En La Nación de Buenos Aires apareció hoy un artículo al respecto que copio
a continuación. Da una visión, si se puede llamar visión a lo que el
periodista sintió al visitar y comer en ese local. Interesante.
Pedro luis
El sabor de la oscuridad
En Seefeld, un barrio elegante de Zurich, el restaurante Blindekuh propone
una experiencia única en el mundo: comer totalmente a oscuras, sin siquiera
la luz del reloj o el celular. La Revista estuvo en este lugar, concebido
por un grupo de ciegos, y pudo sumergirse por unas horas en una experiencia
peculiar que ya está haciendo furor en el mundo. Tanto que, en Buenos Aires,
una ONG inauguró un comedor a oscuras para integrar a chicos no videntes con
alumnos de escuelas regulares
Apaguen las luces, por favor. El marco de este relato es negro, mucho más
negro que una noche sin luna.
.
Que no se vea nada. Para entrar en el mundo de Blindekuh es necesario
quedarse a oscuras. Sin rendijas ni reflejos. Ni siquiera la luz del reloj.
Sólo en la oscuridad más oscura se podrá entender de qué se trata este
restaurante suizo concebido y atendido por ciegos.
.
Suiza es un país de hábitos tempranos, así que llegar a comer a las 19 es de
lo más normal. Blindekuh queda en una antigua iglesia luterana de Seefeld,
barrio elegante y tranquilo de Zurich.
.
En la entrada, un cartel negro impreso con letras blancas: Sólo con el
corazón se puede ver bien. Luego de cruzar el portal de madera, un perro
labrador husmea a los que llegan hasta que un hombre robusto que está detrás
de un mostrador lo llama. Urban Hartmann, ese hombre robusto, con barba y
pelo largo y blanco, era un camionero que perdió la vista luego de un
accidente. Hoy forma parte del equipo de veinte empleados no videntes y diez
que pueden ver que trabaja en el único restaurante de su tipo en el mundo.
.
Blindekuh significa vaca ciega y es la versión alemana de ese inquietante y
divertido juego de chicos, el gallito ciego.
.
Antes de entrar, se espera unos minutos en el hall despojado y silencioso.
El mundo de la luz todavía está encendido. De una pared, cuelgan tres
pizarrones negros con los platos del día escritos en tiza. Ahí uno los ve y
decide qué quiere comer. Adentro, la moza los puede repetir, pero ya no se
ven. Sopa al curry, ciervo con repollitos de bruselas, penne rigatti a la
scarparo. De postre, torta de chocolate, pastel de manzana o frutas.
.
Enseguida se acerca una chica rubia, alta, suiza. Tenía el pelo atado, un
delantal y los ojos sin pupilas, blancos. "Soy Anneliese, su camarera. Ahora
vamos a pasar al restaurante. Les pido que apaguen teléfonos celulares, se
saquen los relojes si tienen luz y los encendedores -no se puede fumar-, y
apoyen sus manos en mis hombros. Déjense llevar. Si durante la comida
necesitan algo, griten mi nombre", dice, parada en el codo de penumbra que
precede al salón comedor.
.
Regla número uno: la confianza ciega es la base para pasarla bien.
.
Anneliese Müller tiene 23 años y, además de trabajar en Blindekuh, estudia
lenguas: alemán, inglés y francés. Me tomo de sus hombros flacos y
desaparecemos en la oscuridad. En ese preciso momento se anuló el sentido de
la vista y todos los demás se desperezaron, potenciándose. Anneliese
zigzagueó y un mar de voces se agigantaba en el espacio insondable. Mis
pasos eran de plomo. "La vista les da el balance para moverse, ahora ya no
la tienen, así que atención a los sonidos", explicó, y me así de esa voz
como un ciego de su bastón.
.
