El término español castidad, que se utiliza como reflejo del inglés, puede
no describir con la suficiente claridad el objetivo que se persigue en la
dominación femenina. No obstante, la Real Academia de la Lengua Española, en
una de sus acepciones, lo define como la “virtud de quien se abstiene de
todo goce carnal”. Obviamente, no responde exactamente a lo que solemos
entender por castidad, que incluye la privación de la eyaculación en el
hombre, no de cualquier goce carnal. La definición para un término que
podría ser equivalente, como abstinencia, es la siguiente: “virtud que
consiste en privarse total o parcialmente de satisfacer los apetitos”.
Bueno, el caso es que, aunque no estemos muy habituados a utilizar estas
palabras con el sentido que les damos en la dominación femenina, lo cierto
es que las definiciones del diccionario responden bastante bien al objetivo
y significado que les damos, por lo que serán las que utilicemos en este
artículo.
El objetivo básico de la castidad
Para empezar, subrayemos que en la dominación femenina la castidad o
abstinencia del varón no constituye un objetivo en sí mismo, sino un medio
para otro fin: mantener la excitación del hombre para que esté más centrado
en la mujer y más ansioso por servirla. Hay quien duda de que la ausencia de
eyaculación produzca este resultado. En realidad, no es exclusivamente la
ausencia de la eyaculación, sino su combinación con la excitación cotidiana
que suscita en el varón el hecho de ser dominado. Por lo tanto, nos estamos
refiriendo a la combinación de la estimulación del deseo masculino y la
negación de su culminación por medio del orgasmo. Es de sobra conocido que
el hombre sufre un bajón en su dedicación y en su devoción después de haber
eyaculado, tanto en una relación de pareja corriente como en la de
dominación. Un sumiso que eyacule frecuentemente se convierte en un servidor
descuidado y poco atento; o dicho de otra manera, para obtener de él un
servicio de la calidad que merece, su dueña tendrá que doblar sus esfuerzos
y su dedicación.
Sin embargo, un sumiso al que se mantiene excitado y permanece casto, es
decir, se le prohíbe el orgasmo, estará siempre mucho más deseoso de servir
a su ama y de adorarla de cualquier forma. Porque su dependencia de ella se
incrementa notablemente. Parece fuera de toda duda que la excitación
incrementa el fervor del esclavo por servir y, lo que es clave, la devoción
por hacerlo de la forma en que más pueda complacer a su dueña. Como en todo,
no podemos pensar que la cosa es blanco o negro, es cuestión de grados, pero
parece estar más allá de cualquier discusión que el grado de adoración del
esclavo por su Ama se ve notable y cotidianamente intensificado a causa del
binomio excitación/abstinencia. Puede decirse que la castidad, así
entendida, constituye una herramienta básica a la hora de conseguir tanto el
más perfecto servicio posible por parte del sumiso como la mutua
satisfacción de las dos partes que conforman la relación de dominación
femenina.
La sexualidad se centra en la satisfacción de la mujer
El éxito de esta práctica en las relaciones de dominación viene avalado
además por una característica mayoritaria en las mujeres: la facilidad del
orgasmo clitoridiano frente a la menor frecuencia del vaginal. El hecho de
que la mayoría de las mujeres alcancen más, o exclusivamente, el orgasmo
mediante la excitación del clítoris, hace que la castidad de su sumiso no
les suponga ningún problema para su sexualidad. El esclavo tiene manos,
labios y lengua para complacerlas a su gusto y con la frecuencia que deseen,
por lo que su pene pierde importancia relativa para la sexualidad femenina.
Y puesto que la dominación femenina implica que la sexualidad de la pareja
tiene como objetivo fundamental el placer de la mujer, el varón puede
perfectamente consagrarse a él aunque pase períodos de tiempo sin eyacular.
La prueba de que esto es así, la encontramos en que esta situación está muy
extendida entre las parejas que practican la dominación femenina. Son muchas
las mujeres que adiestran a sus sumisos para que perfeccionen su capacidad
de complacerlas oralmente. Algunas, aunque no la mayoría, dejan de practicar
el coito tradicional de manera permanente. La razón fundamental, como
decíamos, estriba en que la penetración no constituye un componente
importante de su disfrute sexual; y el otro motivo sería que la denegación
del acceso del varón a su vagina y la prohibición de la eyaculación aparece
como una potente plasmación de la dominación y, por lo tanto, de la
subordinación del hombre a sus intereses, especialmente si tenemos en cuenta
la usual fijación de los hombres con su pene y su eyaculación. Es una manera
de colocar en un lugar secundario un aspecto al que los hombres conceden
tanta importancia y de explicitarles su posición subordinada.
