15 junio 2013
El chicharrón de los baldíos
TIERRAS: Tras el caso de Riopaila, en Vichada, está de por
medio cuál es el modelo de desarrollo rural más conveniente.
Si alguna vez un ministro ha revuelto de la noche a la
mañana el avispero, fue sin duda el de Agricultura, Francisco Estupiñán, la
semana pasada. Con pocos días en el cargo, precipitó un debate nacional sobre
un tema que el país venía aplazando desde hace años y que tiene enormes
implicaciones para el modelo de desarrollo de la Colombia rural y para el
proceso de paz.
El detonante de todo esto han sido las denuncias de dos
congresistas del Polo Democrático, Wilson Arias y Jorge Enrique Robledo, sobre
cómo reconocidas empresas agroindustriales del país han llegado a acumular extensiones
de tierras que originalmente eran baldías por encima de los topes permitidos
por la ley. El símbolo de esta controversia ha sido la adquisición por parte
del ingenio Riopaila de 40.000 hectáreas en el Vichada con la asesoría jurídica
de la firma de abogados Brigard & Urrutia.
¿Cuáles fueron los hechos? El ingenio tomó una decisión
estratégica de inversión de ampliar su actividad agroindustrial en la
Orinoquia. Para esto diseñó junto con los abogados un esquema de compra de
tierras a través de 27 sociedades por acciones simplificadas (SAS).
Los campesinos propietarios recibieron cada uno más de 1.000
millones de pesos y ese valor quedó registrado en la escritura. Posteriormente,
esas 27 sociedades fueron vendidas a una sociedad española que a su turno se
las vendió a una sociedad en Luxemburgo. Finalmente, todas esas sociedades y
por ende las tierras quedaron en manos del ingenio Riopaila, el cual ha puesto
en marcha un importante macroproyecto agrícola en la zona.
Como la firma Brigard
y Urrutia, una de las dos más grandes del país, tenía como socio principal a
Carlos Urrutia, el actual embajador de Colombia en Washington, el debate
adquirió mayor notoriedad pública. Lo que podría haber sido una legítima
polémica sobre baldíos y concentración de tierras se convirtió además en un
ataque al gobierno por parte de la oposición.
Los congresistas del Polo le han dado ribetes de escándalo a
esta polémica. Como la problemática en torno a los baldíos involucra a algunos
de los empresarios más prestantes del país, a la firma de abogados más
tradicional, al embajador de Colombia ante Estados Unidos y un proyecto de ley
del gobierno, Arias y Robledo tienen en sus manos un suculento banquete
político que están explotando al máximo.
Lo que para el gobierno es la necesidad de llegar a una
definición sobre cómo desarrollar la Orinoquia y otras regiones del país, para
el Polo es la violación de una norma que ha sido fundamental en los esfuerzos
de reforma agraria en Colombia.
El ministro Estupiñán
caldeó más el ambiente al calificar las compras de Riopaila y otros grupos
económicos como “poco jurídicas”, mencionó palabras como “devolución de la
tierra sin compensación” y hasta la posibilidad de sanciones penales. Esa
salida del ministro fue considerada bastante imprudente, pues esas
interpretaciones le corresponden a la Justicia y no al gobierno. Sobre todo en
un enredo jurídico tan complejo como el de las tierras y los baldíos.
Ya desde el año pasado SEMANA había investigado las
asignaciones de los baldíos desde 2003 en todo el país y encontró que
centenares fueron asignados a personas que no cumplirían con los requisitos
para ser favorecidos con este beneficio.
Como si esto fuera poco, hay decenas de casos donde
suplantaron personas para lograr los títulos y luego vender, o muchos otros
baldíos que, en vez de convertirse en parcelas productivas, se transformaron en
fincas de recreo. Antes de las denuncias de Robledo y Arias, el exministro de
Agricultura Juan Camilo Restrepo y la gerente del Incoder, Miriam Villegas,
comenzaron procesos para revocar 900.000 hectáreas adjudicadas por direcciones
anteriores de esa entidad.
Son tan graves los hallazgos que la última decisión de Restrepo,
ratificada por el entrante ministro Francisco Estupiñán, fue suspender a partir
de los próximos días las titulaciones de baldíos en todo el país, mientras se
revisan los voluminosos expedientes que comprometen a cada vez más
funcionarios.
