Subiendo Por la Escalera Iniciática Masónica. No basta penetrar y penetrar más y más en los profundos niveles de los secretos iniciáticos masónicos, se tienen necesariamente que comprenderlos y sobre todo ponerlos en práctica . Triste sabiduría la q

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Jul 19, 2024, 8:10:48 PM7/19/24
to EL NUEVO ORDEN MUNDIAL
Subiendo Por la Escalera Iniciática Masónica.
No basta penetrar y penetrar más y más en los profundos niveles de los secretos iniciáticos masónicos, se tienen necesariamente que comprenderlos  y sobre todo ponerlos en práctica . Triste sabiduría la que consiste a retraerse en sí mismo y desentenderse del mundo externo, la masonería no nos pide alejarnos de la Vida Material, sin ordenarla . La inmersión en las tinieblas en donde se desvanecen las apariencias no es en sí una meta: es tan sólo una etapa del itinerario que viene obligado a seguir el Iniciado masón . Si bajamos es para subir otra vez y el nivel que podemos alcanzar a la subida depende justamente de las profundidades que supimos sondear. Si fuera posible hundirnos hasta el mismo fondo del abismo infernal, a buen seguro que pudiéramos llegar de rebote hasta el mismo cielo, pues la fuerza ascensional está en razón directa de la intensidad de la caída. El espíritu superficial no sabe bajar ni subir: pegado al suelo ha de seguir sus ondulaciones sin poder llegar a las concepciones profundas ni abrazar amplios horizontes.

Ahora bien: lo que distingue ante todo el Iniciado es la profundidad de su pensamiento, como también lo ilimitado de sus visiones.


Libre ya de las apreciaciones rastreras del profano, debe llegar a comprender lo que hay, tanto por debajo como por encima de las cosas que percibe en la vida corriente, y las primeras pruebas iniciáticas hacen precisamente referencia a este doble campo de exploración.

Al salir de la tumba en donde se encerró para morir de su libre voluntad, el candidato sube hasta la cumbre del monte evangélico y de allí puede divisar todos los reinos de la Tierra. Ni le acompaña el Diablo, ni le promete la posesión del mundo si consiente en adorarle. Para quien ha llegado a tales alturas, la tentación está más bien en huir de todo lo material. Pero este peligro no puede amenazar al futuro iniciado y, por la prueba del aire, vuelve de repente a la realidad positiva. Después de bajar tan profundamente como ha sabido para luego alcanzar las más sublimes cumbres, debe volver al nivel normal del equilibrio, capacitado ya tanto por su caída como por su ascensión para apreciar con exactitud el mundo, teatro de su acción iniciática.

Las profundidades se complementan con las abstracciones generadoras de las cosas. En el segundo Fausto, Goethe nos habla de terroríficas divinidades que llama las Madres. A pesar de su disolvente dialéctica, Mefistófeles no se atreve a acercarse a estas eternas creadoras de las formas; ni las rodea el espacio ni las afecta el tiempo. En su colectivo aislamiento conciben las imágenes creadoras, los arquetipos de cuanto se va construyendo. Por el intermedio de estas diosas, el Ser brota sin discontinuidad de la matriz tenebrosa de la Nada. El pensador anheloso de profundizar, puede hacer consideraciones acerca de este tema que la sutil poesía de Goethe le presenta.

Por otra parte, el infierno no es, en Iniciación masónica , otra cosa que el camino del cielo. Quien ha sondeado la Nada descubre allí mismo el Todo. Cuando bajando hasta el mismo fondo del abismo de nuestra personalidad, llegamos a descubrir en ella la personalidad que actúa en el universo, entonces somos capaces de colocarnos por encima de todas las contingencias para considerar las cosas desde un punto de vista diferente: el de la potencia que gobierna el mundo. Para ver realmente las cosas desde lo alto es necesario substituirse en espíritu al mismo Dios. Y no digan que esto es impío; nada puede ser tan saludable para nuestro ser moral como la gimnasia mental de la sublimación filosófica preconizada por los Hermetistas.

