La frontera entre innovaciones y buenas prácticas ha sido siempre muy
difusa en el país, siendo que la primera noción -utilizada en su sentido
más general- ha servido muchas veces de adjetivo para calificar el
mérito de un docente que logró superar alguna de sus rutinas pedagógicas
más conspicuas. La innovación, sin embargo, en otros ámbitos
profesionales, se juzga con criterios más estrictos y nadie se gana el
apelativo de innovador solo porque tuvo una iniciativa novedosa e
imaginativa. ¿Debe la educación ser la excepción? De otro lado, un
docente que se supera a sí mismo y logra mejorar sus prácticas usando
métodos activos para propiciar aprendizajes reflexivos, sin innovar nada
necesariamente, ¿debe recibir financiamiento del Estado? Más aún,
¿deben y pueden todos los maestros y maestras del país convertirse en
innovadores? Responder estas preguntas resulta indispensable si queremos
una política de reconocimiento al mérito docente que se base en
conceptos y reglas de juego claras para todos, sin condicionar la mejora
profesional a una retribución monetaria. Les comparto mis reflexiones
al respecto... Leer más