El Último Trabajo

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Apr 14, 2026, 9:07:32 PMApr 14
to EL NUEVO ORDEN MUNDIAL
El Último Trabajo
Érase una vez un hermano que, desde hacía mucho tiempo, sabía que cada día lo acercaba un poco más a la Logia de Arriba. Sin embargo, para no hundirse en la melancolía más oscura, seguía asistiendo con regularidad a las tenidas y a los diferentes capítulos que la vida había puesto en su camino. Había buscado, había encontrado y había llamado a las puertas del saber iniciático, y estas se le habían abierto. Libre era él de trabajar para alcanzar el Gran Conocimiento, al menos aquel que está permitido al Iniciado Masón  Verdadero.
Se preguntaba qué encontraría una vez allá arriba, en la Jerusalén Celestial. A pesar de sus largos años de iniciación, su mente racional aún tomaba el control y lo arrastraba hacia imaginaciones delirantes y sin fondo. Es cierto que la literatura religiosa había tendido a magnificar exageradamente esa otra forma de vida: para unos era el Edén, para otros las doce mil vírgenes o el fin del karma terrenal. En realidad, poco se sabía con certeza. Su existencia transcurría plácidamente, llena de preguntas sin respuestas satisfactorias.
Como era meticuloso, había preparado y ordenado sus asuntos profanos, incluido su testamento masónico. Ante notario, confió a tres hermanos una misión singular: organizar, durante tres años, una reunión anual con todas las logias de su región y de todas las obediencias, con un único objetivo: la Fraternidad Masónica. Había constatado que la masonería la practicaba muy raramente, y como él decía: «Se debe respetar la última voluntad de un muerto».
Aquella noche, después de leer un sermón de Maestro Eckhart, se durmió profundamente. Como tantas veces, lo asaltaron los mismos sueños inquietantes: su infancia, su juventud, sus arrepentimientos, sus cobardías, su indiferencia e incluso su sexualidad. Deambulaba por ciudades antiguas, por casas que había habitado. En una plaza, tomó una larga calle que, a medida que avanzaba, se volvía cada vez más azul, de un azul luminiscente, con una luz intensa e imposible en la Tierra al final del camino. Recordó a Goethe en su lecho de muerte reclamando más luz.
Su alma supo que había cruzado la frontera entre la vida terrestre y otra la vida, pero aún no sabía cuál. La noción de distancia y de tiempo había perdido todo significado terreno. Se acercaba y se alejaba de la Luz al mismo tiempo. Su ser profundo permanecía pasivo, mientras el resto de su mente intentaba analizar y comprender todo… pero todo en vano.
Una silueta emergió de la Luz. Reconoció a Yezalel, su ángel guardián durante su paso por la Tierra. Había invocado muchas veces a su ángel, y ahora estaban frente a frente. Su alma sintió los reproches. Si la expresión “pasar por la lupa la existencia” tenía sentido en la Tierra, aquí se trataba exactamente de eso: un exhaustivo examen de su vida. Yezalel le reprochó, entre otras cosas, no haber tomado en varias ocasiones lo que los humanos llaman inspiración en su grado más alto, y la intuición en la banalidad cotidiana, como advertencias divinas. Le confesó que había seguido con interés su paso terrenal.
Sólo    entonces se dio cuenta de que, mientras caminaba por la calle azul, su cuerpo se había ido deshilachando poco a poco. Frente a su ángel guardián, comprendió que era su Alma la que estaba allí.
Yezalel le dijo que tenía suerte y le pidió que mirara hacia la Luz. Lo que vio lo dejó asombrado: todos los perros que le habían hecho compañía durante su vida terrestre estaban frente a él, con la misma mirada de amor incondicional.
«Ellos te acompañarán en otro pasaje. Como fuiste un buen amo, te protegerán durante este viaje, evitando las últimas emboscadas del Mal».
Partió, pues, acompañado por su fiel jauría. Cuanto más avanzaba, más sentía una suave opresión: ni malévola ni benévola, sólo  una ansiedad confusa. El grupo de perros guiaba sus pasos. No caminaba; eran los paisajes y las distintas luces los que se acercaban a él, como para ponerlo a prueba, observarlo y juzgarlo.
