CAPÍTULO 8 - Lenguaje de amor #5: Toque físico
Hemos sabido desde siempre que el contacto físico es una manera de comunicar amor. Numerosas investigaciones en el campo del desarrollo infantil han llegado a esta conclusión: los niños que son tenidos en los brazos, abrazados y besados desarrollan una vida emocional más saludable que los que son dejados solos por largo tiempo sin contacto físico. La importancia de tocar a los niños no es una idea moderna. En el primer siglo, los hebreos que vivían en Palestina, reconociendo que Jesús era un gran maestro, traían a los niños «para que los tocara.»' Usted recuerda que los discípulos de Jesús reprendieron a esos padres porque pensaban que Jesús estaba demasiado ocupado para una actividad «tan frívola». Pero las escrituras dicen que Jesús se indignó con los discípulos y les dijo: «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía». Marcos 10:13-16 Los padres sabios, en cualquier cultura, son los padres que tocan a SUS niños.
El contacto físico es también un poderoso vehículo para comunicar el amor marital. Tenerse de las manos, besarse, abrazarse y tener relaciones sexuales son los medios de comunicar el amor al cónyuge. Para algunos individuos, el contacto físico es su lenguaje amoroso principal. Sin eso, no se sienten amados. Con eso, su tanque emocional está lleno y se sienten seguros del amor de su cónyuge.
Los antiguos decían: «La manera de llegar al corazón de un hombre es a través de su estómago». Más de un hombre han sido «engordados para el matadero» por mujeres que han creído esta filosofía. Los antiguos, por supuesto, no estaban pensando en el corazón físico, sino en el centro romántico del hombre. Sería más apropiado decir: «El camino para el corazón de algunos hombres es a través de su estómago». Recuerdo aquel esposo que me dijo:
— Doctor Chapman, mi esposa es una cocinera de primera categoría. Pasa horas en la cocina. Ella hace estas comidas muy elaboradas. ¿Yo? Yo soy un hombre de carne y papas. Yo le digo que está desperdiciando su tiempo; sólo quiero comida sencilla. Ella se ofende y dice que no aprecio lo que hace. Yo lo aprecio. Solamente quiero que no se complique demasiado y no pase tanto tiempo preparando las comidas elaboradas. Entonces tendríamos más tiempo juntos, y ella tendría la energía para hacer otras cosas.
Obviamente, esas «otras cosas» estaban más cerca a su corazón que las comidas complicadas.
La esposa de ese hombre era una amante frustrada. En la familia en la que ella creció, su madre era una excelente cocinera y su padre apreciaba sus esfuerzos. Recuerda haber oído a su padre decir a su madre: «Cuando me siento ante comidas como ésta, es fácil para mí amarte». Su padre era una fuente de comentarios positivos para su madre, por su habilidad para la cocina. En público y en privado él alababa sus habilidades culinarias. Esa hija aprendió bien del ejemplo de su madre. El problema era que no estaba casada con su padre. Su esposo tenía un lenguaje amoroso diferente.
En mi conversación con este esposo, no tomó mucho tiempo descubrir que las «otras cosas» para él significaban sexo. Cuando su esposa respondía sexualmente se sentía seguro de su amor. Pero cuando, por cualquier razón, ella se retiraba sexualmente de él, todas sus habilidades culinarias no lo convencían de que ella realmente lo amaba. Él no objetaba las comidas elaboradas, pero en su corazón eso jamás podría sustituir a lo que consideraba que era el «amor».
La relación sexual, sin embargo, es sólo uno de los dialectos en el lenguaje amoroso del toque físico. De los cinco sentidos, el tacto, a diferencia de los otros cuatro, no se limita solamente a determinada área del cuerpo. A través de todo el cuerpo se encuentran localizados unos diminutos receptores táctiles y sensoriales. Cuando esos lugares son tocados o presionados, los nervios llevan esos impulsos al cerebro. El cerebro, por su parte, interpreta estos impulsos, por lo que percibimos que la cosa que nos tocó es caliente o fría, dura o suave, si causa dolor o placer. También podemos interpretarla como amante u hostil.
