OBEDIENCIA Y SUMISIÓN

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Fernando Alvarez Hurtado

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Sep 26, 2014, 9:57:30 AM9/26/14
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OBEDIENCIA Y SUMISIÓN

 

Podemos obedecer y no necesariamente ser sumisos.

 

La sumisión posiblemente causa el mayor número de malos entendidos entre los creyentes. En los próximos tres capítulos hablaremos de asuntos difíciles. En los últimos diez años he enseñado sobre el estar bajo cobertura, y repetidamente escucho preguntas como estas:

 

¿Es la obediencia incondicional?

¿Qué tal si no estoy de acuerdo con las decisiones de mi líder?

¿Qué pasa si la autoridad está tomando malas decisiones?

¿Qué si la autoridad me pide hacer algo malo?

¿Cuándo paso la raya?

 

Estas son preguntas excelentes que deben ser respondidas si hemos de someternos a la autoridad confiadamente. Para empezar, veamos el libro de hebreos:

 

“Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no es provechoso” (Hebreos 13:17).

 

El escritor nos exhortó específicamente a hacer dos cosas: (1) obedecer a aquellos que están sobre nosotros, y (2) ser sumisos a aquellos que rigen sobre nosotros. Estas son cosas diferentes, y es aquí donde muchos se confunden. Podemos obedecer y no necesariamente ser sumisos. Para explicar esto, permítame compartir un ejemplo personal.

 

NO ESTAMOS SIENDO ALIMENTADOS

 

Como mencioné en un capítulo anterior, trabajé en una iglesia grande en el sur de los Estados Unidos después de una corta carrera en mi campo de ingeniería. Serví allí cuatro años y medio como asistente personal al pastor. Esta era una posición maravillosa para aprender; el primer año con frecuencia me sentía abrumado de que Dios me permitiera servir de esta forma en su reino. Recuerdo que pensaba: Yo debería pagarle a él por permitirme hacer esto. Esta etapa de luna de miel duró cerca de un año antes de que comenzara a disiparse, a principio de forma sutil, hasta convertirse en un descenso acelerado.

 

Mientras más me acercaba, más fallas veía. La novedad y la emoción ya no funcionaban como camuflaje. Estaba enfrentando dificultades justificando algunas de las cosas que veía. En poco tiempo estas imágenes comenzaron a abrumarme. La mayor parte del tiempo estaba en desacuerdo con la forma en que las cosas se hacían, la manera en que los problemas se trataban y las decisiones tomadas.

 

Se hacían comentarios que no parecían diferentes a los más cortantes hechos en el mundo corporativo. Si las personas mencionadas eran empleados, yo sabía que era cuestión de tiempo antes de que fueran despedidos o forzados a irse por su propia cuenta. Con demasiada frecuencia eran reemplazados por aquellos a quienes yo consideraba como personas aduladoras y engañosas. La mayoría de las nuevas personas parecían estar entrando rápido en posiciones administrativas clave. Mi pastor parecía disfrutar estar rodeado de estas personas más que con las piadosas. Se reía a carcajadas de sus comentarios picarescos, pero actuaba desinteresado y distraído en la compañía de creyentes sinceros. Yo estaba desconcertado con su comportamiento, por lo que pronto me volví crítico.

 

Había otras discrepancias y me enfoqué en todas ellas. Este era un ministerio internacional, el cual era muy visible en los Estados Unidos. Todos los programas requerían mucho trabajo y dinero para mantener las máquinas trabajando. Teníamos un personal de más de doscientas cincuenta personas, y todo lo que teníamos era lo último y más moderno. Se trajeron consultores para ayudar a levantar más dinero para los programas existentes y para ideas futuras. Yo era responsable de servirles de anfitrión. A solas en la compañía de ellos, escuchaba discusiones de sus reuniones con mi pastor. Y me preguntaba a mí mismo: ¿Es este un negocio grande o un ministerio? Mientras más escuchaba más pensaba: Esto es engañoso. ¿Se preocupan estos hombres verdaderamente por la gente, o hacen esto simplemente por el dinero? ¿Por qué se rodea mi pastor de estos hombres?

