SOCIALCRISTIANISMO INTEGRAL. A propósito del nuevo Compendio de Doctrina Social

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Leopoldo Quezada

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May 14, 2005, 8:59:20 PM5/14/05
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Hace algún tiempo atrás me tocó el agrado de participar en el  relanzamiento de la Revista Política y Espíritu, dirigida por Jorge Jiménez y en la cual participan como editores Juan Cristóbal Portales, Cristóbal Acevedo F. y Angel Correa, todos miembros de nuestra comunidad virtual. No había tenido la ocasión de ver el nuevo formato, que es mucho más atractivo y amigable. Los invito a conocerla.
Comparto con ustedes ( espero que con el acuerdo de los editores) este artículo sobre el Compendio de Doctrina Social. Espero que si alquien sabe como adquirirlo nos comente. Entiendo que ya habría versiones autorizadas en español circulando.

Fraternalmente
 
Leopoldo Quezada
 
 



SOCIALCRISTIANISMO INTEGRAL. A propósito del nuevo Compendio de Doctrina Social

Fecha 30/3/2005 8:09:47 | Tema: Ideas y Principios

En Octubre de este año hemos sido testigos del lanzamiento por parte de la Iglesia católica de un nuevo Compendio de Doctrina Social. Este extraordinario hecho, que hace algunos años hubiese provocado un movimiento de grandes dimensiones en los grupos de acción social, política y cultural, a pasado un tanto desapercibido en nuestro país. Razones para ello hay muchas y me gustaría brevemente enumerar tres:

Diría en primer lugar, que este nuevo compendio no vuelca tantas conciencias ni mentes pensantes debido a que existe una común sensación en los grupos otrora de inspiración cristiana, que aquello que tiene de antiguo la Doctrina Social de la Iglesia ya es un lenguaje común en la dinámica social de hoy (llámese dignidad de la persona, justicia social, relaciones laborales, en fin), incluso es un lenguaje común para aquellos provenientes de escuelas de orden materialista, sea liberales o marxistas; y que aquello que tiene de nuevo no es lógico para el sentido común de muchos (uniones homosexuales, biotecnología, masificación de la anticoncepción, etc.).

En segundo lugar, porque la sociedad está inundada y sumergida muy profundamente en una concepción tecnocrática, y esta concepción incluye a casi todos, incluso a importantes grupos de acción social de la propia Iglesia. Esta mentalidad lleva a muchos a entender la doctrina social como palabras vacías o de carácter genérico que en nada importan a la masa y que en nada contribuyen a mejorar sus vidas diarias. Como advierte el mismo Secretario del Pontificio Consejo Justicia y Paz, el Obispo Gianpaolo Crepaldi, al criticar el hecho que se conciba la doctrina social como “un elenco de valores entendido como exigencias éticas genéricas” insistiendo en que “no la entiendan como un elenco de buenos sentimientos, sino como verdad que debe hacerse amor inscrita en la cultura moderna”.

En tercer lugar, existe algo así como una decepción histórica. Muchos creyeron en su momento que la fuerte ebullición social de hace unas décadas arrastraría a la sociedad a un cambio social radical y a un especie de paraíso de la justicia en la tierra. Como todo extremo, en el curso propio del corso y recorso, nos ha llevado a una época muy práctica, de pocas aspiraciones globales y muy relativista en sus exigencias hacia y para el prójimo. Para esas mentes y mentalidades el compendio resultará otra lata impartida desde el púlpito de las ideas y de la absurda utopía de la caridad cristiana.

Si a este cóctel le añadimos la indiferencia religiosa propia de nuestra época y la difícil etapa por la que atraviesa la Iglesia, el bajo interés y la indiferencia frente al nuevo compendio social resultan de fácil pronóstico.

