
Los diversos y exagerados rumores desparramados con motivo de la conducta que
observé en compañía de Rigoletto, el jorobadito, en la casa de la señora X,
apartaron en su tiempo a mucha gente de mi lado.
Sin embargo, mis
singularidades no me acarrearon mayores desventuras, de no perfeccionarlas
estrangulando a Rigoletto.
Retorcerle el pescuezo al jorobadito ha sido de mi
parte un acto más ruinoso e imprudente para mis intereses, que atentar contra la
existencia de un benefactor de la humanidad.
Se ha echado sobre mí la
policía, los jueces y los periódicos. Y ésta es la hora en que aún me pregunto
(considerando los rigores de la justicia) si Rigoletto no estaba llamado a ser
un capitán de hombres, un genio, o un filántropo. De otra forma no se explican
las crueldades de la ley para vengar los fueros de un insigne piojoso, al cual,
para pagarle de su insolencia, resultaran insuficientes todos los puntapiés que
pudieran suministrarle en el trasero, una brigada de personas bien
nacidas.
No se me oculta que sucesos peores ocurren sobre el planeta, pero
ésta no es una razón para que yo deje de mirar con angustia las leprosas paredes
del calabozo donde estoy alojado a espera de un destino peor.
Pero estaba
escrito que de un deforme debían provenirme tantas dificultades.
Recuerdo (y
esto a vía de información para los aficionados a la teosofía y la metafísica)
que desde mi tierna infancia me llamaron la atención los contrahechos. Los
odiaba al tiempo que me atraían, como detesto y me llama la profundidad abierta
bajo la balconada de un noveno piso, a cuyo barandal me he aproximado más de una
vez con el corazón temblando de cautela y delicioso pavor. Y así como frente al
vacío no puedo sustraerme al terror de imaginarme cayendo en el aire con el
estómago contraído en la asfixia del desmoronamiento, en presencia de un deforme
no puedo escapar al nauseoso pensamiento de imaginarme corcoveado, grotesco,
espantoso, abandonado de todos, hospedado en una perrera, perseguido por
traíllas de chicos feroces que me clavarían agujas en la giba...
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