|
En Octubre de este año hemos
sido testigos del lanzamiento por parte de la Iglesia católica
de un nuevo Compendio de Doctrina Social. Este extraordinario
hecho, que hace algunos años hubiese provocado un movimiento
de grandes dimensiones en los grupos de acción social,
política y cultural, a pasado un tanto desapercibido en
nuestro país. Razones para ello hay muchas y me gustaría
brevemente enumerar tres:
Diría en primer lugar, que
este nuevo compendio no vuelca tantas conciencias ni mentes
pensantes debido a que existe una común sensación en los
grupos otrora de inspiración cristiana, que aquello que tiene
de antiguo la Doctrina Social de la Iglesia ya es un lenguaje
común en la dinámica social de hoy (llámese dignidad de la
persona, justicia social, relaciones laborales, en fin),
incluso es un lenguaje común para aquellos provenientes de
escuelas de orden materialista, sea liberales o marxistas; y
que aquello que tiene de nuevo no es lógico para el sentido
común de muchos (uniones homosexuales, biotecnología,
masificación de la anticoncepción, etc.).
En segundo lugar, porque la
sociedad está inundada y sumergida muy profundamente en una
concepción tecnocrática, y esta concepción incluye a casi
todos, incluso a importantes grupos de acción social de la
propia Iglesia. Esta mentalidad lleva a muchos a entender la
doctrina social como palabras vacías o de carácter genérico
que en nada importan a la masa y que en nada contribuyen a
mejorar sus vidas diarias. Como advierte el mismo Secretario
del Pontificio Consejo Justicia y Paz, el Obispo Gianpaolo
Crepaldi, al criticar el hecho que se conciba la doctrina
social como “un elenco de valores entendido como exigencias
éticas genéricas” insistiendo en que “no la entiendan como un
elenco de buenos sentimientos, sino como verdad que debe
hacerse amor inscrita en la cultura moderna”.
En tercer
lugar, existe algo así como una decepción histórica. Muchos
creyeron en su momento que la fuerte ebullición social de hace
unas décadas arrastraría a la sociedad a un cambio social
radical y a un especie de paraíso de la justicia en la tierra.
Como todo extremo, en el curso propio del corso y recorso, nos
ha llevado a una época muy práctica, de pocas aspiraciones
globales y muy relativista en sus exigencias hacia y para el
prójimo. Para esas mentes y mentalidades el compendio
resultará otra lata impartida desde el púlpito de las ideas y
de la absurda utopía de la caridad cristiana.
Si a este
cóctel le añadimos la indiferencia religiosa propia de nuestra
época y la difícil etapa por la que atraviesa la Iglesia, el
bajo interés y la indiferencia frente al nuevo compendio
social resultan de fácil pronóstico.
Así todo, existen
quienes son capaces de sobreponerse a las tendencias de turno
y de mirar con perspectiva el pasado, analizar con profundidad
y conciencia crítica el presente y ponerse un paso adelante
frente a las exigencias del futuro. Para esos cristianos este
compendio no será más que la ratificación actual de sus ideas
y herramienta eficaz para convencer a quienes adolecen de
dicha conciencia “En efecto, para la Iglesia enseñar y
difundir la doctrina social pertenece a su misión
evangelizadora y forma parte esencial del mensaje cristiano,
ya que esta doctrina expone sus consecuencias directas en la
vida de la sociedad y encuadra incluso el trabajo cotidiano y
las luchas por la justicia en el testimonio a Cristo Salvador.
Así mismo viene a ser una fuente de unidad y de paz frente a
los conflictos que surgen inevitablemente en el sector
socioeconómico. De esta manera se pueden vivir las nuevas
situaciones, sin degradar la dignidad trascendente de la
persona humana ni en sí mismos ni en los adversarios, y
orientarlas hacia una recta solución”.
La persona como fundamento
de la doctrina social de la iglesia
Si nos
adentramos en la primera capa de ideas de la doctrina social
inevitablemente toparemos siempre con el concepto de persona.