Algunas partes del cuerpo son más sensibles que otras. La diferencia se debe al hecho de que los diminutos receptores táctiles no están esparcidos indistintamente por el cuerpo, sino colocados en grupos. Así, la punta de la lengua es altamente sensible al tacto, mientras que la espalda o los hombros son menos sensibles. Las puntas de los dedos o la punta de la nariz son otras áreas extremadamente sensibles. Nuestro propósito, sin embargo, no es entender la base neurológica del sentido del tacto, sino más bien su importancia sicológica.
El contacto físico puede producir o romper una relación. Puede comunicar odio o amor. Para la persona cuyo lenguaje principal de amor es el contacto físico. El mensaje sonará más alto que las palabras: «Te odio» o «Te amo». Una bofetada en la cara es perjudicial para cualquier niño, pero es devastador para un niño cuyo lenguaje principal es el toque físico. Lo mismo sucede con los adultos.
El contacto físico puede producir o romper una relación. Puede comunicar odio o amor.
En el matrimonio, el contacto de amor puede tomar muchas formas. Como los receptores al tacto están localizados por todo el cuerpo, el tocar cariñosamente a su cónyuge casi en todo el cuerpo puede ser una expresión de amor. Eso no significa que todos los toques son iguales. Algunos traerán más placer a su cónyuge que otros. Su mejor instructor es su cónyuge mismo, por supuesto. Después de todo, es el único al que usted quiere amar. Él sabe mejor que nadie lo que es un toque de amor de su parte. No insista en tocarlo a su manera o cuando usted quiera; aprenda a hablar su dialecto de amor. Su cónyuge puede encontrar algunos toques incómodos o irritantes. Insistir en continuar esos toques es comunicar lo opuesto de amor. Eso indica que usted no es sensible a sus necesidades y que le importan poco las percepciones de su cónyuge acerca de lo que es agradable. No cometa la equivocación de creer que, el toque que le brinda placer a usted, también le brindará placer a su pareja.
El contacto de amor puede ser explícito y demanda toda la atención, ya sea para un masaje de la espalda o para las caricias sexuales que culminan en el coito. Por otro lado, el contacto sexual puede ser implícito y requiere sólo un momento, tal como poner su mano sobre su hombro mientras sirve una taza de café, o rozar su cuerpo cuando va a la cocina. Los contactos explícitos obviamente toman más tiempo, no solamente para el contacto sino para desarrollar el entendimiento de cómo comunicar amor a su cónyuge de esta manera. Si un masaje de la espalda comunica el amor en voz más alta, entonces el dinero, el tiempo y la energía que se gasta en aprender a ser un buen masajista estará bien invertido. Si la relación sexual es el dialecto principal de su compañero, leer y aprender sobre el arte del amor sexual mejorará su expresión de amor.
El contacto de amor implícito requiere poco tiempo, pero mucho entendimiento, especialmente si el contacto físico no es su lenguaje principal de amor y usted no ha crecido en una familia dada a las caricias. Sentarse muy juntos en el sofá para mirar su programa favorito de televisión no requiere tiempo adicional, pero puede comunicar altamente su amor. Tocar a su cónyuge yendo donde está sentado, al otro lado de la habitación, toma sólo un momento. Tocarse el uno al otro cuando se sale de la casa y cuando se regresa puede consistir solamente en un breve, beso o abrazo, pero dice mucho a su cónyuge.
Una vez que descubra que el contacto físico es el lenguaje principal de amor de su cónyuge, usted está limitado solamente por su imaginación en cuanto a las maneras de expresar amor. Descubrir nuevas maneras y lugares para el contacto físico o las caricias puede ser un desafío emocionante. Si usted no ha sido un «acariciador escondido» podría descubrir que se añade una nueva faceta al hecho de comer afuera con su cónyuge. Si no está acostumbrado a tomarle las manos en público, usted puede llenar el tanque emocional de su cónyuge mientras caminan por el patio de estacionamiento. Si usted normalmente no la besa tan pronto como entran en el automóvil, descubrirá que esto hace mucho más gratificantes sus viajes. Abrazar a su cónyuge antes de que vaya de compras, no solamente puede expresar amor sino que hará que vuelva más pronto a casa. Pruebe nuevos toques en nuevos lugares y deje que su cónyuge le haga saber si los encuentra agradables o no.
Recuerde: su cónyuge tiene la palabra final. Usted está aprendiendo a hablar su lenguaje.
El cuerpo es para tocarlo.
