“Es preciso evitar la tentación de alzar un muro infranqueable entre los agentes del mal, monstruos, salvajes o locos, y uno mismo, que encarna la normalidad y el bien. No es posible entender el mal que llevan a cabo los otros si nos negamos a preguntarnos si seríamos capaces de cometerlo nosotros también. Y si no lo entendemos, ¿qué esperanza tenemos de impedir que vuelva a producirse? La educación moral … exige superar sucesiva o simutáneamente las trampas del nihilismo, del egocentrismo y del maniqueísmo”.
Tzvetan Todorov, La experiencia totalitaria, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, pp. 18-19
Ciencias y humanidades separadas
La universidad, antes su crisis
Texto Jordi Llovet Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. UB
Foto: Gianluca Battista
Jordi Llovet, aunque acepta que el Plan de Bolonia es una consecuencia lógica de la evolución europea, se pregunta si una civilización puede prescindir de su legado sapiencial para imponer una idea meramente mercantilista y utilitaria del saber.
La crisis actual de las humanidades en las universidades del mundo occidental, y sobre todo en Europa, no es sólo consecuencia del llamado Plan de Bolonia, sino también el efecto de una serie de causas de orden económico, social, de conocimiento y político, propias de la Unión Europea, y tal vez de la historia del continente.
A primera vista se diría que el Plan de Bolonia, tan cuestionado por los alumnos y un amplio sector de profesores de las universidades de la Unión, es el único responsable, por medio de unas decisiones “de gabinete”, del actual menosprecio a todas las ciencias humanas, en particular aquellas que por fuerza han de ser consideradas las menos “científicas” por poco exactas. Pero las causas de este fenómeno son de un orden más complejo, hasta el punto que podría decirse que los planes de Bolonia son también consecuencia de una situación macro histórica, con determinaciones de muy diversa índole.
No hay que olvidar que las universidades son una institución derivada de la enseñanza de la teología, la gramática y la retórica en las escuelas monásticas y catedralicias del final de la Baja Edad Media; corporativa y gremial (eso es lo que quiere decir la palabra latina medieval universitas, ajena en consecuencia al valor de “universalidad” que se da con frecuencia al vocablo). Hacia el siglo XI, y sobre todo en el XII, algunas de las mayores y más antiguas universidades europeas –París, Bolonia, Montpellier, Oxford, Salamanca- ya estaban plenamente constituidas, y su misión, derivada de la enseñanza “preuniversitaria” medieval –es decir, del rívium y el quadrivium-, muy pronto fue más allá de la enseñanza de la teología para convertirse en enseñanza de una serie de materias muy diversas, tanto de las disciplinas heredadas de la gran tradición humanística grecolatina y cristiana como del progresivo avance de lo que entonces podía vagamente llamarse “ciencias”. Como el estado de dichas ciencias era entonces tan rudimentario, no debe asombrar que la enseñanza de las ramas “científicas” universitarias dependiera en aquellos tiempos, en buena medida, de la lección humanística: la filología, la teología y la filosofía fueron durante mucho tiempo el auténtico patrón subyacente de toda enseñanza universitaria.
Estas dos ramas del saber, las “humanidades” y las “ciencias”, fueron del brazo durante muchos siglos, pero es un hecho que a medida que las ciencias, y después la técnica, consiguieron en las sociedades y universidades europeas un papel autónomo y autosuficiente en el marco del conocimiento, las ciencias se independizaron de las letras, para desarrollarse en una suerte de progresión geométrica, dejando a las humanidades en el lugar que de hecho les correspondía, que era el del puro mantenimiento de una sabiduría, unas lenguas clásicas y un antiguo saber, y de unos dogmas religiosos cada vez más cuestionados por el poder de las disciplinas empíricas y los progresos del agnosticismo. Es posible que durante los siglos XVI y XVII todavía se pudiera hablar de una cierta correspondencia entre ciencias y letras en el mundo universitario. De hecho, aún a principios del siglo XIX se encuentran manifestaciones tan “medievales”, relativas a la universidad, como las de Friedrich Schelling, según el cual el corazón de toda vida y de toda enseñanza universitaria debe encontrarse en la filología y la filosofía, entendidas éstas como materias madre de toda forma de conocimiento. Pero como ya se ha dicho, el progreso de las ciencias en el Siglo de las Luces, en especial del álgebra, hará que estos dos campos del saber, antiguamente unificados –desde Platón hasta las escuelas neoplatónicas del Renacimiento y aún las del siglo XVII-, divergieran cada vez más hasta volverse del todo extrañas entre sí.
