Desde fines del siglo XX, la idea de que el aprendizaje no era algo que se producía por un estímulo externo sino por decisión de cada uno, de acuerdo a nuestro interés y nuestro propio discernimiento, entró a las políticas educativas como sustento de una pedagogía centrada en las personas, no en la información. Esto suponía una ruptura absoluta con la antigua tradición que le había dado identidad a los sistemas educativos como lugar de difusión y replicación de la cultura precedente. Pero, claro, esa idea tenía una premisa: las personas piensan y son libres de elegir qué adoptan o qué rechazan de sus experiencias de vida. Ah, pero había un pequeño detalle: ¿Esto vale también para los niños? ¿O para los adolescentes? A los diseñadores de política les pareció obvio e indiscutible. A los que las ponen en práctica, no necesariamente. Desde entonces, el uso de métodos activos se ha hecho popular en las escuelas, casi nadie imagina hoy una clase sin actividades donde los estudiantes participen. Pero seguimos diciéndoles todo lo que tienen que hacer, decir, creer y pensar, porque la idea de una minoría de edad desprovista de razón, cuya autonomía les conduce casi siempre al abismo del error y cuya obligación es reproducir las ideas de los adultos, tan común en el siglo XVIII, sigue viva en las mentes de una legión de educadores y padres de familia. Esto tiene un nombre y se llama prejuicio, aunque nadie estará dispuesto a reconocerlo como tal...
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