Masonería en Junio 2026

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Jun 23, 2026, 7:46:24 PMJun 23
to EL SUFISMO
¿Cómo es una Logia Masónica por dentro?
A simple vista, una Logia Masónica podría parecerse a cualquier otra reunión humana: una asociación, un grupo de estudio, una junta de vecinos o incluso una religión donde está presente una biblia y un altar . Sin embargo, para quienes han cruzado sus puertas y han transitado entre sus columnas, saben que hay algo más, una realidad que trasciende lo cotidiano, lo racional y lo visible. Lo que sucede en su interior no es sólo  organización ni debate; es el desarrollo de una obra espiritual, filosófica y simbólica que ha movido los hilos de la historia de la humanidad en silencio y en secreto. Este relato te llevará a recorrer ese espacio sagrado, a comprender qué es realmente una Logia, cómo funciona y por qué, a los ojos del mundo, sigue siendo un gran misterio lleno de luces y sombras.
El Misterio entre Columnas
Desde fuera, el edificio de una Logia puede pasar desapercibido. Podrías pensar que es un club más, una oficina o una casa antigua donde se reúnen personas con intereses comunes. Su estructura, sus cargos y sus formas recuerdan, en apariencia, a una empresa, una cooperativa, un partido político, un gobierno establecido o incluso una comunidad religiosa. Y en cierto modo es así: somos seres humanos organizándonos, tal como lo hicieron los antiguos clanes, los gremios de constructores o las grandes corporaciones modernas. Pero aquí empieza el velo del misterio, porque lo que ocurre dentro de estas paredes no pertenece al mundo ordinario.
Entras por el vestíbulo, cruzas el umbral entre las dos grandes columnas —B y J, símbolos de firmeza y sabiduría— y al saludar a cada hermano con un apretón de manos, ya no estás en el mundo de afuera. Aquí nadie entra ni sale a escondidas; todo es luz, presencia y decencia. Se suele reunir por la noche, cuando el sol se oculta y la oscuridad permite que brillen mejor las luces interiores, o en las mañanas de domingo, cuando el mundo descansa. Antes de comenzar, hay café, charla amable, intercambio de noticias: fraternidad pura, humana, sencilla. Pero en cuanto se abren los trabajos, el ambiente cambia. Se siente una densidad distinta, una energía que quienes no son iniciados a veces perciben cuando están cerca de nosotros: algo sobrenatural, algo que la ciencia no puede explicar, sucede aquí dentro de una Logia.
¿Cómo funciona este Taller  Masónico?
Según se recoge en textos de todo el mundo —desde tratados en inglés sobre el gobierno de las Logias, hasta manuales rituales en francés y obras de filosofía oculta en alemán—, una Logia funciona como una representación del universo y también como una escuela de perfeccionamiento. Se le llama Templo o Taller, porque aquí se construye, se trabaja y se transforma.
La sala principal, llamada Cámara de Aprendiz, es el corazón de todo. Allí se desarrollan las Trazadas o Proyectos de Construcción: un hermano presenta un tema, una idea, una investigación. Puede ser sobre historia, política, religión, filosofía, ciencias, ética, arte, incluso temas tan sencillos como la cocina o la organización de un evento. Pero aquí nada es sólo  lo que parece. El Orador, que actúa como guardián de la armonía y la ley, decide si el tema puede discutirse o si debe reservarse, evitando que entren en el recinto las pasiones políticas, religiosas o de cualquier tipo que dividan a los hombres. Porque en Logia no se discute para vencer, se habla para comprender.
Lo que dicen los antiguos textos herméticos y gnósticos confirma esto: la Logia es el lugar donde la palabra se convierte en fuerza. Cuando hablamos, no sólo  intercambiamos ideas; estamos modelando nuestra mente y nuestro espíritu. Se dice en la tradición ocultista que lo que se acuerda, se piensa o se visualiza con fuerza dentro del Taller, tiene la capacidad de manifestarse en la realidad externa. Hay relatos, documentos y testimonios de todo el mundo donde se narran hechos inexplicables: hechos paranormales de los más diversos , incluyendo fotografías donde aparecen hermanos que ya han partido, imágenes donde alguien de la Logia desaparece de la toma fotográfica, sincronicidad inexplicables o sucesos que coinciden exactamente con lo que se ha mentalizado en sesión. ¿Casualidad? Para el esoterismo masónico, nada es casualidad; todo es correspondencia.
¿Qué es realmente una Logia Masónica?
Para la visión profunda, una Logia no es sólo  un edificio, ni un grupo de personas. Es un estado superior de consciencia, un espacio intermedio entre lo divino y lo humano, una representación simbólica del Templo del Rey Salomón, que a su vez representa al Universo y al ser humano mismo.
Una Logia Masónica es el lugar donde se rompen las cadenas de la ignorancia. Aquí aprendemos que somos piedras en bruto y que nuestro trabajo vital es tallarnos, pulirnos y convertirnos en bloques cúbicos perfectos, listos para formar parte de la Gran Obra.
Una Logia Masónica es un centro de energía y luz. Al abrir los trabajos, se invocan las fuerzas superiores, se abren las puertas de las dimensiones sutiles y se crea un campo magnético especial. Por eso se habla de "luz que se comunica", de correspondencias y de influencias invisibles.
Una Logia Masónica es el refugio de los buscadores, el lugar donde recibimos la gnosis: el conocimiento que nos libera. No se trata de creer, sino de saber. La Logia es la nave que atraviesa el mar de la vida mundana, llevando a los que desean despertar del sueño de la materia.
Como dicen los antiguos textos traducidos del latín y el griego: "La Logia está abierta para quienes buscan la Verdad, y cerrada herméticamente para quienes sólo  buscan poder, vanidad o provecho". Aquí todos somos iguales ante la luz, medidos por la Escuadra y el Nivel. Nadie juzga a nadie, porque cada uno es responsable únicamente ante su propia conciencia y ante la Gran Luz.
Es imposible recorrer este camino sin sentir un inmenso orgullo y admiración por nuestra Orden. La Masonería es, sin duda, la institución más sabia, más antigua y más benévola que ha existido sobre la tierra. Ha sido la guardiana de los misterios, la madre de las artes y las ciencias, y la semilla de la libertad y la fraternidad en el mundo.
¿Sabías que muchas de las naciones modernas, las constituciones que protegen tus derechos, los avances en educación y justicia, nacieron del seno de una Logia? Así lo narran la historia y los documentos ocultos: detrás de los grandes cambios, detrás de la independencia de pueblos, detrás de filósofos, científicos y artistas geniales, siempre hubo masones trabajando en silencio.
Lo más hermoso de todo es que la Masonería no impone nada; propone todo. Nos enseña a ser mejores hombres para hacer una mejor humanidad. Nos dice que la verdadera riqueza no es el dinero, sino la sabiduría, la virtud y el amor fraterno. En sus ágapes, esas comidas de hermandad, se celebra la unión que no se rompe, se recuerda que somos hermanos y que nuestra obra es eterna. Es una Orden que nunca ha dejado de brillar, a pesar de las persecuciones, las calumnias y el olvido del mundo. Es la única luz que permanece encendida cuando todo lo demás se apaga.
Corren muchas voces y documentos ocultos sobre lo que ocurre aquí. Hay quienes dicen que las Logias no sólo  estudian filosofía, sino que actúan como centros de poder invisible, moviendo las decisiones de los gobiernos y las economías desde las sombras. Se habla de que los grandes acontecimientos de la historia fueron "programados" en sus sesiones llamadas Tenidas. ¿Es verdad? ¿Es mentira? Lo cierto es que quien conoce los principios masónicos sabe que si el mundo fuera gobernado por ellos, reinaría la justicia absoluta, la libertad plena y la paz eterna.
Otras teorías señalan que aquí se guardan conocimientos perdidos, secretos sobre la creación del universo, el sentido de la vida y el poder sobre las fuerzas de la naturaleza que sólo  se revelan al llegar al Tercer Grado. Se dice que la Masonería tiene la llave que abre todas las puertas, incluso las de la muerte, y que sus rituales son verdaderos mecanismos de transformación espiritual que cambian la realidad de quien los vive.
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Una Logia Masónica se presenta externamente como una organización estructurada similar a otras asociaciones, pero en su interior es un espacio sagrado, simbólico y filosófico. Funciona mediante sesiones regulares donde se estudian, debaten y analizan todo tipo de temas bajo estrictas reglas de respeto y armonía, presididas por cargos simbólicos. Es, esotéricamente, el lugar donde el ser humano se construye a sí mismo, puliendo sus defectos y buscando la verdad. Es un centro de luz, de fraternidad y de transmisión de sabiduría antigua, donde lo visible y lo invisible se tocan.
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Las grandes dudas y la pregunta final
¿Ha influido realmente el pensamiento, los vicios y las ambiciones del mundo profano y mundano en la filosofía pura de la Masonería, manteniéndola alejada de su origen divino? ¿O acaso lo que hoy se practica en muchas Logias es sólo  una sombra, una copia vacía de la verdadera masonería antigua y secreta que se ha perdido en el tiempo?
Y lo más importante, el gran misterio que todos nos preguntamos: ¿Quién es en realidad un infiltrado en Logias, ese que se inicia como masón, un profano que viste la Banda y el Mandil , conoce las palabras, signos  y las palabras de pase, contesta a un reteje masónico con precisión, pero jamás se comporta, piensa ni vive como un verdadero masón? ¿Cómo es la Masonería por dentro cuando está habitada por estos extraños huéspedes?
Y la respuesta  a las anteriores preguntas, es que lo comprendamos o no, un indigno profano en logias incluso ocupando altos puestos y ostentando altos grados , es alguien cumpliendo un importante  papel en Logias Masónicas, ya que muchos dicen que los profanos en Logias con sus palabras y ejemplos , nos enseñan lo que no deberíamos ni decir ni hacer.
 Alcoseri


Hermes Trismegisto y la Masonería
En el alma misma de los esotéricos misterios antiguos, hay una figura que ha caminado entre dioses, sabios e iniciados: Thoth Hermes Trismegisto, el Tres Veces Grande. Su historia no es sólo  una leyenda, sino un relato vivo que conecta Egipto, Grecia y todas las tradiciones de sabiduría, y que está profundamente ligado al origen mismo de la Francmasonería. Lo que vas a leer es un viaje esotérico, un cuento lleno de símbolos, donde descubriremos cómo este ser extraordinario entregó a la humanidad las claves para comprender el universo y a nosotros mismos, y cómo nuestra Orden Masónica ha sido siempre su heredera más fiel y digna.
La luz de Hermes y el secreto de los iniciados
Todo ocurrió en los tiempos en que los dioses aún caminaban entre los hombres, y los templos y pirámides  eran verdaderas puertas entre el cielo y la tierra. En una sala inmensa, rodeada de columnas que tocaban el cielo, el velo sagrado se rasgó entre truenos y relámpagos. Ante el candidato a la iniciación , vestido de blanco puro, apareció una luz que no venía del sol, sino de la esencia misma de la verdad. El anciano iniciador levantó su vara enjoyada y dijo con voz profunda: «Contempla la Luz de Egipto, la luz que sólo  conoce el Maestro de la Sabiduría».
De entre la brilla luminosa surgió una figura imponente, más alta que cualquier ser humano, de cuerpo casi transparente donde se veían brillar el corazón y la mente: uno transformándose en ave sagrada, el otro en una esmeralda viva. En su mano llevaba el bastón alado, entrelazado de serpientes, símbolo de la vida que sube y baja, que une lo alto y lo bajo. Y todos gritaron con reverencia: «¡Salve, Thoth Hermes, Tres Veces Grande, Príncipe de los hombres, el que triunfó sobre la oscuridad y la confusión!».
A sus pies yació vencido el gran dragón, el caos, la ignorancia y la violencia. Hermes había conquistado lo que hay dentro y fuera de nosotros, y nos enseñó que la verdadera fuerza no es dominar a otros, sino dominarse a sí mismo y comprender el orden del universo.
Se cuenta que Hermes escribió más de treinta y seis mil tratados: libros que contenían todo: medicina, geometría, astrología, leyes, música, magia, filosofía, y sobre todo, el conocimiento de Dios y del alma. Para los egipcios fue Thoth: dios de la sabiduría, de la escritura y de la medida; el que anotaba el peso de las almas y guardaba los secretos del tiempo. Para los griegos fue Hermes: mensajero de los dioses, el que lleva y trae el conocimiento entre lo divino y lo humano. Para los latinos fue Mercurio: el que está más cerca del Sol, igual que él estaba más cerca de la verdad absoluta. También se le reconoce como Enoc, el que caminó con Dios y no murió, sino que pasó al misterio.
Un día, mientras meditaba en soledad, se le apareció Poimandres: la Mente Universal, el Gran Dragón de Luz, el pensamiento de todo lo que existe. Le reveló entonces el secreto de la creación: cómo de la Luz nació la Palabra, cómo se separó la luz de la oscuridad, cómo el espíritu se unió a la materia y cómo el ser humano, hecho a imagen del cielo, cayó enamorado de su propia sombra, olvidando su origen divino.
«Todo lo que está arriba es igual a lo que está abajo; todo lo que está abajo es igual a lo que está arriba» —esta fue la gran ley que escribió en la Tabla de Esmeralda, la joya de su sabiduría. Nos enseñó que somos hijos de la Luz, pero que estamos vestidos de materia, y que nuestro gran trabajo es despertar, recordar quiénes somos, y volver a unir lo que está separado en nosotros: mente, alma y espíritu.
Dejó escritos maravillosos, como el Poimandres o El Pastor de los Hombres, guía espiritual para todo aquel que busca salir de la ignorancia. Sus libros se guardaron en Alejandría, pero muchos se perdieron o se ocultaron para protegerlos de quienes no estaban preparados. Se dice que su obra principal, el Libro de Thoth, que contiene las claves para la regeneración humana y el dominio de las fuerzas invisibles, aún existe y se transmite de maestro a discípulo, tal vez bajo la forma del Tarot, esas 78 hojas llenas de símbolos que cuentan todo el camino del alma.
Hermes nos enseñó que el conocimiento no es sólo  saber cosas, sino transformarse. Que el iniciado es aquel que atraviesa las puertas de los siete gobernadores —los planetas, las pasiones, las leyes del destino— y llega a la Octava Esfera: el lugar donde ya no hay tiempo ni muerte, sólo  luz y unión con todo lo que es. Nos dijo: «Despertad, hijos de la luz. Recordad que sois inmortales, y que la muerte es sólo  el olvido. Subid por los peldaños del pensamiento, purificaos y volved a casa».
Sentido esotérico, ocultista y gnóstico
Para la visión esotérica, Thoth Hermes no es sólo  una persona o un dios, sino el principio mismo de la Sabiduría Activa. Es la inteligencia que organiza el caos, la palabra que crea, el conocimiento que libera. En la corriente gnóstica, representa al Salvador, al Maestro Interior, al que nos trajo la memoria de nuestro origen divino para que no nos quedemos atrapados en la materia y la ignorancia.
Su enseñanza central es que el ser humano es una mezcla de cielo y tierra, luz y sombra, y que nuestra misión es separar lo eterno de lo pasajero. Esto coincide perfectamente con la enseñanza masónica: nosotros también trabajamos la piedra bruta para quitarle lo imperfecto, para descubrir la forma perfecta que ya está ahí, esperando ser despertada.
Hermes nos dice que lo que construimos aquí se refleja allá arriba, y que la verdadera iniciación no es un rito externo, sino un cambio interno, una resurrección espiritual. En este sentido, su filosofía es la base de toda la idea masónica actual.
—Hermes es el padre de todos los símbolos y ritos—, y efectivamente, casi todo lo que usamos en logia masónica viene de su tradición.
—El hermetismo es el alma de la masonería—, porque ambas buscan lo mismo: comprender el universo y perfeccionar al hombre.