 

Durante todo ese tiempo, estuve rodeado de amigos que eran tan críticos como yo. Recuerdo específicamente una cena en la casa de una pareja. El esposo y yo reportábamos directamente al pastor y su esposa. Discutimos que ya no estábamos recibiendo bendición del ministerio. Recuerdo haber dicho: “En los últimos seis meses no he recibido nada de lo que ha sido predicado desde el púlpito”. Todos estuvimos de acuerdo, excepto mi esposa, la cual se mantuvo en silencio.

Repetidamente yo escuchaba las siguientes palabras: “No estamos siendo alimentados”. Estábamos de acuerdo en que nuestro tiempo de servicio en ese ministerio estaba llegando a su fin. Nos sentíamos muy espirituales respecto a todo el asunto y estábamos convencidos de que Dios estaba listo para enviarnos a los ministerios que Él había ordenado para nosotros. Había un sentido de confianza entre nosotros de que nuestros días estaban llegando a su fin en nuestras posiciones, y que estábamos a punto de ser promovidos.

 

EL PROBLEMA ERA YO

 

Días más tarde estando en oración, Dios en su misericordia trajo a mi mente el asunto que habíamos discutido en la casa de esa pareja. La frase “No estamos siendo alimentados” no me había llegado solamente esa noche, sino que continuaba en mis pensamientos fuertemente, aun estando sentado bajo la predicación de mi pastor cada servicio. Mientras meditaba en mi hambruna espiritual presente de no estar siendo alimentado, el Espíritu Santo me dijo firmemente: El problema no es tu pastor. ¡El problema eres tú!

 

Quedé sorprendido sin poder creerlo: ¿Me diría Dios esto a mí? En el pasado cuando experimenté este tipo de corrección, muchas veces dudaba por un momento y desafiaba la exactitud de lo que había escuchado. Mi mente preguntó: ¿Estás seguro que le estás hablando a la persona correcta? (A medida que maduramos, este tipo de preguntas debe ocurrir con menos frecuencia porque llegamos a saber cuán poco realmente sabemos.)

 

Yo pregunté en voz alta: “¿Por qué soy yo el del problema?”

 

El Señor respondió: Tú sigues hablando de que no estás siendo alimentado. El libro de Isaías dice: “Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; sino quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada” (1:19-20).

Conocía este pasaje muy bien y pensé: Yo he sido bastante obediente. Pero el Espíritu Santo continuó: Tú obedeces todo lo que se te dice en este ministerio, pero yo no dije, “si oyereis, comeréis el bien de la tierra-”, yo dije “si quisiereis y oyereis...”, y el querer tiene que ver con tu actitud. ¡Y tu actitud es muy mala!

 

Entonces me recordó que cuando yo estaba en la escuela secundaria, antes de que naciera de nuevo, mi programa de televisión favorito los miércoles por la noche era Baretta. El día que se recogía la basura era el jueves y el camión venía muy temprano. La basura debía sacarse la noche anterior, esa era mi responsabilidad. Parecía que cada semana mi mamá venía justo en la parte más interesante del programa y preguntaba:

 

  • Hijo, ¿ya sacaste la basura?

     

    Mi respuesta era:

     

  • Todavía no.

     

    A lo que mi madre me increpaba:

     

  • Quiero que te pares y saques la basura en este momento.

     

    Y yo respondía:

     

  • Sí, mamá —y lo hacía.

     

    Cualquiera que observaba mi comportamiento, me podría felicitar por mi obediencia y estaría en lo correcto. Pero en mi mente me quejaba fuertemente: “No puedo creer que siempre me haga esto en medio de mi programa de televisión favorito. ¿Por qué no puede esperar diez minutos hasta que el programa termine?”

     

    El Espíritu Santo me dijo: Tú eras obediente, pero no estabas dispuesto. Tu actitud hacia tu madre no era correcta. La razón por la cual no estás siendo alimentado “comiendo del alimento de mi reino” en esta iglesia es porque aunque eres obediente, ¡no estás dispuesto!

     

    Me di cuenta cómo mi actitud hacia el pastor me había traído al punto de no recibir de Dios y me llevaba a un territorio peligroso. Hebreos 13:17 concluye con estas palabras: “Porque esto no os es provechoso”.

