
Y tornaré el cielo de hierro y la tierra de cobre. Levítico,
XXVI, 19 .
RECUERDO que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo
popular, en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura
perfecta.
Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos,
vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una
avenida...
A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra
allá —partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pabilo; partículas de
cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arena. El cielo
seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía. Unicamente los pájaros de
mi pajarera cesaron de cantar.
Casualmente lo había advertido, mirando
hacia el horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión
óptica formada por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra
chispa, pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo,
que se destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en
la tierra. Así, a largos intervalos.
Debo confesar que al comprobarlo
experimenté un vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la
limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre...?
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Gomorra' de Leopoldo Lugones'...