La economía social, el salvavidas que
permitió que una porción importante de la sociedad argentina se
mantuviera a flote durante los agitados 90 y los primeros años del nuevo
siglo, se reinventa y se prepara para dar la batalla cultural que le
permita posicionarse y demostrar que —como explicó Edgardo Form, del
Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos— “otra forma de economía no
sólo es necesaria, si no que es posible”. En el camino hacia su
formalización, las diferentes expresiones de la economía solidaria
encontraron aliados sólidos tanto en el movimiento cooperativo como en
el mutualista, que a su vez saben que las nuevas formas de organización
social funcionan como un puente que los lleva a una reactualización de
sus principios y valores históricos.
El microcrédito con tasas subsidiadas por el
Estado aparece en ese escenario como una parte fundamental del armado
solidario. Por un lado, funciona como única ayuda económica posible ante
la deserción de los bancos privados de los canales de financiamiento a
los sectores medios y chicos de la economía.
Además, se convirtió en una herramienta para la
inclusión social de los pequeños emprendedores, que encuentran un punto
de contacto con los circuitos formales de la economía moderna.
De todo esto se habló en el “I Encuentro Nacional
de Cooperativas y Mutuales que desarrollan servicios de microcréditos”,
que sirvió también como jornada preparatoria del VI Congreso Federal de
la Economía Solidaria y el I Congreso Indoamericano de la Economía
Solidaria que se desarrollará en Buenos Aires a finales de septiembre.
Desde la tribuna cooperativa las voces arengaron a
favor de un “salto de calidad definitivo” y de apuntar todos los
cañones a lograr una mayor y mejor visibilidad para el sector
aprovechando la “oportunidad histórica” que representan tanto la nueva
ley de servicios audiovisuales como la voluntad política del gobierno
nacional por financiar este tipo de emprendimientos.
“No hay que temer la discusión política ni
ideológica, es hora de abrir debates, afianzar las alianzas estratégicas
con los sindicatos y las pymes y de dar pelea por ocupar espacios de
poder para estar allí donde se toman las decisiones”, sintetizó Cesar
Malato, responsable del área de Microcréditos del Instituto Nacional de
Asociativismo y Economía Social (Inaes), quien puntualizó que el
movimiento cooperativo tiene 14 millones de afiliados, creó 145 mil
puestos de trabajo en el último año y genera el 9% del PBI anual.
BATALLA FILOSOFICA. Juan Ricci es el presidente de la
asociación El Colmenar, cooperativa de transporte que opera en el
conurbano bonaerense conectando el centro del partido de Moreno con los
barrios más alejados de ese distrito, y que cuenta con 120 mil socios.
Ricci se declara como un militante de la economía
social y un defensor de un nuevo paradigma que se sostenga en vínculos
“no capitalistas”, ya que según declaró “no todo opera bajo la lógica de
la ganancia”, ya que el objetivo no debe ser el lucro sino “crear otra
realidad con el ser humano en el centro, ese es el objetivo central de
la economía social”.
Para eso harán falta instituciones nuevas y otro
sistema basado en los principios de la economía social: “buscamos una
mano invisible pero desde el pensamiento de la economía social, es un
objetivo político y politizante”.
Sin proponer un cambio tan radical Edgardo Form,
el responsable del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos (IMFC) y
legislador electo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, apuntó también
a la necesidad de dejar de lado los prejuicios con los que muchas veces
carga el cooperativismo y hacer conocer esa opción como una alternativa
“necesaria y posible”.
El dirigente repasó los objetivos fundacionales
del IMFC, entidad creada en Rosario en 1958 que tuvo cuatro objetivos
iniciales, todos interrumpidos por los golpes militares de los 60 y los
70: la difusión del ideario cooperativo; la difusión de la economía
social a través de las cajas de crédito cooperativo; la representación
gremial; y el financiamiento intrarregional.
En la concepción inicial del Instituto, la
herramienta financiera era fundamental y funcionaba bajo el lema “el
dinero de los argentinos en manos argentinas”, pero gestionado desde una
óptica social, con plazos y tasas razonables y no especulativas.
En un análisis de la actualidad del sector, Form
subrayó la necesidad de articular las políticas públicas existentes con
las entidades de la economía social, ya que “hoy existen fondos públicos
para las redes de microcréditos gracias a un contexto que ayuda y que
es favorable”. Por eso, destacó que es el momento de “apuntar al largo
plazo” a través del apoyo de las cooperativas para que los nuevos
emprendimientos puedan convertirse más temprano que tarde en desarrollos
sustentables.
“Es tiempo de demostrar que otra forma de economía
es necesaria y posible, hay que hacerlo visible porque hasta ahora a
eso sólo lo sabemos los cooperativistas, pero no toda la sociedad”,
resaltó el dirigente, quien instó a “instalar la ideología de la
solidaridad” a través de una mayor presencia en los medios de
comunicación masivos.
“Tenemos que tener más visibilidad para ganar la
batalla cultural, para incidir sobre la sociedad y sobre los poderes
públicos”, subrayó, para agregar que la ley de medios “recoge una vieja
reivindicación cooperativista” de ocupar espacios de debate con emisoras
propias y con contenidos bajo una mirada cooperativa, algo que sirve
“para llegar hasta los lugares donde se toman las decisiones”.