     

    Mis ojos fueron abiertos. Y me arrepentí de inmediato. El siguiente domingo asistí a la misma iglesia, me senté en la misma silla y escuché al mismo pastor enseñar la misma serie. Pero esa mañana todo era diferente. Los cielos se abrieron y quedé sorprendido por la revelación que Dios me dio a través de la enseñanza de mi pastor. Estuve sentado casi en lágrimas, preguntándome por qué me había perdido los seis meses anteriores debido a mi mala actitud hacia la autoridad que Dios había puesto sobre mí.

     

    ¡Cuando no somos sumisos a nuestras autoridades delegadas, resistimos a la autoridad de Dios porque estas son establecidas por él! Dios desea que disfrutemos y nos beneficiemos libremente del banquete que prepara para nosotros a través de aquellos a quienes Él nos provee.

     

    La obediencia tiene que ver con nuestras acciones en respuesta a la autoridad. La sumisión tiene que ver con nuestra actitud hacia la autoridad. Es este punto el que la mayoría de nosotros no capta. Dios mira nuestras acciones externas y la actitud oculta de nuestros corazones. David le dijo estas palabras a su hijo Salomón cuando le transfería el trono: “Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario porque Jehová escudriña los corazones de todos y entiende todo intento de los pensamientos” (1 Crónicas 28:9, énfasis del autor).

     

    Por esta razón el escritor a los Hebreos nos exhortó no sólo a obedecer a los que están sobre nosotros, sino también a ser sumisos. Cuando Pablo dijo: “Sométase toda persona a las autoridades superiores”, la obediencia estaba unida a una actitud dispuesta.

     

    UNA ACTITUD SUMISA, PERO SIN OBEDIENCIA

     

    Examinemos las palabras del escritor a los Hebreos en otra traducción: “Obedezcan a sus dirigentes y sométanse a ellos” (Hebreos 13:17 Dios Habla Hoy). Ya ilustré cómo podemos ser obedientes, pero no sumisos. Sin embargo, lo opuesto es cierto también. Podemos ser sumisos en nuestra actitud, pero no obedientes. Un buen ejemplo es la parábola que Jesús contó sobre dos hijos, discutida en el capítulo tres. El primero tuvo una actitud dispuesta: “Sí, Señor, yo iré y trabajaré en tu viña”. Sin embargo, no obedeció. Jesús dejó claro que no hizo la voluntad de su padre, aunque mentalmente asintió a ella.

     

    Este con frecuencia es el caso de las iglesias hoy en día. Tenemos grandes intenciones, asentimos, sonreímos y acordamos con la autoridad sobre nosotros: “¡Lo haré!” y luego no lo hacemos porque simplemente no es importante para nosotros. A esto lo llamo rebelión amigable. No se engañe: La rebelión amigable es igual de mortal que la rebelión descarada. Y no es honrada en el reino de Dios.

     

    Las palabras fascinantes de Jesús a las iglesias en el libro de Apocalipsis lo confirman. Saludó a cada iglesia con: “Yo conozco tus obras” (Apocalipsis 2—3). Las iglesias tenían buenas intenciones y una de ellas decía de sí misma que estaba viva, pero Jesús dijo que debido a su desobediencia en sus obras, estaba muerta. Recuerde que es Él quien “pagará a cada uno conforme a lo que haya hecho” (Romanos 2:6). Las buenas intenciones no pasan el juicio de Dios. Sólo la fe, evidenciada por las obras de obediencia correspondientes, perdurarán.

     

    ¿DÓNDE PASAMOS LA LÍNEA?

     

    De nuevo, el mandamiento de Dios dice: “Obedecer a vuestros pastores, y sujetaos a ellos”. Como lo dije previamente, la gente con frecuencia me pregunta con toda sinceridad: “¿Dónde pasamos la línea? ¿Espera Dios que obedezcamos a las autoridades, sin importar lo que nos pidan hacer? ¿Qué tal si me piden hacer algo que es pecado?” La Biblia enseña la sumisión incondicional a las autoridades, pero no enseña la obediencia incondicional Recuerde, la sumisión tiene que ver con la actitud y la obediencia tiene que ver con el cumplimiento de lo que nos dicen.

     

    La única vez, y quiero enfatizar la única excepción, en la cual no debemos obedecer a las autoridades es cuando nos piden hacer algo que contradice directamente lo que Dios ha declarado en su Palabra. En otras palabras, estamos exentos de obedecer sólo cuando los líderes nos piden que pequemos. Sin embargo, aun en esos casos debemos mantener una actitud humilde y sumisa.