En la última década el país ha entregado 2.445.000 hectáreas
de baldíos a 85.219 personas. Que la tercera parte de estas asignaciones esté
en entredicho ilustra no solo su magnitud sino la complejidad de solucionarlo.
De todo este gran universo, el debate por acumulación de tierras se ha centrado
en 12 casos. Esas irregularidades fueron recogidas por los congresistas del
Polo, quienes aprovecharon la conexión entre Brigard y Urrutia y el gobierno
para crear el escándalo.
Según la Ley Agraria 160 de 1994, el baldío que entrega el
Estado no puede ser superior a la llamada Unidad Agrícola Familiar (UAF), cuya
área, que depende de la región y el tipo de suelo, debe ser suficiente para que
una familia campesina viva dignamente.
En las zonas muy fértiles, las UAF son de pocas hectáreas y
en otras, como en la Orinoquia, pueden ser de 1.500 hectáreas. El problema es
que ha habido una legislación confusa sobre el asunto así como mensajes
contradictorios de los gobiernos de turno, lo que ha dado pie a que la ley haya
sido objeto de diversas interpretaciones, unas más sólidas que otras.
Una de ellas, por ejemplo, es que según esa ley se excluye
del derecho de recibir esta tierra a quien tenga un patrimonio neto superior a
los 1.000 salarios mínimos, es decir 570 millones de pesos. Este tope tiene
algo de absurdo. Si bien el espíritu era limitar la adjudicación de baldíos a
campesinos, según la Dian de los 47 millones de habitantes solo 162.000
declararán un patrimonio superior a esa cifra.
En otras palabras, prácticamente todos los colombianos
tienen derecho a ese beneficio. Entre los pocos que quedan excluidos están los
grandes capitales que, para bien o para mal, son los únicos que pueden hacer
las inversiones necesarias para desarrollar proyectos con economías de escala.
La contradicción entre esta norma y las realidades
económicas del siglo XXI constituyen el meollo del asunto. Un tope de esa
naturaleza de la UAF tiene sentido en zonas muy fértiles aptas para el pequeño
campesino, pero no lo tiene para nuevas zonas inexplotadas y de baja calidad
que requieren un gran músculo financiero. En el mundo globalizado de hoy, con
tratados de libre comercio con la mitad del planeta, se requieren altos niveles
de eficiencia que solo se logran con economías de escala.
Otro problema
estructural es que nadie sabe cuántas hectáreas son de la Nación, pues la
existencia del conflicto armado y la ineficiencia del Estado no han permitido
hacer un inventario definitivo. En buena medida, la ausencia de este también
explica el porqué de tanta irregularidad.
El dilema para los
gobiernos es que en un país tan inequitativo, con una gran concentración de la
tierra y el séptimo coeficiente Gini más desigual del mundo, es necesario
combinar el discurso político con el económico. El resultado ha sido que ni el
uno ni el otro funcionan. En lo político no se ha logrado la redistribución y
en lo económico la agroindustria se enfrenta a muchas talanqueras.
El gobierno de Álvaro Uribe, que se identificaba con el
campo, se la jugó por proyectos rentables y subsidios que le generaron grandes
problemas, como los escándalos de Carimagua y de Agro Ingreso Seguro. El
gobierno de Juan Manuel Santos considera que Vichada y el Meta tienen el
potencial de convertirse en un gran polo de desarrollo.
Por eso incluyó en el Plan de Desarrollo la idea de permitir
que los adjudicatarios de baldíos pudieran venderlos a compradores que
requirieran grandes extensiones para proyectos en los que se compruebe
idoneidad y se demuestre la creación de empleo, la productividad y la calidad
en la producción agrícola. Jorge Enrique Robledo y Wilson Arias demandaron ese artículo del plan de desarrollo ante la Corte con argumentos de equidad y
defensa del campesino. Esta les dio la razón y tumbó ese articulado.
Ante esta situación,
el ministro Juan Camilo Restrepo presentó un proyecto de ley que si bien
respeta el fallo de la Corte, busca estimular la creación de grandes proyectos
agroindustriales que incentiven el desarrollo regional a través de capitales
nacionales y extranjeros.
