CAPÍTULO 6 - Lenguaje de amor # 3: Recibir regalos (Los cinco lenguajes del amor)

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Fernando Alvarez Hurtado

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Aug 11, 2013, 9:42:21 AM8/11/13
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CAPÍTULO 6 - Lenguaje de amor # 3: Recibir regalos

 

Estaba en Chicago cuando estudiaba antropología. Mediante etnografías detalladas, visité a pueblos fascinantes de todo el mundo. Fui a América Central y estudié las culturas avanzadas de los mayas y los aztecas. Crucé el Pacífico y estudié las tribus de la Melanesia y la Polinesia. Estudié a los esquimales de la tundra norte y a los aborígenes aínos del Japón. Examiné los patrones culturales del amor y del matrimonio, y descubrí que en todas las culturas que estudié, el dar regalos era una parte del proceso amor-matrimonio.

 

Los antropólogos están tan enamorados de los patrones culturales que tienden a dominar las culturas; y yo estaba igual. ¿Podría ser que el dar regalos es una expresión tan importante del amor, que trasciende las barreras culturales? ¿Siempre es así, que la actitud de amor está acompañada por el concepto de dar? Esas son preguntas académicas y de alguna manera filosóficas, pero la respuesta es sí, y tiene profundas implicaciones para las parejas occidentales.

Hice un viaje antropológico a la isla de Dominica Nuestro propósito era estudiar la cultura de los nativos caribeños y en el viaje conocí a Fred. Él no era original del Caribe sino que sus orígenes se remontaban al África. Había perdido una mano en un accidente de pesca con dinamita. Desde el accidente no podía seguir pescando; tenía mucho tiempo disponible y agradecí su compañía. Pasamos muchas horas juntos hablando sobre su cultura.

 

En mi primera visita a su casa me dijo:

 

     Señor Gary, ¿quisiera un poco de jugo?

 

A lo que respondí con entusiasmo. Se volvió a su hermano menor y le dijo:

 

     Trae un poco de jugo para el señor Gary.

 

Su hermano se dio la vuelta, bajó por el sendero de tierra, trepó a un árbol de cocos y volvió con un coco verde.

 

     ¡Ábrelo! —ordenó Fred.

 

Con tres rápidos movimientos de machete, su hermano destapó el coco, haciendo un agujero triangular en la parte superior. Fred me lo dio y dijo:

 

     Jugo para usted.

 

Era verde, pero lo tomé —y lo tomé todo— porque sabía que era un regalo de amor. Yo era su amigo y a los amigos se les da jugo.

 

Al final de nuestras semanas juntos, cuando me preparaba para partir de la pequeña isla, Fred me dio una muestra final de su amor. Era una vara retorcida de catorce pulgadas de largo que había tomado del océano. Era suave de tanto golpear contra las rocas. Fred dijo que esa vara había estado en las playas de Dominica por mucho tiempo, y quería que la tuviera como un recuerdo de esta hermosa isla. Aun ahora, cuando miro esa vara, casi puedo oír el sonido de las olas del Caribe. Pero no es tanto un recuerdo de Dominica como lo es un recuerdo de amor.

 

Un regalo es algo que usted puede tener en su mano y decir: «Mira, él estaba pensando en mí», o «Ella estaba pensando en mí». Usted debe pensar en alguien para darle un regalo. El regalo mismo es un símbolo de ese pensamiento. No importa si cuesta dinero; lo que importa es si usted pensó en él. Y no es ese pensamiento implantado en la mente solamente lo que cuenta, sino el pensamiento expresado al buscar y conseguir el regalo, y entregarlo como expresión de amor.

 

Las madres recuerdan los días cuando los hijos les traían flores del jardín como un regalo. Se sentían amadas, aun si era una flor que ellas no querían que nadie la cortara. Desde temprana edad, los niños son inclinados a dar regalos a sus padres, lo cual puede ser otra indicación que el dar regalos es fundamental para el amor.