Es verdad que Newton conocía perfectamente las lenguas clásicas –o que un siglo más tarde, Goethe, quien llegó a intentar incluso la refutación de la teoría de los colores de Newton- todavía terciara con toda naturalidad en el terreno de las ciencias exactas y naturales. Pero la ruptura entre estos dos ámbitos era ya un hecho evidente al final del Siglo de las Luces. Tal vez el último ejemplo de conocimientos no compartimentados sino reunidos en unidad metodológica y de perspectiva ya no teológica sino “humanística”, fue la Enciclopedia dirigida por D’Alembert, Diderot y Turgot, entre otros. Y cabe subrayar, en este sentido, que Diderot era tan bueno en matemáticas como en filosofía o filología, y que el matemático D’Alembert redactó diversos artículos del ámbito “humanístico” para aquella enciclopedia, y que otro tanto ocurrió con numerosos redactores.
Si puede decirse así, el tiro de gracia en la separación del saber humanístico y científico se produjo plenamente en el siglo XIX, tal vez antes, a partir de la invención de la máquina de vapor y las enormes consecuencias de dicho invento para el desarrollo industrial. A partir de entonces, cuando la técnica, a consecuencia de los avances de la ciencia, se volvió tan poderosa, y sobre todo, tan útil para el crecimiento económico de las sociedades urbanas de Europa, las humanidades quedaron relegadas a un papel en parte secundario, en parte accesorio, y más todavía, replegadas en un lugar testimonial de la antigua tradición sabia, letrada y precientífica.
Pero la inercia de la enseñanza universitaria siempre ha sido muy grande, de manera que hasta bien entrado el siglo XX, cuando las ciencias y la técnica ya habían conseguido un papel del todo autónomo en el panorama del saber y de su enseñanza, uno de los grandes temas que iba a ocupar a la filosofía, acaso en un desesperado intento de mantener unos privilegios perdidos desde hacía dos siglos, sería la crítica de la tecnología y de los peligros que significaba su progreso para la conservación de las antiguas formas de conocimiento, basadas desde siempre en la teología y la filología: eso se encuentra en diversos escritos de Heidegger y de Karl Jaspers, entre otros filósofos alemanes del siglo pasado, país donde las humanidades presentaron una enorme resistencia contra la separación epistemológica entre las letras y las ciencias, y aún siguen haciéndolo.
Por eso hemos dicho antes que el Plan de Bolonia es en buena medida la pura consecuencia de determinaciones de orden social, económico, mercantil, comercial y político. La Unión Europea nació como un mercado internacional de dos materias primas tan importantes en su momento como el carbón y el acero, y se desarrolló, en el transcurso de la segunda mitad del siglo XX, de acuerdo con estos parámetros. Por un lado, la teología, la filología o la filosofía no podían ya pretenderse madres de todo conocimiento y por el otro, el progreso económico sólo dependía y cada vez depende más de factores del todo ajenos a las humanidades. La “crisis de las humanidades” no es en consecuencia otra cosa que la repercusión en el mundo universitario de la preeminencia y la preponderancia de las ciencias exactas y de unas tecnologías muy avanzadas respecto a unas antiguas formas de saber que, como ya hemos dicho, quedan en el mundo universitario como mero testimonio de momentos y formas de civilización que sólo pueden ser consideradas como “del pasado”.
El tema que debería preocuparnos se resume en esta pregunta: ¿puede definirse una civilización al margen de un sustrato filosófico, religioso o filológico, aunque dicho sustrato actúe solo a manera de complemento propedéutico? Si tenemos presente que las universidades son el centro donde se forman los profesores de toda educación secundaria, ¿puede imaginarse una educación en la cual se abandonen progresivamente las disciplinas humanísticas, que son las auténticas transmisoras de la tradición, proveedoras de buenos instrumentos para toda clase de conocimientos, y sobre todo, de la capacidad de discriminación de los valores en una sociedad a favor de una idea meramente mercantilista y utilitaria del saber?
Bolonia sólo mira hacia delante, en una clara sumisión al optimismo positivista. Pero cabe preguntarse si la enseñanza, y la entera civilización, pueden vivir abocadas sólo al futuro, sin interés alguno por el legado sapiencial que se encuentra justamente en la base del desarrollo de Europa, incluida la formación de una ciudadanía democrática y solvente. (Subrayados, LM)
Otoño – Invierno (octubre 2008 - marzo 2009)
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