(IVÁN): JESUCRISTO ES LA ÚNICA LUZ QUE APAGA NUESTRAS TINIEBLAS

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valarezo

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Nov 1, 2008, 12:24:41 PM11/1/08
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Sábado, 01 de noviembre, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica

(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)


JESUCRISTO ES LA ÚNICA LUZ QUE APAGA NUESTRAS TINIEBLAS:

Nuestro Señor Jesucristo les decía a las multitudes: “Sólo yo he
venido al mundo como luz protectora, para que todo aquel que cree en
mí no permanezca más en las tinieblas de Satanás y de sus ángeles
caídos, sino que pase de la vida perdida a la vida de Dios y de sus
huestes angelicales del nuevo reino celestial”. Por lo tanto, el
hombre no conocerá jamás otra vida mejor que la que nuestro Padre
celestial ya le ha dado por medio de su fruto de vida eterna
inicialmente en el paraíso y en toda la tierra hoy en día, como ocurre
con la predicación del evangelio eterno; cada día el hombre es llamado
de Dios, para regresar al cielo.

Porque esta vida, la cual nuestro Padre celestial le da al hombre,
como a Adán y a Eva primeramente en el seno del paraíso, no se alejara
de él jamás, sino que volverá cada día a su vida para que la acepte en
su corazón, porque es la voluntad suprema del Padre para con su alma y
para con los suyos, también. Por ello, nuestro Señor Jesucristo viene
a nosotros, porque somos de él y de su vida santísima del reino de los
cielos, la cual Adán y Eva perdieron en el día de su rebelión en
contra de Dios y de su fruto del Árbol de la vida eterna, ¡nuestro
Señor Jesucristo! Y, desde entonces acá, Adán y sus descendientes
caminan ciegos y en tinieblas cada día, desde que nacen y así para
siempre en la eternidad, es decir, si no comen del fruto del Árbol de
la vida eterna, cuanto antes mejor, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Además, nuestro Señor Jesucristo seguirá viniendo a nuestras vidas
cada día, de una manera u otra, porque nos ama, porque “sin él
nosotros no somos felices jamás”; dado que, el corazón de nuestro
Padre celestial no es feliz en el cielo, porque ve que su obra santa
en nosotros no se ha cumplido cabalmente aún para desdicha de muchos.
Y esto le duele mucho a nuestro Padre celestial ver cada día que
nuestros corazones aún no están llenos del Espíritu del nombre y de la
sangre resucitada del tercer día de su Hijo; aquí te podrás dar cuenta
porqué no eres feliz en muchas cosas en la tierra y así también serás
en la eternidad o quizá peor aún tristemente. Porque todo aquel que no
tiene al Señor Jesucristo en su corazón no puede tener a nuestro Padre
celestial jamás, por eso, su andar por la tierra es de tinieblas en
tinieblas y hasta que por fin cae muerto en el infierno, para seguir
viviendo en tinieblas y jamás ver la luz de la vida eterna, ¡nuestro
Salvador Jesucristo!

Por lo tanto, nosotros genuinamente somos su obra santa de sus manos
gloriosas, porque en el día que nos crea no sólo salimos de él y de su
Espíritu Santo, sino porque, a la vez, es cada uno de nosotros la
imagen y la semejanza santa y perfecta de su Hijo amado, ¡el Árbol de
la vida eterna! Es decir, que nuestro Padre celestial nos crea
inicialmente para que seamos como su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, y más no para que seamos como Satanás, rebeldes y
aguerridos en contra de él y su voluntad santísima de su verdad y de
su justicia celestial de su nuevo reino sempiterno, ¡La Nueva
Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo!

Ahora, nuestro Padre celestial será muy feliz en esta nueva ciudad
celestial, por la cual siempre soñó vivir en ella desde siempre, sin
duda alguna, porque Satanás ya no podrá entrar en nuestras vidas ni en
la vida de sus ángeles fieles con sus mentiras diabólicas del más
allá, como del mundo de los muertos, ¡el infierno! Realmente, nuestras
vidas serán sumamente libres eternamente y para siempre en esta gran
ciudad celestial, porque todo será verdad, justicia y santidad en
nuestras vidas de cada día, las cuales estarán llenas del Espíritu de
amor entre él y su Hijo amado, su Árbol de la vida eterna, ¡el único
Mesías de todos los tiempos para Israel y para las naciones!

Es por eso que nuestro Padre celestial y su Espíritu Santo nos aman
grandemente, y quieren sólo el bien para cada uno de nosotros, en el
paraíso, en la tierra y así también en La Nueva Jerusalén Santa y
Gloriosa del nuevo reino de los cielos, porque nuestro Dios sabe que
tarde o temprano seremos llenos de luz, su Hijo amado. Si, así es:
Nuestro Padre celestial y su Espíritu Santo nos aman grandiosamente,
que desean ya vivir en nuestros corazones y en nuestras almas
infinitas cada día de nuestras vidas y así también en la eternidad,
pero sólo llenos primeramente de la luz de su Hijo amado, ¡su Rey
Mesías!

Por ello, sin el Espíritu del Rey Mesías, nuestro Padre celestial y
así también su Espíritu Santo no quiso nada con Adán ni con Eva ni
menos con ninguno de sus hijos e hijas en toda la tierra; porque sólo
el fruto de la vida, Jesucristo, nos da luz ante las tinieblas
mentirosas y crueles de Satanás. Entonces es sola esta la luz, la cual
destruye cada una de las tinieblas de Satanás, para que ya no andemos
en tinieblas sino sólo en la luz de la verdad y de la justicia
infinita del cielo, las cuales están llenas de milagros, maravillas y
prodigios inagotables para glorificar a nuestro Padre celestial para
siempre en nuestras nuevas vidas eternales.

Ciertamente, ese mal que te agobia cada día de tu vida y hasta aún en
las noches también, puede salir de tu vida hoy mismo con tan sólo
invocar el nombre bendito de nuestro Señor Jesucristo, porque sólo él
es la luz, por la cual la tiniebla (o tinieblas) saldrá de tu vida
para que seas feliz infinitamente en la eternidad. Y para que esto
suceda en tu vida, hoy en día, por ejemplo, entonces sólo tienes que
creer en tu corazón y confesar con tus labios el nombre santísimo y
sumamente milagroso del Árbol de la vida eterna: «el Hijo de Dios, el
sumo sacerdote, ‘la sangre santificadora’, el Hijo de David», ¡nuestro
Señor Jesucristo!

Es más, todos los poderes sobrenaturales para bendecir tu vida y la de
cada uno de los tuyos, sean hijos e hijas, hermanos o hermanas, primos
o primas y hasta vecinos y amistades, sin duda alguna, están en el
despertar de las tinieblas a la luz mucho mayor que el infinito del
cielo, ¡el nombre del Señor Jesucristo! Por todo ello, clama, desde
ya, a tu Padre celestial en el nombre del Señor Jesucristo, y comienza
a vivir tu vida grandemente, tal como nuestro Padre celestial te crea
a ti inicialmente, en sus milagros y en sus maravillas infinitas, de
sus manos santísimas, para que la vivas cada día de tu vida y para
siempre en el paraíso.

Además, nuestro Padre celestial nos ama tanto así, como siempre amo a
su Hijo amado, en lo más intimo de su corazón santísimo, y nos quiere
de regreso en el paraíso y dentro de su corazón santísimo, como antes,
como cuando nos crea en el comienzo de las cosas en el cielo, porque
somos enteramente Jesucristo para él y sus ángeles. Sabias eso, cada
uno de nosotros para nuestro Padre celestial es Jesucristo: Todos
somos su Hijo Santo, somos el Hijo de David, somos su nuevo reino
celestial de vida eterna, llena de gloria, paz y de bendiciones
innumerables para la eternidad; es por eso que «somos/valemos el
precio grandísimo de la sangre bendita de su Árbol de la vida», ¡su
Jesucristo!

Somos tan grandes como la misma sangre santísima de nuestro Señor
Jesucristo, es por eso que valemos mucho para nuestro Padre celestial
y para su Espíritu Santo, hoy en día, en la tierra y así también en la
nueva era venidera de su nuevo reino celestial. Y, por lo tanto, no
hay nada de nada en el cielo ni en la tierra sumamente precioso o
infinitamente valioso para comprarnos para nuestro Padre celestial y
para su Espíritu Santo, si no es la misma sangre de Jesucristo; es
decir, también, que sólo la sangre de Jesucristo es el precio más que
justo/suficiente para nuestra salvación eternal.

Porque la verdad es que nosotros vivíamos en el corazón santísimo de
nuestro Padre celestial inicialmente y sin el pecado ni la mancha
terrible de las mentiras de Satanás, es por eso que siempre decimos
que el amor de Dios es mejor que la vida en cada uno de nosotros, en
todas las familias de las naciones de la tierra. Puesto que, en el
corazón de nuestro Padre celestial somos como él mismo, como su Hijo
amado y, por tanto, mucho más gloriosos que sus ángeles más santos y
más fieles a él en el reino de los cielos, por ejemplo.
Verdaderamente, somos la gloria y la paz celestial de nuestro Padre
celestial, pero sólo con el Señor Jesucristo viviendo ya en nuestros
corazones de hoy en día, para entrar desde ya a la nueva eternidad
celestial de su nuevo reino venidero, en donde viviremos infinitamente
felices con él y con su Espíritu Santo, rodeado por siempre de sus
ángeles fieles.

Es más, en el corazón de nuestro Padre celestial somos tan santos y
tan puros, así como siempre lo ha sido su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo o cada uno de sus ángeles, arcángeles, serafines,
querubines y demás seres santos del cielo, por ejemplo. Somos
sumamente santos en el corazón de nuestro Padre celestial y libres de
todo poder del pecado y de las mentiras crueles de Satanás y de sus
ángeles caídos y, por ello, nos quiere ya y de regreso a su corazón y
a su vida santísima del paraíso, antes hoy que mañana, si tan sólo
rogamos a Jesucristo en nuestras vidas.

Es por esta razón que el hombre sin el Señor Jesucristo es un impío
delante de su presencia santa en el paraíso, en la tierra y así
también en la eternidad venidera, es decir, si no se arrepiente de su
pecado y vuelve a su Jesucristo, como en el principio, como en el día
de su creación en el cielo. El hombre sufre progresivamente los males
de las enfermedades terribles de las tinieblas de Satanás, porque no
clama a su salvador y sanador de su vida, nuestro Señor Jesucristo,
como Dios manda; y el hombre seguirá cada día sufriendo males
impensables/remotos de las tinieblas del mismo mundo de los muertos,
porque Satanás lo quiere muerto ya y en el infierno también.

Pero nuestro Señor Jesucristo nos quiere ver ya viviendo en el cielo,
como cuando vivíamos felices en el corazón santísimo de nuestro Padre
celestial antes que saliéramos de las manos santas de nuestro Padre
celestial, formados en su imagen y conforme a su semejanza celestial,
por ejemplo, para sólo conocer la felicidad y la paz celestial del
cielo. Es más, la misma tierra santa del reino de Dios clama cada día
y cada noche y sin cesar aún por nuestro pronto regreso a nuestros
hogares celestiales del más allá, en donde reina la paz, la gloria y
la santidad infinita de conocer cara a cara a nuestro Padre celestial
y a cada uno de sus ángeles gloriosos, por ejemplo. Si, así es: el
mismo cielo sufre por cada uno de nosotros porque somos de él,
asimismo como nuestro Padre celestial sufre cada día en sus lugares
altísimos, como cuando nuestro Señor Jesucristo sufrió tanto por
nosotros clavado a las manos de Eva y a los pies de Adán sobre las
alturas del monte santo de Jerusalén, en Israel.

Y esta misma tierra del paraíso, la cual nos vomito por culpa de las
mentiras crueles de Satanás y de la serpiente antigua, nos desea ya de
regreso a ella, pues hemos estado mucho tiempos lejos de su calor
celestial, y sólo nos volverá a coger en su seno paradisíaco, si
nuestro Señor Jesucristo vive en nuestros corazones. Porque la verdad
es que nuestro Padre celestial nos crea para vivir sólo infinitamente
felices y ricos en su espíritu de amor eterno para con Él, pero
únicamente en la vida santa de su Árbol de la vida eterna, su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, ¡el pronto reino de los cielos de la
humanidad entera y de los ángeles!