Según el sistema alegórico, el sujeto que ha de ser objeto de la Magna Obra debe que dar encerrado en el huevo; allí entra en putrefacción y por fin llega al color negro, representativo de la muerte iniciática del candidato. Por otra parte, la putrefacción liberta lo sutil, que se desprende de lo grosero y sube hasta el cielo de este mundo en pequeña escala, simbolizado por el matraz herméticamente tapado con masilla que usa el alquimista. En las alturas no se deja sentir la acción del fuego central (infernal) y las evaporaciones se condensan para caer en forma de lluvia sobre el cadáver del sujeto. Este experimenta de tal suerte una serie de lavados, gracias a las aguas en sus alternativas de evaporación y de condensación, hasta que, al término de las abluciones, aparezca como testigo el color blanco.

De igual manera que bajó tan sólo para subir luego más alto, asimismo el candidato sube para caer otra vez en su campo de acción. Ciertos antiguos mitos nos dan a entender que el sabio no debe eludir su misión terrenal; como mortal no debe desdeñar la Tierra ni tiene derecho a eludir sus leyes.
Tan Bajo como hayas descendido ,tanto, tendrás el derecho de subir a las más grandes alturas .
 Cuando te encuentras buceando hacia las profundidades de la negatividad y la oscuridad, es natural poner atención en cómo vas a salir, y cuál es tu lección. ¿Pero alguna vez consideraste, quién más en tu vida, ahora mismo, puede beneficiarse con tu inmersión?

Hoy, o cuando sea que te sientas hundido, piensa en alguien más en tu vida que está hundido en el lodo más que tú. ¿Qué puedes aprender de esto para esa persona? Haz que esta experiencia no sólo sea para ti sino también para la gente que comparte tu vida y que puede beneficiarse del tiempo en que estás abajo ...


Aunque divinizado en sus dos terceras partes (y por consiguiente muy adelantado en Iniciación), Gilgames, el héroe caldeo, tuvo que regresar a Ourouk para volver a la tarea que abandonó en su afán de conquistar la inmortalidad. Podemos aspirar a lo sublime y escapar por un momento de los vínculos de la materia, pero nuestro campo de acción es la Tierra y a ella debemos volver.

Tal es la moral común a todos los mitos de ascenso. Los de Adapa y de Etana de Kish son muy característicos bajo este punto de vista. En su calidad de favorito de Ea, dios de la Suprema Sabiduría, Adapa beneficiaba de un vasto entendimiento, pero todavía no de la Vida Eterna.

Por otra parte, Adapa alimentaba la ciudad de Eridou de cereales, de bebidas y de pescado. Un día, mientras estaba pescando, el viento del Sur arremetió contra la embarcación y ahogó el protegido de Ea, quien, en la lucha consiguió, sin embargo, destrozar las alas del viento enemigo. Pronto, ANU , el rey del cielo, se dio cuenta de que ya no soplaba el viento del Sur y, al indagar la razón, supo la hazaña de Adapa y decidió castigarle.
 ANU es uno de los más antiguos dioses del panteón sumerio, y formaba parte de una tríada de grandes dioses, junto a Enlil, dios del aire y la atmósfera y a Enki (también conocido, en acadio, como Ea), dios de la tierra o de los "cimientos".
 Era considerado como el padre y primer rey de los dioses Anunnakis . An es asociado con el templo E-anna de la ciudad de Uruk (la Erech bíblica), en el sur de Babilonia y hay buenas razones para creer que este lugar sería la sede original del culto a An. Si esto fuese correcto, entonces la diosa Inanna (o, en acadio, Ishtar) de Uruk puede, en algún momento, haber sido su consorte.

Llamado a comparecer en su presencia, Adapa se encamina al cielo y llega a la puerta cuya entrada guardan Tammouz y Gishida. Estas dos divinidades le acogen con benevolencia y le prometen interceder en su favor con ANU , advirtiéndole que el dios le ofrecerá un alimento y un brebaje de muerte que Adapa deberá rehusar.
Adapa, el primero de los Siete Sabios mesopotámicos, fue una figura mítica que, sin saberlo, se negó a recibir el don de la inmortalidad. La historia, comúnmente conocida como "Adapa y el Viento del Sur" está atestiguada por primera vez en el período casita (siglo XIV a. C.) en tablillas fragmentarias de Tell el-Amarna, así como en la biblioteca de Asurbanipal, en la Asiria del siglo VII a.C. El mito mesopotámico habla de siete sabios antediluvianos que fueron enviados por Enki, el sabio dios de Eridu, para traer las artes de la civilización a la humanidad. El primero de ellos, Adapa (Adán), también conocido como Uan, llamado Oannes por Beroso, introdujo la práctica de los correctos ritos religiosos como sacerdote del templo del Apsu en Eridu.