 

Los regalos son símbolos visuales del amor. La mayoría de las ceremonias de boda incluyen el dar y recibir anillos. La persona que celebra la ceremonia dice: «Estos anillos son símbolos espirituales y visibles de un lazo espiritual que une sus dos corazones en un amor que no tiene final». Eso no es retórica que no tiene importancia, sino la verbalización de una verdad importante: los símbolos que tienen valor emocional. Tal vez eso es aún más gráficamente demostrado cerca del final de un matrimonio que se desintegra, cuando el esposo o la esposa dejan de usar el anillo de bodas. Es una señal visual de que el matrimonio está en serias dificultades. Un esposo dijo: «Cuando ella me arrojó su anillo de bodas y salió de la casa golpeando la puerta, supe que nuestro matrimonio estaba en serios problemas. No recogí su anillo por dos días. Finalmente, cuando lo hice lloré inconteniblemente». El anillo era un símbolo de lo que debió haber sido, pero allí en su mano y no en el dedo de ella, fue un recordatorio visual de que el matrimonio estaba terminándose. El anillo solitario tocó las emociones profundas del esposo.

 

Los símbolos visuales de amor son más importantes para unas personas, que para otras. Por eso es que los individuos tienen diferentes actitudes hacia los anillos de boda. Algunos nunca se sacan el anillo después de la boda. Otros nunca usan un anillo después de la boda. Esa es otra señal de que las personas tienen diferentes lenguajes principales de amor. Si recibir regalos es mi lenguaje principal de amor, daré gran valor al anillo que ella me ha dado y lo usaré con gran orgullo. También estaré grandemente conmovido por otros regalos que me ha dado a través de los años. Los veré como expresión de amor. Sin los regalos como símbolos visuales puedo llegar a cuestionar su amor.

 

Si el lenguaje principal de amor de un cónyuge es recibir regalos, usted puede ser un excelente dador, porque este es uno de los lenguajes de amor más fáciles de aprender.

 

Los regalos vienen en todos los tamaños, colores y formas. Algunos son costosos y otros no cuestan nada. Para el individuo cuyo lenguaje principal de amor es recibir regalos, el costo del regalo importará poco a menos que esté fuera de sus posibilidades. Si un millonario regala solamente algo que vale mil dólares, el cónyuge puede cuestionar si eso es una expresión de amor. Pero cuando la economía de la familia es Limitada, un regalo de un dólar puede significar un millón de dólares de amor.

 

Los regalos pueden ser comprados, encontrados o hechos. EI esposo que se detiene en el camino y arranca una flor silvestre para dársela a su esposa, ha encontrado una expresión de amor, a menos que su esposa sea alérgica a las flores silvestres. EI hombre que puede pagarlo puede comprar una hermosa tarjeta por poco dinero. EI hombre que no puede pagarlo puede hacer una que no le cueste nada. Toma un papel, lo dobla en la mitad, toma una tijera y recorta un corazón, escribe «Te quiero» y pone su nombre. Los regalos no necesitan ser caros.

 

Pero, qué de la persona que dice: «No soy un dador de regalos. No recibí muchos regalos en mi infancia. Nunca aprendí a escoger regalos. No es algo natural para mí». Felicitaciones, usted ha hecho el primer descubrimiento para ser un gran amante. Usted y su esposa hablan diferentes lenguajes de amor. Ahora que usted ha hecho ese descubrimiento, póngase a aprender su segundo lenguaje. Si el lenguaje principal de amor de su cónyuge es recibir regalos, usted puede llegar a ser un buen dador. En realidad, es uno de los lenguajes de amor más fáciles de aprender.

¿Dónde comenzar? Haga una lista de todos los regalos que le ha gustado recibir a su cónyuge a través de los años, regalos que usted le ha dado o que le han dado los miembros de la familia u otros amigos. La lista le dará una idea de los regalas que su cónyuge disfrutará. Si usted tiene poco o ningún conocimiento sobre cómo escoger los regalos de su lista, pida la ayuda de los miembros de la familia que conocen a su cónyuge. Mientras tanto, escoja los regalos que le son más fáciles comprar, hacer o encontrar y déselos. No espere una ocasión especial. Si recibir regalos es su lenguaje principal de amor, lo que quiera que usted dé será recibido como una expresión de amor (si su cónyuge ha criticado sus regalos en el pasado y casi nada de lo que le haya dado ha sido aceptable, entonces el recibir regalos. casi con seguridad, no es el lenguaje principal de amor de su pareja).