En general, cuando nos cruzamos con un ciego, él está en nuestro mundo, lo
recorre a tientas, como puede, como lo dejan. Quizá le damos el brazo para
cruzar la calle. Algunas veces, cuando no estamos apurados. En Blindekuh se
invierten los roles y todos somos discapacitados. Necesitamos de ellos para
desplazarnos, ellos nos guían.
.
"Además de darles trabajo a ciegos y disminuidos visuales, esta experiencia
permite a los que ven apreciar la habilidad de moverse en la oscuridad",
afirmó Adrian Schaffner, el manager, que no es ciego y vivió el desafío de
pasar de la elegancia y el glamour de un restaurante cinco estrellas a uno
en el que no se ve nada. Anneliese se mueve en la oscuridad como pez en el
agua y deja a cada uno en su silla. Seguros, pero dependientes.
.
Las manos están más curiosas que nunca. Mantel de algodón, cubiertos fríos,
una copa. La mesa está puesta. Los primeros minutos me sentí incómoda,
encerrada. La oscuridad da frío. Se escuchan voces muy cerca, tanto que
invitan a estirar el brazo y ver qué hay más allá del propio plato. La mesa
continúa y, apenas unos centímetros más allá hay una camisa, un reloj...
¡Ah! un brazo, disculpe, señor. "Las mesas son alargadas para que los mozos
se muevan más cómodos. En cada una se sientan seis personas", explicó el
encargado.
.
Blindekuh nació a fines de 1999 y desde entonces su repercusión crece en
Suiza y en el mundo. "Hoy nos llegan reservas de todos lados y muchas veces
no las podemos tomar porque nos superan", cuenta Schaffner y agrega que, si
hoy pidieran una mesa dos personas para cenar, la fecha más cercana que les
ofrece la computadora es julio de 2003. Regla número dos: cruzar la barrera
del miedo, relajarse. Pedimos vino, un tinto español, de La Rioja.
.
Poco a poco, el cuerpo absorbe la oscuridad, la vista se acostumbra al negro
y se distinguen sonidos en la confusión. ¿Campanas? No, cascabeles. Los
llevan los camareros en las rodillas, para no chocarse entre ellos. Atrás de
ese sonido dulce y musical viene un achtung, más gutural, bien alemán.
Quiere decir cuidado y es parte del código de los camareros. Parece
increíble, pero en este restaurante no se rompen muchos platos ni vasos.
"Igual que en cualquier otro, uno cada tanto", dijo Schaffner. Risas,
después de los cascabeles se escucharon mil risas. Graves, agudas. De
hombres y de mujeres. Resfriadas, abiertas, tímidas, exageradas. Risas que
se acercaban y se alejaban como olas.
.
"Aquí está el vino. Voy a apoyar la botella en el centro de la mesa, las
copas están a su derecha, disfruten." Aunque apenas la conocía, cuando la
voz de Anneliese estaba cerca me sentía en casa.
.
La botella pesa más que siempre, el borde de la copa de cristal es finísimo
y frágil. La mesa, de madera y está barnizada. El pan tiene gusto a
cereales. ¿De qué color serán las servilletas?
.
Además de comer, uno está obligado a estimularse sin ver. Todo es tacto,
olfato, oído y gusto.
.
María Oddo, de 27 años, es la moza de la mesa de al lado. Le avisan desde la
cocina por un intercomunicador que los spaghetti de la mesa cinco están
listos.
.
María está en el restaurante porque un compañero faltó, pero trabaja en las
oficinas frente a una computadora ideada por Accesstech, una empresa suiza
que fabrica soft para ciegos. Tiene un teclado braille y además, por medio
de un micrófono, la máquina le lee los e-mails. Ella toma reservas, habla
con proveedores, es ágil y efectiva. Llega la sopa, la más caliente y
aromática de las sopas. Luego el ciervo, tierno y de gusto intenso, que
trajo algunos problemas prácticos y es necesario usar las manos para marcar
los límites del trozo de carne que uno se lleva a la boca, o mantener los
fideos a raya.
