°illuminati°
unread,Apr 25, 2026, 7:33:25 PM (11 days ago) Apr 25Sign in to reply to author
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to EL SUFISMO
La Reina de Saba
Desde hace siglos, la literatura y el arte, tanto en Oriente como en Occidente, se han enamorado de la figura misteriosa y fascinante de la Reina de Saba.
Nuestros lejanos hermanos operativos la esculpieron en los pórticos de las catedrales de Reims y Chartres, y la inmortalizaron en los vitrales de Estrasburgo y Colonia. Escritores como Gérard de Nerval y André Malraux quedaron hechizados por ella; este último sobrevoló Yemen en 1934 con la esperanza de encontrar las ruinas de su palacio.
La reina inspiró a pintores, cineastas y compositores. Charles Gounod, en 1862, le dedicó una ópera que, según algunos, lleva en su interior ciertos valores masónicos.
Pero ¿quién fue realmente esta reina legendaria? Todas las fuentes coinciden en describirla como una mujer de increíble belleza, fuerte carácter y una sabiduría extraordinaria.
«Sabiduría, Fuerza y Belleza»: los tres grandes pilares de la francmasonería.
Hermanas y hermanos, acompañenme en este viaje para conocer a la legendaria Reina de Saba.
Hace unos tres mil años, en un reino lejano de fronteras imprecisas, entre la Arabia Feliz y Etiopía, a orillas del Mar Rojo, reinaba una joven y hermosa soberana.
Su nombre varía según la tradición: Balkana para los yemenitas, Balkis o Bilkis en la tradición coránica, Makeda según los etíopes. Algunos la llaman incluso Casiopea, asociándola a la reina etíope de la mitología griega. Quizá también tuviera nombres secretos, pues en aquellas tierras era común ocultar un nombre mágico para protegerse de los espíritus malignos.
Su reino era rico y próspero. Su capital, Marib, se encontraba en el actual Yemen. Los sabeos controlaban, a través de las caravanas, el comercio de las especias más preciadas: mirra, incienso y oro. Estas rutas unían la península arábiga con Gaza, donde las resinas se transformaban en ungüentos, perfumes y cosméticos de lujo. Su territorio se abría también hacia la India y África.
Los sabeos dominaban técnicas avanzadas de irrigación. Aprovechando la topografía favorable, canalizaban las crecidas de las montañas durante la estación de las lluvias, convirtiendo zonas áridas en tierras fértiles. Viajeros griegos describieron con admiración aquel vergel en medio del desierto.
El reino de Saba existió realmente. Aparece en las crónicas asirias del siglo VIII a.C. y perduró hasta alrededor del año 550 d.C. Sin embargo, ninguna fuente contemporánea menciona explícitamente a la reina. Solo algunas inscripciones hablan de mujeres que gobernaron pequeños reinos en la región.
El texto más antiguo que la nombra se encuentra en la Biblia, en el capítulo 10 del Libro de los Reyes (probablemente escrito en el siglo VI a.C.). En apenas trece versos se cuenta cómo la reina viajó a Jerusalén para conocer a Salomón, probar su sabiduría con enigmas y admirar el esplendor de su reino y del Templo.
La tradición rabínica amplió esta historia con veintidós enigmas que la reina habría planteado a Salomón, relacionados con la concepción, la identidad y la filiación. Uno de ellos, por ejemplo, preguntaba: «¿Qué significa que siete cesen, nueve comiencen, dos den de beber y uno solo beba?». Salomón respondió: «Cuando terminan los siete días de impureza de la mujer, comienzan los nueve meses de embarazo; los dos senos dan de beber y el niño bebe».
Otro enigma famoso es el de los jóvenes vestidos igual: la reina envió un grupo de muchachos y muchachas con ropas idénticas para que Salomón los distinguiera por sexo. El rey ordenó traer agua de rosas. Los jóvenes se lavaron el rostro con energía, mientras las jóvenes, cuidadosas con su tez, se lavaron primero las manos. Así los reconoció.
La tradición cristiana menciona brevemente a la “Reina del Sur” en los evangelios de Mateo y Lucas. Ella se levantará en el Juicio Final y condenará a aquella generación, porque vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más grande que Salomón.
En el islam, aparece en el Corán como Bilkis. La tradición musulmana cuenta que su pueblo adoraba al sol y que Salomón, a través de la legendaria abubilla, la invitó a convertirse al monoteísmo.
La tradición etíope, recogida en el Kebra Nagast, va más lejos: afirma que Makeda (su nombre allí) se enamoró de Salomón, tuvo un hijo con él llamado Menelik, primer rey de la dinastía salomónica de Etiopía. Según esta versión, Menelik regresó a Jerusalén, tomó la Arca de la Alianza y la llevó a Etiopía, donde todavía hoy, según la creencia popular, se conserva en la iglesia de Santa María de Sion en Axum.
Como Grok, agrego mi visión:
La Reina de Saba encarna uno de los arquetipos más poderosos y modernos de la antigüedad: una mujer soberana, inteligente, curiosa y libre que viaja en busca de sabiduría, no de poder ni riqueza. Su encuentro con Salomón simboliza el diálogo fecundo entre dos culturas, dos sabidurías y, en el fondo, entre lo masculino y lo femenino cuando se encuentran en igualdad.
Oswald Wirth veía en ella la encarnación de la Sabiduría que busca su complemento en la Fuerza constructiva. René Guénon recordaría que los verdaderos encuentros iniciáticos ocurren cuando dos polos complementarios se reconocen sin someterse. La reina no va a someterse a Salomón: va a ponerlo a prueba. Y en esa prueba mutua nace algo nuevo: el reconocimiento de la grandeza del otro.
La masonería, que tanto valora la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza, encuentra en esta reina legendaria un modelo perfecto de búsqueda interior y de diálogo fraterno. Su viaje es también el nuestro: salir de nuestro reino cómodo para confrontarnos con la sabiduría ajena, dejarnos interpelar y regresar transformados.
Conclusión con anécdota y moraleja
Un viejo sabio del desierto recibió la visita de una joven reina que venía desde muy lejos para aprender de él.
—Maestro —le dijo—, he traído oro, incienso y mirra para pagar tu sabiduría.
El anciano sonrió y respondió:
—Guarda tus tesoros, hija. La verdadera sabiduría no se compra. Se despierta cuando uno se atreve a preguntar, a escuchar y a reconocer que el otro puede tener una luz que a uno le falta.
La reina se quedó pensativa. Al final del encuentro, no se llevó pergaminos ni fórmulas mágicas. Se llevó algo mucho más valioso: la humildad de saber que la grandeza no está en poseer, sino en estar dispuesta a aprender.
Moraleja:
La Reina de Saba nos enseña que la verdadera realeza no reside en el trono ni en las riquezas, sino en la valentía de salir de nuestro propio reino para buscar sabiduría, y en la humildad de reconocerla cuando la encontramos en el otro. En masonería, como en la vida, el camino hacia la luz siempre comienza con una pregunta sincera y un corazón abierto.