Es decir, también, que sólo en el Señor Jesucristo vivimos en el reino
de Dios, el reino por el cual nuestro Padre celestial crea todas las
cosas en el principio para que nosotros las vivamos y la gocemos cada
día junto a él y con sus ángeles gloriosos y fieles a su Hijo amado,
¡nuestro Señor Jesucristo! Porque cada ángel del cielo no sólo le es
fiel a nuestro Padre celestial sino también fiel a su Hijo amado,
nuestro Salvador Jesucristo, porque sólo él es la suma total de cada
uno de ellos hoy en día y así también eternamente y para siempre en la
nueva eternidad celestial y junto con toda la nueva humanidad del
hombre.

Y sin el Señor Jesucristo no viviremos jamás en el reino de Dios y de
sus huestes angelicales, sino en el reino de las mentiras y de las
maldades terribles de Satanás y de sus ángeles caídos hoy en día en la
tierra y así también en la eternidad de las tinieblas sin fin del más
allá, ¡el infierno! Ciertamente que, sin el Señor Jesucristo en
nuestras vidas, entonces jamás conoceremos el Espíritu de amor y de
paz eterna de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, sino
sólo los males terribles del espíritu de error de Satanás y de sus
ángeles caídos, como hoy mismo sucede en muchos lugares de la tierra,
donde reina el error y la violencia.

(Se vienen a mi mente, en estos momentos, tristemente, la bomba que
estallo en el campo universitario de Pamplona, en España, causando así
mucho dolor, sufrir de gente totalmente inocente a la manera de pensar
de gente que quizá sólo piensa en el mal desafortunadamente, para
probar su punto de vista, cualquiera que sea todo ello. Nosotros, como
Dios manda, rechazamos el terrorismo impío, venga de quien venga para
causar terror y mal a los demás, que lo único que ellos quieren, como
en escuelas, por ejemplo, es vivir sus vidas en paz y en progreso
hacia una vida mejor y muy feliz también para ellos y para los suyos,
sean familiares o ciudadanos.)

Es por eso que, hoy en día y como siempre, sólo has conocido las
mentiras y las calumnias mortales del espíritu de error y de las
maldades sin fin de Satanás y de sus ángeles caídos, es decir, que
desde el día en que naciste y hasta del día de hoy tu corazón sólo
conoce los males cotidianos de las mentiras. Pero con el Señor
Jesucristo en tu corazón, todo esto cambia drásticamente, para sólo
conocer de las verdades de Dios y de su Jesucristo en tu vida y en la
de los demás también, para que vivas feliz y llena tu vida de muchos
bienes gloriosos; entonces con Jesucristo lo tienes todo en el cielo y
en la tierra, para siempre.

Porque la verdad es que tú y así también cada uno de los tuyos, como
Adán y Eva, por ejemplo, fuiste creado en el corazón y en las manos
santas de nuestro Padre celestial para vivir junto con él y con su
Espíritu Santo la vida santa y gloriosa del Árbol de la vida eterna
del paraíso, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y es Satanás quien con sus
mentiras te ha robado a ti ésta gran bendición celestial, así como se
la roba a Adán y a Eva inicialmente en el cielo, para que ninguno de
los tuyos jamás conozca esta gran verdad y justicia infinita en su
corazón eterno, sino sólo mentiras y maldades sin fin del infierno
cruel y tormentoso.

Y la lucha de nuestro Padre celestial por librarte de las mentiras de
Satanás continua día a día y sin cesar, pero sólo con el nombre
glorioso y sumamente misterioso de nuestro Señor Jesucristo en tu
corazón y en cada día de tu vida en la tierra, en el paraíso y en la
nueva eternidad celestial de su nuevo reino venidero. Es por eso que
el Señor Jesucristo no debió faltar jamás en tu vida, para que nuestro
Padre celestial no sólo sea feliz cada día contigo sino también que
ninguna de sus muchas y ricas bendiciones del cielo te falte a ti
jamás ni a ninguno de los tuyos tampoco, hoy en día ni nunca más en la
eternidad.

(Léete las siguientes Cartas del cielo nuevamente, las cuales tienen
buena información para bendecir tu vida grandemente para que dejes de
vivir lejos de Dios y de su Árbol de la vida, y así entres a la vida
santa del reino sempiterno, nuestro Señor Jesucristo, lleno de muchas
bendiciones de amor, progreso y salud para tu vida y de los tuyos
también. ¡Amén!)


Carta del cielo:


JESUCRISTO ES NUESTRO REINO DE LOS CIELOS:

El pueblo que moraba en tinieblas vio una gran luz celestial nunca
vista por nadie jamás, ni aún por los ángeles más sabios y gloriosos
del reino de los cielos. Pues, sin esperar más, a los que moraban en
tierras de sombras de muerte, la luz les amaneció tal como nuestro
Padre celestial se los había prometido a sus antepasados y sin
tardanza. A partir de entonces, nuestro Señor Jesucristo y su Espíritu
Santo no cesan de predicar y de decirles a las multitudes de toda la
tierra, comenzando con Israel, por ejemplo: “¡Arrepiéntanse!, porque
el reino de nuestro Padre celestial se ha cercado a ustedes en estos
días para quedarse en sus corazones para siempre”.

Por cuanto, el reino de los cielos tiene que entrar en los corazones
de los hombres, mujeres, niños y niñas de las naciones de la humanidad
entera, así como entro en el corazón de cada ángel, arcángel, serafín,
querubín y demás seres muy santos del reino de los cielos, por
ejemplo. En aquellos días, todas las gentes de la tierra estaban en
tinieblas, pues no conocían al Hijo de Dios, el Hijo de David, el
Cristo, como el reino de nuestro Padre celestial prometió a Abraham, a
Isaac y a Jacob, por ejemplo.

Lo único que ellos podían ver era tinieblas tras tinieblas y nada de
nuestro Padre celestial ni menos de su Hijo amado, ¡nuestro Señor
Jesucristo! Pues todo era ceguera espiritual para cada uno de ellos,
para maldición y para muerte en la tierra y en el más allá también,
porque no veían nada de Dios ni a su Gran Rey Mesías de todos los
tiempos, ¡el Hijo de David! En verdad, ellos estaban viviendo en el
reino de Satanás pues aunque estaban viviendo sus vidas en las tierras
que nuestro Padre celestial les había entregado a sus antepasados por
medio de su siervo Moisés, por ejemplo.

Satanás había entrado en sus vidas, como un ladrón en el paraíso con
mentiras y decepción terrible de reconocer, para cegar sus corazones y
así jamás vean, ni menos conozcan al Hijo de David, como el Gran Rey
Mesías de sus nuevas vidas infinitas de La Nueva Jerusalén Santa y
Gloriosa del cielo. Satanás los tenía bien escondidos entre sus
propias alas de sombras de tinieblas y de muerte eterna en la tierra y
en el más allá también, como en el desierto sin vida, como en el
abismo, el mundo de los muertos, por ejemplo, para que no vean jamás
el camino antiguo de salvación de ¡el Hijo de David!

Ya que, Satanás jamás quiso que el nombre del Hijo de David, el Gran
Rey Mesías, sea creído en sus corazones como tal o que pronuncien su
nombre salvador, en un momento de fe y de oración, delante de nuestro
Padre celestial, para perdón de pecados y salvación infinita de sus
almas vivientes. Porque sólo el Hijo de David fue el salvador y Dios
de sus almas vivientes de las garras eternas de Egipto y así también
por el desierto muerto, camino a La Tierra Prometida, por ejemplo; y
fuera de Él, Israel jamás conoció ninguno otro Dios y salvador de sus
vidas delante de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo.

Es más, sólo el Hijo de David es el comienzo de Israel entre Abraham e
Isaac para bendición eterna, por los poderes sobrenaturales de su
sangre santísima y sumamente gloriosa para Jacob y para las naciones.
Es por eso que el Hijo de David se hizo conocer como el árbol de la
vida en llamas sobre el Sinaí, para empezar la predicación del
evangelio eterno de perdón, bendición, sanidad, salud y de vida eterna
con cada una de sus muy ricas glorias infinitas del cielo.

Es decir, también que fue el Señor Jesucristo, como el comandante en
jefe de los ejércitos de nuestro Padre celestial, que peleó siempre
por Israel para derrotar a cada una de las naciones enemigas y sus
ejércitos del desierto hostil y sin vida de Egipto, camino a La Tierra
Prometida. Y el Hijo de David jamás perdió ninguna de las batallas, de
las cuales los hebreos siempre pelearon en contra de sus enemigos
crueles, siempre y cuando le sigan siendo fieles al llamado a la
obediencia de nuestro Padre celestial y de su Ley Santísima en sus
corazones y en cada día de sus vidas, por ejemplo.

Es más, ninguna de las muchas batallas que los hebreos pelearon en el
desierto de Egipto, camino a la tierra de Canaán, debieron haberlas
ganado, pero como el Hijo de David los ayudaba, por mandato de nuestro
Padre celestial y de su Espíritu Santo, entonces eran siempre
victoriosos sobre ejércitos superiores a ellos e imposible de
derrotarlos jamás. Nuestro Salvador Jesucristo estaba con ellos cada
día y cada noche para protegerlos y bendecirlos siempre. Entonces la
promesa de nuestro Padre celestial de salvar sus almas del poder del
pecado y de la muerte era firme para con ellos, sin duda alguna, es
decir, de salvarlos de los poderes de la mentira y del engaño eterno,
de los cuales no se habían alejado de ellos aún, porque Satanás
siempre quiso destruirlos con mentiras y engaños mortales.

Es decir, que nuestro Padre celestial y su Gran Rey Mesías los
protegía constantemente a pesar de las mentiras y maldades de Satanás
y de sus gentes terribles, puesto que la sangre santísima del pacto
eterno estaba en ellos y sobre ellos también, firmemente fiel a sus
vidas, por mandato de nuestro Padre celestial, ¡el Hijo de David! Si,
siempre fue el Hijo de David quien les predicaba su evangelio santo y
eterno del perdón, de la sanidad, de la santidad y de la justicia
infinita, en cada paso por el desierto, para que llegasen a ser
redimidos por los poderes sobrenaturales de la sangre del pacto eterno
entre ellos y nuestro Padre celestial que está en los cielos.

Dado que, ésta era la única manera, por la cual cada uno de ellos
«podía escribir su nombre» en el libro de la vida de nuestro Padre
celestial y de su Hijo amado, nuestro Salvador Jesucristo, ¡el Hijo de
David! Y sin la sangre del Hijo de David derramada sobre el altar de
nuestro Padre celestial, ya sea sobre el Moriah con Abraham e Isaac
para expiar los pecados originales de Adán y de sus descendientes o
sobre la cima del monte santo de Jerusalén, ninguno de ellos podía
escribir su nombre en el libro de la vida jamás.

Es decir, que ya sea en la antigüedad u hoy en día o en las futuras
generaciones venideras, ningún hombre, mujer, niño o niña de la
humanidad entera podrá jamás escribir su nombre en el libro de la vida
de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, para perdón de pecados.
Ni menos podrá jamás alcanzar ninguna de las muchas bendiciones de
salud y de salvación infinita de su alma viviente en la tierra, en el
paraíso o de la nueva vida eterna de La Nueva Jerusalén Santa y
Gloriosa del cielo, por ejemplo, si no es por la presencia santa de
Jesucristo en su vida.

Es por eso que “nuestro Padre celestial envió a Israel a su Hijo
amado”: como el Cordero de Dios, como el Hijo de David, como el Gran
rey Mesías de todos los tiempos, como el sumo sacerdote, como el único
salvador posible para Israel y para las naciones del mundo entero, tal
como se lo prometió inicialmente a Abraham, por ejemplo. Y esto
sucedió cuando nuestro Padre celestial mismo le dijo, tú serás padre
de muchas naciones, y de ti saldrán naciones para llenar la tierra; es
más, nadie podrá jamás contar el numeró de tu ascendencia, pues serás
tan numeroso como las estrellas del cielo o tan numeroso como la arena
del mar.

Entonces ésta promesa de vida era lo único que tenían los hebreos en
sus escrituras y en sus corazones de parte de nuestro Padre celestial
y de su Espíritu, por ejemplo, para ser perdonados y llenos de vida y
de salud eterna, para que así Satanás los suelte “y puedan regresar a
su Padre celestial que está en los cielos”. Porque cuando Satanás ve
que el corazón del hombre, de la mujer, del niño o de la niña está
lleno del nombre glorioso del Hijo de David, entonces sabe Satanás
perfectamente que “ésta vida humana está llena del Espíritu Santo de
Dios”, por lo tanto, huye a las regiones profundas del más allá, con
mucho temor en su corazón perdido.