En este nuevo intento no se permite la venta de las parcelas
ni el aporte de estas a cambio de acciones en sociedades. Solo es posible la
figura de asociación, en la cual el campesino aporta su tierra y el capital
financia su desarrollo sin absorberlo. Para Rafael Mejía, presidente de la
Sociedad de Agricultores de Colombia este un tema que el gobierno debe abordar
con prioridad.
Al intento de definir
el modelo económico para el desarrollo de esa zona le ha salido otro obstáculo:
un concepto del Consejo de Estado que establece que no solo son ilegales las
apropiaciones de baldíos posteriores a la Ley 160 de 1994, sino todas las que
se remonten hasta 1961. Esto último no solo es absurdo sino inviable. Como
dichas transacciones se remontarían a 52 años, dada la informalidad del país en
esa época, no hay posibilidad de que exista la documentación confiable para
poder rastrearlas.
Si según el ministro de Agricultura, Francisco Estupiñán, en
la actualidad el 48 por ciento de los predios rurales no tiene títulos válidos,
en 1961 esa cifra podría fácilmente ser el doble. Aunque los conceptos del
Consejo de Estado son opiniones que no exigen obligatorio cumplimiento, en
medio de una controversia como esta tienen peso y generan ruido.
El conflicto entre la
necesidad de desarrollo agroindustrial y la inequidad en la distribución de la
tierra está por lo tanto más vigente que nunca. Desde que la Corte
Constitucional frenó en seco la posibilidad de macroproyectos agrícolas en el
llano y la Orinoquia, se han congelado inversiones por 1.000 millones de
dólares que estaban destinadas a esa zona. Estos se sumarían a los 1.000 que ya
se han invertido y que han generado enormes beneficios para la región en
términos de empleo, bienestar y calidad de vida.
Las denuncias de Robledo y Arias sobre el caso Riopaila le
están dando por ahora una ventaja a quienes defienden un modelo de desarrollo
basado en la explotación de la tierra por parte de familias campesinas, frente
a los grandes capitales que tienen el músculo financiero para hacer proyectos
de gran envergadura.
El reto que tienen por delante el gobierno, las altas cortes
y el Congreso es encontrar una fórmula que permita que las dos realidades no
solo convivan, sino que se integren de tal manera que el beneficio sea
compartido y resulte en el desarrollo equitativo de las regiones históricamente
aisladas.
Los empresarios que le apuestan al llano
Varios de los empresarios más importantes de Colombia han
hecho grandes inversiones en Vichada y en la altillanura. Cada uno tiene una
modalidad de negocio diferente y las inversiones sumadas superan los 1.000
millones de dólares. Estos son algunos de los casos más destacados.
Luis Carlos Sarmiento
Tiene dos cultivos en los llanos para un total de 16.600
hectáreas y una inversión de 100 millones de dólares. El primero, Unipalma,
consiste en 12.000 hectáreas de palma. La inversión por hectárea es de 12
millones de pesos. Por otra parte, explota 4.600 hectáreas de caucho entre
Puerto López y Puerto Gaitán. Ese es el cultivo de caucho más grande en América
Latina.
Alejandro Santo Domingo
Su modelo de inversión no incluye la compra de tierras.
Alquila 4.000 hectáreas al grupo Riopaila en el Vichada y le paga con un
porcentaje del valor de la cosecha, que por lo general no excede el 3 por
ciento. Esta cifra baja obedece a que el grueso de su inversión se destina a
adecuar la tierra, a instalar logística, a construir infraestructura y a crear
soluciones de transporte. Tiene un remolcador de 980 caballos de fuerza y una
barcaza para 1.200 toneladas, que es el medio de transporte más grande en el río
Meta.
Familia Eder
A través del ingenio Manuelita tienen 20.000 hectáreas en el
Meta. De estas, 6.000 hectáreas son propias y 14.000 de proveedores. También
tienen 10.000 hectáreas en Casanare, de las cuales 5.000 son propias y 5.000 de
proveedores. Según Harold Elder invirtieron
50 millones de dólares en una planta extractora. Producen anualmente
70.000 toneladas de aceite de palma y 120.000 de biodiésel.
La Fazenda
Pertenece al grupo empresarial Aliar liderado por el
industrial santandereano Jaime Liévano y Contegral. Han invertido más de 100
millones de dólares y hoy cuentan con 13.000 hectáreas sembradas de maíz y soya
en un proyecto en Puerto Gaitán.