     

    Nabucodonosor, rey de Babilonia, era un hombre brutal y destruyó a muchos descendientes de Israel y su tierra. Sin embargo Dios lo llamó su siervo (Jeremías 25:9 he aquí, mandaré a buscar a todas las familias del norte--declara el SEÑOR--y a Nabucodonosor, rey de Babilonia, siervo mío, y los traeré contra esta tierra, contra sus habitantes y contra todas estas naciones de alrededor; los destruiré por completo y los haré objeto de horror, de burla y de eterna desolación. Jeremías 27:5-7 diciendo: "Volveos ahora cada cual de vuestro camino y de la maldad de vuestras obras, y habitaréis en la tierra que el SEÑOR os dio a vosotros y a vuestros padres para siempre; no vayáis tras otros dioses para servirles y postraros ante ellos, no me provoquéis a ira con la obra de vuestras manos, y no os haré ningún mal." Pero no me habéis escuchado--declara el SEÑOR--de modo que me provocasteis a ira con la obra de vuestras manos para vuestro propio mal.), confirmando así que Dios es quien le da la autoridad al hombre. Este rey llevó al remanente del pueblo de Dios cautivo a Babilonia. Entre ellos estaban Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego.

     

    El rey emitió un decreto que requería que todo el mundo se arrodillara y adorara a una imagen de oro al escuchar el sonido de instrumentos musicales. El decreto tenía consecuencia para los que se rehusaran. Serían lanzados al horno de fuego. Los hombres hebreos temían a Dios más que al horno y no obedecieron este decreto, porque este violaba directamente el segundo mandamiento que Dios había dado a través de Moisés, registrado en la Torá. Ellos desobedecieron el estatuto de los hombres para obedecer el mandamiento de Dios.

     

    Era sólo cuestión de tiempo para que su desobediencia llegara a los oídos del rey Nabucodonosor. Este se enfureció con Sadrac, Mesac y Abed-nego, y los hizo traer ante él para interrogarlos. Escuche la respuesta de ellos: “No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (Daniel 3:16-18).

     

    Ellos estuvieron firmes en la obediencia al mandamiento de Dios, y le hablaron al rey con respeto. Y se dirigieron a él diciendo “oh rey”; no le dijeron: “¡Imbécil, nunca haremos lo que nos pides!” Hablar de esta forma irrespetuosa habría sido rebelión. Debemos someternos a la autoridad, aun cuando debemos desobedecer su mandamiento.

     

    Esto es señalado por Pedro en sus instrucciones a las esposas: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa” (1 Pedro 3:1-2, énfasis del autor). La esposa debe obedecer (Tito 2:5 a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada) y honrar a su esposo con una actitud sumisa. Pedro mostró el paralelo que hay entre el comportamiento y la sumisión. Estos son combinados también con un estilo de vida de pureza y respeto. La esposa es amonestada a mantener una actitud de respeto hacia la posición de autoridad de su esposo, aun si él no es creyente.

     

    No se le requeriría a ella obedecer de manera incondicional si su esposo le pide pecar, pero está llamada a someterse y honrar incondicionalmente su posición de autoridad.

     

    Un posible ejemplo sería la esposa creyente que responde el teléfono, pero su esposo no desea hablar con la persona y la instruye diciendo: “Dile que no estoy aquí”.

     

    Una respuesta apropiada sería: “Cariño, no voy a mentir. ¿Deseas que le diga que no estás disponible?” Así mantiene su respeto por su posición de autoridad, pero no obedece a su solicitud de mentir. Pedro continuó diciendo:

     

    “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza” (1 Pedro 3:3-6)

     

    El respeto de Sara fue evidente en la manera en que honraba a Abraham como su señor y obedeciéndole. Señor refleja su actitud sumisa, y la obediencia muestra que ella no dio lugar al miedo. El miedo es un amo terrible. El miedo dice: “No puedo confiar en Dios para someterme a mi esposo o cualquier otra autoridad. ¡Debo protegerme a mí misma!” Recordemos que fue Dios, y no un hombre sediento de poder, quien dijo que debíamos someternos. A medida que le obedecemos, su protección nos cubre.