Ahora bien, hay mujeres que sí tienen orgasmos vaginales, y que no quieren
renunciar a la penetración, o algunas que aún no teniéndolos disfrutan
también de ella. En este caso, resulta obvio, si la sexualidad está
destinada al placer de la mujer, que deben buscarse maneras de mantener la
excitación del varón sin que ellas renuncien a ese placer que les provoca la
penetración. Por supuesto, la eyaculación debe estar reservada
exclusivamente a los momentos en que a la mujer le apetezca realmente
disfrutar de este modo, y no gastar las salvas, la eyaculación del varón,
por darle placer al sumiso. Porque así conseguiríamos que disminuya su
devoción sin obtener beneficio o placer a cambio.
El orgasmo del varón
En cualquier caso, los orgasmos del varón deben espaciarse lo más posible.
Una eyaculación cada dos semanas parece más que suficiente para mantener
limpias las tuberías del aparato genital masculino (con la edad puede
incrementarse el período de abastinencia), aunque sabemos de mujeres que
dejan eyacular a sus sumisos con menos frecuencia. Y puesto que la
eyaculación viene acompañada de una disminución del deseo del varón, debe ir
seguida de medidas que contribuyan a proporcionarle el estímulo adicional
para recuperarlo. Básicamente, dos son los marcos de actuación, dependiendo
de la forma en se produce la eyaculación, de si tiene lugar por masturbación
del sumiso, o si el orgasmo se ha alcanzado a causa del coito.
Cuando la mujer no está interesada en la penetración, la eyaculación del
sumiso se produce por vía de la masturbación, normalmente realizada por él
mismo, aunque hay algunas dominantes a las que les complace “ordeñar” a su
sumiso personalmente, quizá porque les parece que es una buena manera de
explicitar su dominio. De todas formas, hay una práctica casi generalizada
entre las parejas cuya relación se basa en la dominación femenina: el hombre
tiene absolutamente prohibida la masturbación sin permiso explícito de su
ama. Entonces, ¿cuándo y cómo eyacula el varón sumiso? El cuándo está claro:
cuándo su Ama lo considera conveniente, bien porque crea que conviene
desatascar sus tuberías para la buena conservación de la próstata, bien
porque, por cualquier razón, considere que es el momento. En el cómo pueden
producirse muchas variantes. Pero hay una consideración que comparten buena
parte de las dominantes más expertas: conviene que el varón sumiso eyacule
de una forma que le resulte humillante y ponga de manifiesto su posición
subordinada, además, y si es posible, que resulte divertida para su dueña.
Ms Rika utiliza generalizadamente un mecanismo: hace eyacular al varón
delante de ella, con frecuencia en su propia mano, y le mantiene un tiempo a
la espera con el semen en la mano, después del cual le obliga a tragárselo
hasta el último resto. La espera tiene dos objetivos: el primero, que se
enfríe el semen para que sea más desagradable comérselo; y el segundo, que
el sumiso pase un tiempo quieto y concentrado en lo que sabe que va a tener
que hacer poco después. Esta dominante nos dice haber comprobado lo
escasamente agradable que les resulta a los hombres comerse el semen, y que
este mecanismo le funciona bien para restituir con prontitud el deseo de
sumisión del varón.
Elise Sutton proporciona en sus escritos unos cuantos ejemplos de cómo
convertir en humillante la eyaculación masculina. Siempre partiendo de una
premisa básica: el varón debe masturbarse delante de su ama y no sólo. Esa
humillación puede acentuarse obligándole a hacerlo en una postura más
humillante (como puede ser que tenga que masturbarse en el suelo a cuatro
patas), o con determinada vestimenta. Puede también depender de la
situación: parece más humillante que se tenga que masturbar delante de ella
mientras la dominante realiza otra actividad que tenga poca relación con la
sexualidad: ver la televisión, leer o estar haciendo algo en su ordenador. Y
desde luego mucho más humillante si a la presencia de su ama se suma la de
otra mujer.