Todo lo que hay de mí está en mi cuerpo. Tocar mi cuerpo es tocarme. Alejarse de mi cuerpo es alejarse de mí. En nuestra sociedad, darse las manos es una manera de comunicar apertura y acercamiento social a otra persona. Cuando en raras ocasiones un hombre rehúsa dar la mano a otra persona, comunica un mensaje de que las cosas no están bien en su relación. Todas las sociedades tienen alguna forma de contacto físico como medio de saludo social. El hombre norteamericano promedio no se siente cómodo con el abrazo de oso y el beso europeos, pero en Europa eso tiene la misma función que nuestro apretón de manos.
Hay maneras apropiadas e inapropiadas para tocar a los miembros del sexo opuesto en nuestra sociedad. La reciente atención que se ha dado al hostigamiento sexual ha traído luz sobre las maneras inapropiadas. Dentro del matrimonio, sin embargo, lo que es apropiado e inapropiado en cuanto al contacto físico está determinado por la pareja, dentro de amplias directrices. El abuso físico es, por supuesto, considerado inapropiado por la sociedad, y se han formado organizaciones sociales para ayudar a la esposa maltratada o al esposo maltratado. Claramente, nuestros cuerpos son para tocarlos pero no para abusar de ellos.
Si el lenguaje principal de amor de su cónyuge es el contacto físico, nada es más importante que tenerla entre los brazos cuando llora.
Esta edad se caracteriza como la edad de la libertad sexual. Con esa libertad hemos demostrado que el matrimonio abierto, donde ambos cónyuges son libres para tener intimidad sexual con otros individuos, es descabellado. Los que no ponen objeción sobre bases morales, ponen objeción sobre bases emocionales. Algo que tiene que ver con nuestra necesidad de intimidad y amor no nos permite dar a nuestro cónyuge tal libertad. El dolor emocional es profundo y la intimidad se esfuma cuando nos damos cuenta que nuestro cónyuge se ha involucrado sexualmente con otro. Los archivos de los consejeros están llenos de registros de esposos y esposas que tratan de superar el trauma emocional de un cónyuge infiel. Ese trauma, sin embargo, es complicado para el individuo cuyo lenguaje principal de amor es el contacto físico. Lo que él anhela profundamente —el amor expresado por el contacto físico— es ahora dado a otra persona. Su tanque emocional de amor no sólo está vacío, sino que ha quedado desbaratado por una explosión. Habrá que hacer reparaciones masivas y profundas para que esas necesidades emocionales sean suplidas.
Crisis y contacto físico
En un tiempo de crisis, nos abrazamos el uno al otro. ¿Por qué? Porque el contacto físico es un poderoso comunicador de amor. En tiempos de crisis, más que cualquier otra cosa necesitamos sentirnos amados. No siempre podemos cambiar los acontecimientos, pero podemos sobrevivir a ellos si nos sentimos amados.
Todos los matrimonios experimentamos crisis. La muerte de los padres es inevitable. Los accidentes de automóvil dejan inválidos y matan a miles cada año. La enfermedad no respeta a las personas. Las desilusiones son parte de la vida. Lo más importante que puede hacer por su pareja en tiempos de crisis es amarla. Si el lenguaje principal de amor es el toque físico, nada es más importante que tenerla entre los brazos mientras llora. Sus palabras pueden significar muy poco pero el contacto físico comunicará su cariño. Las crisis dan una oportunidad única para expresar amor. Sus tiernas caricias se recordarán mucho tiempo después que la crisis haya pasado. Su fracaso en acariciar no se olvidará nunca.
Desde mi primera visita a West Palm Beach hace muchos años, siempre he recibido con agrado las invitaciones para dirigir seminarios para matrimonios en esa área. Fue en una ocasión así que conocí a Pete y Patsy. Ellos no eran nativos de la Florida pero habían vivido allí por veinte años, y consideraban a West Palm como su hogar. Mi seminario estaba auspiciado por una iglesia local, y mientras íbamos del aeropuerto a la ciudad el pastor me dijo que Pete y Patsy habían manifestado su deseo de que me quedara esa noche con ellos. Traté de demostrar que estaba encantado, pero sabía por experiencia que tales peticiones por lo general significaban largas sesiones de consejería hasta altas horas de la noche. Sin embargo, me sorprendí en más de una forma esa noche.
