Afrontar los problemas que la vida nos pone delante -hoy lo estamos viendo- nos exige echar manos de conocimientos, experiencias y habilidades muy diversas. Si saber leer y calcular fuera suficiente, habría que regresar a la escuela anterior a la revolución francesa. O quizás más atrás, porque en el siglo XVIII, cuando menos, también se aprendía música, dialéctica y astronomía. No obstante, como la pandemia está obligando al mundo a ofrecer educación a distancia y a reducir el año escolar, hay quienes insisten en priorizar y, por supuesto, ponen sobre la mesa el aprendizaje de la lectura y la matemática. Pero esto no es novedad. Cuando Jaques Delors propuso sus cuatro pilares para la educación del futuro; cuando Edgar Morin propuso sus siete saberes necesarios a fines del siglo XX; cuando Howard Gardner describió las cinco mentes que iban a ser más requeridas en el presente siglo, cuando la UNESCO propuso sus once competencias para el siglo XXI, también se dijo que mejor era priorizar lo básico y se insistió con la lectura y la matemática. Y lo mismo escucharemos cincuenta años más adelante, porque esa certeza ya entró en el campo de la fe religiosa. Comparto en este artículo mis opiniones al respecto...
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