Durante su interrogatorio sabe captarse los favores de ANU  y el dios en su deseo de darle la inmortalidad ofrece al bienhechor de Eridou un alimento y una bebida de Vida. Pero Adapa se atiene a la advertencia recibida que sabe emanada de Ea; acepta únicamente el vestido que le ofrecen y se deja ungir con los sagrados óleos antes de volver a la tierra seguido de la mirada benévola de ANU .

En cuanto a la ascensión de Etana de Kish, se verifica gracias a la amistad del águila socorrido por el elegido de los dioses.

Predestinado a reinar sobre los hombres como pastor, Etana de Kish no puede encontrar más que en el cielo las insignias de una dignidad cuya naturaleza parece más bien mágica o espiritual. Mientras tanto entre los Anunnakis , Etana de Kish se agita sobre la Tierra, inquieto por su obra en perpetuo estado de gestación. En sus angustias suplica a Ashiata Shamash, el dios Sol, que le indique la hierba de parto (de realización), y Ashiata Shamash le contesta: "Ve andando hasta llegar a la cima del monte." Etana de Kish obedece y por fin llega un día al borde de una grieta de la montaña en la que yace maltrecha un águila con las alas rotas por una serpiente cuya prole había devorado. Etana de Kish cuida del pájaro herido, que recupera las fuerzas y sana poco a poco. Al cabo de ocho meses el águila ha recobrado por completo el uso de sus alas y propone a Etana de Kish llevarle al cielo para juntos prosternarse a la entrada de la puerta de ANU , de Bel y de Ea. El águila conoce también la entrada de la puerta de Sin, de Ashiata  Shamash, d'Adad y de Isthar . Ha tenido ocasión de contemplar la diosa en todo su esplendor, sentada sobre su trono con una guardia de leones.
En la mitología mesopotámica, Ashiata  Shamash Šamaš o Shamash (Utu para los sumerios) era el titular de la justicia. Especialmente adorado en Sippar y Larsa.

Los acadios y babilonios consideraban a Shamash hijo de Anu, o en otras ocasiones de Enlil. Durante el periodo sumerio era considerado hijo de Nannar y Ningal, y hermano de Inanna e Iskur. En el período acadio era, junto con Sin e Ishtar, miembro de la "Tríada de dioses Anunnakis  con relaciones celestes".

A veces aparece con su esposa Sherida (Aya para acadios y babilonios). Se le representaba con un disco solar de ocho puntas o mediante una figura masculina de cuyos hombros emanaban llamas; en época posterior, su símbolo también fue la balanza. Se le identificaba con el número 20

Etana de Kish acepta la proposición del águila y se abraza estrechamente al ave, espalda contra pecho, flancos contra flancos, tendidos los brazos sobre las plumas de las alas. Cargada de tal suerte con un peso que se adhiere a él exactamente, sin impedir ninguno de sus movimientos, el águila va subiendo por espacio de dos horas y pregunta entonces a Etana de Kish qué impresión le produce la Tierra: "Ni abarcando el mar parece mayor que un sencillo patio."

Después de dos horas más de ascenso, la Tierra y el Océano se parecen a un jardincillo rodeado por un riachuelo. Sube más todavía y, transcurridas otras dos horas, Etana de Kish, despavorido, ha perdido completamente de vista la tierra y el mar inmenso..

El septenario divino del mito de Etana de Kish corresponde a los planetas en el orden siguiente: ANU , Rey del Cielo. Júpiter.

BEL, Señor de la Tierra. Saturno.

EA, Agua vaporizada, Éter, Sabiduría Suprema. Mercurio. SIN, Generador de las formas, Imaginación. Luna. Ashiata SHAMASH, Luz del hombre, Razón. Sol. ADAD, Fomentador de las tormentas. Marte. ISTHAR, Energía vital, Encanto. Venus.