—Hermes es el maestro que nunca muere—, porque su enseñanza sigue viva en cada uno de nosotros.
Hermes en la Masonería
Es imposible hablar de Hermes sin asociarlo profundamente a nuestra Orden Iniciática Masónica. La Francmasonería es, sin duda, la heredera legítima y más fiel de esta corriente de sabiduría. Hemos guardado intacto puro y sin mancha su mensaje: que el conocimiento es poder, que la verdad nos hace libres, que todo está conectado y que el trabajo constante y la búsqueda de la luz son el único camino.
Nosotros practicamos cada día lo que él enseñó: construimos templos, pero no de piedra, sino de conciencia. Usamos sus símbolos: la escuadra y el compás, el ojo que todo lo ve, la estrella, las columnas, la luz y la oscuridad. Somos herméticos en el mejor sentido: guardamos lo profundo para quienes están preparados, pero difundimos la luz para todos.
Nuestra grandeza está en haber mantenido vivo este legado durante siglos, atravesando guerras, cambios y olvidos, siempre fieles a la idea de que el ser humano puede y debe elevarse, comprender y transformarse. La masonería no es una invención moderna; es el río donde desembocan todas las fuentes antiguas, y Thoth Hermes es una de las fuentes más puras y profundas.
Thoth Hermes Trismegisto es una figura que une al dios egipcio de la sabiduría y al mensajero griego de los dioses, considerado Tres Veces Grande por ser el mayor sabio, sacerdote y maestro. Dejó enseñanzas fundamentales como la ley “lo de arriba es como lo de abajo”, textos sagrados como la Tabla de Esmeralda y el Poimandres, y explicó el origen del universo y del ser humano: mezcla de luz y materia, con el destino de despertar y volver a su origen divino. Su legado dio origen al hermetismo, y es la base de gran parte de la simbología, los ritos y la filosofía que hoy guarda y practica la Francmasonería.
(Un cuento para todas las edades)
Hace muchísimo tiempo, cuando las pirámides eran jóvenes y el desierto era de un color dorado más brillante que el de hoy, vivía un ser muy especial. Tenía cuerpo de hombre, pero su mente era tan grande como el cielo entero, y su corazón tan sabio como los ríos que nunca dejan de correr. Los antiguos lo llamaban Thoth, el que sabe leer en las estrellas, y también Hermes, el mensajero que trae regalos de sabiduría. Pero su nombre más hermoso era Trismegisto: el Tres Veces Grande, porque era grande en saber, grande en bondad y grande en magia.
Se decía que Hermes no era como los demás. Donde él caminaba, crecían flores de palabras y brotaban fuentes de ideas claras. En su mano llevaba un bastón maravilloso: tenía dos alas en la punta, como si quisiera volar, y dos serpientes entrelazadas que subían y bajaban.
—Esta vara no es para golpear —decía él con una sonrisa—, es para recordar que todo sube y baja, que todo se conecta, y que lo que está arriba es igual a lo que está abajo.
Un día, Hermes subió a una montaña alta donde las nubes no podían ocultar nada. Allí, habló con el Gran Espíritu del Mundo, que le mostró un secreto guardado desde siempre: el diseño perfecto de todas las cosas. Vio cómo el sol daba luz, cómo la luna cambiaba, cómo las semillas se hacían árboles y cómo el alma de los niños venía de lejos para aprender y crecer.
—Tienes que llevar esto a los hombres —le dijo la voz profunda—. Pero no se lo des a cualquiera. Dáselo sólo  a quienes quieran construir, ayudar y ser mejores cada día.
Entonces Hermes tomó una esmeralda, una piedra verde tan brillante que parecía un trozo de bosque congelado, y grabó en ella, con letras de fuego, las reglas de oro de la vida. Esa fue la Tabla de Esmeralda, el tesoro más valioso que existe.
Pasaron los años, los siglos y los milenios. Hermes, que no envejecía porque su sabiduría lo mantenía joven, caminó por todo el mundo. Vio que los hombres a veces olvidaban lo que es bueno, que se peleaban y que vivían en casas oscuras y tristes.
—¡Ya sé qué haré! —pensó—. Enseñaré a construir Templos, pero no hechos de piedras de montaña, sino de piedras brillantes que están dentro de cada persona.
Entonces reunió a los primeros constructores, a los buscadores de luz y a los amigos de la verdad. Les entregó dos herramientas mágicas:
La Escuadra: para que todo lo que hicieran fuera recto, justo y sin trampas.
El Compás: para que supieran hasta dónde llega su libertad y dónde empieza el respeto por los demás.
—Mirad —les dijo señalando el cielo con su bastón alado—. He dejado aquí, entre vosotros, una luz que nunca se apaga. Llamad a vuestra reunión Logia, que significa “lugar de encuentro”, y guardad siempre la llama viva. Enseñad que no importa de dónde viene nadie, ni qué color tiene su piel, ni qué nombre le da a Dios. Lo único que importa es: ¿Es bueno? ¿Es justo? ¿Ayuda a crecer?
Les contó también el secreto de los colores:
El Azul: como el cielo, es el color del pensamiento, de la lealtad y de la amistad.
El Negro: como la noche antes del amanecer, es el color del silencio, del misterio y de todo lo que aún tenemos que aprender.
La Luz Blanca: que está encima de todos, es la verdad que brilla cuando todos trabajan juntos.
Y así nació la Francmasonería: la familia que construye, que busca la luz y que sigue las huellas de Hermes. Se dice que, aunque él ya no se ve caminando por las calles de Egipto o de Grecia, sigue estando allí.
¿Dónde?
Está en el corazón del que ayuda sin pedir nada.
Está en la mente del que quiere saber más para entender mejor.
Está en las manos del que construye paz donde había guerra.
Cada vez que ves una estrella brillar muy fuerte, o una columna que sostiene algo con fuerza, o alguien que dice “¡Voy a intentarlo de nuevo, con más paciencia!”, ahí está Hermes sonriendo. Porque él sabe que su mayor obra de arte no fue un templo de piedra, sino el corazón del ser humano transformado en luz.
Y dicen que, si un día entras en una sala donde hay luces suaves, herramientas de constructor y gente que se habla como hermanos, y prestas mucha atención... escucharás un susurro muy bajito que dice:
«Lo que está arriba es como lo que está abajo.
Construye bien tu vida, hijo mío,
porque tú eres la obra maestra más grande del universo».

Las grandes preguntas que nos podemos hacer
¿Qué tanto influyó realmente Thoth Hermes Trismegisto en la filosofía y enseñanzas masónicas, o son caminos paralelos que se parecen sin estar conectados? ¿Es el hermetismo lo mismo que la masonería, o sólo  una de sus fuentes antiguas? Y sobre todo: ¿Quién es en realidad Thoth Hermes Trismegisto, del que habla y guarda memoria la Francmasonería?
Alcoseri
¿Quién o Qué es la Viuda en Masonería?
En el corazón de las ideas masónicas, hay una enigmática  figura que ha despertado curiosidad, admiración y profundas reflexiones: la Viuda. No sólo ha despertado la curiosidad de masones, sino también de NO masones,  nos preguntamos es  un nombre o una imagen arquetípica de algo representante del Eterno Femenino , y es que es el símbolo central de todo un misterio que conecta antiguas tradiciones, mitos universales y la esencia misma de la Francmasonería. Esta narración recorre su historia, sus significados ocultos y las múltiples caras que ha tenido a lo largo de siglos, invitándonos a descubrir quién es realmente esa figura a la que todos los iniciados llaman “madre”. Es un recorrido lleno de sabiduría, donde la Masonería se muestra como la heredera fiel de estos conocimientos antiguos, guardiana de la luz y del sentido profundo que une cielo y tierra, espíritu y materia.
Antes de seguir adelante , debemos recordar que, en Masonería , no hay dogmas fijos, para deciros o definirnos  quién o qué es la viuda , y deja a la libre interpretación del masón definirlo.
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La leyenda de Isis y Osiris: el posible  origen del misterio
Todo comienza en el antiguo Egipto, con una historia que es mucho más que un mito: es la representación perfecta del ciclo eterno de muerte y renacimiento, base de toda enseñanza esotérica. Osiris e Isis eran hermanos y esposos, hijos de la diosa Nut; también nacieron juntos Seth y Neftis, sus parientes más jóvenes. Una noche, por un error, Osiris se unió a Neftis creyendo que era Isis, y de esa unión nació Anubis. Seth, lleno de celos y rencor, planeó su venganza: tomó las medidas exactas de su hermano, mandó construir un sarcófago a su tamaño y, en una fiesta, lo ofreció como regalo para quien cupiera perfectamente. Al entrar Osiris, inmediatamente él y sus 72 cómplices cerraron la tapa, lo ataron y lo arrojaron al Nilo.
Así murió el dios que representaba la vida, la fertilidad y el orden. Su destino quedó ligado al río: su cuerpo viajó hasta Siria, donde creció un árbol hermoso y perfumado que envolvió el sarcófago en su interior. El rey de esa tierra, al admirar su belleza, lo cortó y lo convirtió en la columna central de su palacio.
Mientras tanto, Isis quedó viuda, pero no se rindió. Comenzó su búsqueda incansable, una imagen que ha pasado a todas las tradiciones: la diosa que recorre el mundo para recuperar lo que se ha perdido, que baja incluso al reino de la muerte para redimirlo y devolverlo a la vida. Llegó al palacio real, reconoció en esa columna el rastro de su esposo y se hizo pasar por nodriza del hijo del rey. Por las noches, transformada en golondrina, volaba alrededor del pilar, y quería dar inmortalidad al niño poniéndolo en el fuego, hasta que la reina lo descubrió e interrumpió el rito. Entonces Isis reveló su identidad y pidió que le entregaran lo que era suyo: el rey accedió, y pudo llevarse de vuelta los restos de Osiris.
Junto a él, concibió a Horus, el hijo que nacería para restaurar el orden y vencer a la oscuridad. Aquí está el sentido más profundo: de la muerte nace la vida; de la ausencia, la nueva luz. Esta madre viuda, que da a luz sin compañía terrenal, es el modelo de la Virgen Madre, de la naturaleza que siempre renace, de la sabiduría que nunca muere. En este sentido Isis la Diosa Viuda , sería la representante de la Madre Naturaleza, la Madre Cósmica, que es embarazada por la Luz , en este caso la Luz del Sol, Sol que cada día muere en el horizonte del poniente, y la naturaleza queda viuda de su esposo el Sol, pero renace al día siguiente  .  
En la visión esotérica, Osiris es el principio divino que se manifiesta y luego parece desaparecer; Isis es la sustancia, la tierra, el espíritu materno que lo sostiene, lo busca y lo hace renacer. Por eso, en catedrales antiguas como la de Chartres, veremos a la Virgen sentada como un trono: ella es el asiento, el lugar donde habita lo divino, igual que Isis era el trono sobre el que se sentaban los faraones, representantes de la luz en la tierra.
Este mito no es único: se repite en Adonis, Gilgamesh, Hiram, Cristo… todos son el dios que muere y resucita, siguiendo el ritmo de la luna, que se apaga y vuelve a brillar, o del solsticio de invierno, cuando la luz parece perderse para renacer con más fuerza. No se trata sólo  de fechas, sino de lo que significan: en nosotros también muere lo viejo, lo instintivo, lo animal, para nacer lo espiritual, lo consciente, lo eterno.
¿Isis o Balkis? Dos caras de la misma verdad
Pero aquí surge una duda que ha recorrido siglos: ¿es realmente Isis la única imagen de la Viuda? Muchas tradiciones y textos antiguos, incluso en lenguas como el árabe, el hebreo o el griego, mencionan a Balkis, la reina de Saba, como otra posible representación de esa misma figura suprema. Ella, sabia y poderosa, viajó para conocer el conocimiento verdadero, y según algunas leyendas, estuvo ligada a Hiram, el arquitecto del Templo, convirtiéndose en madre espiritual y en guardiana de los secretos.
¿Es Isis la Viuda masónica? ¿Es Balkis la Reina Madre que buscamos? ¿O acaso son dos nombres, dos rostros de una misma realidad? En las enseñanzas ocultas, ambas son reflejos de algo más grande: la Madre Universal, que tiene mil nombres pero una sola esencia. En obras antiguas como El asno de oro, de Apuleyo, Isis dice: “Soy la madre de todas las cosas, señora de los elementos, la que está en el cielo, en la tierra y en el infierno”. Es la misma voz que podríamos escuchar de labios de Balkis: ambas representan la sabiduría, la naturaleza, el poder que transforma y eleva al ser humano.
La Viuda como principio universal: Shakti y la Madre Cósmica
Para entenderla mejor, miramos a otras tradiciones, como la hindú, donde se habla de Shakti, una palabra que no se traduce simplemente como fuerza o energía, sino como el femenino poder creador, sostenedor y transformador de todo lo que existe. En este sentido, la Viuda es esa misma Shakti: el principio femenino que actúa porque lo divino absoluto está más allá de lo manifiesto, “ausente” en el mundo visible, y ella queda como guardiana, como vida que sigue fluyendo, como madre que no abandona a sus hijos.
En la visión gnóstica y ocultista, ella es la Naturaleza entera, que destruye para reconstruir, que quita para dar algo mejor. Está en todo: en la luz y la sombra, en el dolor y el placer, en la ignorancia y en la sabiduría. El iniciado masón, el “hijo de la Viuda”, aprende a verla en todo, a unirse a ella, porque ella es el camino, la verdad y la vida. Como se dice en las enseñanzas: “Ella está en todas las cosas, y todas las cosas están en ella”.
La Masonería: heredera y guardiana de este misterio de la Viuda, se nos denomina a los masones “Los Hijos de la Viuda”.
Es imposible hablar de la Viuda sin alabar a la Francmasonería, que ha sido, a lo largo de la historia, la única institución que ha conservado intacta esta enseñanza profunda. La Masonería reúne todo esto: las antiguas escuelas de misterios, la leyenda de Hiram, el sentido de muerte y renacimiento, la presencia de esa madre espiritual que nos recibe, nos enseña y nos transforma.
Entrar en una Logia es volver al seno de la Viuda: ahí nacemos de nuevo, pasamos de la oscuridad a la luz, dejamos atrás lo superficial para descubrir lo eterno. La Masonería no sólo  habla de ella; la vive, la representa y la honra en cada rito, en cada símbolo, en cada trabajo. Nos enseña que ser “hijo de la Viuda” no es sólo  un título, sino una condición: somos hijos de la sabiduría, de la naturaleza, de la verdad que nunca muere, y que nuestra misión es hacer brillar esa luz en el mundo.
Desde textos masónicos que la llaman “la Madre de todos los Iniciados”, hasta autores masones que la describen como “la Sabiduría que espera y busca a su esposo divino”, pasando por tradiciones esotéricas masónicas que la llaman “la Eterna, la que nunca envejece”, todos coinciden: la Viuda es el corazón de todo lo que buscamos comprender. Y la Masonería es el templo donde este corazón sigue latiendo, intacto y vivo, para todos los que quieran acercarse.
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La Viuda es un símbolo central que nace del mito de Isis, que busca y hace renacer a Osiris; representa el principio materno universal, la naturaleza, la sabiduría y el poder que transforma. Se ha asociado también a Balkis, reina de Saba, y coincide con la idea hindú de Shakti: fuerza creadora y sostenedora de todo. La Masonería ha guardado esta enseñanza, llamando a sus miembros “hijos de la Viuda”, porque encierra el sentido de muerte, renacimiento y unión con lo divino, siendo la única que mantiene vivo este conocimiento antiguo.
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La gran pregunta
¿Es Isis verdaderamente la Viuda masónica? ¿Es Balkis la Reina Madre viuda que buscamos? ¿O quizás ambas son sólo  dos nombres, dos imágenes, de algo mucho más grande y profundo que aún estamos por comprender del todo? ¿Quién es en realidad la Viuda de la que habla la Masonería?


