Cuentan que sus peripecias en el mar "inspiraron" el
"Tiburón" de Steven Spielberg, película que ahora cumple 30 años. Frank Mundus
es un experimentado pescador que capturaba hasta 10 ejemplares al día. Hoy,
retirado desde hace 15 años en Hawai, se ha convertido en un ferviente defensor
de esta especie.
"Una de las películas más estúpidas que he visto".
"Está llena de imprecisiones ridículas". "No hay ningún tiburón capaz de
perseguir a un barco y luego saltar para pillar a alguien de abordo". Eso sí:
"Es muy entretenida; lo mismo que King Kong, que mostraba a un mono gigantesco
subiendo por un edificio. Vaya estupidez, ¿no?". Quien habla así de Tiburón es
Frank Mundus, un veterano pescador que asegura ser el inspirador de algunas de
las escenas del filme de Steven Spielberg. Lo verídico, en especial todo lo que
se refiere al personaje del capitán Quint, "lo sacaron de mí", sostiene Mundus,
que vive retirado con su esposa, Jeanette, en Naalho (Hawai). Sus quejas se
dirigen, sobre todo, hacia Peter Benchley, autor del libro homónimo que dio luz
a la película. Éste ni siquiera "reconoció" que Mundus era Quint y que muchas
cosas de las que salen en la película "nos pasaron a nosotros". Como la
persecución con barriles vacíos, el arpón, la cabeza del tiburón saliendo del
agua al lado del bote, los problemas de motor... ¿Sus pruebas? "Benchley salió a
pescar conmigo en tres o cuatro ocasiones en mi barco, el Cricket II", recuerda
mientras admite que nunca conoció a Spielberg. El encuentro con el escritor
ocurrió en 1966, dos años después de que Mundus capturara con arpón un tiburón
blanco de más de dos toneladas; un récord aún vigente. Pescador de monstruos.
Con los años, la resignación se ha apoderado de él y tras casi tres lustros
retirado —cuidando unos cuantos árboles frutales y otras tantas ovejas— es la
viva voz de la conciliación. "Si me hubieran pedido permiso se lo hubiera dado",
admite ahora, 30 años después. Pero es más por educación. En el fondo, le duele
que le ignoraran. Especialmente porque "me hubiera venido muy bien para el
negocio", admite. Cierto. Un negocio curioso y hasta el estreno de la película
casi desconocido. En parte porque el tiburón era considerado como "pescado
basura", algo así como la hamburguesa del océano. "Después del filme empezaron a
surgir barcos dedicados a su caza", se lamenta Mundus, que no tarda en apuntar
que "llevaba más de 20 años haciéndolo sin competencia". Concretamente desde
1951, cuando capturar un pez espada ya era una rutina. Consiguió clientes
poniendo un cartel en su barco que decía "Monster Fishing", un reclamo
irresistible para los que consideran el tamaño de los trofeos una muestra de su
valía como portadores de testosterona. Mientras alcanzaba la gloria por sus
gestas a bordo del Cricket II, el mar lanzaba un grito de socorro. La continua
eliminación de tiburones —"cazábamos unos 10 diarios durante los cuatro meses de
trabajo al año"— pronto redujo el número de ejemplares. Una disminución que se
notaba más debido a la pasión que en medio mundo se desató por la sopa de aleta
de tiburón. Ante esta situación, Mundus se convirtió en uno de los impulsores
del Tagging program, campaña destinada a marcar a estos escualos para así
conocer más de ellos: "Sus migraciones, lo lejos que nadaban, cuánto tiempo
tardaban en crecer...".