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JUAN ANTONIO CEBRIÁN
Toda su vida estuvo marcada por intrigas palaciegas, apasionados amoríos y traiciones sin fin. María Estuardo se vio envuelta en una cruel guerra entre católicos y protestantes en la Gran Bretaña del siglo XVI. La reina escocesa murió decapitada cuando tenía 44 años.
Mujer de singular belleza, encarnó a la perfección el papel de abnegada monarca víctima de los acontecimientos que marcaron el destino de su Escocia natal. Las cruciales circunstancias políticas que la rodearon hicieron de ella un símbolo de la lucha entre católicos y protestantes por el poder absoluto en Gran Bretaña.
Nacida el 8 de diciembre de 1542 en Linlithgow (Escocia), fue la única hija superviviente habida en el matrimonio formado por el rey escocés Jacobo V y la noble francesa María de Lorena. De inmediato, el infortunio hizo acto de presencia en la vida de la pequeña María, dado que sólo seis días más tarde de su nacimiento, su padre falleció dejándole la inesperada responsabilidad de la corona.
A los pocos meses, fue proclamada reina de Escocia y, para mayor seguridad del reino, quedó prometida a Eduardo VI, hijo del rey inglés Enrique VIII. Estos protocolos nupciales fueron denunciados por buena parte de la nobleza escocesa, que no veía con agrado una hipotética unificación de los dos estados. La ruptura del acuerdo desató la ira de los ingleses con la consiguiente invasión del norte de la isla a cargo de tropas enviadas por Enrique VIII. La guerra se generalizó y los escoceses solicitaron la ayuda de su aliado francés. En julio de 1548, una escuadra francesa sacaba a María de Escocia para conducirla a Francia bajo la promesa de una futura unión matrimonial con Francisco, heredero al trono del país galo. La reina niña quedó amparada por los Valois en una corte parisina donde recibió una refinada instrucción académica.