limbo
unread,Apr 14, 2026, 8:14:32 PMApr 14Sign in to reply to author
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to EL NUEVO ORDEN MUNDIAL
El Pequeño Hombre de Paja
Les propongo esta noche, hermanos y hermanas, una alegoría fascinante.
Una alegoría es un relato que se presenta primero con un sentido literal, pero que sirve como comparación para revelar un sentido más profundo. Cuando Pitágoras decía: «No atices el fuego con la espada», en realidad quería decir: «No des armas a quienes están enfurecidos».
Esta noche intentaré que perciban, a través de un cuento aparentemente sencillo, nuestras propias progresiones masónicas: desde el Aprendiz hasta el Maestro, e incluso más allá. Cada uno tomará de él lo que esté en condiciones de comprender.
El pequeño hombre de paja es una historia de infinitos: del infinitamente pequeño al infinitamente grande.
Una historia de límites: el tiempo de un comienzo y de un final.
Una historia de sentidos: de lo perceptible a lo inasible.
Una historia como tantas otras… y, sin embargo, profundamente diferente.
Existe un lugar perdido más allá del tiempo, de las distancias y de las fronteras. En ese lugar habitan seres que no tienen cabida en el mundo material de los humanos, en ese universo gobernado por la lógica científica, donde solo se cree en lo que se ve con los ojos, se toca con las manos o se comprende con la razón.
Sin embargo, se habla de ellos en los cuentos para niños, en relatos mitológicos y religiosos. A veces los recordamos de algún sueño. Algunos creen haberlos entrevisto en una sombra o en un rayo de luz, solo por un instante. Siempre queda en nosotros un espacio para aquellos que no vemos, para aquello que no comprendemos.
Hay un valle perdido que alberga un pequeño pueblo. En ese pueblo ya no vive nadie. Las casas están vacías, abandonadas. Hace mucho tiempo corrió un rumor: «Se dice…», «Parece que…».
«Se dice» que en el corazón de la montaña hay una cueva que guarda un tesoro espléndido, custodiado por un Dragón. «Parece que» algunos lo han visto y, temiendo por sus vidas, huyeron aterrorizados. En el pueblo se habló tanto del tesoro que, poco a poco, todos terminaron creyéndolo de verdad. Y ahí comenzó realmente todo.
Los hombres del pueblo partieron en busca del tesoro. Recorrieron la montaña de arriba abajo buscando la entrada secreta de la cueva. Pasaban tanto tiempo buscando que perdían la razón.
Todo el pueblo hablaba solo del tesoro misterioso y del Dragón que lo custodiaba. Los hombres salían en busca del oro, dejando atrás a sus mujeres, hijos y trabajos. Algunos regresaron locos, otros nunca volvieron. Los que regresaron solo pensaban en partir de nuevo. Se había convertido en una obsesión.
Las mujeres, cansadas del hambre y de la soledad, comenzaron a abandonar el pueblo. Las más valientes intentaron retener a sus maridos, pero nada funcionaba. Todos terminaban enloqueciendo y marchándose. Finalmente, resignadas, las mujeres partieron con sus hijos, dejando las casas a merced del viento.
Quedó, pues, un valle perdido que albergaba un pueblo abandonado donde ya no vivía nadie.
¿Nadie? No del todo. En una humilde choza aún se filtraba una pequeña luz por las rendijas de los postigos. Una delgada columna de humo salía de la chimenea. ¿Realmente quedaba alguien?
Sí. Quedaban tres niños olvidados.
Jean, el mayor, de quince años, era quien iba al campo, ponía trampas y traía comida. Casi nunca estaba en casa.
Rose, de once años, cuidaba la casa, preparaba la comida y resolvía las disputas. Era como una pequeña madre.
Y André, de siete años, un niño curioso, hábil y solitario, ayudaba a Jean en el campo y a Rose en la casa. Hablaba poco y lloraba en secreto.
Los tres niños vivían solos en aquella choza desde hacía un año. Habían pasado juntos una primavera, un verano, un otoño… y ahora comenzaba un invierno excepcionalmente frío.
Jean estaba muy preocupado. Sabía que no podría conseguir suficiente comida. No había verduras, ni caza; incluso los animales habían huido del frío.
Rose también estaba angustiada. Las reservas no alcanzarían para todo el invierno.
Esa noche, Jean pidió a Rose preparar una cena especial. André se encargó de alimentar el fuego. Los tres comieron en silencio, conscientes de que quizá aquella fuera su última comida.
— Jean, ¿vamos a morir? —preguntó André de pronto.
Jean lo miró con ternura, le secó las lágrimas y lo sentó junto a la chimenea.
— Cuida el fuego esta noche. Mañana veremos.
André no podía dormir. Tomó un puñado de paja, lo dobló con cuidado, le ató una cuerda para formar la cabeza, luego hizo los brazos, el torso y las piernas. Cortó los cabos que sobraban y apretó contra su pecho al pequeño hombre de paja.
— Tranquilo —le susurró—, yo estoy aquí, yo te cuido.
Cansado, temblando aún por la emoción, André colocó su pequeño hombre de paja sobre la repisa de la chimenea y se durmió.
Toc… Toc… Toc…
André escuchó los golpes, pero no podía moverse. Tenía miedo.
—¿Quién llama a la puerta a esta hora, en este valle perdido donde ya no vive nadie?
— André, soy yo —dijo una vocecita.
—¿Quién eres?
— Tu amigo.
