Lainiciativa Yo leo pretende suscitar el amor por la lectura y el deseo de desarrollar competencias de anlisis crtico frente a situaciones de la vida real. Este espacio para compartir lecturas ser una oportunidad para conversar y pensar en el impacto que tienen las ideas de sus autores en la cotidianidad.
Simn Tamayo es administrador de negocios y magster en Mercadeo de la Universidad Eafit. Actualmente se desempea como profesor de Mercadeo en la Universidad de Medelln y est convencido del poder de la lectura como hbito transformador de la ciudad, generador de arte y difusor de ideas. La lectura es la conexin con nuestro pasado, con nuestros valores y nuestra cultura.
En La melancola de los feos dos amigos de infancia se comunican por medio de cartas, cuestionando sus vidas y liberndose de un pasado difcil. En esta correspondencia Mendoza discute sobre las implicaciones de la apariencia fsica y las inseguridades de las personas. Alfonso, el protagonista, padece una malformacin congnita que le ha impedido desenvolverse sin preocupaciones en la sociedad. Y esto te hace reflexionar sobre la marginalidad, no desde una perspectiva material, sino esttica. El concepto de melancola en la historia me parece muy particular porque te encuentras a un Alfonso con un profundo temor a exponerse a los dems, un temor que lo aparta, pero que al final del libro le da la determinacin y la fuerza para actuar. Es algo que me hace pensar en que la melancola es un sentimiento devaluado actualmente y se encuentra bastante asociado a la depresin, a la enfermedad. Pero tambin es un estado creativo, pues nos hace mirar lo que somos y expresar lo que sentimos.
Por aquel entonces acababa de cumplir los treinta y nueve aos de edad y tena la vaga impresin de estar llegando al lmite de algo, como si me estuviera acercando peligrosamente a una lnea divisoria de la cual dependa por completo mi vida. Muchas veces, en un parque o en una cafetera, me llegaba de pronto esa sensacin de estar acercndome a una zona oscura y tenebrosa cuyas trampas yo desconoca, pero que deba atravesar para poder continuar hacia adelante y, quizs, construir algn da un futuro, si no feliz, al menos razonable.
Haba estudiado medicina en la Universidad Nacional y luego, con mucho esfuerzo y ahorrando dos pesos ac y trabajando por tres pesos all, haba logrado terminar mi especializacin en psiquiatra. Desde muy joven tuve claro que la rama ms atrasada y desconocida de mi profesin era aquella que se dedicaba a investigar el funcionamiento de la mente. Por un tiempo dud entre neurologa y psiquiatra, hasta que al final, gracias a un apoyo del instituto donde trabajaba desde haca tres aos, decid empezar los estudios de psiquiatra en uno de los hospitales estatales.
La entrega a mis pacientes fue absoluta. Intentar descifrar los mecanismos internos que los atormentaban y desquiciaban se volvi, en muy poco tiempo, una obsesin. Descuid otras instancias de mi vida privada en aras de buscar una perfeccin profesional. Por eso no me haba casado ni haba construido una familia todava. Mis pacientes eran mi nica realidad. Despus, al graduarme, esa radicalidad, en lugar de disminuir y brindarme la posibilidad de relacionarme con una mujer, lo que hizo fue aislarme an ms hasta el punto de asfixiarme y de empezar a hacerme dao de verdad. Saba muy bien que el amor excesivo a una vocacin puede llegar a destruir la vida completa de un sujeto, pero por ms que me esforzaba por escapar de esa celda que yo mismo haba construido para m, no lograba ni siquiera asomarme a los barrotes de la ventana.
Y ahora, con treinta y nueve aos y unas primeras canas insinundose en mi cabeza, en el bigote y en la barba, all estaba, atrapado en mi propia profesin, yendo y viniendo de mi casa al hospital psiquitrico de lunes a sbado y sin tomar vacaciones ni siquiera en la temporada navidea. Los domingos me quedaba en casa leyendo y tomando notas acerca de los progresos o retrocesos de mis pacientes.
Poco a poco se fue haciendo evidente que un hombre as, enterrado en un hospital oficial con un sueldo miserable y sumido hasta las narices en suicidas, depresivos y esquizofrnicos, no era muy atractivo que digamos para una mujer joven que soaba con un futuro prspero y una familia triunfante.
Me fui acostumbrando entonces a tener una que otra amante entre las enfermeras con las que trabajaba, mujeres gentiles y cariosas que por un tiempo aceptaban ir los sbados en la noche hasta mi casa, pedir a domicilio dos platos de comida china, acostarse conmigo y luego llamar un taxi que las llevara a su casa a descansar del trajn semanal. Con el paso de los meses, se aburran conmigo y de mis conversaciones repetitivas acerca de mis pacientes, hasta que finalmente conseguan a otro mdico o se relacionaban con cualquiera que s lograra sacarlas del marasmo conventual de la rutina hospitalaria.
Tal vez valga la pena aclarar que yo no haba sido as desde la infancia. De nio y de joven haba sido un joven audaz, precoz en la lectura, buen deportista, y mi decencia y mi porte me auguraban una vida tranquila de profesional de clase media. Durante la carrera haba hecho amistad con una compaera brillante pero inestable emocionalmente: Ins Santamara.