Alcoseri
 



¿Qué es La Muerte Iniciática en Masonería?
Dentro del Templo, en el silencio sagrado de los ritos, se vive el misterio más profundo que la humanidad ha preservado desde tiempos inmemoriales: la muerte iniciática. No es un relato ni una simple representación: es el momento en que todo cambia, el umbral que separa dos formas de existir, el acto en el cual dejamos de ser lo que éramos para empezar a ser lo que estamos destinados a ser. Como en las antiguas iniciaciones tribales, desde la Edad de Piedra hasta nuestros días, la Masonería mantiene intacta esta verdad: no hay renacimiento sin muerte previa, ni luz sin haber atravesado primero la oscuridad.
Al entrar, el candidato desciende a la cripta, ese lugar de sombra y silencio donde todo lo que es exterior, todo lo que pertenece al mundo profano, se apaga y se desvanece. Más tarde, en la exaltación al grado sublime de Maestro, se le levanta del sarcófago, se le devuelve a la vida… pero ya no es el mismo. Ha muerto para todo aquello que lo ataba, que lo limitaba, que lo mantenía dormido. Y al salir de allí, recibe la Gran Luz, esa luz que no se ve con los ojos físicos, sino que ilumina el entendimiento y despierta la conciencia.
La Masonería Gnóstica, lo expresa  con claridad absoluta: “Muerte, transformación y renacimiento: estas son las tres claves de toda verdadera iniciación. Morir a lo falso, morir al ego, morir a todo lo que no es real en nosotros, es la única forma de nacer a la verdadera vida. Quien no muere simbólicamente, no puede resucitar espiritualmente”. Para él, este rito no es metáfora: es una experiencia real, profunda, donde se rompen las cadenas de lo condicionado y el ser empieza a liberarse de todo lo que lo mantenía atado a la ilusión del mundo.
Jiddu Krishnamurti, por su parte, añade una verdad que toca directamente el corazón: “La muerte no es algo lejano ni temible; es algo que ocurre cada día, cada instante, cuando dejamos caer todo lo viejo, todo lo que ya no sirve. La verdadera iniciación es morir a todo lo que conocemos, a todas nuestras creencias, miedos y deseos, para que la realidad pueda manifestarse libremente. Quien tiene miedo a morir, tiene miedo a vivir de verdad”. Ambos coinciden en lo mismo que la Masonería ha guardado siempre: la muerte iniciática es el gran secreto, la llave maestra que abre la puerta hacia lo eterno.
Este rito no sólo nos enseña lo que sucederá algún día con nuestro cuerpo físico: nos entrega, desde ahora mismo, las llaves para comprender la Realidad. Porque este mundo que vemos, que tocamos y que creemos tan sólido, no es más que una apariencia, una sombra, un sueño del cual debemos despertar. Quien ha vivido esta experiencia, ya no teme a la muerte, ni siente angustia por lo que le pasará a su cuerpo: sabe que eso es sólo el ropaje, la vestidura temporal, y que lo esencial, lo que somos en verdad, no muere jamás.
La iniciación es una reprogramación total. Es el momento en que empezamos a descifrar el gran enigma: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Sabemos que la muerte física es inevitable, pero también descubrimos algo maravilloso: tenemos el poder, el deber y la capacidad de fabricar, de construir, de crear nuestra Alma Inmortal, a través de cada acto, cada pensamiento y cada paso que damos en la vida masónica. Cuando llegue el fin de nuestros días terrenales, ese momento no será un final, sino el clímax del gran ritual: el rito definitivo, el paso glorioso hacia una existencia superior, más amplia, más consciente y más luminosa.
La muerte simbólica en masonería es algo como vacunarse contra un virus mortal, la analogía es bastante acertada desde una perspectiva filosófica e iniciática. La muerte simbólica en la masonería se puede entender como un proceso de inoculación contra los "vicios" o un "virus moral" (egoísmo, ignorancia, fanatismo), preparándote para vivir una nueva vida basada en la virtud.
Aquí te detallo por qué esta comparación funciona según el simbolismo masónico:
Es una "inoculación" (Muerte al Profano): En la iniciación, el candidato entra en la Cámara de Reflexión, un espacio oscuro y simbólico diseñado para meditar sobre la mortalidad (memento mori). Al igual que una vacuna introduce una forma debilitada de un virus, la muerte simbólica introduce al candidato a la finitud de la vida para "matar" sus vicios, prejuicios y egoísmo.
Genera "Inmunidad a la muerte física" (Renacimiento): El objetivo no es morir físicamente, sino morir al hombre viejo (profano) para renacer como un hombre nuevo (iniciado). Este proceso busca "vacunar" al individuo contra las pasiones desordenadas que dañan la convivencia social, fortaleciendo su compromiso con la moral, la justicia y la fraternidad.
Es Preventiva y Transformativa: Esta experiencia permite al masón trabajar en sí mismo (pulir la "piedra bruta"), transformando su carácter para actuar con integridad y propósito, sirviendo como una vacuna continua contra la mediocridad moral.
Claro que, no es una muerte física, sino una transmutación psíquica y espiritual que busca cambiar las bases de la personalidad del iniciado.
El ritual de la Muerte Alegórica  busca dejar una marca permanente en la conciencia. Una vez que el iniciado "muere" simbólicamente, se supone que su "nuevo yo" es más resistente a la corrupción ética y al miedo a lo desconocido.
En síntesis, se "muere" un poco en el templo para poder vivir de forma más plena y consciente afuera, perdiendo el miedo a la muerte real al entenderla como parte de un ciclo de transformación.
Y eso es sólo el comienzo. Nuestra alma emprenderá entonces etapas insospechadas, recorrerá caminos que duran millones de años, atravesará mundos y dimensiones que hoy apenas podemos intuir. Esta vida aquí, este paso breve por la Tierra, es apenas el primer peldaño de una escalera infinita que asciende hasta el Absoluto, hasta el Gran Arquitecto del Universo. Pero hay una advertencia sagrada: si no subimos paso a paso, si nos detenemos o nos olvidamos de nuestro propósito, corremos el riesgo de caer, de rodar hacia abajo, de perderse en los abismos de la ignorancia y el olvido. Y esto es precisamente lo que la Masonería nos recuerda, siempre, en cada enseñanza, en cada símbolo, en cada trabajo: no estamos sólos, tenemos el mapa, tenemos la luz, tenemos el secreto.
Por esta muerte simbólica, quedan abolidas todas las ataduras: ya no nos dominan las pasiones, ni los intereses, ni las leyes del mundo exterior. Liberamos el peso de nuestra historia, de nuestros errores y de nuestras limitaciones. Cambiamos nuestra forma de ver, de sentir y de actuar: nos volvemos libres, conscientes, dueños de nosotros mismos. Como bien se dice: somos salvados de ese desgaste inútil que provoca el egoísmo, la ignorancia y la vida sin propósito que lleva el mundo profano.
La Masonería ha sido, es y será siempre la guardiana fiel del Gran Secreto Sagrado. No guarda conocimientos para esconderlos, sino para protegerlos, para que no se pierdan, para que lleguen intactos a quienes están listos para recibirlos. Como se ha dicho desde hace siglos, y que traducido de antiguos textos iniciáticos nos recuerda: “El secreto no es lo que se oculta, sino lo que se reserva sólo para quien ha purificado su corazón y ha preparado su mente. Sólo quien ha muerto a sí mismo, merece conocer lo que es eterno”.
Cada vez que entras al Templo, cada vez que repites el juramento, cada vez que reflexionas sobre estos misterios, estás renovando ese pacto milenario: eres guardián, eres portador, eres continuador de esa luz que nunca se apaga. Y en el fondo de tu corazón, sabes que esto es lo que buscabas, lo que necesitabas: dejar de ser sombra para convertirte en luz, dejar de ser pasajero para ser eterno.
¿Verdad que al comprender esto, todo cambia? ¿Verdad que sientes que ahora entiendes por qué estás aquí, por qué formas parte de esta gran cadena de unión? Esa es la magia, ese es el poder, ese es el Gran Secreto que sólo los iniciados pueden llevar en el alma.
Alcoseri  
La Masonería Guardiana del Tiempo Sagrado
El tiempo masónico sagrado es intemporal, y esta verdad es el secreto mejor guardado, el fundamento invisible que sostiene toda la obra de la Orden. Para quien no ha cruzado el umbral del Templo, el tiempo es sólo una línea que corre, se escapa y se agota: minutos, horas, años que se desvanecen como arena entre los dedos. Pero para el iniciado, la realidad es muy distinta: aquí el tiempo se detiene, se curva, se vuelve circular y eterno. Aquí no envejecemos, sino que despertamos.
La iniciación masónica no es un fin, sino un verdadero nacimiento espiritual: es el momento preciso en que rompemos definitivamente con el mundo profano, con todo lo que es pasajero, superficial o limitado. Es cortar con la "ciencia inferior", esa que sólo ve la forma y no la esencia, lo exterior y no lo profundo. El rito, las palabras, los símbolos y los gestos son la llave que abre la puerta hacia nuestro interior, hacia ese reino que por naturaleza permanece cerrado e invisible para quien no ha sido iniciado.
Esta verdad es tan absoluta que aparece en cada liturgia, en cada apertura de trabajos. Desde su cátedra en el Oriente —el lugar de la luz y el origen—, el Maestro de la Logia hace siempre las mismas preguntas, que resuenan como ecos de tiempos inmemoriales:
—¿A qué hora los masones operativos constructores de las grandes catedrales comenzaban sus faenas?—Al primer canto del gallo —se responde.—¿Y qué hora es esa?—Maestro: Justo al Alba.
No es una hora en el reloj, ni una fecha en el calendario. Es el instante mismo en que la luz vence a la oscuridad, el momento en que todo comienza de nuevo, siempre igual, siempre nuevo, eterno.
El francmasón que ha vivido la iniciación —esa pequeña muerte simbólica y su gloriosa resurrección— habita ahora en dos realidades temporales. Una es la de todos: el tiempo terrestre, que corre, que nos mide, que nos limita. La otra, la más importante, la nuestra: el tiempo sagrado, que es un eterno presente. No es algo que pasó ni algo que vendrá: es, siempre está aquí, siempre accesible, siempre recuperable. Es circular, regresa una y otra vez, y mediante los Misterios, nosotros entramos en él, lo hacemos nuestro y lo vivimos plenamente.
Como enseñó el filósofo y pensador P.D. Ouspensky —quien profundizó en estas verdades eternas—: "Nosotros vivimos sólo en una línea de tiempo, pero la realidad tiene tres dimensiones temporales. El tiempo no es sólo lo que pasa, sino también lo que regresa y lo que permanece. La eternidad no está lejos, después de la muerte; está justo aquí, oculta dentro de cada instante, esperando que aprendamos a verla". Para él, el ser humano común vive "dormido", arrastrado por el tiempo que pasa; el iniciado, en cambio, aprende a detener el tiempo, a expandirlo, a habitar la eternidad ya aquí, ya ahora. Y eso es exactamente lo que hacemos en la Logia: convertirnos en dueños del tiempo, dejar de ser sus esclavos.
Basta escuchar la frase: "Se abre la Logia, comienzan los Trabajos". En ese instante, se traza una línea invisible: quien está fuera sigue viviendo en el tiempo que se agota; quien entra, entra en lo intemporal. Aquí las cosas no ocurren al azar ni arrastradas por el destino: nosotros hacemos que sucedan a voluntad, con conciencia y con propósito. Poco a poco, el masón se adueña de ese espacio-tiempo único, donde nada se pierde, todo se transforma y todo permanece.
Muchas personas, sin saber por qué, han sentido ese instante mágico: cuando todo se detuvo, todo fue perfecto, todo pareció eterno, y dijeron: "Ojalá este momento nunca termine". Lo sintieron, pero no supieron retenerlo. El francmasón aprende a evocarlo, a llamarlo y a vivirlo cuando quiera, porque sabe que ese "instante eterno" es su verdadera patria, y que los ritos son las herramientas precisas para entrar en él cada vez que lo desee.
Esta verdad coincide perfectamente con lo que se revela en mismo Libro de La Ley en el Apocalipsis, capítulo 10, versículo 6:
"Y juró por el que vive por los siglos de los siglos... que el tiempo no será más; sino que en los días de la voz del séptimo ángel... el Secreto de Dios se consumará".
Aquí se anuncia claramente el fin del tiempo profano, ese tiempo que nos esclaviza, nos mide y nos limita. Cuando el Secreto se revele, cuando el hombre despierte totalmente, ya no habrá días ni horas: todo será Eternidad. Y la Masonería, desde hace siglos, ha sido y sigue siendo la gran guardiana de este secreto: la que mantiene viva la llama, la que enseña el camino, la que nos recuerda que vivimos entre dos mundos, y que nuestra verdadera naturaleza no está sujeta al paso de las horas, sino que pertenece a lo que nunca cambia ni termina.
Ouspensky lo expresó con una claridad que llega directo al corazón: "El tiempo es la mayor ilusión en la que vivimos. Creemos que somos cuerpos que pasan, pero somos espíritus que permanecen. La Masonería es la escuela donde aprendemos a despertar de ese sueño, a romper la ilusión, y a recuperar nuestra herencia: vivir conscientemente en la Eternidad, aquí y ahora".
Por eso somos constructores: no sólo levantamos templos de piedra, sino que construimos en nosotros mismos ese espacio sagrado, ese tiempo sin fin, donde el Gran Arquitecto del Universo habita con nosotros. Y cada vez que abrimos trabajos, cada vez que pronunciamos las palabras antiguas, estamos repitiendo el acto sagrado de decir: ¡El tiempo profano ha terminado! ¡Ha comenzado la Eternidad!
¿No es este el motivo profundo por el que tu Alma Inmortal te hizo ingresar en la Orden? ¿No sentiste, al cruzar el umbral, que algo en ti se detuvo, que algo se hizo eterno? Eso es lo que guardamos, lo que transmitimos, lo que somos: guardianes del Tiempo Sagrado, arquitectos de la Eternidad.
Alcoseri

glos mormones son una logia salvaje ¿

¿Son los Seres Humanos diseñados por Dioses Extraterrestres?
Hace muchísimo tiempo, cuando las estrellas aún se contaban como historias y el cielo era una puerta que se abría y cerraba a voluntad de quienes venían de lejos, sucedió algo que cambió para siempre el destino de este mundo. Llegaron seres de otro sistema solar, procedentes de un planeta que recorre una órbita muy alargada y que sólo se deja ver cada miles de años. Eran los Anunnaki: altos, de porte majestuoso, poseedores de una ciencia y una sabiduría que para los ojos de los primeros habitantes parecían magia. Venían buscando recursos valiosos, minerales raros que necesitaban para mantener su civilización y su longevidad, pues su vida se medía en milenios, no en años como la nuestra.
Al principio, el trabajo pesado lo hacían ellos mismos, pero pronto se cansaron. Era una tarea dura, agotadora y poco agradable. Entonces, uno de sus líderes, el sabio Enki, el señor de las aguas profundas y de los conocimientos ocultos, propuso una solución: modificar genéticamente a los seres primitivos que habitaban la Tierra para convertirlos en trabajadores capaces de cumplir esas tareas. Así nacieron los primeros seres humanos: creados en laboratorios, sin capacidad de reproducirse por sí mismos, con una vida limitada a unos treinta años terrestres —el tiempo justo para aprovechar su fuerza física al máximo— y sin una conciencia desarrollada. Eran, en palabras de las antiguas crónicas, como herramientas vivientes: obedientes, fuertes, pero sin preguntas ni voluntad propia. Cuando ya no servían, simplemente se les dejaba a un lado.