Su vértigo paraliza el águila, que cae durante dos horas, y continúa cayendo otra y otra más. Por fin el águila viene a estrellarse contra el suelo, mientras Etana de Kish parece trocarse en rey fantasma. Bajo el punto de vista iniciático, este mito resulta muy instructivo, a pesar de resultar algo obscuro por la razón de no haber llegado a nosotros íntegro. Si bien es verdad que para conquistar la dignidad real, debe el iniciado trascender las bajezas humanas, su reino no es de este mundo, sino más bien "astral", como el de Etana de Kish, el soñador inquieto, que busca la manera de realizar sus ideales. Tanto si se trata de alcanzar el cielo, como de construir una torre semejante a la de Babel, el simbolismo es el mismo. También podemos ver cómo corresponde al mito de Etana de Kish la clave 16 del Tarot, titulada la Casa de Dios, que nos representa la caída de dos personajes, uno de ellos coronado. Para la mayor parte de la gente esto hace alusión a las empresas quiméricas, como, por ejemplo, el descubrimiento de la Piedra filosofal que perseguían los sopladores, estos alquimistas vulgares, incapaces de penetrar el esoterismo de las alegorías herméticas. En realidad la caída es una de las pruebas previstas en iniciación, y si sube el candidato es tan sólo para caer de mayor altura. Al atravesar el aire, en su caída, se verifica la purificación; es otro hombre, del todo distinto cuando llega a tierra, maltrecho sí, pero capaz de levantarse para proseguir su camino.

Para llegar a ser dueño de sí mismo, es del todo indispensable apartar la atención del mundo externo, para internarse en la noche de la personalidad verdadera; luego, después de haberse encerrado en sí mismo, hay que salir otra vez por medio de la sublimación iniciática. Además, no estamos destinados a vivir ni en nuestro fuero interno ni tampoco fuera de nosotros mismos. Una tarea nos espera en este mundo objetivo, del que somos parte integrante y, por lo tanto, no puede ser cuestión de sumirnos en una vida meramente interna y, por lo mismo, absolutamente estéril. El Iniciado sabe descender en sí mismo, pero no malgasta el tiempo en la contemplación de su ombligo a la manera de los anacoretas orientales. Tampoco ignora el camino de la salida sublimatoria, pero tiene buen cuidado en no quedarse en el limbo y, al contrario, se abandona a la caída salutaria.

La Iniciación Masónica  no tiene por objeto satisfacer las morbosas  curiosidades indiscretas. No viene a revelar los misterios del infierno ni los del cielo; nos instruye tan sólo en los secretos de la Magna Obra y se limita a preparar, por una educación práctica, obreros dóciles a las directivas del G. A. D. U.

Gracias a su descenso, el candidato ha echado raíces en las profundidades de su ser; su fuerza activa le estimula poderosamente y le infunde la indomable energía de los Ciclopes; luego, sin romper sus vínculos infernales, sumamente elásticos y extensibles, emprende la subida y va a arrebatar el fuego del cielo, capacitándose para poder aplicar al trabajo las potencialidades tanto superiores como inferiores. En esta unión interna de los dos extremos estriba su poder de Iniciado masón .
Alcoseri
EL DESCENSO Dentro De Sí Mismos

Al despojarse el candidato de sus metales, separa su atención del aspecto externo de las cosas y se esfuerza en olvidar las revelaciones de los sentidos para concentrarse en sí mismo. Una venda se pone sobre sus ojos y le envuelve la total oscuridad, todo para hacerle entender que en el mundo de afuera del Templo ha vivido así, en total oscuridad. Empieza a bajar unas escaleras  rodeado de tinieblas y por innumerables peldaños llega por fin al mismo corazón de la gran Pirámide, o al centro de la  Tierra, al Infierno, pero la verdad es que desciende en sí mismo, no es ira dentro de sí para conocer su lado luminoso, sino a su psique oscura . Entonces cae la venda y el neófito se ve aprisionado en un sepulcro, la cámara de las reflexiones. Comprende que ha llegado la hora de la muerte y se conforma; pero antes de renunciar a la vida redacta el testamento que concreta sus últimas voluntades.
Paradójicamente, la Masonería comienza desde el final , desde el supuesto final de nuestra existencia, que es la Muerte Física. Y es que los mejores cuentos se comienzan contando desde el final, luego con los años, en Masonería , nos damos por entender está razón.
Y así, el Candidato a la Iniciación , el solicitante a  ser miembro de la orden masónica, se encuentra dentro de una catacumba oscura, un sepulcro lúgubre, dentro de un ataúd hay un esqueleto y este esqueleto representa a el iniciado dentro, de esta sarcófago.    