En vista de que, la verdad es que la vida que nuestro Padre celestial
nos entrego a cada uno de nosotros, en si, es una vida sumamente
gloriosa y victoriosa sobre Satanás y cada una de sus mentiras,
artimañas y maldades eternas del más allá, la vida misma de su Hijo
amado en nosotros, ¡nuestro Gran Rey Mesías, ¡Jesucristo! Y es esto
precisamente que el espíritu de la predicación de nuestro Señor
Jesucristo nos da día a día, desde cuando “él mismo empezó a predicar
en las tierras de Israel su evangelio eterno”, para que las gentes
sean perdonadas y sus cuerpos sanados de muchos de sus males eternos,
por ejemplo.

Entonces así cada uno de ellos, en sus millares, no sólo en Israel
sino en toda la tierra también, viva feliz y en paz con nuestro Padre
celestial y con su Espíritu Santo, siempre prosperando en su camino en
cada una de las cosas que emprenda en su vida cotidiana en todos los
lugares de la tierra, por ejemplo. Por ello, nuestro Padre celestial
luchaba por todos ellos como siempre en la antigüedad a diestra y a
siniestra, tal cual como hoy en día también, en contra de Satanás y de
sus profundas tinieblas: «para que acepten la vida de su unigénito en
sus mismas vidas, cuanto antes mejor; dado que la ceguera espiritual
entre ellos es peligrosa y engañosa».

Es decir, que las mentiras de Satanás están aún entre ellos
fuertemente, para que sigan por el camino de la muerte y de la
perdición eterna del infierno, sin que jamás vean la luz de la vida
eterna del árbol de la vida de nuestro Padre celestial, su Hijo amado,
nuestro Salvador Jesucristo, en sus corazones vivientes, por ejemplo.
Por esta razón, nuestro Señor Jesucristo descendió del paraíso para no
solo volver a darles vida a Adán y a Eva sobre la cima santa en las
afueras de Jerusalén, en Israel, como intento hacerlo así en el
paraíso, por ejemplo, sino que también a cada uno de sus
descendientes, comenzando con los descendientes de Abraham, Isaac y
Jacob.

Puesto que, ésta promesa de perdón y de salvación eterna, nuestro
Padre celestial se las había dado a ellos inicialmente, por medio de
la vida de Abraham e Isaac, su único hijo en aquellos días, para
bendición de Jacob; es decir, que el Dios de Abraham, de Isaac y de
Jacob establece a su Hijo como ¡el Hijo de David! O, también,
podríamos decir que nuestro Padre celestial por medio de Abraham e
Isaac establece al Hijo de Dios como el Gran Rey Mesías de Jacob,
Israel, el cual se manifestaría posteriormente en sus días, camino a
la Tierra Prometida y, finalmente, por medio del vientre virgen de la
hija del rey David de Israel, por ejemplo.

Ya que, ésta salvación viene por ellos de parte de nuestro Pare
celestial, es decir, de Abraham e Isaac sobre el monte Moriah para
todo Jacob, Israel, con el fin de bendecir a las naciones de toda la
tierra, en un momento de fe y de oración, delante de Él y de su Hijo
amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y asimismo como ellos, los
antiguos, ni más ni menos, somos nosotros, hoy en día, que vivimos
entre las penumbras mortales de Satanás y de sus ángeles caídos, para
sólo conocer de las mentiras y de las decepciones mortales del
espíritu de error y de gran maldad del más allá, como del mundo de los
muertos, ¡el infierno!

Es por eso que nuestro Señor Jesucristo viene a ti, así como vino en
el día que se manifestó a Israel, cuando Israel mismo vivía entre las
profundas tinieblas de las mentiras y de las maldades de siempre de
Satanás, para rescatarlos de sus garras mortales y darles perdón y
vida en abundancia. Y este perdón y vida en abundancia, sólo era
posibles entre todos ellos, si sólo creían en él, al recibirlo en sus
corazones como el Hijo de David, como el Hijo de Dios, como el Gran
Rey Mesías de todos los tiempos, para entregarles la bendición eterna
de nuestro Padre celestial y, a la vez, llenarlos de su Espíritu
Santo.

Porque para ellos era sumamente importante no sólo ser perdonados,
sino también ser llenos de su Espíritu Santo, como del Espíritu de la
Ley, para no sólo vivir en las bendiciones de cada día de nuestro
Padre celestial y de su Árbol de la vida, sino también poder
finalmente entrar a la nueva vida infinita de la Tierra Prometida del
cielo. Visto que, la llenura del Espíritu Santo es no sólo vida y
salud sino también, sin duda, la llenura de sus poderes
sobrenaturales, para poder vivir una vida angelical en la tierra así
como los ángeles del cielo viven sus vidas angelicales y llenas del
Espíritu Santo de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, ¡nuestro
Señor Jesucristo!

En otras palabras, la llenura del Espíritu Santo de Dios es, en si, la
llenura de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, en el corazón de los ángeles del cielo, para vivir cada
día en la perfecta armonía, paz, amor y santidad infinita de la vida
gloriosa del reino de los cielos. Es decir, que para los ángeles ser
santos y así vivir sus vidas sumamente gloriosas y angelicales en el
reino de los cielos, pues tienen que ser llenos del Espíritu Santo de
nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, el Hijo de David, ¡nuestro
Señor Jesucristo!

Y es, en si, este mismo Espíritu de la palabra, de Los Diez
Mandamientos y del nombre sagrado y sumamente glorioso de nuestro
Padre celestial, el cual nos da vida y bendiciones sin fin en nuestros
corazones y en cada día de nuestras vidas por toda la tierra, hoy en
día y para siempre en la eternidad venidera también. Por lo tanto, el
Espíritu Santo de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro
Señor Jesucristo, “viene descendiendo hacia cada uno de nosotros”
desde los días de la creación del cielo y la tierra, para ayudarnos a
ver la luz de la verdad y de la justicia de nuestro Padre celestial y
de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Porque cada uno de nosotros ha sido creado por las manos de nuestro
Padre celestial para despertar, de una vez por toda y para siempre, en
un momento de oración y de fe, como en un nuevo nacimiento santo y
eterno, en la luz de la vida y de la salud infinita de su árbol de la
vida, ¡nuestro Señor Jesucristo! Para que entonces seamos llenos de
cada una de las bendiciones santísimas, llenas de santidad y de
riquezas sin fin, de verdad y de justicia infinita del cuerpo y de la
sangre del pacto eterno del fruto del Árbol de la vida, ¡nuestro Señor
Jesucristo!

Es por eso que “hoy el Espíritu Santo es tan importante para cada uno
de nosotros”, como cuando yacíamos tendidos entre las profundas
tinieblas del fondo del polvo de la muerte en la tierra del pasado,
porque nos da luz y vida para ver a nuestro Señor Jesucristo, como el
Hijo de Dios, como nuestro sumo sacerdote, ¡nuestro salvador infinito!
Porque fuera del Señor Jesucristo, “nadie puede ser nuestro Cordero
Escogido por Dios”, ni nuestro sumo sacerdote tampoco, para que
interceda delante de Él y de su Espíritu Santo para perdón de nuestros
pecados y sanidades infinitas de nuestros corazones y de nuestros
cuerpos en la tierra y así también en la eternidad venidera del nuevo
reino celestial, por ejemplo.

Es más, es éste mismo Espíritu Santo de nuestro Padre celestial,
porque no hay otro igual, el cual está en los ángeles del cielo y así
también debe de estar en cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, para vivir
la nueva vida eterna del nuevo reino celestial. Por lo tanto, ésta
bendición infinita, de ser lleno del Espíritu Santo de nuestro Padre
celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, es para cada
uno de nosotros hoy mismo, así como lo es para los ángeles del cielo,
por ejemplo, para que puedan permanecer viviendo sumamente santos sus
vidas celestiales y normales del reino sempiterno.

De otra manera, ningún ángel, arcángel, serafín, querubín y demás
seres muy santos del cielo, no puede ser santo jamás delante de
nuestro Padre celestial, ni menos vivir su vida angelical delante de
Él y de su Hijo amado, como siervo fiel; es decir, también que, nadie
puede existir en el cielo, sin la llenura del Espíritu Santo, para
siempre. Como Lucifer, por ejemplo, en el día de su creación, como
todos los demás ángeles, arcángeles, serafines, querubines, pues tenía
la llenura del Espíritu Santo de nuestro Padre celestial y de su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, pero la maldad entro en su corazón
para mal de su vida y para mal de la vida de muchos también.

En verdad, Lucifer era santo, perfecto y muy sabio, por cierto; más
sabio y perfecto nuestro Padre celestial no lo podía hacer; en verdad,
Lucifer era la gloria y el orgullo de la obra de la palabra de nuestro
Padre celestial delante de sus ángeles santos, en todo el reino de los
cielos. Es más, la grandeza de la gloria de Lucifer era tan alta y tan
inalcanzable para los ángeles, por lo cual ningún ángel lo podía
igualar, ni, aún así, él se podía igualar jamás a nuestro Padre
celestial ni a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, y esto lo
lleno de un celo orgulloso mucho mayor que su corazón equivocado.

Aquí, fue cuando Lucifer empezó a decirse asimismo, yo puede ser tan
grande como Dios y como su Hijo amado, el Santo del reino de los
cielos, ¡el Señor Jesucristo! En otras palabras, Satanás quiso ser
como el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, pero no podía; pues no
había sido creado por Dios, para ser como Jesucristo; es por eso que
Satanás odiaba a Adán, porque él si puede así como sus hijos e hijas
ser como Jesucristo. Y Satanás comenzó a pensar en su corazón errado,
por ejemplo, como exaltar su nombre angelical más alto que el nombre
glorioso y sumamente honrado del Hijo de Dios, el Árbol de la vida del
reino de los cielos y de toda la creación; y sólo pensaba en su
orgullo inflado, y en como derrotar a Jesucristo delante de los
ángeles.

Entonces cuando se rebelo en contra de nuestro Padre celestial y de su
Jesucristo, el Espíritu Santo lo abandono, y desde ese mismo instante
dejo de ser arcángel santo, perfecto y sabio y, por ende, se convirtió
en Satanás, el diablo malvado sin precedente, el cual todos conocemos
hoy en día, por ejemplo, por sus mentiras, traiciones y sus muchísimas
maldades. Aquí es cuando Lucifer no sólo deja de ser el arcángel
guardián de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, sino que se convirtió en el enemigo número uno de Dios y
de su vida santísima, y descendió a la tierra para seguir peleando en
contra del Espíritu de amor entre nuestro Padre celestial y su
¡Jesucristo!

Satanás descendió a la tierra con su inmenso celo orgulloso sumamente
inflado, sin duda alguna, convertido en ira en contra de nuestro Padre
celestial, para desacreditar en todo lo posible el Espíritu de amor,
el cual siempre ha unido a nuestro Padre celestial y a su Hijo en los
corazones de los ángeles del cielo, por ejemplo. Y posteriormente el
hombre fue creado en su imagen y conforme a su semejanza celestial,
para no sólo retomar el lugar santo del cielo al lado de nuestro Padre
celestial y de su Hijo amado, el cual Lucifer abandona en el día de su
pecado, sino para que viva, sumamente santo y perfecto, como nuestro
Señor Jesucristo en la eternidad venidera.

Es decir, que nuestro Padre celestial no sólo crea al hombre
primeramente y luego a la mujer para que ocupen el lugar santísimo, el
cual Lucifer y sus ángeles caídos abandonaron en el día de su rebelión
en contra de Dios y de su Hijo Santo, sino también para que vivan
santísimos como él mismo en el cielo y para siempre. Pues ésta es la
nueva vida infinita del nuevo reino celestial, el cual nuestro Padre
celestial junto con su Espíritu Santo y su Hijo amado soñaron siempre
crear para ellos y para sus huestes angelicales, vivir felices y en
perfecta armonía con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, comenzando con Israel, por supuesto.

E aquí cuando nuestro Padre celestial empezó a llenar de nuevos seres
vivientes de su nuevo reino celestial, La Nueva Jerusalén Colosal,
creados en su imagen y conforme a su semejanza celestial, para que
sean llenos del Espíritu Santísimo de amor y paz de entre él y de su
unigénito, nuestro Señor Jesucristo, en cada uno de sus corazones
infinitos. En la medida en que, sólo con ellos, hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, llenos de su Espíritu Santo de
amor entre él y su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, entonces
podría empezar libremente a vivir muy feliz en su nueva vida infinita
de sus huestes angelicales en La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del
cielo.