Me atrevería a decir que aquí se encuentra el vértice de
inclinación de toda la filosofía cristiana y por oposición se
traduce en visiones del hombre y la sociedad vitalmente
distintas al de otras escuelas filosóficas. Me anticipo a los
escépticos y asépticos diciendo que esta concepción sí trae
consecuencias de orden práctico de extraordinaria
magnitud.
El hombre de la filosofía cristiana es un ser
dotado de cuerpo y alma y llamado en primer lugar al gozo
eterno de Dios. Esto supone que todo el orden humano esta
subordinado al fin primario del hombre (lo que Jacques
Maritain llamaría el bien común humano como fin infravalente,
es decir subordinado a). En virtud de esta dimensión
espiritual el hombre es una criatura sagrada, fin de toda la
creación y fin del orden social.
Sin embargo el hombre
también goza de una dimensión material, dimensión plenamente
integrante de su ser, y que le permite vincularse a otros en
sociedad. El hombre debe satisfacer adecuadamente sus
necesidad materiales, de otro modo no le es posible alcanzar
sus fines espirituales y por tanto toda la dimensión
trascendente del hombre queda truncada obviando dichas
necesidades. Es por ello que la sociedad, y en especial el
Estado, ha de volcarse a dar a cada uno, y por tanto al todo,
aquello mínimo indispensable para que el hombre realice
adecuadamente su dignidad propia.
Bajo esta concepción del
hombre, el desarrollo de la doctrina socialcristiana entra en
un todo armónico, situando a la persona humana como elemento
central de la sociedad y a Dios como fin superior de esta. Así
la sociedad se debe a cada hombre y cada hombre se debe al
bien de toda la sociedad.
La triple dimensión
socialcristiana
Trataremos de sintetizar la
doctrina social cristiana en una triple dimensión: promoción y
defensa de la vida humana; conquista de la justicia social;
respeto y amor por el prójimo.
La promoción y defensa
de la vida humana nace de la concepción de la vida como un
bien inviolable y de carácter trascendente. Puesto que el
hombre está llamado a un fin trascendente (lo que para muchos
puede llevar a un desinterés respecto de la vida transitoria)
nos conduce a afirmar que la vida es inviolable puesto que
este fin superior supone una trascendencia de la persona en sí
misma que es llamada a alcanzarlo. El hombre tiene carácter de
todo y no puede ser considerado como parte o como medio para
realizar algún fin “La dignidad de la persona manifiesta todo
su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado
por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la
preciosísima sangre de Cristo, el hombre está llamado a ser
hijo en el Hijo y Templo vivo del Espíritu; y está destinado a
esa eterna vida de comunión con Dios, que le llena de gozo.
Por eso toda violación de la dignidad personal del ser humano
grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al
Creador del hombre”.
Esta concepción del hombre,
recogida en la Declaración de Derechos Humanos de 1948,
importa la profunda convicción que desde el mismo momento de
la concepción, es decir desde la unión de los gametos
femeninos y masculinos, comienza la vida humana con la misma
trascendencia espiritual que la de cualquier otra persona.
Importa también descartar cualquier atentado contra la vida y
respetarla por tanto hasta la muerte natural. Ningún fin
justifica atentar contra la vida, salvo que se trate de la
defensa de la vida propia en casos extremadamente
calificados... ¡Cuánta vigencia adquiere hoy esta concepción
de la vida! cuando aún existen regímenes que consideran lícito
eliminar a sus detractores. Cuánta vigencia cuando hay
gobiernos que permiten o estimulan atentados contra la vida
humana en gestación bajo diversas excusas; cuánta vigencia
cuando en nuestro país aún se discute sobre el carácter
abortivo de la píldora del día después “La iglesia, pues, en
virtud del evangelio que se le ha confiado, proclama los
derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo
de la época actual, que está promoviendo por todas partes
tales derechos. Debe, sin embargo, lograrse que este
movimiento que imbuido del espíritu evangélico y garantizado
frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha en
efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos
personales solamente son salvados en su plenitud cuando nos
vemos libres de toda norma divina. Por ese camino la dignidad
humana no se salva; por el contrario, perece”.