Un mecanismo, que también nos propone Elise, consiste en ligar la
eyaculación al disciplinamiento del sumiso: hacerle llegar mientras se le
azota. Se puede también incrementar su excitación en lugar de la
humillación, y hacerle eyacular en el culo o en otra parte del cuerpo de la
mujer y luego obligarle a lamerlo hasta dejarlo bien limpio. Un camino
similar lo constituye el que acude al tradicional fetichismo de los hombres,
haciendo lo mismo en las botas o zapatos de tacón de la dominante. Pero si
volvemos al terreno de la humillación, una posibilidad es obligarle a
masturbase mientras la mujer le proporciona, si esta práctica le complace,
una lluvia dorada. Y quizá una de las mejores formas de poner al sumiso en
su lugar es obligarle a eyacular mientras su ama se lo folla por detrás con
el arnés-consolador. Como se ve, las posibilidades son múltiples, y estos
pocos ejemplos bien pueden servir para estimular la imaginación de la
dominante a la hora de construir las prácticas que mejor se adecuen a su
personalidad y al objetivo que persigue.
No obstante, hay que decir que unas pocas dominantes piensan que la
eyaculación del varón resulta siempre inconveniente. Porque nada le añade a
su sexualidad femenina y porque relaja la predisposición de su sumiso. Y
puesto que conviene, por motivos de salud, que el varón expulse su semen de
vez en cuando, acuden a una práctica sustitutoria de la eyaculación: el
masaje o excitación de la próstata. Introduciendo un dedo por el culo del
esclavo se masajea la próstata y se consigue que expulse el semen sin
proporcionarle el placer y, además, el bajón del orgasmo.
Recuperar la devoción del sumiso
Todo el apartado anterior contempla la eyaculación del varón por medio de la
masturbación, pero no es aplicable cuando ésta se produce en el coito. No
obstante, y como decíamos, lleguen como lleguen, los hombres pierden
intensidad en su sumisión después de la eyaculación. Y esa pérdida se
prolonga durante un tiempo, por lo que resulta obligado contemplar un
refuerzo extra tras el orgasmo para que el sumiso recupere con la mayor
rapidez posible un alto nivel de deseo por servir y atender a su ama.
Ese bajón al que nos referimos se palia en cierto grado si el sumiso ha
eyaculado de forma humillante. La humillación le recuerda su posición y su
dependencia de la dominante y contribuye, por consiguiente, a mantenerle en
su sitio. Aunque, pese a ello, conviene no olvidar que quizá no sea
suficiente para contrarrestar completamente la disminución de la intensidad
de la sumisión que le provoca el orgasmo. Sin embargo, cuando el sumiso
eyacula por medio del coito, sin haberse producido ninguna circunstancia
potente que le recuerde que su papel en la vida es servir a la mujer, el
refuerzo de la sumisión se torna casi imprescindible.
Esa tarea no requiere de prácticas o actividades especiales, se trata, en
suma, de intensificar los comportamientos habituales destinados a mantener
al sumiso en su posición, y dependerán, por lo tanto, del comportamiento
habitual en cada pareja. Si la dominante acostumbra a disciplinar
físicamente a su esclavo, quizá debería pensar en que una sesión de
disciplina debería seguir siempre a la eyaculación del hombre. Si la
dominación se explicita y se impone de forma más verbal que física, se
debería potenciar en ese momento el comportamiento dominante, recurriendo,
si suele practicarse, a un incremento de la humillación verbal hasta el
máximo nivel. Si el dominio se concreta por medio de la prescripción de
tareas o trabajos de cualquier tipo, este es el momento de poner rápidamente
al sumiso a trabajar. No hace falta pensar en grandes cosas, se trata de
reforzar la dominación en sus términos habituales, para que el sumiso
recupera la intensidad de su dedicación y, sobre todo, vuelva a centrarse lo
más rápidamente posible en el servicio a su dueña.
El trabajo de la dominante
Pese a lo dicho, algunas mujeres piensan que un auténtico sumiso debe
estimularse a sí mismo para mantener la energía que le permite sostener con
intensidad la dedicación a su ama; que ese es su trabajo, no el de ellas.
Desde el punto de vista de la dominación, parece difícil cuestionar esta
postura; pero la dominación femenina como estilo de vida no es
exclusivamente dominación, sino también relación. Y en una relación entre
dos personas parece obligado contemplar las necesidades de las dos personas
que la conforman. Cierto que eso debe hacerse desde la posición que provoca
el intercambio de poder que caracteriza a la dominación, esto es, una
relación claramente desigual por la preeminencia que se concede por ambas
partes a las necesidades y deseos de la mujer. Pero no podemos olvidar que,
por mucha que sea la dominación, un ama debe tener presente también las
necesidades de su sumiso y colaborar a nutrirlas.
