Como ya he dicho en muchas ocasiones, nací y viví en un pequeño pueblo
de la Castilla más profunda, y allí jamás hubo mar, ni siquiera en los
lejanos tiempos de Pangea, por tanto, y a falta de fotos
suficientemente fieles, sólo tenía del mar una idea ciertamente vaga.
Bastante agua -salada, decían- y algo que llamaban olas, cuyo concepto
no acababa yo de imaginarme del todo.
La cuestión fue que después de casarnos, ambos vestidos de negro como
dictaban las costumbres, mi hermano Saturnino nos llevó en carro hasta
la estación de ferrocarril más próxima, muy cerca de la ciudad, que
distaba ocho leguas del pueblo, y allí nos dejó con nuestra maleta de
madera, de esquinas protegidas con chapa claveteada, y
convenientemente atada con una correa de cuero para evitar una
apertura accidental o malintencionada.
Esperamos cerca de tres horas hasta que cogimos nuestro tren. Menos
mal que llevábamos un par de fiambreras que, cautamente, había
preparado mi Sofía por si las moscas, y merced a una de esas
fiambreras pudimos entretener algo el tiempo y, cómo no, también
nuestros estómagos durante la espera. Como es natural hicimos el viaje
en tercera, y de ese modo pudimos disfrutar de aquellos incómodos
asientos de listones de madera, que parecían hechos más para acomodar
petates que para sentar personas.
Después de doce largas horas por fin llegamos a San Sebastián, justo
cuando amanecía. Y si nos decidimos por ir a esas tierras, no fue por
casualidad sino gracias a que nos había invitado un matrimonio
pariente nuestro, del pueblo, que unos años antes, cansados de segar,
decidieron emigrar precisamente a San Sebastián para montar allí una
carbonería.
Como estábamos tronzados de semejante viaje, de inmediato nos metimos
en la cama que los parientes nos habían preparado en su casa, y, a
fuer de ser sincero, lo cierto es que nos dormimos al instante a pesar
de nuestra recientísima consumación de los esponsales, por lo que el
tálamo, en vez de nupcial, fue meramente sobador, pero no de carnal
sobar sino de angelical dormir.
Nos despertamos al atardecer, y me van a disculpar pero prefiero
evitar los detalles que hubo entre el despertar y el momento de salir
de la alcoba para dar un paseo por San Sebastián.
Como es natural los parientes vivían cerca del puerto, en la zona
vieja, y todo su interés estaba en llevarnos al nuevo y elegante
ensanche de Cortázar. Hay que reconocer que me sorprendieron aquellos
grandiosos, nuevos y elegantes edificios tan diferentes a nuestras
sencillas y viejas casas de adobe, pero lo que más me sorprendió fue
el mar. Inmensamente grande, de un tamaño tal que jamás hubiera
imaginado que algo podía ser tan extenso. Por un momento intenté
calcular cuánta agua habría allí imaginándome el volumen de las parvas
de grano, pero en seguida me rendí. Aquello era imposible de medir.
Bajamos a la playa y vimos las olas de cerca. Me pareció absurdo. Cómo
era posible que viniese el agua con aquella fuerza partiendo de un mar
en calma… Porque unos metros más allá de donde se formaban las olas, y
hasta el infinito, el agua estaba inmóvil, entonces, ¿por qué se
desataba esa fuerza en la orilla? No podía entenderlo. Cogí un poco de
agua con las manos y me pareció agua de lo más normal aunque me habían
dicho que era salada. La probé y… ¡Dios! Aquello era pura salmuera.
Miré de nuevo hacia el horizonte a la vez que me secaba las manos en
el pantalón de pana y traté de imaginar cuántas leguas habría hasta el
fin de aquella inmensa distancia. Infinitas, pensé mientras paseaba
por la orilla con mi Sofía, cogidos del brazo. Nuestros parientes,
junto a nosotros, nos miraban divertidos al darse cuenta de nuestra
estupefacción.
Los siete días que estuvimos en San Sebastián, sin fallar uno, mi
Sofía y yo fuimos a la playa a ver el mar, un impresionante mar, un
gigantesco mar en calma, cuyas minúsculas orillas, insignificantes
comparadas con el inmenso mar, mostraban una casi constante agitación,
y eso que todo ello estaba formado por las mismas aguas.
Curiosamente, a día de hoy, el mar sigue exactamente igual en San
Sebastián. Y mi pueblo también.
El bisabuelo Antolín.
http://blogbisabueloantolin.es.kz/
Es muy probable que lo haga. Además tengo bastante buen recuerdo de mi
palomar, porque yo, amigo Xan das Bolas, tuve uno.
Un saludo.
Joer, Xan, y �como es que te da ahora por hablar de los palomares de
Castilla?
Por cierto, palomos y no palomares, hay muchos en mi tierra, Navarra. Si
alguno de otra regi�n puede reportar al respecto, que lo comente.
Un saludo.
>Xan das Bolas escribi�:
>> Por favor, h�blanos un poco de los palomares de Castilla, los de tu �poca.
>>
>>
>
>
>Joer, Xan, y �como es que te da ahora por hablar de los palomares de
>Castilla?
Por que son sitios de refocilo. (gracias DRAE)