Cuando el pastor y yo entramos en la espaciosa y bien decorada casa estilo español, me presentó a Patsy y a Charlie, el gato de la familia. Mirando la casa tuve la impresión de que o a Pete le iba maravillosamente bien en los negocios, o había recibido una gran herencia de sus padres, o estaba terriblemente endeudado. Más tarde descubrí que mi primera corazonada era la correcta. Cuando me mostraron el cuarto de huéspedes vi que Charlie, el gato, se sentía en su casa, estirado cuán largo era sobre la cama en la que yo iba a dormir. Pensé: Este gato sí que la hizo.
Pete llegó a casa poco después y disfrutamos de un sabroso refrigerio juntos. Convinimos en que cenaríamos después del seminario. Varias horas más tarde, mientras cenábamos, esperaba el momento en que empezaría la sesión de consejería. Nunca empezó. En vez de eso pude ver que Pete y Patsy eran una pareja feliz y saludable. Para un consejero matrimonial eso es una cosa rara. Estaba ansioso por descubrir su secreto, pero también extremadamente cansado, y sabiendo que al siguiente día Pete y Patsy me iban a llevar al aeropuerto decidí hacer mi investigación cuando me sintiera más lúcido. Me llevaron a mi cuarto, y Charlie, el gato, fue muy amable en salir de allí cuando entré. Saltando de la cama se fue a otro dormitorio y en pocos minutos yo estaba acostado. Después de una breve reflexión sobre el día que había pasado, entré en la zona de penumbra. Y cuando comenzaba a perder el contacto con la realidad, la puerta de mi dormitorio se abrió y ¡un monstruo saltó sobre mí! Yo había oído de los escorpiones de la Florida, pero éste no era un pequeño escorpión. Sin tiempo para pensar, agarré la sábana con la que me tapaba y con un grito de terror lancé al monstruo contra la pared. Escuché que su cuerpo golpeó la pared y luego todo quedó en silencio. Pete y Patsy llegaron corriendo, prendieron la luz y todos vimos a Charlie todavía tirado en el piso.
Peter y Patsy nunca me han olvidado, y yo nunca los he olvidado a ellos. Charlie revivió en unos pocos minutos, pero no regresó a mi cuarto. En efecto, Pete y Patsy me dijeron más tarde que Charlie nunca volvió a ese dormitorio.
Después de lo que hice con Charlie, no estaba seguro que Pete y Patsy quisieran todavía llevarme al aeropuerto al siguiente día, o si ellos tenían algún interés en mí. Sin embargo, mis temores se desvanecieron cuando, después del seminario, Pete dijo:
— Doctor Chapman, he estado en muchos seminarios, pero nunca he oído a nadie describir a Patsy y a mí de una manera tan clara como usted lo ha hecho. Esa teoría del lenguaje de amor es verdad. ¡Estoy impaciente por contarle nuestra historia!
Pocos minutos después, luego de despedirme de los que asistieron al seminario, estábamos ya en el auto para nuestro viaje de cuarenta y cinco minutos al aeropuerto. Y Pete y Patsy comenzaron a contarme su historia. Durante los primeros años de su matrimonio habían tenido grandes dificultades. Pero cuando eran novios, veintidós años antes, todos sus amigos decían que ellos eran la «pareja perfecta». Pete y Patsy creían ciertamente que su relación «había sido hecha en el cielo».
Habían crecido en la misma comunidad, asistido a la misma iglesia y graduado en la misma escuela secundaria. Sus padres tenían los mismos valores y estilo de vida. Pete y Patsy disfrutaban mucho de las mismas cosas. A ambos les gustaba jugar tenis y pasear en bote, y a menudo hablaban de cuantos intereses tenían en común. Parecían tener todas las cosas comunes, lo cual, se supone, garantiza pocos conflictos en el matrimonio.