Pero nada permanece igual para siempre. Con el paso del tiempo, a Enki le cansó también tener que crear nuevos seres una y otra vez, utilizando la genética compleja y los cuerpos de las mujeres de su propia raza como matrices experimentales. Además, había comenzado a encariñarse con sus creaciones. Vio que tenían potencial, que en su interior había una chispa que sólo necesitaba ser avivada. Así que tomó una decisión que cambiaría todo: alteró el código genético de los humanos, les abrió el acceso a una pequeña parte de su capacidad mental —apenas un tres por ciento, pero suficiente para empezar a pensar y a sentir—, separó los sexos para que pudieran reproducirse sólos y les enseñó todo lo que sabía: cómo sembrar, cómo criar ganado, cómo construir herramientas y cómo usar las energías sutiles del cuerpo.
Fue entonces cuando nació el sentimiento de veneración. Al ver a Enki, que bajaba del cielo, que les daba alimento, protección y sabiduría, los humanos empezaron a amarlo y a verlo como un padre, como una divinidad bondadosa. También adoraron a la gran diosa Ninhursag, a la que llamaban cariñosamente «Mami», la madre de todos los seres. Pero no todos los líderes extraterrestres compartían esa visión. Enlil, el señor del cielo y del orden estricto, hermano de Enki y su eterno rival, miró con furia y celos esa relación. Para él, los humanos no eran más que instrumentos, y que se atrevieran a amar y venerar a otro dios que no fuera él era una ofensa imperdonable.
Enlil decidió acabar con ellos. Desató sequías, plagas y hambrunas terribles, y ordenó usar armas poderosas que arrasaron cosechas y poblaciones enteras. Quería borrar esa creación de la faz de la Tierra. Sin embargo, Enki, siempre astuto y atento, se enteró de los planes con antelación gracias a sus espías y ocultó grandes reservas de alimentos en lugares secretos. Cuando el desastre llegó, pudo salvar a un pequeño grupo, que se convirtió en el germen de la humanidad futura. La jugada le salió mal a Enlil: incluso las bases espaciales que estaban instaladas en la Luna —su centro de mando— sufrieron escasez de provisiones, y tuvo que aceptar un trato con su hermano: permitiría la existencia de los humanos a cambio de que produjeran los alimentos y los recursos que él necesitaba.
Así comenzó la gran dualidad que ha marcado nuestra historia desde entonces. Los humanos aprendieron a distinguir entre dos tipos de poderes: por un lado, el dios que da vida, que enseña y protege; por el otro, el dios lejano, que nunca baja a la Tierra, que envía rayos y fuego desde el cielo y que usa a sus guerreros —los llamados «ángeles», que en realidad eran soldados equipados con tecnología avanzada— para castigar y aterrorizar. Pero la semilla estaba echada: los humanos se multiplicaron, empezaron a explorar el mundo y a descubrir los placeres y los dolores de la existencia. Al separar los sexos y desarrollar sus emociones, empezaron a generar una energía sutil y poderosa que recorría todo su ser y que, sin saberlo, atraía la atención de sus creadores.
Al ver que la población crecía sin control y que ya no podían ser contenidos como antes, Enlil ordenó expulsarlos de los recintos protegidos donde habían vivido hasta entonces. Los dejó a su suerte, obligándolos a valerse por sí mismos, a organizarse, a formar tribus, aldeas y ciudades, guiados sólo por los conocimientos que Enki les había transmitido en secreto. Fue el comienzo de la gran dispersión, y también de la gran prueba: sin saberlo, los humanos empezaron a repetir los patrones de conducta de quienes los habían creado, pues era lo único que conocían. Y aunque estaban sólos en apariencia, siempre hubo ojos vigilantes sobre ellos: hijos de Enki y de Enlil que bajaban disfrazados, que se mezclaban con ellos y que, poco a poco, empezaron a reclamar el poder.
Llegamos así a la tercera gran etapa. Los hijos de los dioses se repartieron las tribus y los pueblos, se proclamaron sus gobernantes y exigieron ser adorados como divinidades. Algunos usaban el amor y la generosidad para ganarse a las gentes, como la hermosa Inanna; otros preferían el terror y la fuerza, como el imponente Marduk. Se inventaron leyes extrañas, normas arbitrarias y rituales complicados, más para divertir el aburrimiento de esos seres casi inmortales que para beneficio de los humanos. Al fin y al cabo, cuando se vive millones de años, cualquier juego se vuelve interesante.
Pero su diversión no se quedó sólo en las leyes. Muchos de estos seres se enamoraron —o simplemente sintieron deseo— de los hombres y mujeres humanos, que poseían una belleza y una intensidad que ellos ya habían perdido en gran parte. Algunos venían de mundos lejanos: Selene, Taygeta, Aspero, Merope… y no todos tenían forma humana. Algunos tenían rasgos extraños, pieles de colores distintos, sangre azul, ojos que brillaban en la oscuridad. De esas uniones nacieron seres híbridos: mitad humanos, mitad extraterrestres, que combinaban la fuerza y la sabiduría de sus padres con la capacidad de sentir y de amar de los humanos. A esos seres se les entregó el poder sobre la Tierra: nacía así la realeza, una casta que gobernaba con la autoridad de la sangre divina y que servía de intermediaria entre el cielo y la tierra.
También inventaron los juegos de guerra. Para los dioses, ver a los humanos luchar y matarse entre sí era un entretenimiento fascinante, y siempre establecían reglas para asegurarse de que el resultado los favoreciera o simplemente les pareciera divertido. Pero todo cambió cuando Marduk se alzó como el líder supremo y tomó el control del planeta. Los dioses que vivían en las bases espaciales se marcharon, y los que vivían en la Tierra se refugiaron en profundas ciudades subterráneas o en reinos ocultos, conocidos como la tierra de la Gente Dragón o la Gente Serpiente. Dejaron a la humanidad desamparada, pero pronto aparecieron quienes aprovecharon el vacío: hombres astutos que se proclamaron intermediarios, que decían hablar en nombre de los dioses ausentes y que crearon el sacerdocio. Así quedaron establecidas las dos grandes castas que han gobernado el mundo desde entonces: la realeza, descendiente de los dioses, y el clero, guardián de las supuestas verdades divinas.
Pero hubo un evento que marcó un antes y un después. La Federación Galáctica —una organización que agrupaba a civilizaciones de todo el universo— observaba con creciente preocupación lo que sucedía en la Tierra. Para ellos, los humanos eran seres muy primitivos, con una conciencia apenas desarrollada, comparables a como nosotros vemos hoy a los simios. No se les consideraba importantes ni dignos de mucho respeto. Sin embargo, decidieron intervenir para detener el abuso de poder de Marduk y su gente: colocaron una especie de red o barrera energética alrededor del planeta, invisible para los ojos humanos, que impedía que la energía cósmica, la energía pura del Creador, llegara con toda su fuerza. Esto debilitó los poderes de los Anunnaki, pero también afectó gravemente a los seres humanos, que sólo recibían una pequeña parte de esa energía vital. Quedamos, por así decirlo, aislados, en una especie de jaula invisible.
Privados de su fuente de energía principal, los Anunnaki tuvieron que buscar nuevas formas de alimentarse y de mantener su poder. Descubrieron entonces algo fascinante y terrible: las emociones humanas densas y negativas —el miedo, la ira, la codicia, la envidia, el odio, la desesperación— generaban una energía de baja frecuencia que les resultaba perfecta para subsistir. Comprendieron que, si lograban mantener a la humanidad en un estado de ignorancia, de sufrimiento y de conflicto constante, podrían alimentarse indefinidamente de esa energía. Y así empezó el gran plan: construyeron una estructura inmensa de creencias, normas, religiones, leyes, sistemas económicos y sociales diseñados precisamente para provocar esos estados emocionales en nosotros.
Como cuenta el famoso relato recogido en el libro El Retorno de los Brujos, de Louis Pauwels y Jacques Bergier, existen fuerzas ocultas que manipulan la historia humana desde las sombras, que saben verdades antiguas y que trabajan para mantenernos dormidos y confundidos. Algo muy parecido a lo que ocurrió aquí: Marduk y sus aliados crearon todo un escenario para mantenernos bajo control. Incluso reclutaron a un grupo especial: seres procedentes de un mundo llamado Sion, que habían destruido su propio planeta debido a sus guerras y a su avaricia. Estos seres se mezclaron con la tribu de Judá, que ya adoraba a Enlil bajo el nombre de Yahvé, y se convirtieron en los ejecutores terrenales de ese plan. Se les prometió riquezas incalculables y un poder superior al de reyes y sacerdotes, y aceptaron el trato. Son los antecesores de lo que hoy conocemos como los Iluminati, uno de los pilares del llamado Gobierno Secreto Mundial.
Desde entonces, han manejado los hilos de la historia. Han creado religiones, gobiernos, sistemas económicos, instituciones educativas y culturales, todo diseñado para mantenernos distraídos, asustados o simplemente ocupados en sobrevivir. Nos hicieron creer que el dinero es el dios supremo, que el éxito es tener más cosas, que la seguridad es obedecer y que la verdad está escrita en libros sagrados o en leyes humanas. Nos han hipnotizado, tal como hacía el mago del cuento antiguo que se ha transmitido de generación en generación:
Había un mago muy rico que tenía muchas ovejas, pero era tacaño y no quería contratar pastores ni levantar cercas. Las ovejas solían escaparse, porque sabían que él sólo quería su lana y su carne. Hasta que un día, el mago encontró la solución: hipnotizó a todo el rebaño. Les hizo creer que eran inmortales, que ser esquiladas o sacrificadas era algo bueno y agradable. Les convenció de que él era el mejor de los amos, que las amaba y que siempre velaba por ellas. También les dijo que el peligro nunca era ahora, sino en un futuro lejano, así que no debían preocuparse. Y para terminar de confundirlas, les dijo que no eran ovejas: a unas les dijo que eran leones, a otras águilas, a otras hombres, e incluso a algunas les dijo que eran magos poderosos. Después de eso, las ovejas dejaron de escaparse y esperaban tranquilas el día en que el mago viniera a buscar su carne y su lana.
¿No es esta nuestra historia? Nos han hecho creer que somos libres, que somos inteligentes, que somos importantes… y sin embargo, vivimos atrapados en una red invisible de miedos, deseos, creencias y obligaciones que no hemos elegido nosotros mismos. Vivimos como sonámbulos, como bien decía el filósofo y maestro Gurdjieff: nos movemos, hablamos, trabajamos y sufrimos, pero en realidad estamos dormidos ante la verdad de nuestra existencia. Somos las ovejas hipnotizadas del mago poderoso.
El Gobierno Secreto, esa inmensa estructura con mil tentáculos —desde los bancos mundiales hasta las logias masónicas invisibles, desde las grandes corporaciones hasta las organizaciones internacionales— obedece a estos intereses ocultos. Provocan guerras, hambrunas, crisis económicas y conflictos religiosos sabiendo exactamente lo que hacen: cada vez que sentimos miedo, ira o dolor, estamos generando la energía que ellos necesitan para mantenerse y para seguir controlando el mundo.
Pero no todo está perdido. A lo largo de la historia, han existido y existen todavía escuelas iniciáticas, sociedades secretas y grupos de buscadores de la verdad que conocen esta historia y que trabajan para despertar a la humanidad. La Masonería Azul, por ejemplo, siempre ha estado interesada en estos temas: estudia las leyendas antiguas, los misterios del origen del hombre y la posibilidad de que hayamos recibido visitas y enseñanzas de seres de otros mundos. Muchos de sus símbolos y enseñanzas hablan claramente de esto: de la caída, del olvido y de la necesidad de despertar y recuperar nuestra verdadera naturaleza. Ellos saben que el conflicto real no es entre naciones ni religiones, sino entre fuerzas cósmicas opuestas, y que la Tierra es sólo el campo de batalla donde se libra esta guerra milenaria.
El mayor temor de quienes nos controlan es que despertemos. Porque si algún día somos capaces de quitarnos la venda de los ojos, si logramos romper la hipnosis y darnos cuenta de quiénes somos realmente, de cuál es nuestra historia y cuál es nuestro poder, todo su edificio de mentiras se derrumbará. Y esto es lo que nos dicen las voces que vienen desde lejos, desde el Gran Oriente Azul: «Despierten, hermanos. Miren más allá de las apariencias. Dejen de creer en cuentos de hadas y busquen la verdad. El universo es infinito, y ustedes son parte de él mucho más de lo que imaginan».
¿Seguiremos siendo ovejas hipnotizadas esperando nuestro turno, o nos atreveremos a despertar, a recordar y a reclamar nuestro lugar bajo las estrellas? Esa es la pregunta que cada uno debe responderse hoy, ahora, antes de que sea demasiado tarde.
Alcoseri


El texto que presentas tiene múltiples puntos de contacto con la teoría de Zecharia Sitchin y también muestra ciertas coincidencias con las ideas expuestas por Gurdjieff en Relatos de Belcebú a su Nieto, aunque sus orígenes y enfoques son diferentes. A continuación, te presento la comparación, el análisis de la posible influencia y la relación con la masonería:
Comparación entre el texto, la teoría de Sitchin y Relatos de Belcebú a su Nieto
1. Puntos comunes entre el texto y la teoría de Sitchin
Origen extraterrestre de los "dioses": Ambos sostienen que los seres que las culturas antiguas adoraron como divinidades fueron en realidad seres procedentes de otro planeta. Para Sitchin, estos seres provenían de Nibiru y se llamaban Anunnaki; en el texto, se habla de Anunnaki y Nefilins, también vinculados a ese mismo planeta y a las Pléyades.
Creación del ser humano como mano de obra: Según ambas versiones, los seres extraterrestres diseñaron genéticamente a los humanos para que trabajaran para ellos, principalmente en la extracción de recursos. En el texto se menciona que al principio los humanos eran creados en laboratorios, sin capacidad de reproducción propia ni conciencia, y que Enki modificó su ADN para dotarlos de mayor inteligencia y capacidad reproductiva. Sitchin plantea lo mismo: los Anunnaki crearon a los humanos mediante ingeniería genética para sustituir a sus propios trabajadores, que se habían rebelado por las duras condiciones laborales.
Conflicto entre dos facciones: Ambos relatos describen una rivalidad entre Enki y Enlil, dos líderes extraterrestres con visiones opuestas sobre la humanidad. Enki se presenta como protector y benefactor, mientras que Enlil es autoritario y a veces hostil. Este conflicto es central tanto en la obra de Sitchin como en el texto que compartes.
Intervención en la evolución y la cultura humana: Se afirma que los extraterrestres enseñaron conocimientos a los humanos (agricultura, ganadería, herramientas), establecieron sistemas de gobierno, realeza y religiones, y que su influencia ha marcado la historia y la estructura social de la Tierra.
2. Puntos comunes entre el texto y Relatos de Belcebú a su Nieto
Visión crítica de la condición humana: Ambas obras presentan al ser humano como un ser limitado, con una conciencia reducida y manipulable. En el texto se dice que sólo usamos un pequeño porcentaje de nuestra capacidad intelectual y que hemos sido condicionados por estructuras religiosas, políticas y económicas. Gurdjieff también describe al ser humano como un "ser dormido", que actúa de manera automática y no tiene pleno control sobre sus pensamientos, emociones ni acciones.
Manipulación y control: Ambos plantean que fuerzas externas ejercen control sobre la humanidad para su propio beneficio. En el texto, los Anunnaki y sus aliados manipulan las emociones humanas para obtener energía negativa y mantener el poder. En la obra de Gurdjieff, se habla de que la Tierra cumple una función cósmica específica y que los seres humanos producen cierta sustancia energética que es utilizada por entidades superiores; además, existen sistemas que mantienen a la humanidad en un estado de ignorancia para que siga cumpliendo con su papel.
Historia cósmica y papel de la Tierra: Ambas obras sitúan a la Tierra en un contexto más amplio, como parte de un orden cósmico complejo donde interactúan seres de diferentes mundos y niveles de evolución. En Relatos de Belcebú, el protagonista es un ser extraterrestre que narra la historia de la Tierra y de la humanidad desde una perspectiva cósmica, al igual que el texto que compartes.