Claro que esta situación nos conduce a una pregunta que resulta bastante
habitual: ¿debe asumir la dominante un trabajo arduo y continuo para
recuperar la energía de su sumiso o, dicho de otra forma, para mantenerle
excitado? ¿No estaríamos asistiendo así, en realidad, al dominio indirecto
del sumiso sobre la mujer a la que tendría que servir? Obviamente, la
contestación a estas preguntas va mucho más allá del espacio exclusivo de la
práctica de la castidad a la que se dedica este artículo, pero parece
obligado contestarla, siquiera mínimamente. La buena práctica de la castidad
requiere tanto del refuerzo de la sumisión tras la eyaculación del varón,
como de una continuidad en mantener su excitación para que la abstinencia se
convierta en un acicate para el buen servicio hacia quien le domina.
Así que el posible conflicto que a algunas les podrían crear preguntas como
las anteriores, bien podría resolverse por la combinación de las
características tanto de la dominación como de la relación: una dominante
debe colaborar al mantenimiento de la relación y, por lo tanto, a las
necesidades de su sumiso, pero sin olvidar que es el sumiso quien está
dedicado a servirla a ella y no al revés. ¿Cómo hacerlo? Parece que debe
buscarse una solución que no obligue a la dominante a un trabajo excesivo,
que pudiera indicar que el intercambio de poder se hubiera invertido. Se
trata de colaborar a mantener al sumiso excitado o a recuperar esa
excitación tras la eyaculación con un esfuerzo y una dedicación que no
pueden ser muy grandes. Es decir, se trata de recurrir a pequeños
recordatorios o pequeñas intensificaciones de la dominación, que resulten
cómodamente asumibles para el Ama y no le supongan mucho esfuerzo o,
incluso, tiempo.
Esas pequeñas cosas pueden ser de muchos tipos, pero en realidad dependerán
de las prácticas y del estilo que haya impuesto la dominante en la
cotidianidad de la pareja. Pongamos algunos ejemplos para que se entienda:
después de un polvo, a la mujer podría apetecerle dormirse mientras le
proporcionan un suave masaje en la espalda o tan sólo se la acarician; ya ha
puesto a trabajar a su sumiso para ella (y puede ser un buen rato si tarda
en dormirse), y le está recordando para lo que está, cuál es su posición y
centrando su atención en ella, sin necesidad de tener que dedicarse a
trabajar para él. Si el polvo o la masturbación hubieran sido de sobremesa,
la dominante puede obligar al sumiso a permanecer en el cuarto, fuera de la
cama, mientras ella se duerme la siesta, con lo que él dispondría de una
hora para observarla y pensar en su Ama. Claro que, con siesta o sin siesta,
podría también ponerle a trabajar para ella a hacer tareas domésticas o de
otro tipo. Además, la dominación podría explicitarse convirtiendo esos
trabajos en mero capricho de ella, como ponerle a limpiar un baño que
estuviera completamente limpio. La arbitrariedad, lo innecesario de la
acción, incrementa la explicitación tanto de su poder como de la sumisión
del esclavo a sus caprichos.
Se pueden asumir soluciones de más intensidad sin que apenas obliguen a la
dominante a “dedicarse” a su sumiso. Por ejemplo, atarle en una posición de
una forma que le acabe por provocar incomodidad y dejarle en esa posición el
tiempo que se considere necesario. O en lugar de dejarle en la habitación,
como decíamos, de cualquier manera, obligarle a permanecer de rodillas el
tiempo necesario para que se convierta en un castigo físico. En el caso de
que sean habituales prácticas más físicas en la relación, puede bastar con
colocarle unas pinzas en los pezones para recordarle lo que pretendemos
recordarle y estimular su sumisión. De nuevo, los ejemplos simplemente
sirven para evidenciar que las posibilidades son múltiples y que deben
enmarcarse en el comportamiento habitual de cada pareja que practica la
dominación femenina; además, no deben suponer una carga de trabajo para la
dominante que contradijera la realidad de que es el sumiso quien tiene que
trabajar para ella.