Comenzaron a salir juntos en el último año de la escuela. Asistieron a distintas universidades, pero buscaban la forma para verse por lo menos una vez al mes y a veces más a menudo. Al final del primer año estaban convencidos de que habían sido «hechos el uno para el otro». Estaban de acuerdo, sin embargo, en terminar la universidad antes de casarse. En los siguientes tres años disfrutaron de un noviazgo idílico. Un fin de semana él visitaría la universidad de ella, el siguiente fin de semana ella visitaría la universidad de él, otro fin de semana los dos irían a casa para visitar a la familia, y así sucesivamente. La cuestión es que pasaban la mayoría del tiempo juntos. La cuarta semana de cada mes habían acordado no verse, dándose tiempo el uno al otro para dedicarse a sus propios intereses. Con excepción de acontecimientos especiales como cumpleaños, ellos mantuvieron permanentemente ese horario. Tres semanas después de que él recibiera su grado en administración y ella en sociología, se casaron. Dos meses más tarde se mudaron a la Florida, donde a Pete le habían ofrecido un buen trabajo. Estaban a tres mil kilómetros de su pariente más cercano. Ellos pudieron disfrutar de una «luna de miel» para siempre.
Los tres primeros meses fueron emocionantes y de mucho movimiento, buscando un apartamento y gozando de la vida juntos. El único conflicto que recuerdan era por lavar los platos. Pete creía que sabía exactamente cómo hacer bien esa tarea. Patsy, sin embargo, no estaba de acuerdo con su manera de hacerlo. Luego se habían puesto de acuerdo en que cualquiera que lavara los platos lo haría a su manera y con eso se terminaba el conflicto. Llevaban más o menos unos seis meses de casados cuando Patsy sintió que Pete se estaba alejando de ella. Trabajaba más tiempo, y cuando estaba en casa no se separaba de la computadora. Cuando finalmente expresó sus sentimientos de que él la estaba haciendo a un lado, Pete le dijo que no. sino que simplemente trataba de permanecer en la cúspide de su trabajo. Dijo que ella no entendía bajo qué presión estaba y cuán importante era que se desempeñara muy bien ese primer año. A Patsy no le agradaba la respuesta ni la situación, pero decidió darle un poco de libertad.
AL final del primer año, Patsy estaba desesperada.
Patsy hizo amistad con otras esposas que vivían en el mismo complejo de apartamentos. A veces, cuando sabía que Pete iba a trabajar hasta tarde, se iba de compras con una de sus amigas en vez de ir directamente a casa después de su trabajo. A menudo no estaba en casa cuando Pete llegaba. Esto lo irritaba grandemente y la acusaba de ser desconsiderada e irresponsable. Patsy contestaba: «Esto es absurdo. ¿Quién es el irresponsable? Ni siquiera me llamas para decirme cuándo vas a llegar a casa. ¿Cómo puedo estar aquí si ni siquiera sé cuándo vendrás? ¿Y cuando estás aquí, pasas todo el tiempo con esa estúpida computadora!»
A lo que Pete respondía a gritos: «Yo necesito una esposa. ¿No entiendes? Eso es todo. Yo necesito una esposa».
Pero Patsy no entendía. Estaba muy confundida. Buscando una respuesta, fue a la biblioteca pública y revisó todos los libros sobre matrimonio. «Se supone que el matrimonio no debe ser así», razonaba. «Tengo que encontrar una respuesta para nuestra situación». Cuando Pete entraba al cuarto de la computadora, Patsy tomaba su libro. Leía hasta la medianoche. Cuando iba a acostarse, Pete la veía y hacía comentarios sarcásticos como: «Si hubieras leído tanto en la universidad hubieras sacado las mejores calificaciones». A lo que Patsy respondía: «Pero no estoy en la universidad, estoy en el matrimonio, y me contento con calificaciones más bajas». Pete se acostaba dándole una mirada, sin decirle nada.
Al final del primer año, Patsy estaba desesperada. Ya lo había mencionado antes, pero en esta ocasión calladamente dijo a Pete: —Voy a buscar un consejero matrimonial. ¿Quieres ir conmigo? Pero Pete respondió: —No necesito un consejero matrimonial. No tengo tiempo para un consejero matrimonial. No puedo pagar un consejero matrimonial.
— Entonces iré sola —dijo Patsy.
— Muy bien, tú eres la que necesita consejería de todos modos.
Y terminó la conversación. Patsy se sintió completamente sola, pero la siguiente semana hizo una cita con un consejero matrimonial. Después de tres sesiones, el consejero llamó a Pete y le preguntó si quería venir para conversar acerca de sus perspectivas en relación con su matrimonio. Pete aceptó y el proceso de sanidad comenzó. Seis meses más tarde salían de la oficina del consejero con un nuevo matrimonio.