.
El chef Thomas Haeni, que no es ciego, se las arregla para desmitificar eso
de que la comida entra por los ojos. "En un restaurante cualquiera, los
colores son fundamentales, pero aquí no valen, así que combinamos texturas,
verduras con carnes y muchas especias en busca de lo más agradable." Regla
número tres: dejar la prisa a un lado y tomarse todo el tiempo del mundo
para comer, para sentir.
.
"Estamos a punto de incribirnos en Slow Food, un club que aboga por el
placer de disfrutar cada bocado y se opone al concepto de fast food", cuenta
Adrian. Me devoré el sabor del chocolate, mastiqué el aroma oscuro de esa
torta blanda y me sentí extrañamente cómoda en la oscuridad. De pronto,
ansié que la velada durara un rato más. Pero no, puntualmente, a las 23.30
el grupo de ciegos tiene una camioneta que los lleva a la estación más
cercana desde donde toman el transporte que necesiten. Blindekuh es un
happening, una experiencia perfecta para los que buscan nuevos sabores. Pero
también un viaje a otra realidad, un informe vivencial sobre el mundo de los
ciegos. Camino al hotel, pensé en los recuerdos que uno junta en su vida. De
paisajes, de momentos, del fuego. Luego de Blindekuh queda un recuerdo
negro, que no es triste. Simplemente es negro, como la suma de todos los
colores.
.
Texto: Carolina Reymúndez
.
Qué, cómo, cuándo, dónde
.
El disparador de Blindekuh fue una exhibición que se hizo en Zurich hace
cuatro años. Se llamó Diálogo en la oscuridad y recreaba diferentes
situaciones en las que personas ciegas guiaban a los que pueden ver. La
muestra tuvo tanto éxito que Jorge Spielmann, un pastor que participó, y
tres amigos más, también no videntes, abrieron el restaurante.
.
Qué se puede comer
Hay tres o cuatro platos yopciones vegetarianas. Se utilizan verduras y
productos de la estación
.
Cuándo se puede ir
Al mediodía y a la noche
.
Cómo se paga
A la entrada se entrega un chip con un número, se computa cada pedido y se
paga a la salida.
Dónde queda
En Mühlebachstrasse 148, Seefeld. La parada Höschgasse de los tranvías 2 y 4
está cerca. www.blindekuh.ch
.<< Comienzo de la notaApaguen las luces, por favor. El marco de este relato
es negro, mucho más negro que una noche sin luna.
.
Que no se vea nada. Para entrar en el mundo de Blindekuh es necesario
quedarse a oscuras. Sin rendijas ni reflejos. Ni siquiera la luz del reloj.
Sólo en la oscuridad más oscura se podrá entender de qué se trata este
restaurante suizo concebido y atendido por ciegos.
.
Suiza es un país de hábitos tempranos, así que llegar a comer a las 19 es de
lo más normal. Blindekuh queda en una antigua iglesia luterana de Seefeld,
barrio elegante y tranquilo de Zurich.
.
En la entrada, un cartel negro impreso con letras blancas: Sólo con el
corazón se puede ver bien. Luego de cruzar el portal de madera, un perro
labrador husmea a los que llegan hasta que un hombre robusto que está detrás
de un mostrador lo llama. Urban Hartmann, ese hombre robusto, con barba y
pelo largo y blanco, era un camionero que perdió la vista luego de un
accidente. Hoy forma parte del equipo de veinte empleados no videntes y diez
que pueden ver que trabaja en el único restaurante de su tipo en el mundo.
.
Blindekuh significa vaca ciega y es la versión alemana de ese inquietante y
divertido juego de chicos, el gallito ciego.
.
Antes de entrar, se espera unos minutos en el hall despojado y silencioso.