 

Regalos y dinero

 

Si usted va a ser un efectivo dador de regalos. Usted tiene que cambiar su actitud en relación con el dinero. Cada uno de nosotros tiene una percepción individualizada de los propósitos del dinero y tenemos diferentes emociones asociadas con el gastarlo. Algunos tenemos orientación para gastar; nos sentimos bien cuando gastamos dinero. Otros tenemos una perspectiva de ahorro e inversión; nos sentimos bien cuando ahorramos e invertimos sabiamente.

 

Si usted es un gastador, tendrá poca dificultad para comprar los regalos para su cónyuge. Pero si es un ahorrador, experimentará resistencia ante la idea de gastar dinero como expresión de amor. No compra muchas cosas para usted, ¿por qué comprar cosas para su cónyuge? Pero esa actitud en realidad no reconoce que usted está comprando cosas para usted mismo. Al ahorrar e invertir dinero, usted está comprando seguridad emocional para usted. Está preocupándose de sus necesidades emocionales por la manera en que maneja el dinero. Lo que no está haciendo es suplir las necesidades emocionales de su cónyuge. Si descubre que el lenguaje principal de amor de su cónyuge es recibir regalos, tal vez entenderá que comprar regalos para él o ella es la mejor inversión que puede hacer. Está invirtiendo en su relación y llenando su tanque emocional de amor, y con un tanque de amor lleno, él o ella probablemente le retribuirán el amor en un lenguaje que usted entenderá. Cuando se han suplido las necesidades emocionales de las dos personas, su matrimonio entrará en una nueva dimensión. No se preocupe por sus ahorros; usted siempre será un ahorrador, pero invertir en amar a su cónyuge es invertir con mínimo de riesgo.

 

El regalo de uno mismo

 

Hay un regalo intangible que a veces habla más alto que el regalo que se puede tener en la mano. Lo llamo «el regalo de uno mismo», o el regalo de la presencia. Estar allí cuando su cónyuge lo necesita habla muy alto para aquel cuyo lenguaje principal de amor es recibir regalos. Jan me dijo una vez:

 

     Mi esposo Don ama más al fútbol que a mí.

     ¿Por qué dice eso? —le pregunté.

     Cuando nuestro niño nació, él estaba jugando futbol. Yo estaba en el hospital toda la tarde mientras él jugaba fútbol —dijo.

     ¿Estaba allí cuando el niño nació?

     Claro que sí. Estuvo hasta que el niño nació, pero después de diez minutos se fue a jugar otra vez. Me sentía desolada. Era un momento muy importante en nuestras vidas. Quería que lo viviéramos juntos, quería que estuviera conmigo; no que me abandonara para ir a jugar.

 

Ese esposo pudo haber enviado una docena de rosas, pero eso no hubiera hablado tan alto como su presencia en el cuarto del hospital, junto a ella. Jan estaba completamente dolida por esa experiencia. El niño que nació ese día tiene ahora quince años, pero ella recuerda lo que pasó como si hubiera sido ayer. Lo comprobé más adelante:

 

     ¿Sigue pensando que Don amaba más al fútbol que a usted, cuando eso sucedió?

     Claro que sí—dijo— EI día del funeral de mi madre también estaba jugando fútbol. No podía creerlo. Mis hermanos y hermanas vinieron a mi casa, pero mi esposo estaba jugando fútbol.

 

Más adelante pregunté a Don sobre esos acontecimientos. Él sabía exactamente de lo que estaba hablando.

 

     Sabía que ella le contaría eso —dijo—. Estuve allí durante todo el tiempo, y cuando el niño nació tomé fotografías y estaba muy feliz. Ansiaba contarles a los muchachos del equipo, pero mi encanto se rompió cuando regresé al hospital esa noche. Ella estaba furiosa conmigo. No podía creer lo que me decía. Pensé que estaría orgullosa de mí por contárselo al equipo.

