Me adhiero a un proyecto educativo nacional que aporte al país una educación capaz de formar ciudadanos comprometidos con la tarea de fortalecer nuestra frágil democracia; de formar a las jóvenes generaciones para construir una convivencia sana e inclusiva entre peruanos y de dotarlos de instituciones formadoras que les otorguen el bienestar socioemocional que merecen; que desarrolle capacidades para contribuir a un desarrollo sostenible y para que el bienestar material que se produzca sea realmente para todos. Sin embargo, en su gran mayoría y pese a esfuerzos o avances meritorios, nuestras escuelas no caminan en esa dirección sino en sentido contrario. Tampoco tenemos todavía un sistema educativo capaz de romper esa poderosa inercia que induce a nuestras instituciones educativas a mirar más al siglo XIX que al siglo XXI. ¿Cuáles son las enormes barreras que debemos derribar para llegar al año 2036 con estos propósito cumplidos? ¿Cómo pensamos hacerlo? ¿En qué nos basamos para pensar que esta vez tendremos éxito? El PEN al 2021 no se planteó estas preguntas. El PEN al 2036, que acaba de presentar sus primeros avances en medio de gran expectativa, debe responderlas. Una visión de futuro, dice Henry Mintzberg, no debe ser solo una declaración de propósitos sino también una representación mental de la estrategia. Comparto en este artículo algunas reflexiones al respecto...
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