Form reclamó también la derogación de la ley de
entidades financieras y afirmó que desde todo el sector están esperando
la sanción de un nuevo marco legal apoyado en una “ley de servicios
financieros” que incluya una modificación a la carta del Banco Central y
obligue a las entidades privadas a dar créditos a los emprendimientos
de la economía social.
ACCION POLITICA. Los discursos de los referentes del cooperativismo y
el mutualismo nacional, así como los de los funcionarios, coincidieron
en señalar que Argentina atraviesa un momento histórico-político
especial para revitalizar los valores de estas formas de asociación.
Ariel Guarco, presidente de Cooperar, subrayó que es hora de ser
“innovadores y creativos” para volver a ser uno de los motores del
desarrollo económico del país como fue “en el tiempo de los pioneros”.
Guarco destacó el hecho de que los microcréditos operan no sólo
como una ayuda económica, sino también como una posibilidad de inclusión
social que confluye con la incorporación de los valores del
cooperativismo: “nos falta incorporar a más cooperativas a las redes de
microcrédito, ese debe ser un objetivo a corto y mediano plazo”, dijo.
Además, aseguró que todo el movimiento debe dejar de lado las
“embestidas personales” para consolidar una presencia orgánica de las
cooperativas en los órganos de poder “con consensos previos y con un
discurso común”, una estrategia que puede conducir a relanzar la marca
cooperativa como un símbolo de calidad, larga duración y compromiso con
la comunidad.
Desde el ámbito del Estado, el encargado de bajar los ejes de
trabajo sobre los cuales se mueve el Inaes fue Cesar Malato, responsable
del área de los Microcréditos. Según el funcionario, el organismo
prioriza tres conceptos para su gestión: visibilidad, integración y
trascendencia. El funcionario destacó que la sociedad debe sentirse
parte del movimiento de la economía social al tiempo que destacó la
necesidad de que los cooperativistas y los mutualistas interactúen más
entre si.
Malato destacó también que tener mayor trascendencia significa
“estar en la elaboración de las políticas públicas, poder marcar agenda
en los poderes legislativo y ejecutivos y tener voz en las mesas de
decisión”, por lo que llamó a “no temer” a la discusión política ni
ideológica y a afianzar la cooperación con los poderes locales y las
alianzas estratégicas con sindicatos y pymes.
MICROFINANZAS. Uno de los baches con los que con mayor frecuencia se
encuentran los pequeños y medianos emprendedores es la falta total de
líneas de financiamiento. Ausente sin aviso el sector privado, desde el
Estado nacional tomaron como propio varios proyectos autogestionados que
se cimentaron durante la crisis de fines de la convertibilidad y
lanzaron en 2003 el programa de promoción del microcrédito, monitoreado
desde la Comisión Nacional de Coordinación del Programa de Promoción del
Microcrédito para el Desarrollo de la Economía Social (Conami).
En paralelo, se aprobó en julio de 2006 la ley 26.117 de promoción
y regulación del microcrédito, que estipula que la contraprestación de
los desembolsos se hará con fondos del presupuesto nacional a los cuales
solo puede aplicarse una tasa de interés del 6%, aún en contradicción
con las normas del Banco Central de la República Argentina, que dice que
no se puede aplicar esa tasa al sistema ni proponer tasas diferenciales
según las necesidades de las clases populares.
Según Sergio Carbonetto, economista del Centro de Estudios
Sociales y Sindicales (CESS), hay que entender esa ley como respuesta
legal a un momento particularmente grave en Argentina, como fue la
traumática salida del 1 a 1.
“En el post 2001 el desempleo estaba en un 20%, y más de la mitad
de los ocupados estaba fuera de los circuitos formales de la economía,
como resultado de una década de desindustrialización”, dijo el
especialista y agregó que a partir de 2003 se afianzó un nuevo modelo de
desarrollo apuntalado en un tipo de cambio competitivo y en la
expansión del mercado interno.
A partir de ese momento, empezó a disminuir la porción de gente
que intentaba subsistir a través de los pequeños emprendimientos
personales, algo atado a la creación de empleo formal que acompañó la
recuperación de la economía.
De todas maneras, el microcrédito como única posibilidad de
financiamiento para sectores sociales amplios siguió manteniendo su
vigencia. “¿Cómo dar microcréditos a personas sin posibilidad de dar
garantías?”, se preguntó Carbonetto, para quien el problema no es sólo
el acceso al financiamiento, sino también las dificultades para acceder
“a la tecnología, a los insumos adecuados, a la formación permanente, y a
los circuitos de comercialización”. Además, una vez que se obtiene el
crédito, aparece el problema de la tasa que “en muchos casos se vuelven
impagables”.
En todos los casos, el economista consideró que la ley refleja una
época y fue “un gran avance”, aún pese a que con el tiempo aparecieron
nuevas dificultades y se evidenciaron los desacoples entre el sistema
público y las necesidades de las organizaciones.
“Es una ley fundente en términos latinoamericanos, ya que usa
fondos públicos para subsidiarlos y otorga tasa especial para las
actividades de la economía social, que en otros países está liberada”,
señaló.
Carbonetto subrayó también la necesidad de mejorar la coordinación
entre los ejecutores de los microcréditos y dijo que existe dificultad
para institucionalizar los programas.