La plaga de topillos que con tanta virulencia afectó a los campos de Castilla y León fundamentalmente en los años 2006 y 2007 desapareció por causas naturales. Los dos venenos que la Junta utilizó para acabar con los roedores -en una campaña que costó más de 20 millones de euros- no sólo no sirvieron para ese fin, sino que además mataron a individuos de otras especies, algunas de ellas protegidas, como la calandria o el ratonero. La invasión de topillos volverá en uno o dos años.
Semejante varapalo a la actuación del Gobierno regional en una de las crisis medioambientales más graves sufridas en la comunidad viene avalado por un informe firmado por ocho investigadores de tres universidades -Autónoma de Madrid, IE de Segovia y Universidad de León- y del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC), un centro dependiente del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Universidad de Castilla La Mancha y el Gobierno de esa comunidad. Curiosamente algunas de esas instituciones están representadas en el Comité Científico creado por el Ejecutivo castellano y leonés en agosto del 2007 para luchar contra la plaga.
La Junta de Castilla y León mantiene que el final de la plaga -que dio por controlada el 16 de mayo del 2008- se debió esencialmente al uso de la bromadiolona, el segundo de los venenos -la administración regional insiste en llamarlos «productos fitosanitarios»- que utilizó y a las medidas propuestas por el citado Comité Científico, al que atribuye la decisión del uso del último de los rodenticidas.
«Las medidas de control que la Junta ha puesto en marcha han reducido la densidad de topillos en un 92%», rezaba el comunicado de la Consejería de Agricultura y Ganadería encabezado con un titular a modo de parte de guerra: «La plaga de topillos de Castilla y León está controlada», decía.
Sin embargo, los resultados del estudio que publica la revista 'Environmental Conservation', que evalúa las consecuencias que ha tenido sobre la biodiversidad la gestión de la plaga, muestran que «varias especies han sido afectadas por la aplicación de rodenticidas. Las necropsias del 98% de las palomas domésticas y el 38% de las liebres encontradas muertas en el campo indicaron que la causa de muerte fue el consumo de rodenticidas, detectándose cantidades importantes de clorofacinona en el hígado de los cadáveres. También se encontraron similares resultados en cadáveres de especies amenazadas: calandrias (29%), y busardo ratonero (en un caso de tres analizados)».
Los cadáveres de estas especies encontrados en Castilla y León, tras ser recolectados en el campo por guardas, cazadores y naturalistas, fueron analizados en el laboratorio de Toxicología del IREC.
Los responsables del trabajo, que sintetizan en una nota titulada 'Una verdad incómoda', señalan que a través de la captura sistemática de micromamíferos por medio de un sistema de trampeo especializado, han podido constatar que la desaparición de la plaga de topillos Microtus arvalis ocurrió similarmente tanto en áreas tratadas con clorofacinona como en áreas no tratadas. Por tanto, concluyen, «la aplicación de rodenticida fue innecesaria, algo que ya se sabe desde hace décadas en otros países: es decir, que el veneno no acaba con la plaga, sino que ésta se colapsa de forma natural».
El estudio explica que la aplicación de la tercera campaña de envenenamiento con bromadiolona (que tuvo lugar desde febrero hasta abril del 2008) «fue también innecesaria, porque la plaga de topillos ya se había colapsado (desaparecido) por sí sola en muchas áreas donde se volvió a aplicar el tratamiento».
Además, según los investigadores, el efecto del tratamiento con bromadiolona sobre la biodiversidad, «aunque está aún sin evaluar en profundidad, ha podido ser importante». La bromadiolona, señalan, es un producto mucho más tóxico que la clorofacinona, y existen varios estudios realizados en otros países, como Francia, que «han demostrado el envenenamiento secundario por bromadiolona en varias especies (milano real, busardo ratonero, zorro, etc), que son depredadores naturales de topillo y otros roedores».
En la provincia de León, las poblaciones de ratón de campo Apodemus sylvaticus han podido verse afectadas por el tratamiento con rodenticidas, ya que en áreas tratadas con clorofacinona crecieron menos que en las áreas no tratadas con el rodenticida. Esto es importante, señala, porque esta especie -no diana y que no causa plaga- sirve de alimento a depredadores tales como cernícalos, busardo ratoneros, comadrejas, etc.
El trabajo recuerda que los pesticidas se usan ampliamente en el mundo para controlar plagas agrícolas. Sin embargo, añade, su aplicación en el medio ambiente causa efectos colaterales bien conocidos sobre la fauna. Por tanto -continúa- la aplicación de sustancias tóxicas en el medio ambiente, como ocurre frecuentemente en el control de plagas de roedores, debería basarse siempre en evidencia científica y el principio de precaución.
Daños colaterales
El área tratada con rodenticidas, finaliza el informe, incluye cinco Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPAS), por lo que el principio de precaución debería haberse aplicado, «especialmente cuando existe una alta incertidumbre sobre el efecto potencial directo e indirecto que la liberación masiva de rodenticidas anticoagulantes tiene en el ecosistema agrario».
Ricardo Nabais
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Floresta do Interior
Nabais