De otra manera, nuestro Padre celestial no podrá ser feliz con sus
ángeles ni menos con ningún hombre, mujer, niño ni niña de la
humanidad entera, si no son llenos de su Espíritu Santo de amor,
verdad y justicia infinita de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo,
¡el árbol de la vida eterna! Y nuestro Señor Jesucristo nació del
vientre virgen de una de las hijas de David, en Israel, para traer a
la humanidad entera el Espíritu limpio y sumamente santo para no sólo
cumplir con el Espíritu de los Diez Mandamientos, sino también para
entregarles del Espíritu Santo de él y de su Padre celestial que está
en los cielos.

Visto que, es la llenura del Espíritu Santo de Dios y de su Hijo
amado, el Hijo de David, el cual nos bendice grandemente hoy en día y
así también en la eternidad venidera, así como siempre bendice y sin
claudicar cada día a los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y
demás seres muy santos del nuevo reino inmortal, por ejemplo. Dado
que, nadie podrá jamás volver a nacer no sólo por medio del Espíritu
Santo y de su Jesucristo, sino que tampoco jamás entrara a vivir su
vida santa y gloriosa del nuevo reino de los cielos sin Él, sin el
Mesías, como con los ángeles, por ejemplo, en el paraíso o en La Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del cielo.

Entonces el Espíritu de Dios es muy importante en nuestras vidas de
cada día en el paraíso, en la tierra y así también en la nueva era
venidera de La Nueva Jerusalén celestial de nuestro Padre celestial y
de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Y nuestro Padre
celestial envía a su Jesucristo al mundo, para llenarnos grandemente
de su Espíritu Santo, así como llena de su Espíritu a sus ángeles
constantemente, para cambiar nuestras vidas de mejor a mayor, para que
no sólo volver a vivir nuestras vidas del paraíso, sino también para
vivir con él en su seno divino y celestial, como antes.

En la medida en que, desde el día que nuestro Padre celestial nos crea
en sus manos santas, desde entonces no cesa de desear grandemente
volvernos a ver en su corazón y en su alma santísima, pero siempre
llenos de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, ¡nuestro Señor
Jesucristo! Es más, nuestro Padre celestial desea mucho más que
nosotros mismos que volvamos ya a la vida santa y eterna del paraíso,
pero con la llenura de su Espíritu Santo y de su Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, para que ya no vivamos más engañados por el espíritu de
mentiras y de engaños crueles de Satanás y de su serpiente antigua.

A causa de que son las palabras mentirosas de Satanás y de la
serpiente antigua, las cuales primeramente Eva creyó y luego Adán
también, las que día y noche nos hacen mucho daño, alejándonos así
cada vez más, sin que nos demos cuenta, de nuestro Padre celestial y
de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y es aquí cuando Satanás
nos ataca sin piedad y enferma nuestros corazones, nuestros espíritus
y almas infinitas también, como él sólo lo sabe hacer así con sus
mentiras, artimañas y falsedades terribles del más allá, de la misma
manera que engaño y enfermo grandemente a Adán y a Eva en el paraíso,
por ejemplo.

Además, nuestro Padre celestial mismo nos ha dado poderes
sobrenaturales en el nombre bendito de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, para que ningún mal de Satanás nos haga ningún daño, como
se lo hizo a Adán en el paraíso y así también a casi todos sus
descendientes en la tierra y hasta en el día de hoy también, por
ejemplo. Por ello, desde el principio nuestro Padre celestial no ha
llamado a cada uno de nosotros, así como llamo a Adán y a Eva en el
paraíso, por ejemplo, ha creer en el corazón y confesar con los labios
el nombre poderoso de su Hijo amado, para perdón y para bendición
eterna de nuestras vidas terrenales, espirituales y celestiales.

Dado que, nuestro Padre celestial sólo nos puede bendecir cada día de
nuestras vidas por medio del Espíritu de fe, del nombre sagrado y
sumamente glorioso de su Hijo amado, el Hijo de David, ¡el Santo de
Dios! En verdad, fue por esta razón más que ninguna otra por la cual,
Adán y Eva dejaron de vivir sus vidas normales y celestiales en el
paraíso, porque nuestro Padre celestial ya no podía bendecir sus vidas
más, si Jesucristo no estaba instalado en sus corazones eternos, por
ejemplo.

Ya que, sin el Señor Jesucristo en el corazón del hombre, de la mujer,
del niño y de la niña de las familias de las naciones, entonces
nuestro Padre celestial no pude bendecirlos como él sólo sabe bendecir
a sus hijos e hijas en el cielo y en la tierra, y esto es con la
llenura de su Espíritu Santo, claro está. Porque nuestro Padre
celestial bendice cada día a sus ángeles infinitos del reino de los
cielos grandemente y sin medida alguna, porque están siempre llenos de
su Espíritu Santo; y sin la presencia de su Espíritu Santo nuestro
Padre celestial no los puede bendecir jamás a ninguno de ellos, en el
nombre sagrado de su Hijo, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Pues así también nuestro Padre celestial desea bendecirnos grandemente
a cada uno de todos nosotros, comenzando con Adán y Eva en el paraíso,
como a sus ángeles, por ejemplo, pero siempre y cuando si su Espíritu
Santo está en cada uno de nosotros, por los poderes extraordinarios
del nombre milagroso de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! De
otra manera, si su Espíritu Santo no está en nosotros, ha de ser
porque no hemos creído a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en
nuestros corazones, para que su corazón santísimo y así también las
ventanas del cielo se habrá para nosotros; en sentido opuesto, somos
infieles a él, como Satanás, para jamás vivir en bendición sino en
maldición.

Pero nuestro Padre celestial no quiere vernos vivir en la maldición,
es decir, vivir en el espíritu de error, de mentiras y de maldades sin
fin de Satanás y de sus ángeles caídos, sino que nuestro Padre
celestial desea vernos en el Espíritu Santo de su Hijo amado, nuestro
Señor Jesucristo, para que ninguna bendición nos falte jamás. Es por
eso que nuestro Padre celestial nos dio todo de su Hijo amado sin
escatimar nada, para que vivamos por el Espíritu de su verdad y de su
justicia infinita, con tan sólo creer en él y en su nombre santísimo
en nuestros corazones y así confesarle cada día de nuestras vidas por
su nombre santísimo y sumamente milagroso.

De otra manera, “no somos nada para nuestro Padre celestial sin su
Espíritu Santo”, pues estamos viviendo en el espíritu rebelde de Adán
y Eva, por ejemplo, desdichadamente, para mal eterno de nuestras vidas
de cada día por la tierra y así también en el más allá, eternamente y
para siempre. Pero si vivimos en el Espíritu Santo de amor, paz, gozo,
felicidad, santidad, verdad y de justicia infinita, entonces estamos
viviendo en el camino de las bendiciones sin fin de nuestro Padre
celestial y de su Árbol de la vida, el Hijo de David, nuestro
Jesucristo, para que todo nos vaya bien siempre en la tierra y en el
cielo también.

Y sólo así entonces vivamos la vida santa del cielo, la cual está
llena de bendiciones de su Espíritu Santo y de su Hijo amado;
bendiciones eternas las cuales bendicen con grandes milagros y
maravillas gloriosas nuestras vidas en la tierra y así también en la
nueva eternidad venidera del nuevo reino celestial. Es decir, también
que nuestro Padre celestial desea que vivamos siempre llenos de su
verdad y de su justicia infinita, las cuales sólo son posibles en
nuestros corazones al creer en su Hijo amado, como nuestro fruto de
vida y de salud eterna, para que nuestras almas vivientes con nuestros
espíritus y cuerpos humanos sean enriquecidas grandemente cada día.

Porque la verdad es que nuestro Padre celestial nos desea ver alegres
cada día de nuestras vidas y más no tristes y enfermos; es por eso que
él mismo ha ordenado bendiciones sin fin para cada uno de nosotros,
desde el comienzo de todas las cosas en el cielo, pero sólo por medio
de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Visto que, es su
verdad la que nos da vida cada día, por tanto, su palabra es la
verdad, la que nos hace libre no sólo de las mentiras de Satanás sino
también de cada una de sus artimañas, de las cuales Satanás tenga
preparada en contra de nosotros en nuestros días o para futuras
generaciones, por ejemplo.

Porque la verdad es también que la verdad y la justicia de Jesucristo
matan cada mentira y cada calumnia infame de Satanás y de sus
seguidores crueles en todos los tiempos y en todos los lugares de la
tierra; es por eso que tenemos que tener a Jesucristo en nuestros
corazones, antes hoy que mañana, tal como Dios manda. Y, además,
nuestro Padre celestial sólo piensa en su corazón santísimo en
librarnos de cada una de las mentiras malvadas de Satanás y de sus
gentes malvadas hoy mismo, si tan sólo le somos fieles y obedientes a
él, por medio del Espíritu de fe, de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador
Jesucristo!

Porque así como Satanás ataco a Eva y luego a Adán, sin duda, fue para
posteriormente atacarnos a cada uno de nosotros, en nuestros millares,
de todas las familias, razas, pueblos, tribus, linajes y reinos de la
tierra; es por eso que somos atacados por Satanás y por sus ángeles
caídos siempre, porque nuestros progenitores fueron atacados
primeramente y vencidos fatalmente. Y Satanás venció a Adán y a Eva,
porque el Señor Jesucristo no estaba en ninguno de ellos ni menos el
Espíritu Santo; es decir, que cuando nuestro Padre celestial los lleva
al pie del Árbol de la vida eterna, en el epicentro del paraíso, fue
realmente para que sean llenos de su Espíritu Santo juntos con sus
retoños.

Aquí, fue nuestro Padre celestial quien realmente le predica por vez
primera el evangelio de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, a Adán y a
cada uno de sus descendientes también, así como ha tocado tu vida
grandemente, hoy en día, por ejemplo; porque la primera predicación
del paraíso de Jesucristo a Adán y a sus hijos no ha terminado aún. Y
nuestro Padre celestial le hablo a Adán de su Árbol de la vida, su
Hijo amado, para llenarlo grandemente de su Espíritu Santo, para que
jamás sea vencido por Satanás en ninguna de sus artimañas infames, por
ejemplo.

Puesto que, sólo con la llenura de su Espíritu Santo, entonces Adán y
Eva iban a ser como sus querubines delante de Él y de sus huestes
angelicales en el reino celestial; por eso es que ambos tenían que
comer y beber del Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, para ser
así por fin sean llenos del Espíritu Santo infinitamente. De otra
manera, Adán, Eva y cada uno de sus descendientes no podían ser seres
vivientes o celestiales para vivir con Él y con su Árbol de la vida en
el paraíso ni menos en el nuevo reino de La Nueva Jerusalén Santa y
Gloriosa del cielo, en donde todo es vida, paz y salud infinita para
todos y para siempre.

Por ello, sin el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo viviendo en
nuestros corazones, entonces no podremos jamás escapar de las mentiras
y maldades terribles de Satanás ni de sus ángeles caídos, en la tierra
ni menos en la eternidad, eternamente y para siempre, sino que
seguiremos sufriendo sus maldades y tinieblas de siempre de Satanás y
de sus ángeles caídos. Y es precisamente esta la razón porque siempre
sufres, mi estimado hermano y mi estimada hermana, porque el Espíritu
Santo de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado no está instalado
en tu corazón ni menos en tu vida; por eso el espíritu de error entra
y sale libremente de tu corazón, para hacerte daño cada vez que quiera
Satanás.

Porque cada vez que sufres algún mal en tu corazón y en toda tu vida,
no es nuestro Padre celestial haciéndote algún daño en tu vida, él no
le hace mal a nadie, sino que es Satanás mismo obrando en el espíritu
de sus mentiras, las cuales Adán creyó en su corazón equivocado para
mal de cada día de muchos. Y nuestro Padre celestial desea hacerte
libre de la misma manera que deseo hacer libres inicialmente a Adán y
a Eva en el paraíso, si tan sólo creían en sus corazones y comían con
sus bocas de su fruto de vida y de riquezas infinitas de su Árbol de
la vida, ¡su Jesucristo Celestial!