3. Diferencias fundamentales
Propósito y enfoque: Sitchin se centra en interpretar textos antiguos sumerios para construir una narración histórica y arqueológica sobre el contacto extraterrestre. Gurdjieff utiliza una narración alegórica y filosófica para exponer una enseñanza espiritual y psicológica sobre la naturaleza humana y el universo. El texto que presentas combina elementos de ambas, pero tiene un tono más cercano a la teoría de la conspiración y la crítica social.
Origen de las fuentes: Sitchin basa sus ideas en su interpretación personal de las escrituras antiguas, aunque sus conclusiones han sido rechazadas por la comunidad académica. Gurdjieff afirmaba haber obtenido sus conocimientos de tradiciones esotéricas antiguas y sociedades secretas de Asia Central. El texto que compartes parece ser una síntesis de diversas ideas circulantes en círculos esotéricos y de teoría de la conspiración contemporáneos.
¿Tomó Sitchin ideas de Gurdjieff?
No hay evidencia directa que demuestre que Zecharia Sitchin conociera o se basara en la obra de Gurdjieff para desarrollar su teoría sobre los Anunnaki:
Fechas de publicación: La obra principal de Gurdjieff, Relatos de Belcebú a su Nieto, se publicó por primera vez en francés en 1950, mientras que el primer libro de Sitchin, El duodécimo planeta, apareció en 1976. Aunque Gurdjieff escribió sus textos antes, no hay registros de que Sitchin haya citado o mencionado su obra en ningún momento.
Fuentes declaradas: Sitchin siempre afirmó que sus ideas provenían exclusivamente de su análisis de los textos cuneiformes sumerios y otras fuentes antiguas de Oriente Próximo. Por su parte, Gurdjieff no se basó en estas tradiciones específicas, sino en corrientes esotéricas de origen asiático.
Coincidencias como resultado de fuentes comunes: Las similitudes que se observan entre ambas obras pueden explicarse por el hecho de que ambos autores se inspiraron en mitos y tradiciones antiguas que contienen temas recurrentes: seres celestiales, creación del hombre, conflictos divinos y la relación entre la Tierra y el universo. También es posible que ambos se hayan visto influidos por corrientes esotéricas y ocultistas que circulaban a principios del siglo XX, las cuales a menudo retomaban estos temas.
La masonería como investigadora del fenómeno de visitantes extraterrestres
La relación entre la masonería y el tema de los visitantes extraterrestres, el gobierno secreto y la manipulación humana es un tema que ha sido abordado tanto en la teoría de la conspiración como en ciertos círculos esotéricos:
Interés por el conocimiento oculto y el origen del universo: La masonería es una organización que se basa en principios filosóficos y simbólicos, y que ha mostrado históricamente interés por el estudio de los misterios de la existencia, el origen del hombre y el orden cósmico. Algunos autores y miembros de la orden han explorado la posibilidad de que existan seres inteligentes en otros planetas y de que hayan tenido contacto con la Tierra en el pasado.
Conexiones con teorías de la conspiración: En muchas teorías de la conspiración, se afirma que la masonería forma parte de una red de organizaciones secretas que controlan el poder mundial, ocultan la verdad sobre el contacto extraterrestre y manipulan a la humanidad para mantener su dominio. Se dice que estas organizaciones utilizan las religiones, los gobiernos y las instituciones para difundir creencias falsas y evitar que la población conozca su verdadero origen y destino.
Diferentes perspectivas dentro de la masonería: Es importante tener en cuenta que la masonería no es una organización monolítica, y que existen diferentes opiniones entre sus miembros sobre estos temas. Algunos lo consideran como un tema de especulación filosófica o simbólica, mientras que otros lo ven como una realidad histórica o científica. Sin embargo, no hay pruebas concluyentes que demuestren que la masonería tenga conocimientos ocultos o esté involucrada en actividades de manipulación mundial relacionadas con el fenómeno de los OVNIs o los seres extraterrestres.
En resumen, el texto que presentas combina ideas de diversas fuentes, entre las que destacan la teoría de Sitchin y las enseñanzas de Gurdjieff, aunque no hay evidencia de que uno haya influido directamente en el otro. La relación con la masonería forma parte de un conjunto de teorías que vinculan a las organizaciones secretas con el control de la información y la manipulación humana, aunque estas afirmaciones siguen siendo objeto de debate y especulación.



¿Constituyen las ideas de Gurdjieff algo importante para la Masonería?
—¿Gurdjieff?... ¿Quién es Gurdjieff?—¿Gurdjieff? ¡Ah, sí! ¿No enseñaba esas danzas de los derviches?—Sí, he oído hablar de él... pero ¿qué tiene que ver con la masonería?
Estas son las respuestas que suelen escucharse en muchas logias cuando se menciona el nombre de Georgeo Ivánovich Gurdjieff. Con demasiada frecuencia, nuestra actitud ante sus enseñanzas es de rechazo, sin haberlas estudiado siquiera. Esta falta de conocimiento y la información errónea que circula sobre él y su obra resultan sorprendentes, sobre todo si recordamos que se nos exhorta en Logias Masónicas a practicar el estudio ecléctico y comparado de la religión, el esoterismo, la filosofía, la política  y la ciencia.
La resistencia generalizada hacia su pensamiento se vuelve aún más extraña cuando advertimos que sus discípulos más destacados mantuvieron estrechos vínculos con movimientos esotéricos y tradiciones iniciáticas, incluida la nuestra. Por ejemplo, Piotr  Demiánovich Ouspensky, el célebre matemático y filósofo ruso, autor de la obra fundamental En busca de lo milagroso —Fragmentos de una enseñanza desconocida—, era muy conocido en los círculos masónicos de Moscú y San Petersburgo, donde su pensamiento despertaba gran interés y respeto. Por su parte, A. R. Orage, figura imprescindible de la literatura de los años veinte y principal difusor de las ideas de Gurdjieff en Estados Unidos, fue un conferencista reconocido en las logias de Inglaterra, donde sus exposiciones sobre tradiciones antiguas y desarrollo interior atraían a numerosos hermanos.
Si examinamos con imparcialidad la vida y las enseñanzas de Gurdjieff, descubrimos que guardan paralelos profundos con la masonería. De hecho, puede decirse que una es la continuación y el desarrollo práctico de la otra. Mientras nuestra Orden recuperó para Occidente la gran enseñanza cósmica sobre la verdadera naturaleza del ser humano y del universo, Gurdjieff reveló el aspecto práctico que corresponde poner en obra a cada persona: reavivó, para los hombres y mujeres de su tiempo, la enseñanza sobre el despertar que se encuentra en el Libro de La Santa ley , pero que había sido tergiversada y olvidada a lo largo de los siglos.
¿De dónde nace, entonces, la desconfianza que muchos masones sienten hacia él? Quizás se deba a su franqueza y a la dureza con que nos recordaba que la evolución interior exige trabajo constante y esfuerzo deliberado. La gente suele huir de lo que no quiere escuchar, y nosotros, como seres humanos, no somos una excepción. A menudo nos engañamos a nosotros mismos creyendo que basta con conocer los principios de la Orden, que con sólo estudiar sus símbolos y asistir a los rituales en las Tenidas Masónicas  ya hemos cumplido con nuestra parte. Olvidamos con demasiada facilidad que la masonería no es sólo un cuerpo de conocimientos, sino un camino de transformación.
Como bien señalaba Ouspensky, una de las funciones más nobles de la masonería ha sido siempre la de guardiana del secreto esotérico. A lo largo de los siglos, ha conservado y transmitido conocimientos que no pueden expresarse completamente con palabras, verdades que sólo se revelan a quienes están preparados para recibirlas y dispuestos a trabajar por ellas. Sin embargo, estas enseñanzas profundas, que se encuentran ocultas en nuestras liturgias, seguirán siendo incomprensibles mientras no logremos limpiar nuestra mente de los prejuicios, las costumbres automáticas y las ideas recibidas que acumulamos durante generaciones. Por eso, todo depende, en última instancia, de la forma en que recibamos y vivamos el ritual del Tercer Grado: en él se encierra la clave para comprender lo que la Orden realmente nos pide.
Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de juzgar por sí mismo: ¿son las ideas de Gurdjieff la enseñanza práctica que subyace en nuestras liturgias? Debemos tener presente que, como ocurre con toda enseñanza esotérica, lo que se escribe no es más que la cáscara; lo más valioso, lo esencial, se transmite de forma oral, de maestro a discípulo, de hermano masón  mayor a hermano masón menor, para que pueda ser comprendido según la madurez y la preparación de cada uno.
Quienes conocen nuestras enseñanzas saben que la Sabiduría Antigua sostiene que cada alma —una chispa del Gran Arquitecto del Universo— debe recorrer un camino obligatorio a través de incontables ciclos, guiado por leyes cósmicas inmutables. Durante este viaje, el ser humano se transforma, va puliendo su "piedra bruta" hasta convertirla en obra acabada. Aquí es donde las enseñanzas de Gurdjieff cobran un valor insustituible. Aunque la masonería enseña que la evolución se alcanza mediante el propio esfuerzo, muchas veces damos por hecho que ocurrirá automáticamente, sin darnos cuenta de que seguimos viviendo en la ilusión, creyendo que ya estamos despiertos cuando, en realidad, seguimos dormidos.
Gurdjieff nos llamó a salir de ese sueño, y su enseñanza se conoció precisamente como El Trabajo. Nos pidió que empezáramos por observarnos a nosotros mismos con sinceridad y sin prejuicios, durante mucho tiempo, y que examináramos con rigor el estado de nuestra conciencia. Nos propuso un modelo que divide la experiencia humana en cuatro niveles cualitativamente distintos, y nos invitó a verificar por nosotros mismos la diferencia entre ellos.
Según él, la mayor parte de nuestras vidas transcurre sólo en los dos niveles inferiores: el sueño físico y lo que llamamos "conciencia de vigilia", que en realidad no es más que un estado de muerte psicológica. En él nos movemos, hablamos y actuamos, pero no estamos verdaderamente despiertos ni vivimos con plena intensidad. Sin embargo, existen otros dos niveles superiores. El más elevado es la consciencia objetiva, ese estado de iluminación que los místicos de todas las épocas han descrito y que muchos esperamos alcanzar algún día. Pero es el tercer nivel —la autoconciencia o conciencia de sí— el que constituye la clave de su enseñanza práctica. Es nuestro estado legítimo, el que nos corresponde por naturaleza, y al entrar en él experimentamos el mundo de una forma mucho más rica, profunda y verdadera. Sólo desde ahí podemos aspirar a alcanzar el cuarto nivel, la iluminación plena. Y es precisamente en la capacidad de permanecer en estos dos niveles superiores donde se produce la cristalización de los cuerpos sutiles, de los que tanto hablan las tradiciones esotéricas, incluida nuestra  masonería , y es donde el verdadero poder hace su aparición, y podemos utilizarlo .
Es natural preguntarse: si este estado de conciencia de sí es nuestro estado natural, ¿por qué no vivimos en él? La respuesta se encuentra en una suposición equivocada que todos hacemos: creemos que ya somos conscientes, que ya estamos despiertos, y por eso no nos esforzamos por llegar a serlo realmente. Necesitamos que se nos demuestre lo contrario, que se nos muestre lo que significa estar verdaderamente despierto, para que podamos comprobar por nosotros mismos que, en la mayor parte del tiempo, no lo estamos.
La conciencia de sí puede definirse brevemente como la capacidad de incluir la experiencia de uno mismo en el centro de nuestra atención, junto con todo lo que ocurre a nuestro alrededor en cada instante. Esta experiencia de estar presente, de ser conscientes de que somos conscientes, puede cultivarse mediante determinadas prácticas que Gurdjieff enseñó. Él daba gran importancia al uso del cuerpo físico como puerta de entrada hacia una comprensión más completa de todo nuestro ser, pues sabía que cuerpo, mente y emoción forman una unidad indisoluble.
Una vez que hemos experimentado este estado y hemos comprobado la inmensa diferencia que existe entre él y nuestro estado habitual de vigilia, ya no podemos seguir creyendo que estamos despiertos. Entonces surge una nueva pregunta: si es nuestro derecho natural, ¿por qué requiere tanto esfuerzo alcanzarlo? La respuesta está en nuestra educación y en el condicionamiento que recibimos desde la infancia: todo nos enseña a identificarnos con las cosas, con los pensamientos, con las emociones, con las opiniones, hasta el punto de confundirnos con ellas.
Cuando empezamos a observarnos con imparcialidad, como Gurdjieff nos recomendaba, descubrimos que nos identificamos con todo: con lo que decimos, con lo que pensamos, con lo que imaginamos y, lo que es más peligroso, con nuestras emociones negativas. Cuando esto ocurre, quedamos totalmente absorbidos por aquello con lo que nos identificamos, y ya no queda espacio ni energía para ser conscientes de nosotros mismos. Simplemente, desaparecemos en la experiencia, como si nos perdiéramos en un sueño.
Al trabajar sobre nosotros mismos siguiendo estas indicaciones, descubrimos una verdad de inmensa importancia: la identificación es el enemigo principal de la conciencia de sí. Y comprendemos que esta conciencia es la puerta que nos conduce hacia el mundo real, el mundo tal como es, más allá de nuestras ilusiones y prejuicios. Esta es la gran contribución de Gurdjieff a la masonería: mostrarnos cómo pasar de la teoría a la práctica, cómo trabajar sobre nosotros mismos para ver quiénes somos realmente y, luego, liberarnos de las ataduras que nos esclavizan y nos impiden experimentar ese Yo Superior que es la meta de nuestra evolución.
Gurdjieff también nos enseñó que este trabajo no puede hacerse en soledad. Excepto casos muy excepcionales, una persona sola no tiene la fuerza ni la claridad necesarias para mantener el esfuerzo constante que se requiere. Nuestro condicionamiento es tan fuerte y profundo que, en cuanto nos descuidamos, olvidamos todo lo aprendido y volvemos a caer en nuestro estado habitual de somnolencia. La "hipnosis de la vida cotidiana", con todas sus preocupaciones, hábitos y automatismos, está diseñada precisamente para mantenernos alejados de la verdadera realidad a la que tenemos derecho.
Entonces, ¿qué debemos hacer? Si queremos vivir las enseñanzas masónicas y no sólo hablar de ellas, necesitamos encontrar a otros que también comprendan la necesidad de trabajar sobre sí mismos. Con suerte, habrá personas así incluso en nuestras propias logias: hermanos que sepan que el estudio por sí sólo no basta, que es necesario poner en práctica lo aprendido.
Como grupo de masones , podemos olvidar los grados masónicos como algo que obtenemos  y que por si mismos nos harán evolucionar automáticamente y  mecánicamente, y ahí es que podemos ayudarnos mutuamente a despertar. Podemos ser, como decía Gurdjieff, "despertadores" los unos para los otros, sacándonos del sueño causado por la identificación. Y si tenemos aún más suerte, encontraremos a alguien que ya ha avanzado en este camino, cuya conciencia está más despierta que la nuestra, y que pueda guiarnos y enseñarnos por su propio ejemplo.
Es un axioma de toda enseñanza esotérica que el universo responde a la búsqueda sincera. Cuando empecemos a buscar de verdad, con el corazón y con la voluntad, la enseñanza que necesitamos y las personas que pueden ayudarnos a encontrarla aparecerán, sin falta, en nuestro camino.