La
concepción cristiana sin embargo, no se agota en una mera
defensa de la vida, cual actitud reaccionaria frente a todo
cambio; no, el cristianismo además debe trabajar para
dignificar la vida del hombre en la realidad concreta y crear
las condiciones necesarias para su desarrollo en
plenitud.
Justicia
Social
Dentro de la triple dimensión ya mencionada
la justicia social ocupa un lugar central. El grupo social del
cual el hombre es parte, es vital para el desarrollo íntegro
de la persona humana, puesto que este desarrollo solo se logra
en plenitud en comunión con otros. Sin embargo, si el conjunto
social no se ocupa de dar a cada miembro de la sociedad lo
necesario para su desarrollo, el bien del todo se deteriora,
puesto que ese todo habrá sido incapaz de contribuir al
desarrollo pleno de sus miembros.
A esto le llamamos
justicia social, que consiste en hacer a la sociedad deudora
frente a cada miembro que carece de lo necesario para
subsistir dignamente. Así nace el deber del estado de generar
condiciones, leyes y transformaciones culturales y sociales
necesarias para que cada miembro sea auténticamente integrante
del todo social.
Hoy somos testigos de grandes
polos de marginalidad y pobreza; sectores que antaño podían
estar protegidos hoy están expuestos a la llamada
vulnerabilidad social que crea estados permanentes de
desprotección; es necesario también pasar de un concepto
cuantitativo del desarrollo social (más educación, más salud,
etc.) a un concepto cualitativo que solucione eficazmente los
problemas sociales en una sociedad post- Estado de bienestar;
la organización de las ciudades y la descentralización, con
sus subsecuentes consecuencias en la calidad de vida, han de
plantearse como nuevos desafíos para nuestro país. La
solidaridad internacional y la distribución de riquezas a
nivel mundial como freno a los focos antisistémicos en países
subdesarrollados deben ir copando las agendas públicas. “La
justicia es, al mismo tiempo, virtud moral y concepto legal.
En ocasiones, se la representa con los ojos vendados; en
realidad lo propio de la justicia es estar atenta y vigilante
para asegurar el equilibrio entre derechos y deberes, así como
el promover la distribución equitativa de los costes y
beneficios. La justicia restaura, no destruye; reconcilia en
vez de instigar a la venganza” “...queda por instaurar una
mayor justicia en la distribución de los bienes, tanto en el
interior de las comunidades nacionales como en el plano
internacional... Las relaciones de fuerza no han logrado jamás
establecer efectivamente la justicia de una manera durable y
verdadera”.
Respeto y amor por el
prójimo
Nuestra fe nos llama a amar al prójimo como
hermano puesto que todos somos hijos de un mismo padre. Sin
embargo, una visión de razón inspirada en la fe cristiana nos
indica que la autoafirmación de mi propia existencia como
sujeto de derechos y esencialmente digno me ha de llevar a
afirmar la misma dignidad respecto de nuestros pares. Lo que
hace la doctrina social es traducir esta afirmación en
consecuencias sociales concretas. La primera de ellas es el
respeto a la libertad como uno de los ejercicios mas profundos
y manifestación mas radical de la dignidad y trascendencia
espiritual de la persona humana.
La libertad (como
aptitud propia del ejercicio de la voluntad) es un derecho
inalienable del hombre. Sin libertad no es posible que el
hombre se realice como persona; cuando se suprime la libertad
en el fondo se suprime al hombre “La libertad en su esencia es
interior al hombre, connatural a la persona humana, signo
distintivo de su naturaleza. La libertad de la persona
encuentra, en efecto, su fundamento en su dignidad
trascendente: una dignidad que le ha sido regalada por Dios su
creador, y que le orienta hacia Dios... Ninguna fuerza o
apremio exterior la podrá jamás arrebatar (al hombre) ya que
constituye su derecho fundamental, tanto como individuo cuanto
como miembro de la sociedad. El hombre es libre porque posee
la facultad de determinarse en función de lo verdadero y del
bien.” La libertad cristiana siempre se ha entendido en base a
la verdad, es decir, el hombre es auténticamente libre cuando
opta actuar según la verdad.