El placer y la sumisión del varón
Ya hemos repetido una obviedad: en la dominación femenina la sexualidad debe
concentrarse en el placer de la dominante. Pero, como sabemos, esto no
significa que el hombre no obtenga el suyo, sino simplemente que lo obtiene
como resultado colateral, aunque intenso, del placer que le proporciona a su
ama. ¿Qué le ocurre al varón sumiso obligado a la abstinencia? Pues que se
ve obligado a renunciar a un breve momento por el que todo hombre suspira, a
cambio de mantener un más alto estadio de excitación de forma bastante
permanente. No hay más que preguntarles a los hombres obligados a practicar
la castidad para comprobar que su placer se incrementa. Y esto es tan claro
que son numerosos los ejemplos en los que muchos de ellos suspiran por esta
forma de dominación, incluso aunque no la estén practicando, bien porque su
dueña no lo haya considerado oportuno, bien porque no la tengan (puede
comprobarse en las páginas que circulan por Internet sobre la castidad).
Como en muchos aspectos de la vida, una renuncia constituye la base sobre la
que se asienta el éxito posterior; en este caso, la posposición del momento
culminante del placer, que supone la eyaculación para los varones, deviene
en la intensificación del tiempo durante el cual se disfruta del placer,
entre otras cosas, porque también el hombre disfruta de las consecuencias
positivas de evitar la relajación o el bajón que se produce tras su orgasmo.
Pero el placer del varón no queda ahí, porque en la dominación femenina su
goce se alimenta también del servicio a su ama. El auténtico sumiso obtiene
un innegable placer cuando sirve a su dueña, y ese placer se incrementa en
función de su excitación, y esa excitación crece significativamente por
medio de la práctica de la castidad. En consecuencia, la necesidad de elevar
el nivel de excitación tras el orgasmo revierte en el mutuo beneficio de las
dos partes de la relación, que no es otro que potenciar la dominación
femenina y el intercambio de poder que conlleva.
Aparato de castidad: ¿estímulo o necesidad?
Entremos en este punto en la cuestión más práctica. Los aparatos o
cinturones de castidad están cada vez más a la orden del día, aunque como
sucede habitualmente sean de más difícil adquisición en los países de habla
española que en los del norte de Europa o América; pero este es nuestro
sino. ¿Es imprescindible un aparato de castidad para la práctica de la
abstinencia? La respuesta es clara e inequívoca: no. La pretendida necesidad
de esos aparatos forma mucho más parte de las fantasías de los varones
sumisos que de la realidad. La castidad, como en muchas opiniones la propia
dominación femenina, requiere simplemente, y para empezar, que la
eyaculación del sumiso pertenezca inexcusablemente a la dominante. Resulta
obligado que el hombre sólo eyacule cuando así lo decida su dueña. Pero no
resulta imprescindible, ni mucho menos, un aparato para obtener ese
resultado.
En una buena relación de dominación femenina resulta inconcebible que el
varón se masturbe a espaldas de su ama si lo tiene prohibido. Si un sumiso
no es capaz de observar una regla de esa importancia, mejor que se dedique a
otra cosa. No obstante, y para ayudarle, puede añadirse alguna amenaza
realmente seria ante el posible incumplimiento. Conozco a una dominante que
me decía: “Eso es facilísimo. El orgasmo de mi sumiso me pertenece, y
considero este asunto parte primordial de nuestra relación de dominación.
Así que simplemente le comuniqué que si comprobaba, o tenía fundadas
sospechas de que se masturbaba a escondidas, la consecuencia sería
automática: adiós. No toleraría, de ningún modo, tal deslealtad, una falta
de ese calibre”. Efectivamente, parece difícil encontrar un castigo mayor
para un sumiso. Y tiene razón esta dominante en que la deslealtad hacia ella
que supone que un sumiso se masturbe a sus espaldas es tan innegable como
grave. No está demás, por tanto, insistir en que si un sumiso no puede
someterse a la obligación de la abstinencia, mejor que vaya pensando en otra
forma de vida.