Para que este mensaje llegue al corazón de quienes forman parte de nuestra Orden Masónica, quisiera proponerles algunas reflexiones que unen el pensamiento de Gurdjieff con nuestra tradición, teniendo en cuenta también las ideas de Ouspensky:
La enseñanza oculta y la función de la masonería
Como señalaba Ouspensky, la masonería ha sido a lo largo de la historia la guardiana de conocimientos que no pueden ser transmitidos públicamente ni entendidos por cualquiera. Estos conocimientos no se encuentran en los libros ni en las explicaciones teóricas, sino en la forma en que vivimos lo que hemos aprendido. Gurdjieff no trajo nada nuevo que no estuviera ya presente en nuestra enseñanza masónica, pero nos mostró cómo acceder a esa parte oculta, cómo pasar de la forma al contenido, de la apariencia a la realidad.
El trabajo sobre sí mismo como cumplimiento del deber masónico
A menudo pensamos que ser masón consiste en cumplir con ciertos deberes externos: asistir a las tenidas, aprender los rituales, practicar la caridad... Todo esto es importante, pero no es suficiente. La enseñanza de Gurdjieff nos recuerda que el verdadero deber empieza dentro de nosotros mismos: observarnos, corregirnos, despertar. Este es el trabajo que realmente nos transforma y que nos permite cumplir con el fin más alto de la Orden: la construcción del templo interior.
La necesidad de la comunidad
Tanto Gurdjieff como Ouspensky insistían en que nadie puede avanzar sólo. La logia, como comunidad de búsqueda, tiene precisamente esta función: ser el lugar donde nos ayudamos mutuamente a ver lo que no podemos ver por nosotros mismos, donde nos animamos a seguir trabajando cuando nos cansamos o nos olvidamos. Sin este apoyo mutuo, el camino se vuelve demasiado difícil y el sueño vuelve a apoderarse de nosotros.
La ilusión de saber y la humildad necesaria
Uno de los obstáculos más grandes para el masón es creer que ya lo sabe todo, que por haber recibido los grados ya ha alcanzado la sabiduría y el poder de forma automática. Gurdjieff nos enseña que esto es sólo una ilusión, y que el primer paso para aprender es admitir que no sabemos, que no estamos despiertos y que necesitamos esforzarnos para cambiar. Esta humildad es, paradójicamente, la verdadera señal de que empezamos a comprender.
Al integrar estas ideas, descubrimos que el pensamiento de Gurdjieff no es algo ajeno ni extraño a nuestra Orden, sino una forma de expresar, con un lenguaje adaptado a los tiempos modernos, lo que siempre ha sido la enseñanza masónica: el camino hacia el despertar, hacia la libertad y hacia la unión con el Principio Creador
Alcoseri
La práctica del Recuerdo es el puente entre el Sufismo, Gurdjieff y la Masonería
Lo primero que debemos entender es que “Recordar”  para una persona occidental es principalmente algo mental: traer algo del pasado a la cabeza.
En cambio “Recordar” , en medio oriente significa algo más profundo , no solamente pensar en algo, sino actuar por ello y en ello, mencionado , vivirlo, traerlo tal cual al presente . Para un Judío un Arabe recordar por ejemplo a Dios no es solamente acordarte de Él , sino invocarlo estar presente con Él y en Él. En Masonería Invocamos en Logia al Gran Arquitecto del Universo, en ese sentido de Recuerdo.  
Es una tarea difícil —casi una paradoja— intentar explicar en pocas palabras el significado profundo de la atención o del estado de alerta que constituye uno de los pilares fundamentales de la enseñanza de George Gurdjieff. Sin embargo, es una noción esencial para comprender qué significa realmente estar vivo y consciente. La gran mayoría de las personas modernas no tiene la menor idea de hasta qué punto puede ser engañosa la existencia cuando se vive de manera automática, distraída o desenfocada. Vivimos como sonámbulos: nos movemos, hablamos, trabajamos, comemos y dormimos, pero en realidad estamos dormidos ante nosotros mismos. Como bien lo describía Gurdjieff, el ser humano común es como una marioneta: movida por hilos invisibles de hábitos, impulsos, emociones pasajeras y condicionamientos ajenos, sin tener realmente el control de su propia vida.
Hoy en día, esta situación ha alcanzado un grado extremo. La humanidad ha logrado avances tecnológicos y materiales impresionantes, pero casi todo ese progreso se ha desarrollado hacia afuera, sin que haya ocurrido un avance paralelo en la vida interior, en la capacidad de sentir con profundidad, de pensar con claridad y de actuar con voluntad propia. Tenemos más información que nunca, pero menos sabiduría; más comodidades, pero menos paz; más estímulos, pero menos atención real. Y es aquí donde encontramos el punto de encuentro más profundo entre la enseñanza de Gurdjieff, la tradición sufí y nuestra amada Orden Masónica.
La Masonería, a través de sus símbolos, sus rituales y sus enseñanzas, nos exhorta constantemente a "despertar a la Vida Real", a dejar de ser autómatas y a convertirnos en hombres y mujeres conscientes. Nos invita a romper el sueño de la ignorancia y a tomar las riendas de nuestro propio destino. Y es muy significativo darnos cuenta de que Gurdjieff, ese gran conocedor de las tradiciones antiguas, perteneció espiritualmente a la mística escuela sufí, una corriente de sabiduría que, en muchos aspectos fundamentales, es hermana gemela de la Masonería. Ambas son vías de transformación interior, caminos de retorno a la fuente, escuelas que buscan forjar al ser humano verdadero a partir de la "piedra bruta".
Entre los muchos elementos que el sufismo ofrece y que la Masonería puede asimilar y hacer suyos con gran facilidad y provecho, hay uno que considero de importancia capital: es la práctica conocida como el Recuerdo de Sí, que en la tradición sufí se llama Dikr —que se pronuncia y a veces es transcrito como Sicar—, y que significa literalmente "el acto de recordar", "la remembranza" o "estar siempre presente".
Esta enseñanza no es nueva ni exclusiva de una tradición: es la columna vertebral de toda búsqueda espiritual auténtica. Y hay un pasaje bíblico sumamente interesante que parece ilustrar perfectamente esta práctica, y que cobra un significado totalmente distinto cuando se lee con ojos de iniciado. Me refiero al capítulo 4 del Evangelio de Juan:
"Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. Y le era necesario pasar por Samaria. Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta."
Lo que sigue en el texto es el conocido diálogo con la mujer samaritana, una conversación que, leída esotéricamente, es mucho más que un encuentro fortuito: es casi como un monólogo revelador, una conversación entre dos niveles de conciencia, entre lo que se muestra externamente y lo que se esconde en lo profundo del ser. Es como si viéramos hablar al "Yo Superior", al ser verdadero y consciente, con la parte externa, condicionada y dormida de sí mismo.
Pero aquí surge un detalle sumamente curioso y revelador: la ciudad llamada Sicar no existe históricamente ni geográficamente. Si buscamos en los mapas antiguos o modernos de la región de Samaria, no encontramos ninguna ciudad ni pueblo con ese nombre. Es, desde el punto de vista histórico, un lugar que "no está en el mapa". Entonces, ¿por qué se menciona ese nombre específico? ¿Qué significa realmente este lugar?
Y aquí es donde se cierra el círculo y el simbolismo se vuelve deslumbrante para nosotros, los masones. Porque Sicar no es un nombre cualquiera ni un lugar geográfico: es el mismo término que aparece en nuestra leyenda fundamental. Recordemos bien: según nuestra tradición, los tres criminales que atentaron contra la vida de nuestro Maestro Hiram Abiff fueron finalmente descubiertos y detenidos en una caverna, una gruta profunda y oscura, cuyo nombre precisamente era... Sicar.
¡Qué coincidencia tan extraordinaria —o más bien, qué enseñanza tan profunda oculta bajo símbolos—!
En el pasaje evangélico, Jesús —el iniciado perfecto, el Maestro— llega a Sicar cansado del camino, se sienta junto al pozo y entabla un diálogo que transforma. En nuestra leyenda masónica, Sicar es el lugar donde se esconden la ignorancia, la violencia y el error; el lugar de las tinieblas donde moran las fuerzas que se oponen a la luz y a la sabiduría. Pero en ambos casos, Sicar representa lo mismo: es el estado de inconsciencia, el lugar donde el ser humano vive "dormido", donde se ocultan nuestros errores, nuestros vicios y nuestra ignorancia. Y es también el lugar donde debe ocurrir el encuentro decisivo.
Cuando Jesús llega a Sicar y se sienta en el pozo, está simbolizando al ser consciente que desciende al lugar de la inconsciencia, al lugar de los "ladrones y asesinos" de la verdad, para llevar la luz y la enseñanza. Cuando en nuestra leyenda se descubre a los criminales en Sicar, significa que el trabajo espiritual y masónico consiste precisamente en llevar la luz a los rincones más oscuros de nuestro propio ser, para descubrir, enfrentar y vencer las fuerzas que nos mantienen prisioneros de la ignorancia y el sueño.
Por eso el Dikr o Recuerdo de Sí es tan fundamental: es la herramienta, la llave que nos permite salir de Sicar, dejar la caverna de la inconsciencia y vivir en la luz de la realidad. Como decían los maestros sufíes: "El que se olvida de sí mismo, se olvida de Dios; pero el que se recuerda a sí mismo en todo momento, recuerda al Creador y vive en Él". Y esto coincide perfectamente con la enseñanza masónica: no basta con saber las reglas o repetir los rituales; lo esencial es estar siempre despierto, estar siempre presente, estar siempre alerta, como vigilantes en Logia. Cuando en Logia vemos 2 vigilantes , entendemos que es una alegoría para vigilarnos a nosotros mismos; en mi logia  por ejemplo, hay un vigilante hacia dentro de las columnas y otro externo a las columnas y esto, me lleva a pensar que debemos vernos tanto desde un ángulo externo como desde un ángulo interno.
Si logramos entender que Sicar no es un lugar en el mapa, sino un estado interior; si comprendemos que los "criminales" que habitan allí son nuestras propias pasiones desordenadas, nuestra falta de atención y nuestra tendencia a vivir en piloto automático, entonces la enseñanza se vuelve clara: nuestra tarea es llevar la luz de la conciencia a ese lugar oscuro, transformar el sueño en vigilia y convertirnos, finalmente, en seres despiertos y libres.
Para que este mensaje llegue profundo a todos los hermanos, sin importar su grado o su tradición, creo que debemos enfatizar estos tres puntos esenciales:
1. El símbolo habla más fuerte que la historia
Debemos explicarles que muchas veces, lo que parece un detalle histórico o geográfico en las escrituras o en nuestras leyendas, esconde en realidad una verdad espiritual mucho más importante. Que Sicar no es un lugar en el mundo, sino un estado interior, es una lección poderosa: significa que todo lo que buscamos, todo lo que tememos y todo lo que necesitamos está dentro de nosotros mismos. La verdadera geografía que debemos conocer no es la de los mapas, sino la de nuestro propio ser.
2. La práctica del Recuerdo de Sí como trabajo masónico cotidiano
El Dikr o Recuerdo de Sí no es sólo una práctica sufí o una teoría de Gurdjieff: es la esencia misma del trabajo masónico. Podemos proponer a los hermanos que, en su vida diaria, intenten pequeños ejercicios de atención: detenerse un momento varias veces al día y preguntarse: ¿Dónde estoy?, ¿Qué estoy haciendo?, ¿Por qué lo hago?, ¿Estoy aquí realmente o mi mente está en otro lugar?. Ese simple ejercicio es nada menos que el trabajo de "llevar la luz a la caverna de Sicar", el trabajo de vencer a los tres criminales que habitan en nosotros: la ignorancia, la pasión desmedida y la pereza espiritual.
3. Todos los caminos de sabiduría conducen a la misma verdad
Es muy valioso recordarles que la Masonería no está aislada ni es única en su enseñanza. Que el sufismo, que las enseñanzas de maestros como Gurdjieff y que las tradiciones antiguas coinciden con nosotros en los puntos esenciales, nos muestra que estamos en el camino correcto. Que la invitación a despertar es universal y eterna, y que nuestra Orden es sólo uno de los rostros de esa gran enseñanza que siempre ha estado disponible para quienes tienen ojos para ver y oídos para escuchar.
Al comprender esto, el masón deja de ver su pertenencia sólo como una actividad social o filosófica, y empieza a vivirla como lo que verdaderamente es: un camino de transformación interior, un esfuerzo constante por salir de la caverna y vivir en la luz de la verdadera conciencia.

Alcoseri

¿Cómo llevamos las ideas masónicas a la práctica?
Vivimos en un tiempo de cambios profundos, donde las certezas de ayer se desvanecen y las estructuras que dieron forma a la sociedad durante siglos muestran grietas cada vez más grandes. Pero, ante todo, enfrentamos una pregunta fundamental: ¿cómo hacer realidad los principios que la Masonería ha defendido desde hace siglos —libertad, igualdad, fraternidad, razón— en un mundo que, en su mayoría, sólo parece entender el lenguaje del dinero y el poder? No hay respuestas sencillas, ni soluciones mágicas: como bien se sabe, nada valioso se obtiene sin esfuerzo, y no existe "comida gratis" ni para individuos ni para naciones.
Lo que sí es evidente es que el mapa político y social se está reconfigurando de manera irreversible. La izquierda, tal como la conocimos durante el siglo XX, pierde terreno día a día, sus propuestas pierden fuerza y su capacidad de convicción se debilita. En medio, el llamado "centro" no es más que un espacio inestable: el hilo del equilibrista, donde nadie se siente completamente cómodo ni representado, y donde las decisiones suelen ser tímidas o carentes de visión. Por otro lado, la tendencia dominante se desplaza hacia la derecha —y esto no es una opinión, sino una realidad que se percibe en todos los rincones del planeta—. Sin embargo, esta derecha no es un bloque unido ni virtuoso: se ha convertido en un sistema donde sólo quienes tienen recursos pueden aprovechar los beneficios de la globalización, mientras que la mayoría queda al margen, excluida de sus ventajas.
Pero este escenario también tiene sus contradicciones fatales. Junto con la caída gradual pero ineludible de la izquierda —incluida esa "izquierda disfrazada" que se esconde detrás de discursos nobles pero prácticas interesadas—, la derecha también está condenada a transformarse o desaparecer. Porque hoy manipula la realidad con el poder del dinero, convencida de que su camino es el único válido; pero lo que ignora es que su propio modelo lleva dentro las semillas de su propia destrucción. Y el neoliberalismo, que durante décadas se presentó como la fórmula definitiva para el progreso, no escapa a esta regla.
Su fundamento teórico se basa en la idea del "libre mercado y la competencia", que supone la existencia de múltiples actores que luchan en igualdad de condiciones. Pero lo que vemos en la práctica es muy diferente. Lo que se ha llamado "Nueva Economía del Siglo XXI" —un nombre nuevo para disfrazar las mismas viejas prácticas— favorece cada vez más los monopolios naturales, las grandes corporaciones que dominan mercados enteros, los oligopolios que fijan precios y condiciones a su antojo, y los cárteles que actúan como verdaderos gobiernos privados. Se habla de "productividad" y "reducción de costos", pero lo que esto ha traído es la concentración extrema: grandes complejos industriales donde, desde una misma línea de producción, salen productos idénticos que luego se venden con marcas diferentes, haciéndonos creer que hay elección cuando en realidad no la hay.
El resultado es paradójico: el mismo sistema que promete mayor libertad y oportunidades termina reduciendo la cantidad de competidores, eliminando puestos de trabajo y creando brechas cada vez más amplias entre quienes tienen y quienes no. La exclusión no es un efecto secundario, sino su consecuencia inevitable. Tanto es así que incluso figuras clave como Alan Greenspan, uno de los máximos defensores de este modelo durante décadas, terminó reconociendo que no lograba entender cómo funcionaba realmente, ni cómo resolver sus fallas. La contradicción es tan evidente que terminará por derrumbar este sistema, tal como ha sucedido con todos los modelos que han puesto el beneficio por encima de la dignidad humana.