No se trata el Testamento Masónico de disponer de unos bienes que ya no posee, puesto que ha sido preciso renunciar a todo cuanto tenía para poder sufrir las pruebas. Despojado de todo lo que no constituye su verdadero ser, puede disponer únicamente de lo que le queda, haciendo donación de su energía radical. Concentrado en sí mismo y después de hacer abstracción de todo lo ajeno a su naturaleza primordial, el individuo se encuentra frente a frente con su propio espíritu, con el foco inmaterial de sus pensamientos, de sus sentimientos y de su voluntad. Tiene conciencia de ser, en último término, una fuerza, una energía cuya libre disposición le pertenece.

¿Cómo entiende aplicar esta energía? He aquí el problema que debe resolver al redactar su testamento. Si procura entonces indagar cuál es el mejor camino, podrá ver claramente que la voluntad individual no sabría aplicarse a más alto ideal que a la realización del supremo bien. Esta constatación le incita a consagrarse a la Magna Obra y toma la resolución de trabajar, de acuerdo con los principios de los Iniciados, al mejoramiento de la suerte de la humanidad.

Puede ya morir a la existencia profana una vez tomada esta resolución. En efecto. el hombre ordinario no se inspira más que en el egoísmo. Se imagina ser él mismo su propia finalidad y con gusto se considera como centro del mundo. En esto difiere el Iniciado: al volverse hacia sí mismo ha reconocido su propia insignificancia. Su conciencia le dice que no es nada por sí mismo, pero que forma parte de un inmenso todo. Es tan sólo humilde átomo de este conjunto, pero esta célula individual, fragmento de un organismo mucho mayor, tiene su razón de ser en la misma función que le toca desempeñar. Así es cómo la ciencia iniciática toda, tiene por base el reconocimiento de nuestra relación ontológica con el Gran Cristo o Mesías de los Kabalistas, o sea la Humanidad considerada como el ser viviente en el seno del cual vivimos y del que emana nuestra misma vida.

Siendo así, ¿qué va a significar para nos otros la palabra vivir? ¿Deberemos acaso apetecer las satisfacciones individuales? Sí, pero dentro de ciertos límites. Todo germen en vía de desarrollo debe al principio acaparar y atraer hacia él la substancia circundante, dando muestra de fiera avidez. El instinto vital procede de un egoísmo inherente a la misma naturaleza de las cosas y que tiene  un carácter sagrado mientras tiene por finalidad la construcción indispensable del individuo. La caridad bien ordenada empieza por nosotros mismos y es preciso adquirir, antes que poder dar. Pero los hábitos de adquisición  tienden a perdurar más allá del término normal. Llegado a su pleno desarrollo el individuo queda expuesto a seguir ignorando su destino superior, a no pensar más que en él mismo, dejando a sus solos apetitos la dirección de su vida.

Con tal que, obedeciendo a sus naturales impulsos, el individuo sepa acordarse de sus

semejantes, portándose con ellos equitativa mente, podrá conducirse en leal unidad del humano rebaño. Será acreedor a la estima de los Iniciados si ha sabido llevar a cabo fielmente la tarea que le habrá correspondido; el inmenso organismo humanitario requiere múltiples funciones de infinita variedad: Loor a quien sabe responder lealmente a las le janas llamadas de su vocación.
Todo lo dicho se refiere al mundo profano que los Iniciados tienen buen cuidado en no menospreciar. La honradez consiste en no perjudicar al prójimo ni hacer daño a nadie, conservando nuestra libertad para buscar satisfacciones lícitas. Es poner en práctica el "cada uno para sí" mantenido en sus justos límites para que sea posible la vida en común entre individuos civilizados.