Entonces si hoy mismo crees en tu corazón, en el llamado de nuestro
Padre celestial, de creer en su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como
tú único y suficiente salvador de tu alma infinita, por los poderes
sobrenaturales de su sangre resucitada en el Tercer Día, entonces has
vencido grandemente a Satanás infinitamente, es decir, que todas las
mentiras han muerto para ti. Y ésta vida sin mentiras es, en si, una
vida gloriosa, llena de la verdad y de la justicia infinita de su
Árbol de la vida, Jesucristo, de la misma manera que los ángeles la
disfrutan cada día delante de nuestro Padre celestial y de su Espíritu
Santo en el cielo y en la eternidad.

Es por eso que necesitamos oír de nuestro Padre celestial, pero sólo
por medio del Espíritu Sagrado de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
para que ya no muramos más en las manos crueles de nuestros enemigos,
sino que vivamos por siempre para nuestro Padre celestial y para su
vida santísima del nuevo reino venidero, ¡La Nueva Jerusalén Colosal
del cielo! En donde sólo la palabra verdadera, la cual está llena de
justicia infinita del Espíritu de amor de nuestro Padre celestial
hacia su Hijo amado y así también de su Hijo amado hacia su Padre
celestial, nuestro Creador divino, nos da paz, salud, y gozo infinito
de nuestros corazones para vivir para nuestro Creador y para su
Jesucristo continuamente.

Y, hoy en día, nuestro Señor Jesucristo te vuelve a decir, sin demora,
tal cual como les hablo a los antiguos: arrepiéntanse, porque el reino
de Dios se ha acercado a ustedes, para que ya no vivan más en las
mentiras de Satanás, sino para que crean en el Espíritu de la verdad y
la justicia de su nuevo reino celestial. Ahora, si crees a lo que
nuestro Padre celestial te está diciendo, a través de la palabra y de
la vida gloriosa de la sangre sacrificada de su Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, entonces ya no vivirás más en el espíritu de error de las
primeras mentiras de Satanás, las cuales creyó Adán para su mal y de
sus hijos también.

Desde hoy mismo puedes ser un hombre, una mujer, un niño o una niña
nueva para nuestro Padre celestial en la tierra y así también en el
paraíso, si le obedeces a él, por medio de su fruto de vida eterna,
¡nuestro Salvador Jesucristo!, para cumplir con él en toda su verdad y
en su justicia infinita. Y así las mentiras de Satanás, las cuales
atacan tu vida cada día, ya no estarán en ti más, como estuvieron en
Adán y así también en tu vida de siempre, como desde el día en que
naciste, por ejemplo; pues sólo en la verdad y la justicia de
Jesucristo has de ser grandemente libre de toda mentira y maldad
eterna.

Porque estas mentiras terribles del paraíso no sólo están para hacerle
mal a Adán y a Eva inicialmente sino también a ti, mi estimado hermano
y hermana, para destruir tu vida poco a poco y hasta que por fin
desaparezcas de la vida de toda la tierra y para siempre también en el
más allá, sin jamás ver el paraíso. Y son estas mentiras del paraíso,
las cuales no sólo están en ti cada día de tu vida por la tierra, sino
también son las que te hacen errar siempre para que caigas en algún
mal de Satanás y así perjudiques tu vida terriblemente en la tierra y
así también en la eternidad; Satanás es malo contigo, como siempre
indudablemente.

Pero si crees a nuestro Padre celestial, por todo lo que él mismo te
ha estado diciendo todos estos tiempos a través de la vida gloriosa de
su Hijo amado, el Hijo de David, entonces ya no seguirás sufriendo ni
una sola vez más los males del espíritu de mentira y de maldad de
Satanás en tu corazón, sino todo lo contrario. Pues ahora recibirás
las bendiciones del Espíritu Santo de Dios en tu mismo corazón
penitente, porque en este momento es nuestro Señor Jesucristo quien
mora en ti para hacerte sólo el bien cada día de tu vida por la tierra
y así también en el paraíso, eternamente y para siempre.

En otras palabras, cuando aceptas al Señor Jesucristo en tu corazón,
entonces estás rechazando tajantemente las mentiras con sus
enfermedades de Satanás, para que ningún mal del pasado vuelva a tocar
tu vida, como ha tocado la vida de muchos para hacerles males
terribles y hasta causarles la misma muerte también, de sus almas
eternas en la tierra, por ejemplo. Pues ahora habrás recibido el
Espíritu de la verdad y de la justicia infinita de nuestro Padre
celestial y de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, por lo tanto, ahora
estás caminando en un camino santo, lleno del Espíritu Santo de Dios,
para que sólo conozcas las grandes bondades infinitas de nuestro Padre
celestial y de su Hijo, nuestro Jesucristo, por ejemplo.

Realmente, has de estar caminando en un camino santísimo, el cual
Abraham e Isaac conocieron perfectamente y a tal grado también Jacob,
Moisés, Josué, David, Salomón y en fin todos los profetas y hombres,
mujeres, niños y niñas muy santos y fieles a nuestro Padre celestial y
a su Hijo amado, el Hijo de David, ¡nuestro Gran Rey Mesías de todos
los tiempos! Y en éste camino santísimo, de nuestro Padre celestial y
de su Gran Rey Mesías, está lleno de milagros, sanidades, maravillas y
prodigios increíbles al instante en los cielos y en la tierra de su
nombre santísimo viviendo ya en tu corazón y confesado con tus labios
también, el nombre de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

En verdad, en éste camino santísimo de nuestro Padre celestial y de su
Jesucristo, el cual los antiguos conocieron perfectamente en sus
vidas, como los que escaparon de Egipto y así muchos más, hoy en día,
es el que llenara de bendiciones sobrenaturales no sólo tu vida sino
también la vida de muchos, empezando con tu casa y amistades, por
ejemplo. En éste camino muy santo de nuestro Padre celestial y de su
Árbol de la vida eterna ya no es camino de muerte y de tinieblas del
más allá, sino un camino santo, justo y glorioso, lleno de la vida
santísima de su Espíritu Santo, para que sólo conozcas el bien de cada
día y jamás el mal del pasado.

En éste camino glorioso del cielo, el cual nuestro Padre celestial te
ha confiado a ti, por amor a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo,
no sólo ha cubierto tus pecados con su sangre santísima sino que
también está lleno de ricas victorias y bendiciones de paz, amor y
alegrías sin fin, para tu corazón y para tu alma infinita. Visto que,
fue en éste camino santísimo, en donde nuestro Señor Jesucristo
derrota a Satanás grandemente y muchas veces, como por ejemplo, cuando
lo llevo a lo alto del templo de Jerusalén y le dijo, si eres el Hijo
de Dios échate abajo, porque Dios mismo enviara a sus ángeles para que
protejan tus pies y no tropieces con ninguna piedra.

Y nuestro Señor Jesucristo le contesta a Satanás, asegurándole, que
escrito está, no tentaras al Señor tu Dios. (Aquí, nuestro Señor
Jesucristo le declara abiertamente a Satanás y a cada uno de sus
seguidores también, para decirle que Él es Dios; en otras palabras,
nuestro Señor Jesucristo le decía a Satanás, que escrito está, no
tentaras al Señor tu Dios en ninguna de tus cosas, hablando así de si
mismo para Israel y las naciones, por ejemplo.)

Luego, Satanás, no queriendo ser vencido por el Señor Jesucristo,
entonces insistió una vez más en contra de él y lo llevo a lo alto de
un monte, para decirle sagazmente y engañosamente, vez toda la gloria
de las naciones de la tierra, pues, son mías. A mí me lo han sido
dadas todas ellas, hoy mismo yo te las daré a ti, si postrado me
adorares así como todos mis servidores se postran ante mí y me sirven
siempre en toda la tierra, como muy bien tú mismo puedes ver, porque
no te conocen a ti ni a Dios, Creador del cielo y la tierra.

Entonces nuestro Señor Jesucristo le dijo a Satanás, vete de mí, a tu
Dios y Señor sólo adoraras y servirás todos los días de tu vida. (Aquí
también nuestro Señor Jesucristo se manifestó una vez más como el Dios
Todopoderoso a Satanás y a cada uno de sus seguidores también, para
que sólo a él le sirvan y le amen infinitamente y por siempre, sin
jamás tentarlo o ponerlo a prueba en nada las cosas del hombre y de
este mundo pecador de siempre, por ejemplo.)

Es más, cuando Satanás se alejo de nuestro Señor Jesucristo, derrotado
por el poder del Espíritu Santo de su palabra, llena de verdad y de
justicia infinita, entonces los ángeles descendieron del cielo para
ministrarle a él, como su Dios y Señor de toda la vida celestial; es
decir, que los ángeles le servían y le adoraban como el Dios
Todopoderoso. Entonces cuando nuestro Señor Jesucristo le hablaba a
Israel, en verdad, le estaba hablando como el Hijo de David, la
promesa del Gran Rey Mesías de todos los tiempos, para empezar su
nuevo reino sempiterno, el cual nuestro Padre celestial le prometió
entregar fielmente a David y a sus pueblos eternos también, por
ejemplo.

Es decir, también, que nuestro Señor Jesucristo es el reino de los
cielos para los ángeles de nuestro Padre celestial en el cielo, pues,
así también él es el reino de los cielos para Adán y para cada uno de
sus descendientes, comenzando con Eva, sin duda alguna, y hasta tocar
tu misma vida hoy en día, por ejemplo, mi hermano. En otras palabras,
cuando el Señor Jesucristo le hablaba a Israel y a cada una de sus
familias, así como le ha estado hablando a cada uno de ellos en todos
los lugares de la tierra, por medio de su palabra y de su Ley
Santísima, en verdad, les estaba diciendo claramente, yo soy el nuevo
reino de Dios.

Aquí nuestro Señor Jesucristo se manifestó como la luz celestial, la
cual alumbra a toda vida del reino de los ángeles, para alumbrar
gloriosamente sobre todo Israel, el cual estaba viviendo entre
penumbras y tinieblas de mentiras y de engaños terribles de Satanás y
de gente de gran maldad, como sus enemigos escondidos de siempre, por
ejemplo, como el diablo. Y el Señor Jesucristo les decía a los
hebreos, por ejemplo: Yo soy la vida santísima de La Nueva Jerusalén
Santa y Gloriosa del nuevo reino de Dios y de sus huestes angelicales
hoy en día en la tierra y así también en la nueva era venidera de
nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, eternamente y para
siempre.

Y las gentes, gentiles y hebreas, le creían al Señor Jesucristo por
igual, palabra por palabra, especialmente cuando les hablaba así, como
el mismo nuevo reino celestial de Dios en la tierra y en el cielo
también, por ejemplo, porque no solamente les manifestaba las
grandezas de nuestro Padre celestial, sino mucho más aún. Y esto es
que realmente también les manifestaba grandes señales en los cielos y
en la tierra, para que las gentes se curaran de males mortales y así
comenzasen a ver con sus ojos humanos, en vez de tinieblas, pues
entonces vean la luz de sus nuevas vidas eternas del paraíso, él
mismo, el Hijo de David, ¡el Árbol de la vida!

Los pueblos de la antigüedad, las cuales vivían ciegos entre las
penumbras y tinieblas de las mentiras y engaños terribles de Satanás,
pues, vieron la luz de la vida eterna del paraíso, el Hijo de la
promesa eterna, cumplida cabalmente para ellos infinitamente, ¡nuestro
Señor Jesucristo!, para perdonarlos, sanarlos, bendecirlos y salvarlos
del fuego eterno del infierno del más allá. Y, hoy en día, nuestro
Señor Jesucristo te afirma lo mismo que les dijo a los antiguos, por
ejemplo, al decirles, yo soy la luz del mundo y de tu nueva vida
eterna de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, cree en mí y
vivirás eternamente y para siempre.

Es decir, que nuestro Señor Jesucristo te dice abiertamente, una vez
más como en la antigüedad con Israel, ¡Yo soy el nuevo reino de los
cielos para los ángeles y así también para Israel y para las naciones
de toda la tierra! Y, en esta misma hora, nuestro Padre celestial te
pide que le creas a Él, así como se lo pidió inicialmente en el
paraíso a Adán y Eva, y sólo por medio del Espíritu de la vida y de la
sangre sacrificada y resucitada de su Hijo en el Tercer Día, para
perdón y para salvación infinita de tu alma viviente. ¡Amén!