     

    LA PERVERSIÓN DEL MANDAMIENTO

     

    Me aflige escuchar historias de mujeres que tomaron el mandamiento a la sumisión incondicional y lo aplicaron también a la obediencia incondicional. He escuchado de casos tan perversos como esposos creyentes que demandaron de sus esposas que vieran videos pornográficos con ellos para proveerles emoción sexual, a lo que ellas accedieron porque pensaron que no tenían ningún recurso espiritual.

     

    Sé de esposos que han demandado de sus esposas que sean deshonestas por ellos, y ellas lo hicieron. He oído de esposos que les prohibieron a sus esposas asistir a los servicios de la iglesia, y ellas han dejado de asistir. Estas directrices no deben ser obedecidas porque son una violación a las Escrituras.

     

    Vayamos más allá. Sé de casos de esposos que les pegan a sus hijos o esposas, y estas cubren el abuso. En otras instancias, aun niños han sido maltratados sexualmente y las esposas no han hecho nada. Esta es una violación de las premisas sobre las cuales Dios establece la autoridad, y las mujeres en estas situaciones deben entender que Dios no desea que no hagan nada. Si un esposo se está comportando de formas que amenaza la vida de la esposa, esta debe separarse a sí misma y a sus hijos de él y no regresar hasta que esté segura de que ha habido un arrepentimiento completo.

     

    Aun David, guerrero y hombre poderoso, no se la pasaba en el lugar en que Saúl lanzaba sus jabalinas. Él se fue y vivió en el desierto, pero nunca perdió su actitud de respeto hacia la autoridad de Saúl. La sumisión de David a la autoridad de Saúl no cesó. Aunque huyó de la presencia de Saúl, esperó un verdadero arrepentimiento o el juicio justo de Dios.

     

    DIOS BENDICE A LOS QUE NO OBEDECEN MANDAMIENTOS A PECAR

     

    Hay otro caso en que la autoridad fue desobedecida. El faraón demandó a las parteras hebreas que mataran a los niños nacidos a las mujeres hebreas. Sin embargo, la Biblia dice: “Pero las parteras temían a Dios, y no hicieron como les mandó el rey de Egipto, sino que preservaron la vida a los niños” (Éxodo 1:17). Dios quedó tan complacido con su comportamiento que la Escritura dice: “Y por haber las parteras temido a Dios, él prosperó sus familias” (v. 21). El Señor las recompensó por desobedecer el mandamiento a pecar.

     

    El Sanedrín les mandó a los discípulos “que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Mas Pedro y Juan respondieron diciendo: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:18-20). ¿Cómo podían obedecer a estos líderes cuando Jesús les había dicho: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15)? ¡No podían! El Sanedrín les ordenó hacer algo en contra del mandamiento de Jesús, así que respetuosamente se rehusaron. Escuche lo que la Escritura registra como resultado de su decisión: “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos” (Hechos 4:33). Su temor de Dios produjo gran bendición y poder.

     

    También vemos la actitud de respeto o sumisión de los discípulos en la respuesta de Pablo al mismo Sanedrín. Cuando fue llevado ante ellos, sus primeras palabras de defensa fueron: “Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy” (Hechos 23:1). Al escuchar estas palabras, el sumo sacerdote Ananías mandó a los que estaban junto a Pablo que le golpearan en la boca. Pablo entonces dijo: “¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada!” Luego leemos: “Los que estaban presentes dijeron: ¿al Sumo Sacerdote de Dios injurias? Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; porque escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo” (Hechos 23:4-5).

     

    Al enterarse de que Ananías era un hombre en autoridad, Pablo se arrepintió de su actitud y sus palabras. Los discípulos no obedecieron los mandamientos que contradecían a las Escrituras, pero mantuvieron una actitud sumisa, porque sabían que “no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay por Dios han sido establecidas”.

     

    LA DECISIÓN DE DANIEL DE OBEDECER A UNA LEY SUPERIOR

     

    En el tiempo de Daniel se aprobó una ley de que quienquiera que hiciera petición a cualquier Dios u hombre fuera del rey sería echado al foso de los leones. Los gobernadores envidiosos la promovieron para destruir a Daniel. Los líderes corruptos engañaron al rey Darío para que firmara la ley. Daniel ni siquiera consideró obedecerla; escogió obedecer a Dios. Él se adhirió al plan del salmista: “Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz” (Salmo 55:17).