Desde luego el estado de civilización que resulta de la aplicación de estos principios constituye un inmenso progreso sobre las costumbres salvajes de las primeras edades, cuando no se reconocía otra ley que la de los apetitos desencadenados. Pero la Humanidad tiene aspiraciones mucho más elevadas. Cuando comprenda el hombre que no es nada de por sí, buscará más estrecho contacto con la fuente de su vida y de su existencia. Tendrá la convicción de que su vida verdadera no es esta mísera vida de la personalidad, sino la gran Vida que anima a todos los seres. Entonces sabrá morir para las mezquindades de su esfera individual, para nacer al instante a una vida superior mucho más amplia, que es la de la especie humana vista en conjunto. En otras palabras, es cuestión de dejar el personalismo para llegar a humanizarse en el más amplio sentido de la palabra.

Lo que caracteriza al profano, es precisa mente este personalismo. Tiene fe en sí mismo, en este yo que cree imperecedero y quiere asegurar su salvación eterna. Un cándido egoísmo constituye el móvil de todas sus acciones, incluso de las más generosas.

Al contrario, el Iniciado no conserva la menor ilusión tocante a su personalidad. No ve en ella más que un efímero conglomerado con destino a disolverse más tarde y por cuyo medio se manifiestan transitoriamente ciertas energías permanentes de orden general y trascendente. Al descender en sí mismo se halla en presencia no de un pobre yo raquítico, sino de un vacío sagrado en el cual ve reflejarse la divinidad.

Entonces es cuando llega a comprender que todos somos dioses, como lo dice el Evangelio (Juan X, 34) Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? 35 Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de y como lo expresa el salmo LXXX, 6: He dicho, Dioses sois e hijos todos del Soberano.

Pero si el animal, al tomar conciencia de su animalidad, contrata deberes mucho más extensos, mucho más, con tal motivo, vamos a tener que exigir del hombre que ha penetrado el secreto de su divina naturaleza. Una formidable responsabilidad nos incumbe en virtud de nuestra calidad de dioses, ya que el Universo pasa a ser nuestro absolutamente, del mismo modo que la cosa pública (Res publica) pasa a ser propiedad del ciudadano consciente de la soberanía nacional.

El hombre dios no puede ya contentarse con vivir en hombre animal honrado. Se siente responsable de los mundiales destinos y comprende que debe completar la creación. Aquí le tenemos llamado a ordenar el caos moral en medio del cual se agita la humanidad. Su tarea es coordinar y construir. ¿Cómo y de qué manera? No lo sabe todavía, pero quiere ingresar en la escuela de los constructores y ser iniciado en su arte. De aquí en adelante podrán ellos instruirlos porque la chispa del fuego sagrado ha brotado en su interior.

¿Habéis penetrado acaso hasta el foco central en donde, bajo la ceniza de las impresiones externas, sigue ardiendo el fuego divino, vosotros todos que pretendéis haber alcanzado  la categoría de iniciados? En vuestro afán de subir rápidamente ¿no pudiera darse el caso de haberos olvidado de bajar primero? Tanto peor para vosotros si os ha fallado la primera operación de la Magna Obra, la que simboliza el color negro, pues sin esta previa base toda va a ser inútil.

Saber morir: aquí está el gran secreto que no se puede enseñar. Debéis dar con él o, de lo contrario, vuestra iniciación no pasará de ficticia, como desgraciadamente sucede la mayor parte de las veces.

Sin haber muerto realmente para las pro fanas atracciones, el falso iniciado no puede renacer a la vida superior, privilegio reservado a los pocos que han sabido regenerarse por la comprensión de la humana divinidad. Para conseguir la iniciación es preciso sufrir la muerte iniciática, operación ardua y eliminatoria; entre el gran número de candi datos sólo un corto núcleo de elegidos logra el éxito.

Prepárense , a esta muerte si queréis ser iniciados; de otro modo el solo rito tradicional, de por sí, nada puede dar, puesto que no es más que la forma hueca y engañadora de la superstición; sabed morir o, de lo contrario, mejor será renunciar modestamente de antemano a la Iniciación.
Alcoseri 
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