Carta del cielo:


EL HOMBRE SIN JESUCRISTO ES UN IMPÍO:

Los impíos delante de nuestro Padre celestial son peores que Satanás,
por inicio espiritual: puesto que, «no conocen el camino de la paz, ni
hay justicia en sus palabras ni menos en sus senderos» por toda la
tierra; pues ven tinieblas en vez de luz cada día. Sus senderos son
torcidos como sus pensamientos negativos, como de los malos del mismo
infierno del más allá; cualquiera que vaya por ellos no conocerá la
paz jamás sino sólo maldad tras maldad hasta no poder más, pues es el
camino del espíritu del error de Satanás y de sus ángeles caídos, sin
duda, para maldición y muerte eterna.

Por esta razón, el derecho se ha alejado de todos ellos sin que se den
cuenta de nada, y no han alcanzado la justicia tampoco para mal de sus
vidas y la de los suyos, también; pues la justicia para ellos es como
algo tan extraño como la estrella más distante de la inmensidad. Pues
esperan por la luz, y la luz se aleja de ellos para seguir viendo como
siempre sólo tinieblas en cada paso que dan hacia delante en sus vidas
de cada día, en todos los lugares de la tierra.

Esperan resplandor como si amaran la verdad y la justicia de Dios y de
su Jesucristo, engañándose a sí mismos neciamente y, a la vez, andan
cada vez más hundidos en oscuridades más profundas que las de antes,
como las de sus antepasados, por ejemplo, y le echan la culpa por ello
a los que se les acercan ingenuamente. El error está con ellos como a
su diestra, como a la vista, y no se dan cuenta de nada, pues, los
ciegan sus propias maldades, como en las que confían para salirse con
las suyas siempre, como si no hubiera un juez en el cielo; pecan
cínicamente e impunes son delante de la Ley; son impíos crueles.

Los corazones humanos sin Jesucristo son impíos invisibles debajo del
sol cada día, para desdicha de muchos. Es más, Satanás es quien los
aconseja cada día con sus mentiras de siempre, y los guía camino hacia
la maldad, por lo tanto, reciben a la mentira antes que a la verdad,
como si fuera pan caliente en sus bocas para devorarlas con gusto en
sus paladares, engordando así sus corazones ya hundidos cada vez más
en tinieblas mortales. Y nuestro Padre celestial que está en los
cielos se dice a sí mismo delante de sus ángeles santos, quien diera
que todos ellos conociesen a mi Hijo amado, el Santo de Israel, para
que sólo caminen en su verdad y en su justicia infinita diariamente,
para que la tierra sea luz en vez de tinieblas en todas partes.

Es por eso que todo les sale siempre mal a los impíos, aunque se digan
a sí mismos que todo va bien, como a correr de maquina, no importando
jamás que sea lo que estén haciendo en sus vidas, para mal de los
demás desafortunadamente. Y nuestro Padre celestial que está en los
cielos que es juez justo y así también en la tierra, pues envía sus
lluvias y demás bendiciones sobre los justos, para que el impío vea
que hay un Dios Todopoderoso para bendecir a los buenos y a los malos,
por amor a la vida santa de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Nuestro Padre celestial es fiel al justo, a pesar de la presencia
terrible de cada día del impío.

El honrar el Espíritu de Los Diez Mandamientos está muy lejos de los
impíos, tan lejos como el mismo más allá, e inalcanzable para sus
corazones perdidos en sus propias tinieblas, las cuales se las han
inventado para ellos mismos para mal eterno; no saben que con decir la
verdad cada vez, cumplen con el Espíritu de la Ley angelical. Cada
pensamiento de su corazón es para mal de algún desdichado, rompiendo y
humillando así los mandatos y decretos de nuestro Padre celestial,
para robar, matar y destruir su vida y la de los suyos también; aún en
nuestros días, el Espíritu de Los Diez Mandamientos abandona al impío
en sus tinieblas, por falta del Rey Mesías en su corazón.

Visto que, nuestro Padre celestial es amor, como el mismo Espíritu
Santísimo de Los Diez Mandamientos, por ejemplo; por ello, nuestro
Dios no contenderá con el impío siempre, puesto que él es un malvado,
un pecador empedernido, y nuestro Dios es un Dios Santo y sumamente
justo para con todos, sean quienes sean todos ellos, en toda la
tierra. En realidad, nuestro Padre celestial está airado todos los
días en contra del impío y de sus pensamientos torcidos, pues sólo
piensa en su mal y en el mal de los demás también, como Satanás, por
ejemplo, el cual no ama el Espíritu de Los Diez Mandamientos por
ninguna razón, porque su corazón está empapado de nuevas tinieblas
terribles e infernales.

Pues nuestro Padre celestial se enoja aún mucho más en contra del
impío para destruirlo por completo, por ejemplo, especialmente cuando
piensa que nadie juzgara sus malos pensamientos y sus palabras juntos
con sus malas obras; pues se dice a sí mismo jamás seré juzgado, por
mis malos actos, burlándose así neciamente del Espíritu de su palabra
santísima. El impío va por la tierra paso a paso a su perdición total
en el fuego eterno del infierno, como si nuestro Dios mismo hubiese
trazado sus pasos errados, sin ser así jamás para con nadie ni aún
para con los ángeles caídos, por ejemplo, por culpa de sus malos
pensamientos y por sus palabras torcidas en contra de su prójimo. El
impío se destruye a sí mismo, se hunde en su propia maldad siempre.

En verdad, nuestro Padre celestial no es quien envía al impío ni a
nadie al infierno, como Satanás o como sus ángeles caídos, por
ejemplo, el pecador así como el falso cae en su desgracia eterna
porque no cree en su Jesucristo, como Adán y Eva debieron haber creído
y comido de su fruto de vida en el paraíso primitivamente. El que no
coma del fruto de vida eterna de su Jesucristo, el Árbol de la vida
del cielo, nuestro Padre celestial no lo perdona, sea quien sea, sea
ángel del cielo u hombre santo como Adán o mujer santa como Eva del
paraíso. Sin Jesucristo en sus corazones, todos son pecadores, viles
impíos, culpables de sus pecados, como ya en el infierno, aunque vivan
aún sus vidas normales en la tierra o en el mismo paraíso, por
ejemplo, como Adán y Eva.

Pues como dice la Escritura abiertamente, desde la antigüedad y hasta
nuestros días, por ejemplo, el que traiciona a su prójimo, en
realidad, está traicionando al SEÑOR del cielo y de la tierra, a su
Hacedor, para mal de su vida en la tierra y para muerte eterna en el
infierno y en el lago de fuego. Así pues, el que no come de la carne
del Árbol de la vida, ni bebe de su fuente de agua para vida y salud
eterna, para nuestro Padre celestial y así también para su Espíritu
Santo y sus ángeles del cielo, muere; muere como Adán y Eva o como
cualquier otro impío o impía en todos los lugares de la tierra.

En cuanto, el que no sacia su hambre de la carne del Árbol de la vida,
ni bebe de su agua de salud eterna, en si, no sólo traiciona a su Dios
y Fundador de su vida, sino también se traiciona a si mismo y a los
suyos también, no importando lo numeroso o todo lo grande que sean
todos ellos. Es decir, que si no has comido aún de las manos de
nuestro Señor Jesucristo, como los apóstoles comieron de Él en la
cena / comida del SEÑOR, entonces eres un traicionero como Judas en
contra de Él y de su verdad y de su justicia, para salud y vida eterna
de tu alma viviente, de ahora en adelante y hasta siempre.

Por lo tanto, el que no ama el camino de la verdad y de la justicia
infinita de la nueva vida eterna de nuestro Padre celestial y de su
Espíritu Santo, en realidad traiciona a su Hijo amado, al Santo de
Israel y de las naciones del mundo entero (del pasado y de siempre),
¡a nuestro Salvador Jesucristo! Y para nuestro Padre celestial no hay
mayor traición hacia él y su verdad santísima y salvadora para
perdonar y redimir el alma viviente de cada hombre, mujer, niño y niña
de la humanidad entera, que no sea el rechazar el Espíritu de la vida
y de la sangre resucitada en el tercer día de su Hijo amado, ¡nuestro
Señor Jesucristo!

Pues esto si es traición terrible para maldición en la tierra y para
muerte eterna de su alma viviente en el fuego eterno del infierno para
todo ofensor, sea quien sea la persona en la tierra y hasta en el
mismo paraíso de hoy en día, por ejemplo. Puesto que, para nuestro
Padre celestial, el que abandona su Espíritu de amor entre él y su
Hijo amado, en verdad, abandona toda verdad y justicia celestial para
perdón y para salud eterna de su corazón y de su alma viviente, en
esta vida y en la venidera también, eternamente y para siempre.

Es por eso que nuestro Padre celestial llama día y noche a todo
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra, para que se acerquen a él,
cuanto antes mejor, para que reciban de su verdad y de su justicia
infinita, y vivan felices y sin miedo alguno al mal. Nuestro Padre
celestial es bueno, mucho mejor que la leche y la miel en nuestro
paladar; él nos ama grandemente a cada uno de nosotros, así como
siempre amo a través de los tiempos a su árbol de la vida, a su Hijo
amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Además, esto ha de ser así en cada uno de ellos, hoy en día, así como
lo fue en la antigüedad con sus siervos fieles a él y a su nombre
santísimo, por ejemplo, con tan sólo invocarle a Él, como el Dios
soberano de sus almas vivientes, en el nombre sagrado de su Hijo
unigénito, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque nuestro Señor Jesucristo
les decía a los antiguos hebreos, por ejemplo, con gran urgencia en su
corazón, yo vengo en el nombre de mi Padre celestial y no me honran,
como deberían hacerlo con mucho amor en sus corazones; pero si alguien
viniere en su nombre o en el nombre de otra persona, a ese si lo
aceptan.

Como es normal, nuestro Padre celestial deseaba bendecirlos
grandemente y como nunca antes también, como cuando en Egipto o en su
desierto camino a la nueva vida eterna, por ejemplo, y no se dejaron
de él, porque no aceptaban al Señor Jesucristo en sus corazones, como
a Moisés o como el Salvador de Israel y de la humanidad entera. E
invenciblemente, esto fue la puerta abierta, la cual por error humano
y más no por decisión divina, la que se abrió para que Satanás y los
suyos entraran en sus vidas e hicieran todo lo que quisieran,
destruyendo así con mentiras vidas preciosas para nuestro Padre
celestial y para su Hijo amado, ¡el Árbol de la vida de Israel!

Y, por tanto, otra salvación tan grande como ésta, Israel no la vera
jamás, por más que la busque en otros lugares entre ellos mismo o
fuera, por ejemplo. Dado que, con arreglo a la Escritura, es sumamente
imposible que otro descienda del cielo, como Jesucristo lo hizo, por
ejemplo, como el Hijo de Dios, como el Árbol de la vida, como el
Cordero inmolado, como el sumo sacerdote, para limpiar a Israel y a
las naciones de todos sus pecados, satisfaciendo así infinitamente
toda verdad y justicia celestial. Hoy en día, nuestro Padre celestial
espera que lo invoquemos a Él, sólo en el nombre milagroso de su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, porque sólo en él hay verdad,
justicia para sanidad, salud y vida eterna, llena de paz, riqueza,
alegría y gozo para cualquier corazón humano de seguir gozando
infinitamente de todas sus bendiciones infinitas, sin duda alguna.

Ya que, nuestro Padre celestial no sólo ordena perdón para nuestras
almas infinitas desde mucho antes de la fundación del mundo, sino
también sanidad, salud y bendiciones sin fin para nuestros corazones y
para cada día de nuestras vidas en toda la tierra y así también en el
paraíso y en La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo. Por lo
tanto, el hombre y la mujer sin el Espíritu de amor de nuestro Señor
Jesucristo hacia su Padre celestial, entonces jamás podrán ser llenos
del Espíritu Santo de Dios, sino que han de seguir viviendo en sus
espíritus humanos, para ser por siempre endebles y vulnerable ante las
mentiras y los ataques crueles de Satanás en sus vidas.