Así todo, existen quienes son capaces de sobreponerse a las tendencias de turno y de mirar con perspectiva el pasado, analizar con profundidad y conciencia crítica el presente y ponerse un paso adelante frente a las exigencias del futuro. Para esos cristianos este compendio no será más que la ratificación actual de sus ideas y herramienta eficaz para convencer a quienes adolecen de dicha conciencia “En efecto, para la Iglesia enseñar y difundir la doctrina social pertenece a su misión evangelizadora y forma parte esencial del mensaje cristiano, ya que esta doctrina expone sus consecuencias directas en la vida de la sociedad y encuadra incluso el trabajo cotidiano y las luchas por la justicia en el testimonio a Cristo Salvador. Así mismo viene a ser una fuente de unidad y de paz frente a los conflictos que surgen inevitablemente en el sector socioeconómico. De esta manera se pueden vivir las nuevas situaciones, sin degradar la dignidad trascendente de la persona humana ni en sí mismos ni en los adversarios, y orientarlas hacia una recta solución”.


La persona como fundamento de la doctrina social de la iglesia

Si nos adentramos en la primera capa de ideas de la doctrina social inevitablemente toparemos siempre con el concepto de persona. Me atrevería a decir que aquí se encuentra el vértice de inclinación de toda la filosofía cristiana y por oposición se traduce en visiones del hombre y la sociedad vitalmente distintas al de otras escuelas filosóficas. Me anticipo a los escépticos y asépticos diciendo que esta concepción sí trae consecuencias de orden práctico de extraordinaria magnitud.

El hombre de la filosofía cristiana es un ser dotado de cuerpo y alma y llamado en primer lugar al gozo eterno de Dios. Esto supone que todo el orden humano esta subordinado al fin primario del hombre (lo que Jacques Maritain llamaría el bien común humano como fin infravalente, es decir subordinado a). En virtud de esta dimensión espiritual el hombre es una criatura sagrada, fin de toda la creación y fin del orden social.

Sin embargo el hombre también goza de una dimensión material, dimensión plenamente integrante de su ser, y que le permite vincularse a otros en sociedad. El hombre debe satisfacer adecuadamente sus necesidad materiales, de otro modo no le es posible alcanzar sus fines espirituales y por tanto toda la dimensión trascendente del hombre queda truncada obviando dichas necesidades. Es por ello que la sociedad, y en especial el Estado, ha de volcarse a dar a cada uno, y por tanto al todo, aquello mínimo indispensable para que el hombre realice adecuadamente su dignidad propia.

Bajo esta concepción del hombre, el desarrollo de la doctrina socialcristiana entra en un todo armónico, situando a la persona humana como elemento central de la sociedad y a Dios como fin superior de esta. Así la sociedad se debe a cada hombre y cada hombre se debe al bien de toda la sociedad.

La triple dimensión socialcristiana

Trataremos de sintetizar la doctrina social cristiana en una triple dimensión: promoción y defensa de la vida humana; conquista de la justicia social; respeto y amor por el prójimo.

La promoción y defensa de la vida humana nace de la concepción de la vida como un bien inviolable y de carácter trascendente. Puesto que el hombre está llamado a un fin trascendente (lo que para muchos puede llevar a un desinterés respecto de la vida transitoria) nos conduce a afirmar que la vida es inviolable puesto que este fin superior supone una trascendencia de la persona en sí misma que es llamada a alcanzarlo. El hombre tiene carácter de todo y no puede ser considerado como parte o como medio para realizar algún fin “La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser hijo en el Hijo y Templo vivo del Espíritu; y está destinado a esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre”.