Ahora bien, que un auténtico sumiso no necesite de aditivos para no eyacular
cuando lo tiene prohibido, no significa que los aparatos de castidad
resulten inútiles. Por eso su uso está bastante extendido entre las parejas
que practican la dominación femenina. En realidad, por tres motivos
fundamentalmente: el primero, porque ver enjaulados los genitales de su
sumiso contribuye a alimentar la sensación de poder de la dominante, y
además le facilita acostumbrarse a pensar más en su propio placer. Meterse
en la cama con él enjaulado muestra que la eyaculación del sumiso no es una
opción, y que todo lo que se haga está destinado sobre todo a colmar los
deseos de satisfacción sexual del ama. En segundo lugar, el varón, con sus
órganos genitales encerrados en un aparato de castidad, recuerda a todas
horas su situación de dependencia, lo que contribuye a estimularle, y le
ocurre también lo mismo: al estar descartada la culminación orgásmica de su
placer en el encuentro erótico, es más consciente de que su labor debe
centrarse en el placer y el orgasmo de su ama. Por último, y para ambos,
constituye un recordatorio muy gráfico, y continuado, que explicita y
recuerda a los dos la presencia de la dominación femenina en la relación.
Los aparatos de castidad se utilizan de diversas formas y con diferentes
intensidades según las preferencias de la pareja. Algunas dominantes
mantienen a su sus sumisos casi permanentemente enjaulados durante períodos
de tiempo muy largos, llegan incluso a descartar la posibilidad del coito, y
les liberan muy de vez en cuando para obligarles a masturbarse u ordeñarles
por medio del masaje de la próstata. En otros casos, las dominantes
prefieren utilizarlos por temporadas, que pueden prolongarse de una a varias
semanas, alternándolos con otras en las que el sumiso no los lleva; hay
quien los utiliza, con estas cadencias temporales, como castigo para el
esclavo cuyo comportamiento necesita ser estimulado. Y algunas dominantes
los utilizan exclusivamente cuando su sumiso va a estar alejado, porque
alguno de los miembros de la pareja vaya a viajar, o simplemente por una
mera salida, para que el sumiso esté enjaulado siempre que permanezca fuera
del control directo de su dueña. También aquí la variedad de su uso es
notable, y depende de las preferencias de quien controla la relación, la
mujer.
El aparato de castidad más popular, por su bajo precio y la facilidad de
uso, ha sido durante los últimos años el CB-2000, al que pueden añadirse hoy
sus más recientes variantes: CB-3000 y The Curve (aunque estos aparatos son
estadounidenses, pueden solicitarse por Internet, y el servicio de entrega
funciona muy bien). No obstante, hay quien prefiere los más sólidos y
tradicionales cinturones de castidad, pero su precio es significativamente
superior y normalmente tienen que ser construidos a medida. Para una
información más exhaustiva sobre estos aparatos y cinturones de castidad
puede acudirse al sitio web de Altarboy,: http://www.tpe.com/~altarboy/, que
es probablemente el mejor que puede hallarse en Internet, pero como nos
ocurre habitualmente... está en inglés.
Conclusión
La castidad, la abstinencia del varón, constituye una herramienta importante
y muy extendida entre las parejas que practican la dominación femenina. Cada
mujer la adapta a su peculiar estilo de dominación, pero el objetivo básico
es siempre mantener la excitación del sumiso para centrarle en las
necesidades de su dueña y mantener lo más alto posible su deseo de servirla
y complacerla. Parece obvio que ese deseo sufre una pérdida de intensidad
tras la eyaculación, así que se trata de evitar esa pérdida de intensidad o
disminuirla espaciando considerablemente las eyaculaciones. No obstante, la
conservación saludable del sumiso y, en otros casos, los deseos de la
dominante fuerzan el orgasmo del primero, por lo que resulta conveniente
intensificar la dominación para que el sumiso recupere con rapidez la
devoción por su ama y el anhelo de servirla tras el bajón que siempre se
produce en los varones tras la eyaculación. La castidad es una actividad que
a la mayoría de las parejas les parece casi consustancial con las maneras y
objetivos de la dominación femenina, de ahí que su práctica se encuentre tan
extendida entre estas parejas.
> La castidad en la dominación femenina
> María Salazar
>
> El término español castidad, que se utiliza como reflejo del inglés,
> puede no describir con la suficiente claridad el objetivo que se
Esa teoría me suena, se trata de una teoría Nacional-Catolicista
con la que instruian a las mujeres en la sección femenina de la
falange, en la epoca del tío Paco.
La idea, es que a ellas se las instruía para hacernos chantaje con
su coño, y proporcionarnos sexo con cuentagotas, eso si, despues de
casados, y para la procreación.
Por cierto, ¿Eres Blanca o te han suplantado?
--
Lokutus, asimilando la red.
