la actividad
cerebral regional en la corteza insular anterior durante la exposición a
recuerdos tristes o a imágenes que evocan tristeza. La corteza
orbitofrontal, concluyen otros autores, participa en la integración de la
información acerca de los mecanismos de recompensa y castigo asociados con
diferentes tipos de emociones (Lane et al., 1997).