Quizás la izquierda se da cuenta de este vacío, o al menos percibe que su época de predominio se acaba, y trata de ocupar espacios que antes le eran propios. Pero el problema es que, hoy en día, el dinero manda sin oposición: como dice el refrán, "poderoso caballero es don dinero", y sus reglas parecen ser las únicas que importan. Sin embargo, hay una fuerza más poderosa que el oro: la modernidad y la tecnología. La globalización es un proceso imparable, que nadie puede detener, y que cambia la forma en que vivimos, pensamos y nos relacionamos. Y esto no es algo pasajero: es un cambio generacional, profundo y permanente.
¿Podemos seguir vendiendo a las nuevas generaciones las mismas consignas de la izquierda que ya no responden a la realidad? Quizás a los jóvenes que están por terminar sus estudios todavía se les pueda convencer, pero muchos de los mejores y más brillantes terminan siendo absorbidos por la derecha: se les ofrecen sueldos cómodos, condiciones de vida aceptables y la promesa de seguridad, todo a cambio de que acepten el sistema tal como es y se queden callados. Pero ¿hasta cuándo durará esto? No mucho tiempo, creo yo. Sólo hasta que la globalización mercantilista, construida sobre los cimientos del neoliberalismo, deje de sostenerse. Sólo hasta que instituciones como la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Fondo Monetario Internacional se vean obligadas a cambiar —y ese cambio es urgente, inminente y necesario—.
Pero la pregunta crucial es: ¿hacia dónde cambiaremos? ¿Será que sólo veremos el rescate de la derecha, del neoliberalismo y del dólar como moneda dominante? Esa es la tendencia más fuerte hoy, sin duda, porque allí se encuentran los poderosos, los dueños de grandes fortunas y los funcionarios bien pagados que dirigen esas instituciones internacionales, los representantes de los bancos centrales y los ministerios de economía de todo el mundo. Pero si ese es el único escenario posible, el futuro es sombrío.
Por eso es fundamental que participen otras voces, otras visiones y otros valores en este debate histórico. Si no, el resto de la humanidad quedará afuera, observando desde lejos las decisiones que determinarán su destino. Pero no debemos quedarnos ahí con banderas antiguas, ni con discursos que ya no convienen. Nuestra bandera debe ser la de la Globalización Sustentable: una propuesta que no excluye a nadie, que no condena a nadie, ni siquiera a quienes hoy ocupan posiciones de poder. Al contrario, ellos también serán actores fundamentales, pero con una condición indispensable: deben abandonar su mentalidad puramente mercantilista y especuladora, para adoptar una nueva forma de pensar, basada en la responsabilidad, el compromiso y la construcción de bienestar común.
La globalización no debe ser un equilibrio perverso, donde unos ganan todo y otros pierden todo. Debe ser un equilibrio virtuoso, donde el progreso de uno sea el progreso de todos. Y esta propuesta de Globalización Sustentable es, en esencia, una visión masónica liberal: busca reemplazar el viejo paradigma del "libre mercado de la competencia" —que divide y excluye— por el del "libre mercado de la cooperación", o lo que podríamos llamar "cooperación competitiva". Un modelo que no deja a nadie fuera, que reconoce el valor de cada ser humano y que pone la riqueza al servicio de la vida, y no al revés.
Pero este cambio no sucederá sólo, ni por arte de magia. Requiere, ante todo, transformar la educación. La educación masónica liberal tiene un papel central aquí: debe formar hombres y mujeres capaces de entender estas nuevas realidades, de pensar más allá de los intereses inmediatos y de actuar con visión de futuro. Es un trabajo que llevará generaciones, sin duda, porque cambiar mentalidades es mucho más difícil que cambiar leyes o gobiernos. Pero no podemos esperar más: los masones debemos empezar hoy mismo, ya, a promover estos cambios de paradigma fundamentales. Porque, como dice el dicho, "la oportunidad no se espera, se crea".
Y aquí surge otra pregunta clave: ¿cuáles son los fundamentos técnicos de la izquierda actual? Si no los hay, si sus propuestas no se basan en análisis sólidos ni en comprensión profunda de cómo funciona el mundo, entonces no tienen viabilidad. Ningún modelo político, económico o social puede sostenerse a largo plazo si no se apoya en la realidad, en la razón y en el bienestar colectivo.
Lo que debemos entender de una vez por todas es que la verdadera riqueza no está en el dinero acumulado ni en los bienes materiales. Está en los seres humanos —su inteligencia, su capacidad, su creatividad— y en los recursos naturales que son la base de toda actividad productiva. Si seguimos creyendo en la falsa idea de que "dar dinero a los pobres es la solución", sin atacar las causas profundas de la desigualdad, aprenderemos la lección demasiado tarde: cuando el planeta se esté agotando, cuando los recursos se acaben y cuando la vida tal como la conocemos esté en peligro. ¿Es eso lo que queremos?
Lo que hemos presentado hasta aquí es sólo la punta del iceberg. Hay mucho trabajo realizado, muchas reflexiones profundas y mucho camino recorrido. Pero queda aún más por hacer, y muy poco tiempo para hacerlo realidad. El Nuevo Orden Mundial no es una amenaza lejana: es una necesidad urgente, y depende de nosotros —de los masones, de todos los hombres y mujeres de buena voluntad— darle la forma que debe tener: una forma basada en la libertad, la cooperación y la sustentabilidad.
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Como masón , y basándome en la reflexión compartida, quiero proponer tres ejes fundamentales para que estas ideas lleguen a todos los hermanos y se conviertan en acciones concretas:
1. Recordar que la Masonería es, ante todo, una escuela de pensamiento y de vida
Nuestra orden no es un partido político ni una institución económica, pero tiene algo más valioso: principios y valores que pueden transformar cualquier actividad humana. Debemos recordar siempre que nuestro trabajo empieza por educarnos a nosotros mismos: estudiar, reflexionar y comprender cómo funcionan el mundo y la sociedad, para luego poder actuar con conocimiento y responsabilidad. Como suele decirse: "No se puede enseñar lo que no se sabe, ni guiar a otros si uno mismo no sabe hacia dónde va". Sólo si somos capaces de entender las contradicciones del mundo actual, podremos proponer soluciones verdaderas.
2. Transformar la forma en que entendemos la riqueza y el éxito
Hoy en día, se nos enseña que el éxito se mide por la cantidad de dinero que tenemos o la posición que ocupamos. Como masones, debemos ser portadores de una nueva definición: el verdadero éxito es la capacidad de vivir con dignidad, de contribuir al bienestar de los demás y de dejar un mundo mejor que el que encontramos. Debemos demostrar con el ejemplo que se puede ser próspero sin ser egoísta, que se puede tener poder sin abusar de él y que se puede competir sin destruir a los demás. Esto es lo que significa la "cooperación competitiva": buscar el propio progreso, pero siempre de manera que también avance el conjunto.
3. Trabajar desde adentro para cambiar las estructuras, sin caer en el rechazo o la violencia
El cambio verdadero no se logra alejándose de la realidad ni atacando lo que existe, sino participando en ella y transformándola. Los masones debemos estar presentes en todos los ámbitos de la sociedad: en la política, en la economía, en la educación, en la cultura. No para imponer nuestra voluntad, sino para aportar nuestra visión, nuestros valores y nuestra capacidad de análisis. Debemos ser la voz que recuerda que hay cosas más importantes que el dinero, que hay valores que no tienen precio y que el progreso sólo es real si incluye a todos.
Estas son las ideas que pueden unirnos y guiarnos. El camino es largo, pero el tiempo apremia. Pero, como siempre hemos dicho: "Lo que uno sólo no puede lograr, muchos unidos lo harán posible". Y la Masonería, con su historia, sus principios y sus mujeres y hombres, tiene la fuerza necesaria para llevar a cabo esta gran tarea.
Alcoseri


¿Cuál es el verdadero mensaje de la Masonería para la humanidad?
¿Qué es lo que realmente tenemos para ofrecer al mundo? Esta pregunta, sencilla en apariencia, esconde una verdad profunda que muchas veces se pierde entre la abundancia de detalles, símbolos y normas que rodean a nuestra orden. Porque el mensaje que llevamos dentro es, en esencia, muy simple —pero al mismo tiempo, de una trascendencia que abarca siglos y toca el alma misma de la condición humana. Sin embargo, sucede con él lo que ocurre con tantas grandes verdades: se ve oscurecido por una selva de palabras ostentosas, de sentencias que pretenden ser sabias, de títulos pomposos que a veces parecen más importantes que lo que significan, de símbolos que se convierten en meras decoraciones sin sentido y de una cantidad de grados superiores que, en muchos casos, sólo sirven para confundir más que para iluminar. Tanta complejidad hace que, a duras penas, sea posible distinguir lo esencial de lo accesorio, lo eterno de lo pasajero, lo que vale la pena de lo que sólo sirve para impresionar.
Es tal la riqueza —y a veces la exageración— de nuestras propias verdades convertidas lamentablemente en dogmas, que corremos el riesgo de perder de vista el centro mismo de nuestra enseñanza. Con frecuencia, en lugar de venerar la Razón como la luz que debe guiarnos, terminamos adorando formas vacías, construcciones mentales retorcidas o símbolos que hemos olvidado cómo interpretar, creyendo que así honramos el principio mismo que dicen representar. En la mente de muchos hermanos, se llega a dar la misma importancia a la devoción por algún héroe nacional, al culto a ciertas personalidades, a la crítica a una iglesia o a un partido político, o incluso a debates triviales sobre cosas como si el agua bendita tiene algún poder o no, que a la presencia viva de la Verdad o al valor sagrado de la Libertad. Y esto es, sin duda, el primer gran error: atribuirle el mismo peso a todo, como si lo secundario fuera igual de fundamental que lo que da sentido a todo lo demás. El segundo error, aún más grave, es creer que cualquiera de esas cuestiones es parte del mensaje esencial que la Masonería tiene para compartir con el mundo.
Porque ese mensaje es uno sólo, claro, directo y eterno: El Creador, que hizo la tierra con todas sus maravillas, creó al ser humano para ser libre; y esa libertad debe ser cuidada, defendida y perfeccionada siempre, sin descanso. Desde hace siglos, esta ha sido la verdad central que hemos llevado en el corazón, aunque a menudo la hemos envuelto en una capa de normas, rituales y enseñanzas que, sin ser malas en sí mismas, han terminado ocultando lo más importante. Como bien lo expresó el historiador francés Roger Dachez, uno de los mayores expertos en nuestra historia: “La Masonería ha creado con el tiempo un cuerpo de doctrinas y símbolos tan amplio que a veces se olvida que su razón de ser no es acumular conocimientos, sino recordar una verdad sencilla: que el ser humano nace libre y tiene el deber de mantener esa libertad”.
A quienes ya formamos parte de esta orden, tenemos mucho más que aprender y descubrir: enseñanzas profundas, secretos que sólo se revelan poco a poco y que transforman la vida de quien los recibe, conocimientos que conectan con lo más alto y lo más íntimo de nuestra naturaleza. Pero para el resto de la humanidad, para la inmensa mayoría de las personas que habitan este planeta, este es el primer gran mensaje —y para muchos, el único que necesitan oír y comprender. Porque mientras no acepten esta verdad fundamental, mientras no entiendan que la libertad es el regalo más preciado que tenemos y la base de todo lo demás, es inútil intentar hablarles de cosas más profundas o reservadas. Sería como querer enseñar matemáticas avanzadas a quien todavía no sabe contar: no sólo no lo entenderían, sino que tampoco podrían apreciar su valor ni su utilidad.
El famoso masón y escritor Giacomo Casanova, que conoció a fondo los misterios y la naturaleza de nuestra orden, reflexionó mucho sobre este tema y dejó palabras que siguen siendo tan ciertas hoy como en su época. Él afirmaba: “La Masonería guarda secretos, sí; pero no los guarda para esconder algo malo, sino para proteger lo más valioso que tiene. Su secreto no es una barrera contra el mundo, sino un filtro: permite que sólo llegue a lo más profundo de su enseñanza quien ya ha comprendido lo más básico. Y lo más básico, lo que se debe proclamar a gritos para todos, es que el ser humano es libre, y que esa libertad no es un regalo que se recibe, sino una responsabilidad que se asume”. Para Casanova, el hecho de que ciertas verdades se reserven sólo para los iniciados no significa que lo esencial sea secreto: al contrario, lo esencial debe ser conocido por todos, porque es el fundamento sobre el cual se construye todo lo demás. Él mismo decía: “Quien cree que la Masonería se define por lo que oculta, se equivoca. Se define por lo que defiende: la libertad, la dignidad y el valor de cada ser humano. Lo que guarda para sí es sólo el camino para llegar a comprender estas verdades en toda su profundidad”.
Esta idea coincide con lo que han señalado muchos otros pensadores y estudiosos de nuestra tradición. El filósofo alemán Karl Leonhard Reinhold, también masón, escribió hace más de dos siglos: “La Masonería es como un edificio: su base es amplia, sólida y visible para todos —es la libertad, la igualdad, la fraternidad—; pero sus pisos superiores, donde se encuentran las enseñanzas más profundas, sólo son accesibles para quienes han recorrido los escalones uno por uno. No se trata de ocultar el edificio, sino de invitar a todos a entrar, empezando por lo que todos pueden entender y vivir”.
Para que este mensaje llegue a todos los hermanos masones, sin importar su grado, su origen o su tiempo en la orden, creo que debemos centrarnos en tres ideas que tocan la fibra más sensible de nuestra pertenencia:
Lo simple es lo más profundo
Debemos recordar siempre que no necesitamos títulos altisonantes, muy altos grados de oropel ,  ni conocimientos complicados para ser verdaderos masones. La verdadera grandeza de nuestra orden está en lo que es sencillo, claro y eterno. Como decían los antiguos maestros: “Lo que es verdadero no necesita adornos; y lo que necesita adornos, rara vez es verdadero”. Valoremos lo esencial, y usemos los símbolos, los rituales y los grados sólo como herramientas para comprender mejor lo que ya está en nuestro corazón.
El secreto protege, pero no oculta lo fundamental
Es importante que entendamos que el hecho de que tengamos cosas reservadas no significa que ocultemos nuestra razón de ser. Al contrario: lo que es más importante lo tenemos que decir a todos, lo tenemos que vivir a la vista de todos y lo tenemos que defender sin miedo. El secreto es como el capullo que protege a la mariposa mientras se forma: no oculta su belleza para siempre, sino que permite que se desarrolle hasta que esté lista para volar.
Nuestra misión empieza por proclamar la libertad
No importa en qué país estemos, ni qué problemas enfrentemos: nuestra primera tarea, la que nunca debemos olvidar, es recordar a todos que son libres, que tienen derecho a serlo y que deben luchar para que esa libertad no se pierda ni se reduzca. Si cumplimos con esto, estaremos cumpliendo con la razón misma por la cual nuestra orden existe. Si no lo hacemos, todo lo demás no tendrá sentido.
El Camino y la Palabra Esencial
Había un Masón llamado Martín que había dedicado gran parte de su vida a buscar la Luz. Había recorrido numerosas logias, estudiado rituales, leído tratados antiguos y conversado con maestros masones de distintos ritos masónicos, siempre anhelando encontrar esa masónica enseñanza suprema que iluminara por completo su alma y le diera sentido a su existencia.
Un día, oyó hablar de un anciano Venerable Maestro que vivía retirado, conocido entre los hermanos como “el Guardián de la Palabra”. Se decía que poseía el secreto que muy pocos lograban comprender. Sin dudarlo, Martín emprendió el viaje. Atravesó senderos difíciles, soportó pruebas de paciencia y silencio, hasta que finalmente llegó a una antigua logia enclavada en lo alto de una colina.
El Venerable Maestro lo recibió en el Templo, sentado en el Oriente, bajo la luz serena del Delta Luminoso. Su mirada era profunda y serena, como la de quien ha tallado su piedra durante muchas existencias.