—¿Qué amigo? Yo no tengo amigos. ¿Cómo te llamas?
— André, no tengo nombre porque tú no me lo diste… pero sabes muy bien quién soy.
André abrió los ojos y, con asombro, vio sobre la repisa a su pequeño hombre de paja que gesticulaba.
— ¿Qué pasa, André?
— Tú no existes… estoy soñando.
— ¿Un sueño bueno o malo? ¿Crees en el bien y en el mal, André?
— No lo sé…
— ¿Crees en mí, André? ¿Crees en las hadas, en los elfos, en un Ser Supremo?
— No… no creo.
— Entonces, André, ¿con quién crees estar hablando en este momento?
— No lo sé… ya no sé nada.
— Escucha, te daré una pista:
«Soy un ser vivo nacido del Amor, del Odio, del Deseo, del Miedo y de la Esperanza.
Soy la Tierra, el Cielo, el Agua y el Fuego reunidos en Uno Solo.
Soy el Infinito y la Nada.
Soy al mismo tiempo Imaginario y Real.
Soy Eterno porque ya he desaparecido.
Soy el latido de tu corazón: presente y, sin embargo, ignorado por todos.
Pero solo soy un pequeño hombre de paja… no tengo el poder de cambiar las cosas. El Dragón es demasiado poderoso».
—¿El Dragón puede cambiar las cosas? —preguntó André.
—Sí.
—¿Qué cosas?
— Todas las cosas. El Dragón está en el corazón de todo. Es a la vez la Vida y la Muerte, el Amor y el Odio, lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande. Es el fruto de lo que los humanos llamáis “Fe”.
—¡La Fe! —exclamó André.
—Sí, la Fe. Esa fuerza, ese tesoro que te impulsa a la confianza absoluta, la búsqueda de toda una vida, el logro que ningún humano ha alcanzado plenamente.
André, debo hacerte la última pregunta: ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar? ¿Qué sacrificio estás dispuesto a hacer por ese tesoro?
— Hasta el final… hasta la muerte —respondió André bajando suavemente la cabeza, como en oración.
Toc… Toc… Toc…
— ¡André, despierta! ¡Ven a ver por la ventana! —era Jean.
André se sobresaltó, se frotó los ojos y miró hacia la repisa. Su pequeño hombre de paja había desaparecido.
¿Había existido realmente o solo fue un sueño?
Junto a Jean, temblando, miró por la ventana. Delante de la casa se extendía un ancho camino trazado en la nieve… pero el camino estaba cubierto de hierba verde y fresca. Margaritas, amapolas y pensamientos florecían a los lados. Un arcoíris protector cubría la choza y el sendero. Todo era color y perfume.
La historia cuenta que los niños olvidados de aquel valle perdido partieron ese mismo día siguiendo el camino. Lo que ocurrió después… es otra historia.
Esta hermosa alegoría nos lleva del infinitamente pequeño al infinitamente grande, exactamente como el camino iniciático. René Guénon hablaba de la necesidad de superar las apariencias para acceder a lo esencial. El pequeño hombre de paja representa esa chispa interior, frágil y aparentemente insignificante, que sin embargo contiene la potencia de la Fe y puede abrir caminos donde la razón ve solo obstáculos.
Oswald Wirth y la tradición hermética nos recuerdan que el verdadero tesoro no está escondido en una cueva custodiada por un dragón exterior, sino dentro de nosotros. El Dragón simboliza las fuerzas del ego, el miedo y la ilusión que custodian nuestro propio centro espiritual. Solo la Fe pura —esa confianza absoluta— permite atravesarlo.
Carlos Castaneda, a través de Don Juan, enseñaba que el guerrero debe enfrentar al “aliado” (la fuerza desconocida) sin miedo, dispuesto a darlo todo. André, el niño más pequeño, es quien posee esa pureza: está dispuesto a sacrificar hasta la muerte por el tesoro.
El pequeño hombre de paja es la chispa divina que todos llevamos dentro: frágil como la paja, pero capaz de gesticular, de hablar y de abrir caminos cuando le damos atención y amor. En masonería, esa chispa es la que se enciende en el Gabinete de Reflexión, la que se fortalece con cada golpe de cincel sobre la Piedra Bruta y la que, al final, nos permite caminar sobre la nieve convertida en prado florido.
Muchos buscan el tesoro fuera, como los hombres del pueblo, y terminan enloqueciendo o abandonando todo. Solo los niños —los que conservan la pureza y la capacidad de asombro— logran ver que el verdadero Dragón está dentro y que el verdadero tesoro es la Fe que nos hace caminar hacia lo desconocido con el corazón abierto.
La alegoría nos deja una enseñanza profunda y esperanzadora: aunque parezca que estamos solos en un pueblo abandonado, con un invierno cruel por delante, siempre hay un pequeño hombre de paja esperando a que le demos vida con nuestra atención y nuestro amor. Cuando lo hacemos, el camino se abre, el arcoíris aparece y lo imposible se vuelve posible.
Porque al final, el mayor tesoro masónico no es el conocimiento acumulado, ni los grados, ni los títulos. Es esa chispa interior que, alimentada con Fe, humildad y perseverancia, transforma el frío invierno de la existencia en un sendero florido hacia la Luz.
Moraleja
No busques el tesoro en cuevas lejanas. El Dragón más poderoso está dentro de ti. Dale vida al pequeño hombre de paja que llevas en el corazón, y verás cómo la nieve se convierte en prado y el miedo en camino. Alcoseri