Después de haber rechazado al Señor Jesucristo, como su fruto de vida
y de salud eterna, entonces Adán y Eva empezaron a sentir y a vivir, a
la vez, lo que es realmente vivir sin Dios a sus lados, como antes,
como cuando fueron creados en sus manos santas, por ejemplo, en su
imagen y conforme a su semejanza celestial. Y esto resulto ser la
ausencia de Dios y de su Jesucristo en sus vidas, la falta del
espíritu de paz; ambos, sólo habían conocido paz y la alegría de las
cosas en el paraíso hasta que, por engaño de Satanás, rechazaron en
sus vidas al dador de la vida, el Árbol de la vida eterna, ¡nuestro
Salvador Jesucristo! En éste día fatídico para Adán y Eva, pues, se
quedaron sin verdad y sin justicia en sus corazones, para vivir por
siempre sus vidas santificadas y justificadas delante de nuestro Padre
celestial y de su Espíritu Santo en el cielo; es más, se volvieron
impíos, desdichadamente para nosotros, sus retoños, de hoy y siempre.

Esto fue el principio de la maldición y la muerte humana en los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, pero sólo de
los que no le creen a nuestro Padre celestial por medio del Espíritu
de la vida y de la sangre resucitada en el tercer día de su Hijo, el
Hijo de David, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Aquí fue cuando Adán y
Eva también empezaron a morir, en cada momento que vivan en el paraíso
sin Jesucristo en sus corazones, algo muy extraño para ellos; puesto
que nuestro Padre celestial no los crea en sus manos santas para que
mueran, sino para que vivan como su Hijo, como su árbol de la vida,
¡nuestro Salvador Jesucristo!

Aquí también Adán y Eva empezaron a entender lo que es vivir con Dios
y, a la vez, lo que es vivir lejos de él, porque el Espíritu de la
sangre santísima, la cual fue inmolada para la eternidad, no estaba en
su lugar idóneo en ellos, como en sus corazones, para mal de sus vidas
y de sus ascendientes. En este día fatídico para Adán y para su linaje
humano entero, sin duda alguna, perdió la gran oportunidad de caminar,
por vez primera, por el sendero celestial del amor, la paz, la verdad,
la justicia, el perdón y la felicidad infinita, de conocer al dador de
sus vidas eternas, su insuperable Dios y Creador de sus vidas,
¡nuestro Padre celestial!

Y lo único que Adán y Eva tenían que hacer en sus corazones y con sus
labios, pues, era simplemente, como hoy en día en todos los lugares de
la tierra, comer del fruto del árbol de la vida eterna, el cual estaba
esperando por ellos desde la eternidad, por mandato de Dios, en el
epicentro del paraíso. Porque el Árbol de la vida, el Hijo de David,
es el corazón del corazón de nuestro Padre celestial y de su Espíritu
Santo y así también de cada uno de sus ángeles, pues, así también debe
de ser con Adán y cada uno de sus retoños, comenzando con Eva, por
ejemplo; Jesucristo, el corazón vivo dentro de tu corazón eterno.

Para que, de esta manera, ambos y así también sus hijos e hijas, en
sus millares incontables, pues, empezasen a ser llenos de su Espíritu
Santo con el fin de vivir una vida santa y sumamente gloriosa, llena
del Espíritu de amor, la paz, la verdad, la justicia celestial de Dios
y de su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo! En este día terrible
para nuestro Padre celestial y así también para la humanidad entera,
Adán no sólo le falla a la verdad, a la justicia, a la santidad de
nuestro Dios y de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, sino también a
cada uno de sus hijos e hijas de todas las familias, razas, pueblos y
reinos de la tierra.

Es decir, que en este día, cuando Adán y Eva dejaron de comer del
fruto del Árbol de la vida y de beber de sus fuentes de agua
saludables, entonces rechazaron la gran bendición de caminar con Él
cada día de sus vidas en el paraíso y en la tierra también, para mal
de sus hijos e hijas en la eternidad. Aquí, una vez más, como en el
día de la rebelión angelical, el paraíso y así también el reino de los
cielos cambiaron drásticamente, no porque nuestro Padre celestial lo
quiso así, sino porque Satanás nuevamente ambicionó adueñarse para
siempre de los que nunca pudo ser de él legítimamente.

En este día, en vez de Adán y Eva renacer en el Espíritu Santo de amor
y paz de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, entonces
volvieron a nacer en el espíritu de error de Satanás y de la serpiente
antigua, por ejemplo, para maldición y muerte eterna de ellos y de sus
hijos e hijas, para siempre. Es por esta razón que el mal nos toca a
nosotros en todos los lugares de la tierra, de una manera u otra, por
falta de la bendición de Jesucristo en nuestros corazones y en cada
día de nuestras vidas, desdichadamente. Y, desde entonces acá, cada
hombre como Adán y así también cada mujer como Eva, caminan juntos
perdidos entre las penumbras mortales de Satanás y de la serpiente
antigua en la tierra y en el más allá también, sino aceptan al Señor
Jesucristo en sus vidas como su único y suficiente salvador, en un
instante de fe y oración.

A causa de que, es la oración hecha a nuestro Padre celestial, en el
nombre sagrado de su Hijo amado, como el fruto del Árbol de la vida en
nuestros corazones, lo que realmente nos limpia de todo pecado y nos
hace volver a nacer de nuestro primer Espíritu de vida y de salud
celestial, ¡el Espíritu Santo de Dios! Y sin el Espíritu Inviolable de
nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo,
entonces estamos impuros, como manchados por el pecado de las mentiras
y maldades crueles de Satanás y de la serpiente antigua, para vivir
cada día en maldición y hasta que la muerte nos trague en sus fauces
del polvo de la muerte, por ejemplo.

Es por eso que el hombre es un impío delante de nuestro Padre
celestial y de sus huestes angelicales por inicio, porque su Espíritu
Santo no está en él, sino el espíritu de error y de las mentiras de
Satanás, para vivir cada día de su vida humana siempre tropezando con
los errores y mentiras del mal del bajo mundo. El impío busca la paz,
como si la mereciera, y no la encuentra, ni la encontrara jamás en sus
errores ni en sus mentiras de siempre, porque la verdad y la justicia
celestial de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, el Hijo de
David, están muy lejos de él y de su corazón perdido y sumamente
engañoso.

No hay paz para el impío, dice la Escritura explícitamente, en la
tierra ni menos en el más allá, como en el mundo de las almas perdidas
en sus tinieblas de no haber honrado en sus corazones jamás el nombre
santísimo del Hijo de Dios, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Sus senderos
son tinieblas tras tinieblas camino hacia la eternidad de las
penumbras mortales, donde el gusano no sacia nunca de morder y de
comer su carne pecadora y su alma perdida sin el Espíritu de paz,
amor, verdad y justicia infinita de nuestro Padre celestial y de su
Hijo Jesucristo.

Cualquiera que camina con el impío se pierde también entre sus
profundas tinieblas de maldición y de muerte eterna, para
posteriormente ser lanzado por los ángeles santos del cielo al lago de
fuego eterno del más allá, en donde su alma perdida volverá a morir
pero esta vez para siempre, es su segunda muerte infinita. Puesto que,
el que oye al impío morirá también, su misma muerte cruel del más
allá. Y para esta muerte del lago de fuego ya no hay resurrección
alguna, sino sólo destrucción eterna, para jamás volver a ver ni menos
gozar la vida santa y gloriosa de nuestro Padre celestial y de su
Árbol de la vida, su Gran Rey Mesías de todos los tiempos, ¡el Hijo de
David!

Visto que, sólo el Hijo de David nació santo y libre de pecado del
vientre virgen de la hija de David, de la tribu de Judá, en Israel,
para cumplimiento santo y glorioso del Espíritu de Los Diez
Mandamientos y así ponerle fin al pecado y al ángel de la muerte
también, en la tierra y en la eternidad. Es decir, que el Hijo de
David es todo lo contrario del impío, de hoy en día y de siempre de
toda la tierra, para hacer todo lo que le agrada a nuestro Padre
celestial y a su Espíritu Santo día a día como los ángeles del cielo,
por ejemplo, cumpliendo cabalmente así toda verdad y justicia divina.

Y, de hecho, esto es de cumplir puntualmente con el Espíritu Santo de
Los Diez Mandamientos, algo que el hombre y la mujer de toda la
tierra, comenzando con Moisés quien la recibió inicialmente, jamás la
cumplieron, y así a la postré, derramar su sangre santa sobre el monte
santo de Jerusalén, en Israel, para fin de la vida incrédula/impía.
Para que, de esta manera, sólo la vida santa y gloriosa, vivida ya por
el Señor Jesucristo, como el Santo de Dios, como el Cordero de Dios,
como el Hijo de David, brille sublime en el corazón eterno del hombre,
la mujer, el niño y la niña de la humanidad entera, empezando con Adán
y Eva, por ejemplo, desde el paraíso.

Puesto que, cada alma del hombre y de la mujer debe de brillar
totalmente santa y libre de todo mal de la mentira y de las calumnias
de Satanás, delante de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo,
hoy y siempre en la eternidad venidera, ¡gracias a la sangre santísima
del pacto eterno para con nosotros, de nuestro Señor Jesucristo! Pero
el impío no ve nada de esto con sus ojos, ni lo entiende en su
corazón, porque está terminantemente perdido en sus tinieblas de
siempre, la paz de Dios y de su Jesucristo, la cual viene a nosotros
cada día por los poderes sublime de su Espíritu Santo, para
bendecirnos cada vez más que antes, pues está lejos de él.

El impío es ciego, y va camino a la muerte eterna; el ángel de la
muerte conoce su nombre y espera por él con gran paciencia, porque
tarde o temprano, sino se arrepiente de su maldad de no recibir a
Jesucristo en su corazón, como su salvador personal o como su sumo
sacerdote, entonces caerá en sus garras mortales del infierno. Y el
que cae en el mundo del ángel de la muerte, entonces viene a ser parte
de él y de su vida perdida, la cual está llena de mentiras, calumnias,
maldades, blasfemias increíbles, dichas en contra de Dios y de su
Hijo, y así también la culpa de la muerte de muchos inocentes de toda
la vida está en él.

Ciertamente, el que muere y cae en las manos del ángel de la muerte,
en si, viene a ser muerte eterna como él mismo o como Satanás de todos
los tiempos del más allá, por ejemplo, para jamás volver a ver la luz
de la vida, llena de justicia y de verdad infinita, sino la perdición
eterna del lago de fuego. Y nuestro Padre celestial no crea al hombre
y a la mujer para que lleguen a ser parte del ángel de la muerte, uno
de sus peores enemigos, porque nuestro Dios ama la vida de cada ser
viviente, de la misma manera como siempre amo la vida sagrada de su
Árbol de la vida, excepto la vida mentirosa de Satanás.

Entonces como nuestro Padre celestial sabe perfectamente en su corazón
santísimo que éste mal terrible del hombre viene a él inevitablemente,
sino lo ayuda pronto, como perdonándolo y bendiciendo su vida terrenal
y espiritual grandemente, pues ha de morir en sus mentiras y maldades
eternas para jamás volver a ver la vida del paraíso, por la cual lo
crea inicialmente. Ahora, para salvarlo de su mal terrible, de llegar
a ser parte del ángel de la muerte y de Satanás no sólo en la tierra
sino también en el infierno para siempre, pues le dio todo lo que le
podía darle a él, su misma vida, y ésta vida es la vida santa de su
Árbol de la vida, ¡su Jesucristo! Históricamente, nuestro Padre
celestial no ama al vaticano por su tradición impía, injusta,
mentirosa y manchada de sangre inocente, en vez, nuestro Dios ama a
Israel, como de costumbre, como en la antigüedad, y, hoy en día,
quizás más que nunca a las naciones, ¡gracias a los poderes sublimes
del Espíritu de la sangre resucitada de nuestro Salvador Jesucristo!

Esto si es amor eterno de parte de nuestro Padre celestial, para
darnos no sólo de su Espíritu Santo en gran medida, como desde los
primeros días de la creación del cielo y de la tierra (génesis 1:2),
por ejemplo, sino que también nos entrega la sangre y con su vida
sumamente santísima de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Para
que, de este modo, el hombre y la mujer, mientras vivan en la tierra o
partan hacia el más allá en su día señalado por nuestro Padre
celestial, pues entonces vengan a ser perfectos como su Árbol de la
vida, su Hijo amado, llenos de su vida santísima y sin igual del
cielo, eternamente y para siempre.

Es decir, que el hombre y la mujer están destinados, por mandato de
Dios, ha ser como su Hijo, ni más ni menos, tal cual como él siempre
ha sido delante de Él y de sus huestes angelicales a través de los
tiempos y hasta nuestros días, para adorar y para servirle a él
fielmente, sólo en su nombre todopoderoso. Por tanto, el hombre que
nuestro Padre celestial crea inicialmente en la imagen y conforme a la
semejanza divina de su Mesías celestial, su unigénito o el Hijo de
David, fue para que sea igual que Él mismo, hoy y por los siglos de
los siglos, para que toda verdad y justicia se cumpla grandemente
delante de él en la eternidad.