Pregunté a Pete y Patsy:
— ¿Qué fue lo que aprendieron en consejería que cambió su matrimonio de esa manera?
— En esencia, doctor Chapman —dijo Pete—, aprendimos a hablar el lenguaje de amor del otro.
— ¿Cuál es su lenguaje de amor?, Pete —pregunté.
— El contacto físico —dijo sin vacilación.
— El contacto físico, con toda seguridad —dijo Patsy.
— ¿Y el suyo, Patsy?
— Tiempo de calidad, doctor Chapman. Es lo que pedía a gritos en esos días cuando pasaba todo su tiempo con su trabajo y con su computadora.
— ¿Cómo supo que el contacto físico era el lenguaje de amor de Pete?
— Me llevó un tiempo —dijo Patsy—. Es lo que iba comprendiendo a través de la consejería. Al principio creo que Pete ni siquiera se daba cuenta de eso.
— Ella tiene razón —dijo Pete—. Estaba tan inseguro en mi propio sentido del valor personal que nunca hubiera podido identificar ni reconocer que la falta del contacto suyo me había separado de ella. Nunca le dije que quería ser acariciado, aun cuando en mi interior ansiaba que llegara y me tocara. En nuestro noviazgo siempre había tomado la iniciativa de besarla, abrazarla, estrechar sus manos y demás, y ella siempre había sido muy receptiva. Tal vez por sus nuevas responsabilidades en el trabajo estaba demasiado cansada. No sé, pero lo tomé como algo personal. Sentí que ella no me encontraba atractivo, por lo cual decidí no tomar la iniciativa para no ser rechazado. Así que esperé para ver cuánto tardaría en que me diera un beso, una caricia, o tuviéramos una relación sexual. Una ocasión esperé seis semanas antes de que me tocara. Era algo insoportable. Mi alejamiento era para permanecer lejos del dolor que sentía cuando estaba con ella. Me sentía rechazado, no querido y no amado. Entonces Patsy dijo:
— No tenía idea de lo que sentía. Sabía que estaba lejos de mí. No nos besábamos ni abrazábamos como lo hacíamos antes, pero suponía que, como estábamos casados, eso ya no era tan importante para él. Sabía que estaba bajo presión por su trabajo. No tenía ni idea de que quería que yo tomara la iniciativa. Él tiene razón. Pasaban semanas sin que lo tocara. No se me pasaba por la mente. Preparaba las comidas, limpiaba la casa, lavaba, y trataba de permanecer fuera de su camino. Francamente, no sabía qué más podía hacer. No podía entender su alejamiento ni su falta de atención hacia mí. En verdad, no me importaba si me besaba o me abrazaba. Si me daba su atención, entonces sí me sentía amada.» Llevó algún tiempo descubrir la raíz del problema —agregó ella—, pero una vez que descubrimos que no estábamos llenando las necesidades de amor del otro, comenzamos a cambiar las cosas. Cuando tomé la iniciativa de darle el contacto físico fue sorprendente lo que sucedió. Su personalidad y su espíritu cambiaron drásticamente. Tenía un nuevo esposo. Cuando se convenció de que realmente lo amaba fue más receptivo a mis necesidades.
— ¿Todavía tiene una computadora en casa? —pregunté.
— Sí —dijo—, pero rara vez la usa, y cuando lo hace no hay problema, porque ahora sé que no está «casado» con ella. Hacemos tantas cosas juntos que es fácil para mí darle libertad para usar la computadora cuando quiere.
— Lo que me sorprendió del seminario ahora —dijo Pete—, fue la manera cómo su conferencia sobre los lenguajes de amor me llevó a recordar toda mi experiencia de hace tantos años. Usted dijo en veinte minutos lo que a nosotros nos tomó seis meses aprender.
— Bueno —dije—, no es cuán rápido usted aprende sino cuán bien usted aprende lo que cuenta. Y por lo que veo, ustedes aprendieron muy bien.
Pete es uno de los muchos individuos para quienes el contacto físico es el lenguaje principal de amor. Emocionalmente, anhelan que su cónyuge llegue y los toque físicamente. Tomarse de las manos, frotarse la espalda, abrazarse, tener relaciones sexuales, todos esos y otros «toques de amor» son el «salvavidas emocional» de la persona para quien el contacto físico es el lenguaje principal de amor.