“El de pastor era un oficio duro, pero podía ser lucrativo. Las cabañas funcionaban con una jerarquía muy estricta. Por debajo del propietario estaba el mayoral, un puesto que muchas veces se heredaba de padres a hijos, y que gozaba de gran prestigio social: a su cargo podía haber cientos de personas y varios miles de ovejas. Por debajo estaban los rabadanes –responsables de cada rebaño, de unas 1200 ovejas– y, después, compañeros, ayudadores, personas, sobraos y zagales. Cada cargo tenía un salario concreto, una dieta o cundido (compuesta por 800 g de pan al día, aceite, ajo, pimentón y vino), derecho a comerse las ovejas que fenecían y, menos los pastores de escalafón más bajo, un número de cabezas en propiedad: un método infalible para que los pastores cuidaran el rebaño como si fuera suyo”.
"Este fragmento encontrado en la red de redes destila nostalgia por un tiempo pasado en el que era de suma importancia el sector pecuario, y la obligada trashumancia en busca de los mejores pastos, al ritmo de las estaciones del año".
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