     

    Lea las acciones de Daniel: “Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban a Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes” (Daniel 6:10).

     

    La desobediencia de Daniel fue reportada al rey, quien se vio forzado a arrojarlo al foso de los leones. Sin embargo, la actitud sumisa del joven nunca titubeó, aun enfrentando la injusticia. Dios lo libró y cerró la boca de los leones hambrientos mientras dormía a salvo. Cuando el rey vio lo que había ocurrido, hizo que los que habían planeado esto contra Daniel fuesen arrojados a los leones, los cuales los devoraron.

     

    NO SIEMPRE EL FINAL ES PLACENTERO

     

    Dios salva a sus santos, pero esto no ocurre siempre. Leemos en Hebreos:

     

    “Más otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno” (Hebreos 11:35-38).

     

    Estos hombres y mujeres recibieron un trato duro e injusto de parte de líderes.

     

    Tertuliano, que fue un maestro en la iglesia naciente y vivió del 140 al 230 d.C., les recordó a los líderes y ciudadanos romanos que su persecución sólo fortalecería la causa del cristianismo. Él escribió: “Lo más que nos corten, lo más que crecemos en número. La sangre de los cristianos es una semilla” (Apología, capítulo 50).

     

    Permítame repetir las palabras de este romano desconocido que describió a los creyentes perseguidos, Ellos viven en sus propios países simplemente como viajeros. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan sus días en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen las leyes prescritas, y al mismo tiempo, las superan en la manera en que viven. Los que los odian no pueden dar razón alguna para su odio (Carta a Diognetus, capítulo 5).

     

    Ellos obedecieron y se sometieron, y sobrepasaron la simple obediencia con su comportamiento respetuoso o sumiso. De nuevo, como vimos en la exhortación de Pedro, el comportamiento de esos creyentes hacia los líderes injustos les desconcertaba y hacía que algunos fueran alcanzados para el Señor.

     

    QUE NO HAYA ÁREAS GRISES

     

    Sea la autoridad civil, familiar, eclesiástica o social, Dios nos instruye que nuestra actitud debe ser sumisa y que debemos obedecer en acción, a menos que la autoridad nos pida hacer lo que la Escritura claramente ve como pecado. Permítame enfatizar la palabra claramente. En los casos ya indicados los creyentes no obedecieron cuando se les mandó negar a Cristo, matar, adorar a otros dioses o subvertir directamente un mandamiento de Jesús. Estas no fueron áreas grises o decisiones que tuvieron que tomar.

     

    El siguiente es un ejemplo de un área gris que he escuchado de personas que trabajan en ministerios: “Mi pastor me dijo que no aconsejara ni orara por personas durante horas de oficina, pero eso no es amar a Dios, y no andar en amor es pecado, así que tengo que hacerlo”. Esto es algo que debe ser decidido por las personas en autoridad. Es su interpretación. El pastor no les está pidiendo que quebranten la Palabra de Dios. Además, ellos están recibiendo paga para escribir, archivar, procesar datos o realizar otro tipo de labor, no para orar.

     

    En esencia estas personas, debido a la insubordinación, terminan robando. Si realmente tienen corazón para orar por otros, deben pedir permiso al pastor para llamar en su propio tiempo a los que necesitan oración o después de las horas de trabajo. Si el pastor aún no se siente bien con esta idea, puede sentir que los empleados no están apropiadamente entrenados para aconsejar a otros que llamen al ministerio solicitando ayuda. Si el pastor ha tomado una mala decisión con esta política, él responderá a Dios por eso, pero no es la decisión de quienes están bajo su autoridad. Esto es simplemente un ejemplo de cientos de otros, pero el punto es el mismo: Debemos desobedecer la autoridad sólo cuando hay una clara violación de la Palabra.

     

    Usted puede aún preguntar: “¿Qué tal si la autoridad sobre mi vida me pide hacer algo con lo cual no estoy de acuerdo? ¿Y qué si mi autoridad me dice que haga algo que claramente no es sabio? ¿Qué tal si la autoridad me dice que haga lo opuesto a lo que Dios me mostró en oración?” Le daré respuestas bíblicas a estas preguntas en el próximo capítulo.


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