 

La presencia física en el momento crítico es el regalo más poderoso que usted puede dar, si el lenguaje principal de amor de su cónyuge es recibir regalos.

 

     ¿Y cuándo murió la madre de ella?

     Probablemente no le contó que tomé una semana libre antes de que muriera, y que pasé toda la semana en el hospital y en la casa de su madre ayudando. Después de que ella murió y el funeral terminó, sentí que había hecho todo lo que podía. Necesitaba un respiro. Me gusta jugar fútbol, y sabía que eso me ayudaría a relajarme y a aliviarme un poco del estrés. Pensé que ella hubiera querido que descansara un poco. Había hecho lo que pensé que era importante para ella, pero no era suficiente. Ella nunca ha dejado de recordarme esos dos días. Dice que amo al fútbol más que a ella. ¡Eso es ridículo!

 

Era un esposo sincero que falló en entender el tremendo poder de la presencia. Que él estuviera allí era para su esposa más importante que cualquier otra cosa. La presencia física en tiempos críticos es el regalo más poderoso que usted puede dar, si el lenguaje principal de amor de su cónyuge es recibir regalos. Su cuerpo llega a ser el símbolo del amor. Quite el símbolo y el sentido de amor se desvanece. En la consejería, Don y Jan se enfrentaron con las heridas y las incomprensiones del pasado. Con el tiempo Jan pudo perdonarlo, y Don entendió por qué su presencia era tan importante para ella.

 

Si la presencia física es tan importante para usted, también es importante que usted lo haga saber. No esperé que él lea su mente. Si, por el contrario, su cónyuge le dice: Quiero que estés conmigo, esta noche,...mañana,...esta tarde», tome su petición seria: Desde su perspectiva eso ni puede ser importante. Pero si no responde a la petición, puede comunicar un mensaje que bien no hubiera querido. Un esposo dijo una vez: <<Cuando falleció mi padre, el supervisor de mi esposa dijo que ella podía tomarse dos horas para asistir al funeral, pero que tenía que estar de regreso en la tarde. Mi esposa le dijo que su esposo necesitaba su compañía ese día y que por lo tanto se tomaría todo el día.» El supervisor replicó: "Si se toma todo el día puede perder su trabajo."» Mi esposa le respondió: "Mi esposo es más importante que mi trabajo." Así que pasó el día conmigo. Ese día me sentí más amado que nunca por ella. Nunca he olvidado lo que hizo. Desde luego, ella no perdió su trabajo. Su supervisor pronto salió de la empresa y le pidieron que ocupara SU lugar». Esa esposa había hablado el lenguaje de amor de su esposo y él nunca lo olvidaría.

 

Casi todo lo que se ha escrito sobre el tema del amor dice que en el corazón del amor está el espíritu de dar. Los cinco lenguajes del amor, todos ellos, nos invitan a dar a nuestro cónyuge, pero para algunos, recibir regalos, símbolos visibles de amor, habla más alto. Oí la ilustración más gráfica de esa verdad en Chicago cuando conocí a Jim y Janice.

 

Ellos asistieron a un seminario sobre matrimonio y ofrecieron llevarme al aeropuerto después del seminario, un sábado por la tarde. Teníamos dos o tres horas antes del vuelo, así que me invitaron a un restaurante. Como tenía hambre, acepté. Esa tarde, sin embargo, tuve mucho más que una comida gratis.

 

Jim y Janice crecieron en casas de granja del centro de Illinois, a unos cien kilómetros el uno del otro, y se mudaron a Chicago poco después de su boda. Y allí estaba yo, escuchando su historia quince años y tres niños más tarde. Janice comenzó a hablar apenas nos sentamos. Dijo:

 

     Doctor Chapman, queríamos llevarlo al aeropuerto para poder contarle nuestro milagro.

 

La palabra milagro siempre me pone alerta. Especialmente, si no conozco a la persona que está hablando. ¿Qué historia increíble voy a oír? Me pregunté. Pero me guardé todos mis pensamientos y presté toda mi atención a Janice. Estaba a punto de llevarme una gran sorpresa.

