¿Para qué educamos?, ¿qué valores debe transmitir la escuela pública?, ¿cuál es su función social?, ¿educamos para el mercado o educamos para ser ciudadanos? Estas son algunas de las preguntas a las que debemos responder cuando hablamos de la finalidad de la educación pública. La educación pública tiene como finalidad básica el desarrollo humano, moral e intelectual de las personas y tiene como principios rectores: la universalidad, es decir, el derecho de todos y todas a la educación; el pleno desarrollo de la personalidad de todo ser humano; la obligación irrefutable de basarse en los derechos y libertades fundamentales y la autonomía entendida como el derecho de todas las personas a aprender por sí mismas.
Apostamos por la educación pública para que sea universal y obligatoria y gratuita, para que acoja a toda la población sin distinción de origen, condición o circunstancias. Apostamos por la educación pública aseguradora de la igualdad en el acceso y en el desarrollo del derecho a la educación para que éste no fracase y se lleve por delante alumnado proveniente de las clases más desfavorecidas. Por todo ello es fundamental su función compensadora, debemos dar más a quien menos tiene para que supere sus dificultades y desarrolle toda su potencialidad.
Defendemos, en definitiva, la educación pública y de calidad, una educación para todos y todas, una educación que cumpla con los derechos fundamentales, una educación laica y sin adoctrinamientos.
Educamos para ser personas y por tanto formamos en la coeducación, en el respeto a la persona, apostando por la igualdad de género en las aulas, apostando por el gusto por la diferencia, aprendiendo de ella.
Por todo ello, rechazamos la política educativa que nos están queriendo imponer. Rechazamos, desde luego, las nuevas leyes y todos sus borradores.
Si no invertimos en educación, ¿qué mundo estamos creando?