Esta concepción del hombre, recogida en la Declaración de Derechos Humanos de 1948, importa la profunda convicción que desde el mismo momento de la concepción, es decir desde la unión de los gametos femeninos y masculinos, comienza la vida humana con la misma trascendencia espiritual que la de cualquier otra persona. Importa también descartar cualquier atentado contra la vida y respetarla por tanto hasta la muerte natural. Ningún fin justifica atentar contra la vida, salvo que se trate de la defensa de la vida propia en casos extremadamente calificados... ¡Cuánta vigencia adquiere hoy esta concepción de la vida! cuando aún existen regímenes que consideran lícito eliminar a sus detractores. Cuánta vigencia cuando hay gobiernos que permiten o estimulan atentados contra la vida humana en gestación bajo diversas excusas; cuánta vigencia cuando en nuestro país aún se discute sobre el carácter abortivo de la píldora del día después “La iglesia, pues, en virtud del evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin embargo, lograrse que este movimiento que imbuido del espíritu evangélico y garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha en efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese camino la dignidad humana no se salva; por el contrario, perece”.

La concepción cristiana sin embargo, no se agota en una mera defensa de la vida, cual actitud reaccionaria frente a todo cambio; no, el cristianismo además debe trabajar para dignificar la vida del hombre en la realidad concreta y crear las condiciones necesarias para su desarrollo en plenitud.

Justicia Social

Dentro de la triple dimensión ya mencionada la justicia social ocupa un lugar central. El grupo social del cual el hombre es parte, es vital para el desarrollo íntegro de la persona humana, puesto que este desarrollo solo se logra en plenitud en comunión con otros. Sin embargo, si el conjunto social no se ocupa de dar a cada miembro de la sociedad lo necesario para su desarrollo, el bien del todo se deteriora, puesto que ese todo habrá sido incapaz de contribuir al desarrollo pleno de sus miembros.

A esto le llamamos justicia social, que consiste en hacer a la sociedad deudora frente a cada miembro que carece de lo necesario para subsistir dignamente. Así nace el deber del estado de generar condiciones, leyes y transformaciones culturales y sociales necesarias para que cada miembro sea auténticamente integrante del todo social.

Hoy somos testigos de grandes polos de marginalidad y pobreza; sectores que antaño podían estar protegidos hoy están expuestos a la llamada vulnerabilidad social que crea estados permanentes de desprotección; es necesario también pasar de un concepto cuantitativo del desarrollo social (más educación, más salud, etc.) a un concepto cualitativo que solucione eficazmente los problemas sociales en una sociedad post- Estado de bienestar; la organización de las ciudades y la descentralización, con sus subsecuentes consecuencias en la calidad de vida, han de plantearse como nuevos desafíos para nuestro país. La solidaridad internacional y la distribución de riquezas a nivel mundial como freno a los focos antisistémicos en países subdesarrollados deben ir copando las agendas públicas. “La justicia es, al mismo tiempo, virtud moral y concepto legal. En ocasiones, se la representa con los ojos vendados; en realidad lo propio de la justicia es estar atenta y vigilante para asegurar el equilibrio entre derechos y deberes, así como el promover la distribución equitativa de los costes y beneficios. La justicia restaura, no destruye; reconcilia en vez de instigar a la venganza” “...queda por instaurar una mayor justicia en la distribución de los bienes, tanto en el interior de las comunidades nacionales como en el plano internacional... Las relaciones de fuerza no han logrado jamás establecer efectivamente la justicia de una manera durable y verdadera”.

Respeto y amor por el prójimo

Nuestra fe nos llama a amar al prójimo como hermano puesto que todos somos hijos de un mismo padre. Sin embargo, una visión de razón inspirada en la fe cristiana nos indica que la autoafirmación de mi propia existencia como sujeto de derechos y esencialmente digno me ha de llevar a afirmar la misma dignidad respecto de nuestros pares. Lo que hace la doctrina social es traducir esta afirmación en consecuencias sociales concretas. La primera de ellas es el respeto a la libertad como uno de los ejercicios mas profundos y manifestación mas radical de la dignidad y trascendencia espiritual de la persona humana.