Ella continuó:

 

     Doctor Chapman, Dios lo usó a usted para realizar un milagro en nuestro matrimonio.

 

A esta altura, ya me sentía culpable. Hacía un momento estaba cuestionando su uso del término milagro, y ahora, en su mente, yo era el vehículo de un milagro. Ahora escuchaba más atentamente. Janice continuó:

 

     Hace tres años asistimos a su seminario para matrimonios aquí en Chicago, por primera vez. Estaba desesperada —dijo—. Estaba pensando seriamente en dejar a Jim y así se lo dije. Nuestro matrimonio había estado vacío por mucho tiempo. Me había dado por vencida ya. Durante muchos años me había quejado con Jim, diciéndole que necesitaba su amor, pero él nunca respondió. Yo amaba a los niños y sabía que él me amaba, pero sentía que no recibía nada de su parte. En realidad, por ese tiempo, lo odiaba, Él era una persona metódica, hacía todo por rutina; era predecible como un reloj y nada podía romper su rutina. «Durante muchos años —continuó—, traté de ser una buena esposa. Cociné, lavé, planché, cociné, lavé, planché. Hice todas las cosas que pensaba que una buena esposa debía hacer. Tenía sexo con él porque sabía que era importante para él, pero sentía que no recibía nada de él. Sentía como si hubiera dejado de tener interés en mí después de que nos casamos, y simplemente se daba por bien servido. Me sentí usada y despreciada. Cuando le hablé a Bill sobre mis sentimientos, se rio y me dijo que tenía un buen matrimonio, como ningún otro en la comunidad. Él no entendía por qué estaba tan infeliz. Me recordó las cuentas que pagaba, la casa y el auto que tenía, que era libre para trabajar o no trabajar fuera de casa y que debería estar feliz en vez de quejarme todo el tiempo. Ni siquiera trató de entender mis sentimientos. Me sentí totalmente rechazada.» Bueno, así mismo dijo, tomando su taza de té e inclinándose hacia mí—, vinimos a su seminario hace tres años. Nunca habíamos estado en un seminario matrimonial antes. No sabía qué esperar y francamente no esperaba mucho. Pensé que nadie podía cambiarlo. Durante y después del seminario Jim no habló mucho. Pareció gustarle. Me dijo que fue divertido, pero no habló conmigo sobre ninguna de las ideas del seminario. No esperé mucho de él y no le pedí que hiciera nada. Como le había mencionado, ya me había dado por vencida para entonces.» Como sabe —me dijo—, el seminario terminó un sábado por la tarde. El sábado en la noche y el domingo fueron como de costumbre. Pero el lunes por la tarde vino de su trabajo y me obsequió una rosa.

 

     ¿Dónde la conseguiste? —le pregunté.

     La compré a un vendedor callejero —me respondió—. Pensé que merecías una rosa.

 

Y comencé a llorar: —Oh, Jim, es tan lindo de tu parte... En mi mente —continuó— sabía que compró la rosa de un moonie (de la secta de Moon). Había visto al joven vendiendo rosas esa tarde, pero no me llamó la atención. El hecho era que me trajo una rosa. El martes me llamó de la oficina alrededor de la una y treinta y me preguntó qué me parecería si compraba una pizza y la traía a casa para la cena. Me dijo que había pensado que debía descansar un poco de cocinar esa tarde. Le dije que me parecía una excelente idea, así que trajo la pizza y tuvimos un lindo tiempo juntos. A los niños les encantaba la pizza y agradecieron a su padre por traerla. Le di un abrazo y le dije cuánto me había gustado.» Cuando vino a casa el miércoles trajo una caja de chocolates a cada uno de los niños y para mí un pequeño macetero con una plantita. Me dijo que la rosa moriría con el tiempo, pero que podría disfrutarla mientras tanto. ¡Comenzaba a pensar que tenía alucinaciones! No podía creer lo que Jim estaba haciendo, ni por qué lo estaba haciendo. El jueves por la noche, después de la cena, me entregó una tarjeta con un mensaje, diciéndome que no siempre puede expresarme su amor, pero esperaba que la tarjeta, me diría cuánto yo le importaba. Nuevamente lloré, lo miré, y no pude resistir abrazarlo y besarlo.