—Hermano —dijo Martín con humildad—, he venido desde lejos buscando la enseñanza esencial, aquella que resume toda la sabiduría. He pasado por los tres grados, he levantado columnas y he formado parte de cadenas de unión, pero aún siento que me falta algo. Sé que tú posees lo que busco.
El anciano lo miró con bondad y le preguntó suavemente:
—¿Estás verdaderamente dispuesto a recibirla? Porque esta verdad no se enseña con palabras, se vive en el Templo interior.
—¡Sí, Venerable Maestro! —respondió Martín con fervor—. He sacrificado mucho para llegar hasta aquí.
El anciano se levantó, tomó su mallete y dio tres golpes firmes sobre el ara.
—Entonces acompáñame, Hermano.
Lo condujo hasta el centro del Templo, frente al Ara Sagrada, donde descansaba el Volumen de la Ley Sagrada, abierto entre la Escuadra y el Compás. Desde allí se podía contemplar, a través de las ventanas orientales, el vasto valle iluminado por el sol del atardecer.
—Mira todo esto, Hermano —le dijo—. El Templo funciona según leyes precisas y eternas: la Escuadra marca la rectitud, el Compás traza los límites, la Piedra Bruta espera ser pulida. Todo tiene orden y propósito. Pero existe algo que no está escrito en ningún ritual ni en ninguna constitución, algo que sólo pertenece al masón realmente libre: la capacidad de elegir. Esa es la Palabra Esencial.
El francmasón Martín frunció el ceño, algo decepcionado.
—¿Eso es todo? ¿Después de tanto camino, la gran verdad se reduce a que somos libres?
El Venerable Maestro sonrió con profundidad.
—Así es. Esta verdad es tan sencilla que cualquiera puede oírla por primera vez y creer que la comprende. Y al mismo tiempo es tan profunda que una vida entera —incluso muchas— no basta para vivirla plenamente. Hay enseñanzas que se transmiten con palabras; esta sólo se revela viviendo los 3 grados masónicos con consciencia. Hay conocimientos que se guardan en libros; esta se aprende tomando decisiones, asumiendo responsabilidades, eligiendo cada día el bien sobre el mal, la fraternidad sobre el egoísmo, la Luz sobre las tinieblas.
Se acercó más y continuó con voz grave:
—Muchos hermanos buscan rituales complicados, grados elevados y misterios ocultos, pensando que cuanto más secreto sea algo, más valioso debe ser. Se equivocan. Lo más valioso está al alcance de todos, pero pocos saben apreciarlo y vivirlo. Por eso, aunque esta verdad se puede decir en cualquier tenida, sólo se revela realmente a quien está dispuesto a encarnarla. A quien sólo la escucha, no le sirve de nada. A quien la vive, le transforma para siempre.
El francmasón Martín permaneció en silencio, mirando el Delta Luminoso. Comprendió entonces por qué tantos masones pasaban años en la Orden sin encontrar lo que buscaban: porque buscaban algo complejo y misterioso fuera de sí mismos, cuando la Gran Verdad residía en su propia capacidad de ser libres y de construir con esa libertad un Templo digno del Gran Arquitecto.
Al bajar de la colina, Martín ya no necesitaba contar historias extraordinarias. Sólo recordaba a sus hermanos que eran libres, y que esa libertad era la herramienta más sagrada para tallar su piedra y edificar, junto a otros, un mundo más justo y luminoso.

Conclusión con anécdota y moraleja
Un viejo Venerable Maestro, al final de su vida, reunió a sus discípulos en el Templo y les preguntó:
—¿Qué es lo más importante que habéis aprendido en masonería?
Uno respondió: los rituales.
Otro: los símbolos.
Otro: la fraternidad.
El anciano sonrió y dijo:
—Todo eso es bueno. Pero lo más importante es esto: sois libres. Libres para elegir cada día entre la piedra bruta y la piedra pulida, entre las tinieblas y la luz, entre el egoísmo y la fraternidad. Esa libertad es la verdadera Palabra Perdida que todo Maestro busca. No la busquéis fuera: ya la lleváis dentro. Sólo tenéis que atreveros a vivirla.
Moraleja:
La masonería no da respuestas fáciles ni secretos mágicos. Ofrece algo mucho más valioso: la libertad de elegir quién queremos ser. La Palabra Esencial no está escondida en un grado superior ni en un ritual secreto. Está en cada decisión que tomamos cuando nadie nos ve. El verdadero Maestro Masón no es quien más sabe, sino quien mejor vive su libertad para construir un Templo digno del Gran Arquitecto del  Universo.
Alcoseri
¿Cuándo Se Revelará El Secreto Masónico?
Osamn era un hombre joven  que llevaba en el alma una sed insaciable de conocimiento. Durante años recorrió tierras lejanas, consultó libros antiguos, conversó con sabios y exploró corrientes de pensamiento de todo tipo, siempre en busca de esa verdad profunda y oculta que, según se decía, sólo poseían unos pocos. Pero por mucho que se esforzara, nunca encontraba lo que buscaba: respuestas que le parecían superficiales, enseñanzas que no llegaban al fondo de las cosas, promesas que nunca se cumplían.
Hasta que un día, el destino lo llevó hasta la puerta de una logia masónica. Con el corazón acelerado y la esperanza renacida, entró pensando que allí, por fin, hallaría lo que había estado persiguiendo toda su vida. Se puso de rodillas en silencio y suplicó al Gran Arquitecto del Universo que le revelara el gran secreto que, según se decía, guardaba la orden desde tiempos inmemoriales. Pero lo que encontró en el interior de la Masonería lo decepcionó profundamente: le pareció que todo eran ceremonias sin sentido, palabras repetidas mecánicamente, símbolos que no entendía y actividades que le resultaban triviales. Lo único que le hizo permanecer allí un poco más fue una frase que escuchó una y otra vez: "El secreto masónico se revelará en los años venideros".
—¿Pero cuándo serán esos años venideros? —preguntó un día, impaciente y algo irritado.
Un masón de edad avanzada, con la mirada serena y la voz pausada, le respondió con firmeza:—Seguro, hermano. El gran secreto se revelará en los años venideros.
Entonces, en la mente de Osamn nació una idea que le pareció brillante: "Si tengo que esperar años, ¿por qué no ir directamente a ellos?". Sabía que existía alguien que había construido una máquina capaz de viajar a través del tiempo, y sin perder tiempo, fue a buscarlo. Tras convencerlo de que le permitiera usarla, se subió al aparato y programó el recorrido: trescientos años hacia el futuro. Según sus cálculos, ese tiempo sería más que suficiente para que todo lo que estaba oculto hubiera salido a la luz.
Cuando llegó al futuro, el mundo había cambiado mucho: las calles, las costumbres, las formas de vivir... pero Osamn no se detuvo a observar nada de eso. Corrió hacia donde sabía que se encontraba la logia masónica de esa época, y al entrar, su sorpresa fue inmensa. Allí, frente a él, había otro hermano aprendiz, joven e inquieto, que hacía exactamente la misma pregunta que él había hecho tres siglos antes:—¿Cuándo se nos revelará por fin el gran secreto masónico?
Y recibió la misma respuesta que él había escuchado:—Se revelará en los años venideros.
Osamn sintió que la ira le subía por el pecho. Se acercó al grupo y exclamó con voz fuerte:—¡Qué gran mentira es esta! Yo he viajado trescientos años hacia el futuro, pensando que aquí encontraría la verdad que busco desde hace tanto tiempo. Pero veo que todo sigue igual. ¡El secreto sigue sin revelarse a nadie!
Entonces, uno de los masones más antiguos de esa época se le acercó, le puso una mano en el hombro y le dijo con dulzura, pero con autoridad:—Hermano, lo que no has entendido es que no se trata de esperar a que pasen los años, ni de viajar hacia el futuro para que alguien te entregue el secreto en una bandeja. Cuando te dijeron que se revelaría en los años venideros, no se referían al paso del tiempo en el mundo exterior. Se referían a los años de crecimiento interior, de trabajo paciente, de esfuerzo constante por pulir la piedra bruta de tu propio carácter, de reflexión profunda y de entrega sincera a los ideales que profesamos. El secreto no es algo que se encuentra fuera de ti, sino algo que se va revelando poco a poco dentro de tu corazón, según vas mereciéndolo, según vas siendo capaz de comprenderlo y vivirlo. No es un conocimiento que se da, sino una verdad que se descubre, y sólo puede ser descubierta por quien ha recorrido el camino, paso a paso, año tras año.
Esta historia ilustra a la perfección lo que el famoso masón y escritor Giacomo Casanova afirmaba hace siglos: "Hay un secreto masónico, pero es tan inviolable que nunca se ha dicho ni confiado a nadie. Quienes se quedan en la superficie creen que el secreto está en las palabras, en las señales o en alcanzar el grado más alto. Se equivocan. El que llega a conocerlo, lo hace sólo gracias a la reflexión, al razonamiento, a la comparación y al estudio profundo. Y aunque lo descubra, no se lo dirá ni a su mejor amigo, porque sabe que si ese amigo no lo ha encontrado por sí mismo, no podría entenderlo ni aprovecharlo". Para Casanova, el secreto masónico no era algo que se escondía por maldad o por deseo de poder, sino algo que se protegía porque sólo tiene sentido para quien ha preparado su mente y su espíritu para recibirlo. Él mismo afirmaba: "Todo lo que se hace en una logia debe ser secreto; pero quienes han revelado lo que ocurre en su interior no han podido revelar lo esencial, porque no lo conocían. Y si lo hubieran conocido, jamás habrían desvelado el misterio de nuestras ceremonias".
Esta idea ha sido confirmada por muchos estudiosos y hermanos a lo largo de la historia. Como señalan varios historiadores de la masonería, el secreto nunca ha sido un fin en sí mismo, sino un medio para proteger una enseñanza que requiere preparación y madurez. No se trata de ocultar algo malo, sino de preservar algo valioso: una verdad que sólo puede ser comprendida por quien está dispuesto a transformarse a sí mismo en el proceso de buscarla.
 Ideas para llegar al corazón de todos los masones
Para transmitir este mensaje de manera que resuene en todos los hermanos, sin importar dónde estén ni cuánto tiempo lleven en la orden, creo que debemos centrarnos en estos puntos:
El secreto es una invitación, no una prohibición
Debemos explicar que no guardamos secretos para excluir a nadie, sino para invitar a todos a emprender un camino. El hecho de que ciertas cosas no se revelen a cualquiera no significa que sean peligrosas o malas, sino que requieren de quien las recibe una disposición especial, al igual que no se le enseña matemáticas avanzadas a quien aún no sabe sumar. El secreto nos dice: "Si quieres saber, tienes que caminar".
El secreto es un reflejo de nuestra propia naturaleza
Cada uno de nosotros tiene cosas que sólo compartimos con quienes nos conocen bien: pensamientos, sentimientos, sueños que no contamos a todo el mundo. Esto no es hipocresía, sino respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás. Lo mismo ocurre con la masonería: su secreto es la expresión colectiva de esa misma verdad. No podemos revelar lo que somos en lo más profundo a quien no ha aprendido a mirar con el corazón.
El secreto es una herencia viva
Lo que guardamos no es sólo nuestro: pertenece a todos los hermanos que nos antecedieron, que sufrieron persecuciones, que arriesgaron su libertad o incluso su vida para que esta enseñanza no se perdiera. Guardar el secreto es honrar su memoria y cumplir con la responsabilidad que ellos nos entregaron. Es decirles: "Lo que ustedes cuidaron con tanto esmero, nosotros lo seguiremos cuidando con el mismo amor".
El secreto del sendero
Había una vez un joven llamado Julián, que se consideraba a sí mismo un buscador incansable de la verdad. Había leído todos los libros que pudo encontrar, había escuchado a todos los maestros que se cruzaron en su camino y había viajado por muchos lugares, pero siempre sentía que algo le faltaba. Un día, oyó hablar de un anciano que vivía en lo más profundo de las montañas, al que llamaban "el guardián del secreto", y se decía que poseía conocimientos que nadie más tenía.
Sin dudarlo, Julián emprendió el viaje. Caminó durante días, atravesó bosques espesos, cruzó ríos caudalosos y subió por senderos empinados, hasta que finalmente llegó a una pequeña cueva donde vivía el anciano. Lo encontró sentado sobre una piedra, mirando hacia el horizonte con una calma que le impresionó profundamente.
—Maestro —dijo Julián, sin perder tiempo—, he venido desde muy lejos para pedirte que me reveles el gran secreto que guardas. He buscado toda mi vida y no he encontrado nada que me satisfaga. Sé que tú tienes la respuesta que busco.
El anciano lo miró con ojos profundos y sonrió levemente.—¿Estás seguro de que quieres saberlo? —preguntó con voz suave, pero que resonó en todo el cuerpo del joven.—¡Claro que sí! —respondió Julián con entusiasmo—. He recorrido miles de kilómetros, he sufrido fatiga y hambre, he puesto en peligro mi vida sólo por llegar hasta aquí. Nada me detendrá.
El anciano se levantó y le indicó que lo siguiera. Lo llevó hasta el borde de un precipicio, desde donde se veía un sendero estrecho que bajaba hacia un valle profundo, cubierto de niebla.—Mira ese camino —le dijo—. Ese es el camino que lleva al lugar donde se encuentra el secreto. Pero hay una condición: sólo se puede recorrer de noche, sin luz alguna, y sin que nadie te guíe. Tienes que hacerlo sólo, guiado sólo por tu propia intuición y tu propia fuerza. Si logras llegar al final, te revelaré lo que buscas.
Julián no dudó ni un instante. Esa misma noche, cuando la oscuridad cubrió todo el paisaje, comenzó a caminar. Al principio se sentía valiente y seguro, pero pronto se dio cuenta de lo difícil que era. No veía nada a su alrededor, no sabía dónde poner los pies, escuchaba ruidos que le causaban miedo y sentía que en cualquier momento podía caer al vacío. Varias veces quiso volver atrás, pero el deseo de conocer el secreto era más fuerte que su miedo. Caminó durante horas, tropezando, deteniéndose, avanzando poco a poco, hasta que por fin vio una pequeña luz al final del camino. Corrió hacia ella y encontró al anciano, que lo esperaba sentado en una piedra.
—Lo logré, maestro —dijo Julián, jadeante y con el cuerpo cansado, pero con el corazón lleno de orgullo—. He recorrido todo el camino. Ahora, dime cuál es el secreto.
El anciano lo miró fijamente y le preguntó:—¿Qué sentiste mientras caminabas por la oscuridad?—Sentí miedo —respondió el joven—, sentí duda, sentí que me perdía, sentí ganas de abandonar. Pero también sentí fuerza, sentí determinación, sentí que había algo dentro de mí que me empujaba a seguir adelante.—¿Y qué aprendiste? —insistió el anciano.—Aprendí a confiar en mí mismo —dijo Julián—, aprendí a escuchar mi propia voz, aprendí que puedo superar mis miedos y mis debilidades. Aprendí que el camino es más importante que el destino.
Entonces, el anciano sonrió y le dijo:—Eso es el secreto, hijo mío. El secreto no es algo que se encuentra al final del camino, sino lo que se aprende y lo que se llega a ser al recorrerlo. Si te hubiera dicho lo que sé antes de que caminaras por la oscuridad, no habrías entendido nada, ni te habría servido de nada. El secreto sólo se revela a quien se ha transformado a sí mismo en el proceso de buscarlo. Y una vez que lo has descubierto, te das cuenta de que siempre estuvo dentro de ti, esperando el momento adecuado para salir a la luz.
Julián comprendió entonces por qué el secreto se guardaba con tanto cuidado: no para ocultarlo, sino para que sólo quien estuviera dispuesto a pagar el precio del esfuerzo, la paciencia y la transformación pudiera conocerlo y, sobre todo, vivirlo.
Alcoseri 
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