El mundo de la luz todavía está encendido. De una pared, cuelgan tres
pizarrones negros con los platos del día escritos en tiza. Ahí uno los ve y
decide qué quiere comer. Adentro, la moza los puede repetir, pero ya no se
ven. Sopa al curry, ciervo con repollitos de bruselas, penne rigatti a la
scarparo. De postre, torta de chocolate, pastel de manzana o frutas.
.
Enseguida se acerca una chica rubia, alta, suiza. Tenía el pelo atado, un
delantal y los ojos sin pupilas, blancos. "Soy Anneliese, su camarera. Ahora
vamos a pasar al restaurante. Les pido que apaguen teléfonos celulares, se
saquen los relojes si tienen luz y los encendedores -no se puede fumar-, y
apoyen sus manos en mis hombros. Déjense llevar. Si durante la comida
necesitan algo, griten mi nombre", dice, parada en el codo de penumbra que
precede al salón comedor.
.
Regla número uno: la confianza ciega es la base para pasarla bien.
.
Anneliese Müller tiene 23 años y, además de trabajar en Blindekuh, estudia
lenguas: alemán, inglés y francés. Me tomo de sus hombros flacos y
desaparecemos en la oscuridad. En ese preciso momento se anuló el sentido de
la vista y todos los demás se desperezaron, potenciándose. Anneliese
zigzagueó y un mar de voces se agigantaba en el espacio insondable. Mis
pasos eran de plomo. "La vista les da el balance para moverse, ahora ya no
la tienen, así que atención a los sonidos", explicó, y me así de esa voz
como un ciego de su bastón.
.
En general, cuando nos cruzamos con un ciego, él está en nuestro mundo, lo
recorre a tientas, como puede, como lo dejan. Quizá le damos el brazo para
cruzar la calle. Algunas veces, cuando no estamos apurados. En Blindekuh se
invierten los roles y todos somos discapacitados. Necesitamos de ellos para
desplazarnos, ellos nos guían.
.
"Además de darles trabajo a ciegos y disminuidos visuales, esta experiencia
permite a los que ven apreciar la habilidad de moverse en la oscuridad",
afirmó Adrian Schaffner, el manager, que no es ciego y vivió el desafío de
pasar de la elegancia y el glamour de un restaurante cinco estrellas a uno
en el que no se ve nada. Anneliese se mueve en la oscuridad como pez en el
agua y deja a cada uno en su silla. Seguros, pero dependientes.
.
Las manos están más curiosas que nunca. Mantel de algodón, cubiertos fríos,
una copa. La mesa está puesta. Los primeros minutos me sentí incómoda,
encerrada. La oscuridad da frío. Se escuchan voces muy cerca, tanto que
invitan a estirar el brazo y ver qué hay más allá del propio plato. La mesa
continúa y, apenas unos centímetros más allá hay una camisa, un reloj...
¡Ah! un brazo, disculpe, señor. "Las mesas son alargadas para que los mozos
se muevan más cómodos. En cada una se sientan seis personas", explicó el
encargado.
.
Blindekuh nació a fines de 1999 y desde entonces su repercusión crece en
Suiza y en el mundo. "Hoy nos llegan reservas de todos lados y muchas veces
no las podemos tomar porque nos superan", cuenta Schaffner y agrega que, si
hoy pidieran una mesa dos personas para cenar, la fecha más cercana que les
ofrece la computadora es julio de 2003. Regla número dos: cruzar la barrera
del miedo, relajarse. Pedimos vino, un tinto español, de La Rioja.
.
Poco a poco, el cuerpo absorbe la oscuridad, la vista se acostumbra al negro
y se distinguen sonidos en la confusión. ¿Campanas? No, cascabeles. Los
llevan los camareros en las rodillas, para no chocarse entre ellos. Atrás de
ese sonido dulce y musical viene un achtung, más gutural, bien alemán.
Quiere decir cuidado y es parte del código de los camareros. Parece
increíble, pero en este restaurante no se rompen muchos platos ni vasos.