 

     ¿Por qué no conseguimos alguien que cuide de los niños el sábado por la noche y nos vamos los dos a cenar afuera? —sugirió.

     Sería maravilloso —dije—. El viernes por la noche se detuvo en la confitería y nos compró a cada uno de nosotros nuestras galletas preferidas. Nuevamente nos sorprendió diciéndonos que tenía algo especial para el postre. «Para el sábado por la noche —dijo—, estaba en órbita. No tenía idea de lo que le pasaba a Bill, o si duraría, pero estaba disfrutando de cada minuto. Después de nuestra cena en el restaurante, le dije: —Tienes que decirme qué te pasa; no entiendo.

 

Entonces, ella me miró y me dijo:

 

     Doctor Chapman. Tiene que entender. Este hombre no me había dado nunca una flor desde que nos casamos. Nunca me dio una tarjeta en ninguna ocasión. Siempre dijo: «Es un desperdicio de dinero; miras la tarjeta y la tiras». Habíamos salido a comer solamente una vez en cinco años. Nunca les trajo nada a los niños, y solamente esperaba comprarme lo esencial. Nunca había traído una pizza para la cena. Esperaba que tuviera la cena lista todas las noches. ¡Quiero decir que hubo un cambio radical en su conducta!

 

Me volví a Jim y le pregunté:

 

     ¿Qué le dijo a ella en el restaurante, cuando le preguntó qué era lo que le estaba sucediendo?

     Le dije que había escuchado su conferencia sobre los lenguajes del amor en el seminario, y que me había dado cuenta que el lenguaje de ella eran los regalos. También me di cuenta que no le había dado un regalo en muchos años, tal vez desde que nos casamos. Recordé que cuando éramos novios le llevaba flores y otros pequeños obsequios, pero después del matrimonio pensé que no tenía que hacerlo. Le dije que me había propuesto darle un regalo cada día por una semana para ver si eso producía algún cambio en ella. Y tengo que admitir que noté una gran diferencia en su actitud durante la semana. También le dije que me había dado cuenta que lo que usted dijo era verdad, y que aprender el lenguaje correcto del amor era la clave para que la otra persona se sintiera amada. Le dije que lamentaba haber sido tan negativo todos esos años y haberle fallado en suplir su necesidad de amor. Le dije que en verdad la amaba y apreciaba debidamente todas las cosas que hacía por mí y los niños. Le dije que, con la ayuda de Dios, iba a ser un dador de regalos el resto de mi vida. Entonces ella me dijo: «Pero Jim, no puedes comprarme regalos todos los días el resto de tu vida. ¡NO puedes hacer eso!». «Bueno, tal vez no todos los días, pero por lo menos una vez a la semana. Eso sería cincuenta y dos regalos más por año que lo que recibiste en los últimos cinco años —le dije—-. ¿Y quién dijo que los compraré todos? Podría aun hacer algunos de ellos, o poner en práctica la idea del doctor Chapman de arrancar una flor del jardín en la primavera.»

 

Janice interrumpió:

 

     Doctor Chapman, creo que no ha fallado ni una semana en tres años. Es un nuevo hombre. No creería lo felices que hemos sido. Nuestros hijos ahora nos llaman «periquitos». Mi tanque está lleno y derramándose. Volviéndome a Jim le pregunté: — ¿Qué le parece, Jim? ¿Se siente amado por Janice? —Siempre me he sentido amado por ella, doctor Chapman. Es la mejor ama de casa del mundo. Es una excelente cocinera. Tiene mi ropa limpia y planchada. Es maravillosa haciendo cosas para los niños. Sé que me ama. Sonrió y dijo: —Ahora, usted sabe cuál es mi lenguaje de amor. ¿verdad?

 

Lo sabía, y sabía por qué Janice había usado la palabra milagro.

 

Los regalos no necesitan ser costosos ni deben ser semanales, pero para algunas personas, su valor no tiene nada que ver con el dinero y mucho que ver con el amor.

 

En el Capítulo siete aclararemos el lenguaje de amor de Jim.

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