La libertad (como aptitud propia del ejercicio de la voluntad) es un derecho inalienable del hombre. Sin libertad no es posible que el hombre se realice como persona; cuando se suprime la libertad en el fondo se suprime al hombre “La libertad en su esencia es interior al hombre, connatural a la persona humana, signo distintivo de su naturaleza. La libertad de la persona encuentra, en efecto, su fundamento en su dignidad trascendente: una dignidad que le ha sido regalada por Dios su creador, y que le orienta hacia Dios... Ninguna fuerza o apremio exterior la podrá jamás arrebatar (al hombre) ya que constituye su derecho fundamental, tanto como individuo cuanto como miembro de la sociedad. El hombre es libre porque posee la facultad de determinarse en función de lo verdadero y del bien.” La libertad cristiana siempre se ha entendido en base a la verdad, es decir, el hombre es auténticamente libre cuando opta actuar según la verdad.

Lamentablemente hoy día aún vemos países donde pensar distinto al gobernante de turno es un delito que merece las más crueles penas. Incluso con tristeza vemos que importantes políticos que lucharon por la libertad y la democracia se presentan curiosamente distraídos o como apologetas de regímenes que suprimen sistemáticamente la libertad y la dignidad de las personas; para ellos se ha acuñado la maravillosa frase de “líderes de la indignación moral hemipléjica”.

Por ello es necesario que los cristianos se pronuncien por un sistema que garantice la libertad y la dignidad humana. La doctrina social se ha preocupado de ahondar el concepto de democracia como aspiración evangélica y ratificando la democracia como el mejor de los sistemas, ha buscado su sentido auténtico. “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacifica” “ ... Si hoy se percibe un consenso casi universal sobre el valor de la democracia, esto se considera un positivo signo de los tiempos, como también el Magisterio de la Iglesia a puesto de relieve varias veces. Pero el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve”.

En una sociedad plural y que requiere asegurar la paz y el desarrollo social no violento, la democracia resulta ser el mejor de los sistemas e interpretación autentica del testimonio evangélico, y garantiza por tanto el respeto de todos los individuos de la sociedad cualquiera sea su origen y credo.

Sin embargo, la democracia plantea dos desafíos actuales y un peligro contemporáneo, que pasaremos a analizar a continuación.


Desafíos y peligros de la democracia actual

El viejo dilema democrático consiste en descifrar si es la democracia la que genera mejores condiciones sociales o estas condiciones sociales son las necesarias para que exista una democracia estable. Como sea, todos los análisis apuntan a que una democracia es inviable a largo plazo si no existe desarrollo social. A esto la iglesia desde Pablo VI le llamó “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. Así la Encíclica Populorum Progressio sentencia “Combatir la miseria y luchar contra la injusticia, es promover, a la par que el mayor bienestar, el progreso humano y espiritual de todos, y por consiguiente el bien común de la humanidad. La paz no se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres”.

No hay estabilidad democrática sin desarrollo social de todo el pueblo y no tan solo de unos pocos. Este dilema se constituye en un desafío para nuestro país, un país de riquezas concentrada, de una educación pública mediocre y de un sistema de protección previsional y laboral deficiente. Además, en un contexto de una América Latina sumida en la miseria nuestro país está llamado, sin duda, a tomar un rol más activo en la superación de las brechas entre países.

Un segundo desafío es traducir democracia en participación real. Es evidente que para lograr esto se requiere un cambio cultural en la población debido a la involución que la participación ciudadana a tenido en los últimos treinta años; pero también se requiere crear mecanismos que incentiven la participación mediante la delegación de la toma de decisiones en organismos locales, readecuando la administración de gobiernos locales e iniciando un proceso de descentralización política, económica y demográfica real.

Sin duda también se requieren modificaciones en el sistema de representación política y escrutinios, pero potenciar la participación pasa por una mirada mucho mas allá.