"Igual que en cualquier otro, uno cada tanto", dijo Schaffner. Risas,
después de los cascabeles se escucharon mil risas. Graves, agudas. De
hombres y de mujeres. Resfriadas, abiertas, tímidas, exageradas. Risas que
se acercaban y se alejaban como olas.
.
"Aquí está el vino. Voy a apoyar la botella en el centro de la mesa, las
copas están a su derecha, disfruten." Aunque apenas la conocía, cuando la
voz de Anneliese estaba cerca me sentía en casa.
.
La botella pesa más que siempre, el borde de la copa de cristal es finísimo
y frágil. La mesa, de madera y está barnizada. El pan tiene gusto a
cereales. ¿De qué color serán las servilletas?
.
Además de comer, uno está obligado a estimularse sin ver. Todo es tacto,
olfato, oído y gusto.
.
María Oddo, de 27 años, es la moza de la mesa de al lado. Le avisan desde la
cocina por un intercomunicador que los spaghetti de la mesa cinco están
listos.
.
María está en el restaurante porque un compañero faltó, pero trabaja en las
oficinas frente a una computadora ideada por Accesstech, una empresa suiza
que fabrica soft para ciegos. Tiene un teclado braille y además, por medio
de un micrófono, la máquina le lee los e-mails. Ella toma reservas, habla
con proveedores, es ágil y efectiva. Llega la sopa, la más caliente y
aromática de las sopas. Luego el ciervo, tierno y de gusto intenso, que
trajo algunos problemas prácticos y es necesario usar las manos para marcar
los límites del trozo de carne que uno se lleva a la boca, o mantener los
fideos a raya.
.
El chef Thomas Haeni, que no es ciego, se las arregla para desmitificar eso
de que la comida entra por los ojos. "En un restaurante cualquiera, los
colores son fundamentales, pero aquí no valen, así que combinamos texturas,
verduras con carnes y muchas especias en busca de lo más agradable." Regla
número tres: dejar la prisa a un lado y tomarse todo el tiempo del mundo
para comer, para sentir.
.
"Estamos a punto de incribirnos en Slow Food, un club que aboga por el
placer de disfrutar cada bocado y se opone al concepto de fast food", cuenta
Adrian. Me devoré el sabor del chocolate, mastiqué el aroma oscuro de esa
torta blanda y me sentí extrañamente cómoda en la oscuridad. De pronto,
ansié que la velada durara un rato más. Pero no, puntualmente, a las 23.30
el grupo de ciegos tiene una camioneta que los lleva a la estación más
cercana desde donde toman el transporte que necesiten. Blindekuh es un
happening, una experiencia perfecta para los que buscan nuevos sabores. Pero
también un viaje a otra realidad, un informe vivencial sobre el mundo de los
ciegos. Camino al hotel, pensé en los recuerdos que uno junta en su vida. De
paisajes, de momentos, del fuego. Luego de Blindekuh queda un recuerdo
negro, que no es triste. Simplemente es negro, como la suma de todos los
colores.
.
Texto: Carolina Reymúndez
.
Qué, cómo, cuándo, dónde
.
El disparador de Blindekuh fue una exhibición que se hizo en Zurich hace
cuatro años. Se llamó Diálogo en la oscuridad y recreaba diferentes
situaciones en las que personas ciegas guiaban a los que pueden ver. La
muestra tuvo tanto éxito que Jorge Spielmann, un pastor que participó, y
tres amigos más, también no videntes, abrieron el restaurante.
.
Qué se puede comer
Hay tres o cuatro platos yopciones vegetarianas. Se utilizan verduras y
productos de la estación
.
Cuándo se puede ir
Al mediodía y a la noche
.
Cómo se paga
A la entrada se entrega un chip con un número, se computa cada pedido y se
paga a la salida.
Dónde queda
En Mühlebachstrasse 148, Seefeld. La parada Höschgasse de los tranvías 2 y 4
está cerca. www.blindekuh.ch
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