Al llegar frente al Templo de Salomón, la pequeña tropa de perros dejó sola al Alma de nuestro masón. Esta entró en lo que parecía un templo, pero que más bien era una antecámara donde la Luz brillaba de forma intermitente.
Salomón se presentó ante él y tomó la palabra para señalarle todas las insuficiencias acumuladas durante su paso por la materia:
«En este instante has visto que la Luz brillaba de manera discontinua, y no lo comprendiste. Sin embargo, es sencillo: cada eclipse de Luz tenía como propósito lavarte de todas tus imperfecciones terrenales. Notaste la alta frecuencia de esos eclipses, y es porque no fuiste el masón perfecto que creías ser. ¿Recuerdas el rito que habla de cortar la mano del mal obrero? Alma imperfecta, estás en la misma situación. En la Tierra debías aprender a conocer el plan del Gran Arquitecto del Universo y, sobre todo, ponerlo en práctica, para construir en la Tierra el Edén celestial, idéntico al Edén celestial.
Tu último trabajo es el siguiente: volverás a la Tierra, que abandonaste hace 144 años en tiempo humano. Encontrarás una masonería en estado de descomposición, que ha perdido de vista sus deberes hacia la Tradición Primordial. Deberás, por tanto, reconstruir otro receptáculo capaz de recoger lo que queda de la Iniciación, para que el ser humano no caiga en el abismo sin fondo del materialismo. Este es tu último trabajo antes de unirte al Principio Primero, pero también la última oportunidad para la Humanidad, que corre el riesgo de regresar al estado bestial».
El Alma tomó el camino de la izquierda y comenzó su descenso hacia la Tierra…
Como masón, agrego mi visión a esta historia
Esta alegoría del “último trabajo” nos confronta con una de las grandes verdades iniciáticas: la muerte no es un final, sino una continuación del trabajo inacabado. René Guénon insistía en que la verdadera iniciación tiene como objetivo preparar al ser para ese paso decisivo, donde se examina si uno ha cumplido su misión como co-creador junto al Gran Arquitecto. El alma imperfecta debe regresar porque aún no ha terminado de construir su Templo interior.
Oswald Wirth y la tradición hermética nos recuerdan que el paso al otro lado no borra las deudas kármicas ni las insuficiencias; simplemente las pone al descubierto bajo la luz implacable de la Verdad. El rito de “cortar la mano del mal obrero” simboliza precisamente esa purificación necesaria: eliminar todo lo que impide la obra perfecta.
En muchas tradiciones (sufismo, budismo tibetano, cristianismo místico y alquimia), se describe este “retorno” o “segunda oportunidad” como una gracia: el alma que no ha completado su tarea es enviada de nuevo a la materia para reparar y culminar su obra. Los 144 años evocan simbólicamente los 144.000 elegidos del Apocalipsis: un número de perfección y de aquellos que logran la realización plena.
El relato nos invita a una reflexión profunda y urgente: ¿estamos construyendo realmente el Templo o sólo    decorando su fachada? El Venerable que regresa no lo hace por castigo, sino por amor. El

Gran Arquitecto le da una última oportunidad no sólo    para salvarse a sí mismo, sino para ayudar a salvar lo que queda de la Tradición Iniciática en un mundo que se hunde en el materialismo.
La masonería actual, con sus divisiones, sus egos y sus rituales a veces vacíos, necesita precisamente de estas almas que regresan con la misión de reconstruir el receptáculo. No se trata de crear algo nuevo desde cero, sino de rescatar lo esencial de la Tradición Primordial y volver a hacer de la masonería un verdadero camino de realización espiritual.
El mensaje final es esperanzador y exigente a la vez: mientras haya almas dispuestas a regresar y a trabajar con humildad, la cadena no se romperá. La masonería no morirá mientras existan hermanos que comprendan que su mayor obra no es un templo de piedra, sino el Templo Interior que cada uno debe levantar en sí mismo y ofrecer al mundo como faro de Luz.
Que este cuento nos despierte: nuestro “último trabajo” comienza hoy, en cada tenida, en cada gesto fraterno y en cada golpe de cincel sobre nuestra propia piedra bruta.
Moraleja
No esperes llegar al Oriente Eterno para darte cuenta de lo que quedó inconcluso. El verdadero masón vive cada día como si fuera su último trabajo antes de presentarse ante el Gran Arquitecto. Porque tal vez… lo sea.
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