En cuanto al peligro que envuelve a toda democracia es caer en relativismos que terminan por diluir su objetivo primordial de promoción y defensa de la dignidad humana. La democracia exige tener un contenido y afirmar ciertas verdades como invariables (de hecho ya la democracia es en sí una afirmación de verdad). La relativización del sentido de la paz y la guerra justa; el dudoso tratamiento de los inmigrantes en bastos sectores de Europa occidental e incluso en nuestro país; la deformación de libertad religiosa y de conciencia; los atentados contra la vida vía aborto, eutanasia o manipulación genética en embriones; en fin, han dado muestra de los peligros de una democracia no fundada en afirmaciones de verdad.

Nuestro país no está ajeno a estos debates y quien apela a una democracia de inspiración cristiana no solo debe intentar salir al paso de estas disputas sino procurar enraizar en la estructura misma de la democracia la verdad trascendente del hombre y la sociedad “En realidad, la democracia no puede mitificarse, convirtiéndola en un sucedáneo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad. Fundamentalmente, es un ordenamiento y, como tal, un instrumento y no un fin. Su carácter moral no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve”.

Socialcristianismo Integral

Por último, hemos de advertir que quienes afirman la doctrina social de la iglesia como fuente de verdad, paz y desarrollo han de recogerla en su conjunto como un todo. De otro modo caeríamos en un fraccionamiento de la moral, es decir, que solo aplicamos aquello que nos conviene en relación con un ordenamiento ético, lo cual desde todo punto de vista es incorrecto.

Esto concepción fragmentaria es particularmente incompatible con la enseñanza social cristiana, puesto que ésta es un todo orgánico y armónico.


Resulta ejemplificador en este sentido el rechazo de la Iglesia, ratificado en este nuevo compendio, de toda legislación que intente dar estatus legal a las uniones homosexuales; así la Iglesia afirma que “La persona homosexual debe ser plenamente respetada en su dignidad... Si desde el punto de vista legal, el casamiento entre dos personas de sexo diferente fuese solo considerado como uno de los matrimonios posibles, el concepto de matrimonio sufriría un cambio radical, con grave detrimento del bien común. Poniendo la unión homosexual en un plano jurídico análogo al del matrimonio o la familia, el Estado actúa arbitrariamente y entra en contradicción con sus propios deberes”.

También podría causar cierta complicación la postura de la iglesia, también ratificada en el nuevo compendio de doctrina social, frente a la anticoncepción; pero sin duda esta postura se encuentra en armonía con filosofía y antropología del hombre en la cosmovisión cristiana “se ha de rechazar también el recurso a los medios anticonceptivos en sus diferentes formas... Este rechazo se fundamenta en una correcta e integral concepción de la persona y de la sexualidad humana”. La discusión a este respecto no radica en si el Estado a de poner o no a disposición de la población dichos métodos. Esta discusión se resuelve aplicando el principio moral de tolerancia del mal menor, puesto que de otro modo se provocarían problemas y males moralmente mayores. Pero esta tolerancia no implica promoción; tampoco implica considerar los métodos anticonceptivos como una opción válida para un católico. En este sentido, debiéramos preguntarnos si las últimas campañas del ministerio de salud y ONG's a fines son concordantes o no con esta doctrina.

En definitiva el mensaje es simple, o aceptamos la doctrina social de la iglesia en su conjunto o simplemente consideramos algunos de sus postulados (y por tanto el conjunto) como invalido y por tanto inaplicable al orden social y a la propia vida.

El Compendio de la Doctrina Social publicado hace unos meses se convierte, por tanto, en una buena oportunidad para examinar nuestras propias acciones, y para refundar los fundamentos y pilares de nuestros movimientos de inspiración cristiana... en palabras de un viejo amigo sacerdote que un día me dijo: 'El cristianismo es como un castillo de naipes, donde todos los naipes forman la torre... algunos naipes son mas fundamentales que otros y si sacas esos naipes -fundamento la torre se derrumba enseguida. Pero también si sacas alguno de los demás, más lentamente, pero la torre se terminará, tarde o temprano, igualmente por derrumbar...'




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