> La idea, es que a ellas se las instruía para hacernos chantaje con
> su coño, y proporcionarnos sexo con cuentagotas, eso si, despues de
> casados, y para la procreación.
"Pues las inmigrantes no están educadas así, y follan tan ricamente, con
lo que las españolas, lo llevan clarinete".
Esta frase no es mía, es de un taxista.
besos
vicente
"Escudo.es" <Escudo....@terra.es> escribió en el mensaje
news:0793f0p56e9pes30f...@4ax.com...
-----
"vagoso" <vag...@hotmail.com> escribió en el mensaje
news:ccsebr$ll7$1...@nsnmpen2-gest.nuria.telefonica-data.net...
----
"Garr@fón" <daf_069-...@hotmail.com> escribió en el mensaje
news:2le0dkF...@uni-berlin.de...
besos
vicente
"Garr@fón" <daf_069-...@hotmail.com> escribió en el mensaje
news:2le0gvF...@uni-berlin.de...
Eres la persona que mas cambias de nick en todo 'intesnet'
Saludos
--
** Dr. Tetonik **
**
¡ Atención SSSSSSSSPAMER !
Si deseas enviar SPAM hazlo a: webm...@buscargente.com
**
"maria del mar" <ante...@terra.es> escribió en el mensaje
news:qHyIc.1473356$A6.58...@telenews.teleline.es...
> muchos machos somos sumisos, aunque eyaculemos, por que?
¿Para ti que es ser macho?
¿Para ti que es ser sumiso?
¿Por qué crees que una cosa tiene que ver con la otra?
--
Quintus
quintus (arroba) gmail (punto) com
> todo esto es falso, a veces de follar mucho te vuelves supersumiso y
> ante una tía que no se te abre, te vuelves rebelde, todo es complejo,
> muy complejo, un abrazo.
No estoy expresando mi opinión, simplemente estoy describiendo,
que es lo que se enseñaba a las mujeres, además de planchar y fregar
en la época de Franco.
> Antavian!!!
>
> Eres la persona que mas cambias de nick en todo 'intesnet'
Hay otro más, y le conoces.
Mencionarle, es invocarle, psssssssssss
Amen.
"Lokutus" <m...@privacy.net> escribió en el mensaje
news:2lgjilF...@uni-berlin.de...
saludos
vicente
"Tino" <ti...@psoebenalmadena.org> escribió en el mensaje
news:nuQIc.1495122$A6.58...@telenews.teleline.es...
--
** Dr. Tetonik **
**
¡ Atención SSSSSSSSPAMER !
Si deseas enviar SPAM hazlo a: webm...@buscargente.com
**
"maria del mar" <ante...@terra.es> escribió en el mensaje
news:KQRIc.1496187$A6.59...@telenews.teleline.es...
Saludos
--
** Dr. Tetonik **
**
¡ Atención SSSSSSSSPAMER !
Si deseas enviar SPAM hazlo a: webm...@buscargente.com
**
"Tino" <ti...@psoebenalmadena.org> escribió en el mensaje
news:nuQIc.1495122$A6.58...@telenews.teleline.es...
"Dr. Tetonik" <mira_m...@hotmail.com> escribió en el mensaje
news:2lifd2F...@uni-berlin.de...
--
** Dr. Tetonik **
**
¡ Atención SSSSSSSSPAMER !
Si deseas enviar SPAM hazlo a: in...@vipnoche.com
**
"Tino" <ti...@psoebenalmadena.org> escribió en el mensaje
news:w_WIc.1498284$A6.59...@telenews.teleline.es...
"Tino" <ti...@psoebenalmadena.org> escribió en el mensaje
news:nuQIc.1495122$A6.58...@telenews.teleline.es...
--
** Dr. Tetonik **
**
¡ Atención SSSSSSSSPAMER !
Si deseas enviar SPAM hazlo a: in...@vipnoche.com
**
"Piaf" <alegrias1...@hotmail.com> escribió en el mensaje
news:2lkcckF...@uni-berlin.de...
"Tino" <ti...@psoebenalmadena.org> escribió en el mensaje
news:w_WIc.1498284$A6.59...@telenews.teleline.es...
--
** Dr. Tetonik **
**
¡ Atención SSSSSSSSPAMER !
Si deseas enviar SPAM hazlo a:
in...@vipnoche.com
in...@chufo.com
**
"Piaf" <alegrias1...@hotmail.com> escribió en el mensaje
news:2lptq9F...@uni-berlin.de...