Habamos entablado una amistad divertida con algo de sexo ocasional y, poco a poco, sin darnos cuenta, nos enamoramos a fondo hasta volvernos inseparables. El problema era que Ins tena unos antecedentes por va paterna terribles: depresivos y suicidas desde su abuelo, su padre y sus tos, hasta sus primos ms cercanos. Era como si un gen especial que los predispona a la locura se hubiera esparcido por toda la familia, obligndolos a recluirse en instituciones psiquitricas o a cortarse las venas cualquier tarde en medio de una crisis extrema.
Ins no escap de ese destino macabro. Apenas cumpli los veintitrs aos, empez a sufrir de depresiones crnicas que la enterraban en casa de sus padres durante das enteros. Le costaba trabajo baarse, arreglarse y salir a la calle. El mundo de afuera le pareca amenazante, difcil, como si la estuviera esperando una jaura de bestias para devorarla. De pasar tantos das sin lavarse la boca, sus dientes se llenaron de caries y perdi los dos colmillos y varias de las muelas traseras. Baj de peso y dos ojeras muy marcadas le hirieron el rostro de mala manera. Las drogas que tomaba (Prozac, Zolof) no le hacan efecto y en cambio le destrozaron el estmago.
Como es apenas obvio, le todo lo que estaba publicado sobre depresin, habl con expertos, busqu salidas en tratamientos con los que hasta ahora se estaba experimentando, pero nada, el agujero negro que creca y creca en la mente de Ins se iba tragando su vida a pasos agigantados. Al final fue necesario recluirla en la clnica para inyectarle suero y vitaminas. Hasta que una noche el corazn no aguant la debilidad y se detuvo sbitamente.
Intentaron revivirla, pero no pudieron hacer nada. Despus de una muerte cerebral era peligroso seguir intentando una recuperacin: poda quedar parapljica, amnsica de por vida o conectada a unas mquinas como un zombie. Era mejor dejarla partir.
Su madre, despus del entierro, me cit en su casa y me entreg una carta que ella me haba escrito en los ltimos das. Le agradec el gesto, me desped de ellos y, cuando llegu a mi casa, la abr con una urgente ansiedad que me quitaba el aliento. Eran unos pocos renglones escritos con una caligrafa temblorosa, como si sostener el esfero hubiera sido un esfuerzo muy grande para ella. Deca as:
Esa carta la cargu durante aos en mi morral universitario y an despus, cuando ingres a la especializacin en psiquiatra. Me la saba de memoria, pero necesitaba ver de nuevo esos trazos inseguros, dubitativos, y entonces la sacaba en la cafetera del hospital o en las horas de la noche antes de irme a dormir y pasaba mis dedos por esa pgina escrita con tanto cario hacia m. Imaginaba el esfuerzo tremendo que haba tenido que hacer Ins para concentrarse y poder escribir unas lneas legibles. Era estremecedor imaginarla recostada en la cama de la clnica, con el esfero a punto de caerse de su mano una y otra vez, intentando dejar un ltimo mensaje de gratitud y reconocimiento para la persona con la que haba compartido su intimidad y sus afectos ms sinceros.
Desde ese momento en adelante, mi vida se concentr por completo en mi profesin. Mi nico objetivo era adentrarme cuanto antes en los enigmas psiquitricos y dar con las claves de esas enfermedades entre las cuales estaba la que haba aniquilado al nico amor de mi vida. Como sucede con tantas personas que transfieren una situacin a otra, yo tambin quise ayudar a Ins ayudando a mis pacientes. Lo cual, por supuesto, era un error de perspectiva tremendo. Transferir siempre es el origen de un sufrimiento que es fcil de evitar: solo basta con hacer consciente ese error de apreciacin. Si hemos tenido un padre alcohlico, por ejemplo, lo ms seguro es que despus, en nuestras parejas, busquemos personas que necesitan ayuda y que estn pasando por alguna dificultad. Y entonces transferimos la situacin: como no pudimos ayudar a nuestro padre a salir de su alcoholismo repetitivo, buscamos ayudar ahora a nuestra pareja, como si al salvarla estuviramos salvando tambin al fantasma que est detrs. Error gravsimo. Lo ms seguro es que no salvemos a nadie y que lo nico que logremos sea nuestra propia destruccin.
As, exactamente, me sucedi a m: cre que ayudando a mis pacientes depresivos o esquizofrnicos estaba ayudando a Ins, salvndola, rescatndola de la muerte, cuando lo que en realidad estaba sucediendo era que mi vida se me estaba yendo por un agujero insondable: el agujero de la culpa y de un duelo mal elaborado. Y cuando empec a tomar conciencia de la situacin, ya estaba atrapado en una vida rutinaria y poco feliz, cercano a los cuarenta aos y sin saber cmo recomponer las fichas de un juego en el que estaban a punto de darme un jaque mate.
Entr a mi oficina, me recost en un silln mientras afuera caa la tarde apaciblemente. No haba remitente y solo estaba mi nombre completo (Len Soler), escrito con una letra de trazo indeterminado e irregular. Abajo estaban las iniciales E.S.M. (en sus manos). Para cerrar, en el centro del sobre haba un dibujo de una especie de roedor que sostena un letrero que deca: Melencolia. No saba si se trataba de un error en el que haban escrito una e por una a. Escrib la palabra en Google rpidamente. Era la palabra que haba utilizado el artista alemn Durero en uno de sus ms famosos grabados: La Melancola.
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