Lamentablemente hoy día aún
vemos países donde pensar distinto al gobernante de turno es
un delito que merece las más crueles penas. Incluso con
tristeza vemos que importantes políticos que lucharon por la
libertad y la democracia se presentan curiosamente distraídos
o como apologetas de regímenes que suprimen sistemáticamente
la libertad y la dignidad de las personas; para ellos se ha
acuñado la maravillosa frase de “líderes de la indignación
moral hemipléjica”.
Por ello es necesario que los
cristianos se pronuncien por un sistema que garantice la
libertad y la dignidad humana. La doctrina social se ha
preocupado de ahondar el concepto de democracia como
aspiración evangélica y ratificando la democracia como el
mejor de los sistemas, ha buscado su sentido auténtico. “La
Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en
que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones
políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de
elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de
sustituirlos oportunamente de manera pacifica” “ ... Si hoy se
percibe un consenso casi universal sobre el valor de la
democracia, esto se considera un positivo signo de los
tiempos, como también el Magisterio de la Iglesia a puesto de
relieve varias veces. Pero el valor de la democracia se
mantiene o cae con los valores que encarna y
promueve”.
En una sociedad plural y que requiere
asegurar la paz y el desarrollo social no violento, la
democracia resulta ser el mejor de los sistemas e
interpretación autentica del testimonio evangélico, y
garantiza por tanto el respeto de todos los individuos de la
sociedad cualquiera sea su origen y credo.
Sin embargo,
la democracia plantea dos desafíos actuales y un peligro
contemporáneo, que pasaremos a analizar a
continuación.
Desafíos y peligros de la democracia
actual
El viejo dilema democrático consiste en
descifrar si es la democracia la que genera mejores
condiciones sociales o estas condiciones sociales son las
necesarias para que exista una democracia estable. Como sea,
todos los análisis apuntan a que una democracia es inviable a
largo plazo si no existe desarrollo social. A esto la iglesia
desde Pablo VI le llamó “el desarrollo es el nuevo nombre de
la paz”. Así la Encíclica Populorum Progressio sentencia
“Combatir la miseria y luchar contra la injusticia, es
promover, a la par que el mayor bienestar, el progreso humano
y espiritual de todos, y por consiguiente el bien común de la
humanidad. La paz no se reduce a una ausencia de guerra, fruto
del equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se
construye día a día, en la instauración de un orden querido
por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los
hombres”.
No hay estabilidad democrática sin desarrollo
social de todo el pueblo y no tan solo de unos pocos. Este
dilema se constituye en un desafío para nuestro país, un país
de riquezas concentrada, de una educación pública mediocre y
de un sistema de protección previsional y laboral deficiente.
Además, en un contexto de una América Latina sumida en la
miseria nuestro país está llamado, sin duda, a tomar un rol
más activo en la superación de las brechas entre
países.
Un segundo desafío es traducir democracia en
participación real. Es evidente que para lograr esto se
requiere un cambio cultural en la población debido a la
involución que la participación ciudadana a tenido en los
últimos treinta años; pero también se requiere crear
mecanismos que incentiven la participación mediante la
delegación de la toma de decisiones en organismos locales,
readecuando la administración de gobiernos locales e iniciando
un proceso de descentralización política, económica y
demográfica real.
Sin duda también se requieren
modificaciones en el sistema de representación política y
escrutinios, pero potenciar la participación pasa por una
mirada mucho mas allá.
En cuanto al peligro que
envuelve a toda democracia es caer en relativismos que
terminan por diluir su objetivo primordial de promoción y
defensa de la dignidad humana. La democracia exige tener un
contenido y afirmar ciertas verdades como invariables (de
hecho ya la democracia es en sí una afirmación de verdad). La
relativización del sentido de la paz y la guerra justa; el
dudoso tratamiento de los inmigrantes en bastos sectores de
Europa occidental e incluso en nuestro país; la deformación de
libertad religiosa y de conciencia; los atentados contra la
vida vía aborto, eutanasia o manipulación genética en
embriones; en fin, han dado muestra de los peligros de una
democracia no fundada en afirmaciones de
verdad.
Nuestro país no está ajeno a estos debates y
quien apela a una democracia de inspiración cristiana no solo
debe intentar salir al paso de estas disputas sino procurar
enraizar en la estructura misma de la democracia la verdad
trascendente del hombre y la sociedad “En realidad, la
democracia no puede mitificarse, convirtiéndola en un
sucedáneo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad.
Fundamentalmente, es un ordenamiento y, como tal, un
instrumento y no un fin. Su carácter moral no es automático,
sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que,
como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse;
esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y
de los medios de que se sirve”.
Socialcristianismo
Integral
Por último, hemos de advertir que quienes
afirman la doctrina social de la iglesia como fuente de
verdad, paz y desarrollo han de recogerla en su conjunto como
un todo. De otro modo caeríamos en un fraccionamiento de la
moral, es decir, que solo aplicamos aquello que nos conviene
en relación con un ordenamiento ético, lo cual desde todo
punto de vista es incorrecto.
Esto concepción
fragmentaria es particularmente incompatible con la enseñanza
social cristiana, puesto que ésta es un todo orgánico y
armónico.
Resulta ejemplificador en este sentido el
rechazo de la Iglesia, ratificado en este nuevo compendio, de
toda legislación que intente dar estatus legal a las uniones
homosexuales; así la Iglesia afirma que “La persona homosexual
debe ser plenamente respetada en su dignidad... Si desde el
punto de vista legal, el casamiento entre dos personas de sexo
diferente fuese solo considerado como uno de los matrimonios
posibles, el concepto de matrimonio sufriría un cambio
radical, con grave detrimento del bien común. Poniendo la
unión homosexual en un plano jurídico análogo al del
matrimonio o la familia, el Estado actúa arbitrariamente y
entra en contradicción con sus propios
deberes”.
También podría causar cierta
complicación la postura de la iglesia, también ratificada en
el nuevo compendio de doctrina social, frente a la
anticoncepción; pero sin duda esta postura se encuentra en
armonía con filosofía y antropología del hombre en la
cosmovisión cristiana “se ha de rechazar también el recurso a
los medios anticonceptivos en sus diferentes formas... Este
rechazo se fundamenta en una correcta e integral concepción de
la persona y de la sexualidad humana”. La discusión a este
respecto no radica en si el Estado a de poner o no a
disposición de la población dichos métodos. Esta discusión se
resuelve aplicando el principio moral de tolerancia del mal
menor, puesto que de otro modo se provocarían problemas y
males moralmente mayores. Pero esta tolerancia no implica
promoción; tampoco implica considerar los métodos
anticonceptivos como una opción válida para un católico. En
este sentido, debiéramos preguntarnos si las últimas campañas
del ministerio de salud y ONG's a fines son concordantes o no
con esta doctrina.
En definitiva el mensaje es simple,
o aceptamos la doctrina social de la iglesia en su conjunto o
simplemente consideramos algunos de sus postulados (y por
tanto el conjunto) como invalido y por tanto inaplicable al
orden social y a la propia vida.
El Compendio de la
Doctrina Social publicado hace unos meses se convierte, por
tanto, en una buena oportunidad para examinar nuestras propias
acciones, y para refundar los fundamentos y pilares de
nuestros movimientos de inspiración cristiana... en palabras
de un viejo amigo sacerdote que un día me dijo: 'El
cristianismo es como un castillo de naipes, donde todos los
naipes forman la torre... algunos naipes son mas fundamentales
que otros y si sacas esos naipes -fundamento la torre se
derrumba enseguida. Pero también si sacas alguno de los demás,
más lentamente, pero la torre se terminará, tarde o temprano,
igualmente por
derrumbar...'
|