Es por eso que cuando recibimos al Señor Jesucristo, creyendo en
nuestros corazones y confesando con nuestros labios su nombre
angelical y salvador, pues entonces volvemos a nacer no de Adán como
cuando peca en el paraíso, sino del Espíritu Santo para vivir sólo en
el mundo de la obediencia infinita a la verdad y la justicia celestial
de la Ley. En otras palabras, con Adán, porque peca, volvimos a nacer
no del Espíritu Santo como cuando nuestro Padre nos formaba en sus
manos, en el mismo día que formaba a cada hombre, mujer, niño y niña
en la vida de Adán o como Eva, por ejemplo, sino que volvimos a nacer
del espíritu de error de Satanás y de la serpiente antigua.

Pero con el Señor Jesucristo, al comer de su verdad y de su justicia
infinita, en un momento de fe y de oración delante de nuestro Padre
celestial, pues entonces volvemos a nacer de nuestro primer Espíritu
creador, el Espíritu de Dios y de su Jesucristo, para jamás volver a
pecar delante de Él, sino vivir infinitamente felices en la eternidad.
Somos sólo felices en Jesucristo en la tierra, en el paraíso y en La
Nueva Jerusalén celestial del cielo, para siempre. Porque éste es el
Espíritu de Dios, el cual en si, nos dio vida inicialmente en el
paraíso, en la imagen y conforme a la semejanza celestial de nuestro
Padre celestial, para vivir sólo con Él y así entonces comer y beber
por siempre de su Árbol de la vida eterna, su Hijo amado, ¡nuestro
Salvador Jesucristo!

Es decir, también que cada impío o cada impía, cuando acepta al Señor
Jesucristo en su corazón, como su Cordero celestial, como su sumo
sacerdote, de parte de nuestro Padre celestial para perdonar sus
pecados y darle vida y salud en abundancia, entonces deja de vivir
para el espíritu de Adán y sólo vive para el Espíritu de Dios
infinitamente. Porque la presencia del Espíritu Santo en la vida de
cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, es,
verdaderamente, la presencia de nuestro Padre celestial y de su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, tal cual como debió de ser en el
comienzo de la vida de Adán y Eva en el paraíso, si Satanás no les
miente, por ejemplo.

Pero como Satanás le mintió por medio de su serpiente antigua del Edén
a Eva para posteriormente manchar no sólo su vida celeste sino también
de cada uno de sus retoños, como toca tu vida el pecado hoy en día,
pues entonces vivimos cada día de nuestras vidas como Adán, pecando
siempre cada vez más en total ignorancia de Jesucristo. Empero, aunque
esto es verdad, si nosotros mismos y aún hasta los impíos más
terribles y pecadores que Satanás se arrepienten de sus mentiras y
maldades, entonces el espíritu de Adán se va de ellos, o sea el
espíritu de error muere, para volver a nacer de nuestro primer
Espíritu humano, y éste Espíritu es el Espíritu de Dios en nosotros
primitivamente.

Es decir, también, que nuestro Padre celestial envía a su Hijo amado a
Israel a rescatar lo que se había perdido inicialmente por culpa de
las primeras mentiras que Eva y luego Adán y sus ascendientes creyeron
de los labios de la serpiente antigua de parte de Satanás, para
destruir la imagen y la semejanza de Dios en cada uno de ellos.
También podemos decir que nuestro Padre celestial envía a su Hijo
amado al mundo, como el Árbol de la vida eterna, instalado sobre el
monte santo en las afueras de Jerusalén, en Israel, para volver a
rescatar lo que inicialmente le perteneció a su Espíritu Santo, la
vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera.

Porque la verdad es que cada uno de nosotros pertenece, por inicio, al
Espíritu Santo de Dios, ya que somos espíritus celestiales del
paraíso, tal cual como los ángeles del cielo: la única diferencia,
entre ellos y nosotros, es que tenemos la imagen y semejanza de Dios
y, además, vivimos sólo por la sangre de Jesucristo, su Hijo amado,
¡el Santo celestial! Es por eso que todo aquel que invoca el nombre
angelical y milagroso del Señor Jesucristo, como su único y suficiente
salvador o como su Gran Rey Mesías, por ejemplo, entonces vuelve a
nacer no del espíritu de error de Adán o de sus antepasados, sino del
Espíritu Santo de Dios y de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Es decir, que cuando aceptamos al Señor Jesucristo como nuestro
Salvador celestial, tal cual como Adán fue llamado inicialmente por
nuestro Padre celestial a aceptarlo como el Árbol de la vida, pues
entonces regresamos al seno de nuestro Creador, regresamos a nuestro
primer calor de amor inagotable, para jamás volver a vivir en
inseguridad sino en la paz angelical únicamente. Porque cuando
aceptamos al Señor Jesucristo en nuestros corazones y en nuestras
vidas de cada día, entonces estamos abandonando el espíritu de error
de Satanás, el cual Eva y luego Adán recibieron en sus vidas cuando
creyeron las mentiras de la serpiente antigua para mal de sus vidas y
de sus ascendientes, para miles de generaciones venideras.

Además, esta vida es una vida no sólo de pecado sino de mentiras,
calumnias, maldades sin fin y de muertes terribles de mucha gente
inocente en todos los lugares de la tierra, lo cual hiere grandemente
el corazón sumamente santísimo y sensitivo de nuestro Padre celestial
y de su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque esto es algo que
no debería suceder en la vida de cualquier hombre, mujer, niño o niña
de todas las familias, razas, pueblos, y reinos del mundo entero,
porque nuestro Padre celestial nos dio poderes sobrenaturales en el
derramamiento de su Espíritu y de la sangre bendita de su Hijo, sobre
su monte santo en Jerusalén, para protegernos cada día.

Es decir, que nuestro Padre celestial siempre desea sólo vida eterna
para cada uno de nosotros, como en el día de nuestra creación en sus
manos santas, como antes del pecado y hasta después del pecado
también, para que no vivamos más para Satanás sino que volvamos a
nacer para su árbol de la vida, ¡el Hijo de David! Evidentemente, sólo
en el Espíritu de la sangre santísima, la cual resucito en el tercer
día, llena de la vida de nuestro nuevo reino celestial, es la que nos
limpia de los males terribles del pecado y del ángel de la muerte,
para abandonar la vida de Adán y regresar a la vida santa del paraíso,
¡nuestro Señor Jesucristo!

Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es la muerte de la muerte, y si
él está instalado en tu corazón, entonces el ángel de la muerte ya
está muerto para ti, lo que da entender es que jamás morirás sino sólo
vivirás infinitamente en tu nuevo lugar/hogar eterno del paraíso o de
La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, por ejemplo. Entonces
si el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo vive en tu corazón
complaciendo a nuestro Padre celestial, como deseo ser complacido
inicialmente por Adán en el paraíso con el fruto de la vida, “su
sangre reparadora”, entonces Satanás y cada uno de sus diablos,
incluyendo la muerte, están muertos para ti, a partir de ahora y
siempre—si sólo confiesas a Jesucristo.

En la medida en que, sólo en el Señor Jesucristo es en quien nuestro
Padre celestial tiene complacencia divina y absoluta cada día de
nuestras vidas terrenales y celestiales, para cumplir y honrar
infinitamente el Espíritu de Los Diez Mandamientos y de su nombre
sumamente muy santo, por ejemplo. Y fuera de nuestro Jesucristo no hay
reino ni vida que valga para nuestro Padre celestial y así también
para su Espíritu Santo y sus ángeles, arcángeles, serafines,
querubines y demás seres santos del cielo; es por eso que el Hijo de
David es muy valioso en nuestros corazones hoy, pues, es como vivir ya
con nuestro Hacedor cada día.

Ahora, los impíos que no aman a Jesucristo, ciertamente, no pueden
amar a nuestro Padre celestial jamás, quien los crea en sus manos
santas originariamente para que sean llenos no sólo de su imagen y de
su semejanza celestial, sino también de los dones maravillosos de su
Espíritu Santo, al creerle en su corazón y confesarle con sus labios
en oración. Es decir, que los impíos no pueden amar al Señor
Jesucristo, tal cual como deberían amar a nuestro Padre celestial que
está en los cielos, porque el espíritu que está en sus corazones, en
si, es un espíritu de error y de gran mentira de parte de Satanás,
para mal constante de cada día de sus vidas, terrenales y
celestiales.

Y es, precisamente, éste mismo espíritu de Adán, por ejemplo, el cual
lleva al hombre y a la mujer, como al niño y a la niña también de
todas las familias, razas, pueblos, tribus, linajes y reinos de la
tierra, ha caminar por senderos de tinieblas y de muertes terribles
cada día, para morir y más no para vivir jamás. Y, hoy en día, como en
la antigüedad, por ejemplo, para con sus siervos y para con sus
siervas, nuestro Padre celestial anhela que cada uno de nosotros viva
en paz y llenos de amor y de felicidad infinita de conocerle a él,
sólo por medio de su fruto de vida y de salud de su Hijo, ¡el Hijo de
David!

Es por eso que el evangelio eterno de la predicación del Espíritu de
la vida y de la sangre resucitada en el tercer día de nuestro Señor
Jesucristo no cesa de “advertirles y de llamarles con urgencia al
arrepentimiento”, para que el espíritu impío de Satanás salga de sus
vidas y así entre su Espíritu Santo y su Jesucristo. Porque sólo en la
llenura del Espíritu Santo de Dios y de su Jesucristo hay vida y salud
infinita para cada uno de ellos, así como hay vida y salud eterna para
cada uno de los ángeles del cielo, por ejemplo, desde la eternidad y
hasta la eternidad, sin duda alguna.

Para que, de este modo dejen de caminar por el camino del error, la
mentira, la maldición, las calumnias y de las muertes terribles de
cada día en la tierra y en el más allá también, como en el mundo de
los muertos, de las almas perdidas sin Jesucristo y sin el perdón de
la salvación eterna, por ejemplo. Y sólo así entonces, después de
haber reconocido al Espíritu de nuestro Salvador Jesucristo en sus
corazones, pues volver a nacer de su primer Espíritu viviente, y este
Espíritu del hombre, como de Adán y Eva inicialmente, es,
naturalmente, el Espíritu Santo de Dios, el mismo Espíritu que habita
desde siempre en nuestro Padre celestial y en su Jesucristo, por
ejemplo.

En la medida en que, en el día de su creación no había otro Espíritu
alrededor de Adán ni menos de cada uno de sus descendientes,
comenzando con Eva en el reino de los cielos, sino sólo el Espíritu
Santo de Dios y de su Jesucristo. Pero cuando Satanás se introdujo en
sus vidas con mentiras, para que le creyeran a él en lugar de creer a
la verdad y la justicia del Espíritu Santo y de su Jesucristo, pues
entonces el Espíritu Santo salió de ellos para que en su lugar entre
el espíritu de error, para así alejarlos de Dios y de su Jesucristo
infinitamente.

Y esto sucedió con Adán y Eva simultáneamente en el paraíso, porque el
Espíritu Santo de Dios no puede estar donde había la mentira en contra
del Señor Jesucristo, el fruto del Árbol de la vida de nuestro Padre
celestial y de cada uno de sus ángeles santos del cielo, por ejemplo.
En aquel tiempo, cuando Adán y Eva salieron del paraíso para descender
a la tierra, entonces el Espíritu Santo regresa a sus lugares santos
de la antigüedad, porque el pecado salió del cielo y para siempre; y,
desde entonces, el pecado no regresara jamás al paraíso, aunque empezó
ahí inicialmente en sus alturas, cielos y tierras angelicales, por
ejemplo. Es por eso que el impío no encuentra paz en su corazón ni en
ninguna de sus cosas de cada día en la tierra ni menos en el más allá,
porque no está lleno del Espíritu Santo su corazón y su alma eterna,
sino del espíritu de las mentiras originales de Adán, injustamente
dichas en contra del Árbol de la vida, ¡Jesucristo!

Porque la verdad es que si no encuentras paz y amor en la tierra, hoy
en día, menos la vas a encontrar cuando mueras y caigas en las garras
del ángel de la muerte del más allá, como en el mundo de los muertos o
el infierno, por ejemplo, en donde el árbol de la vida no está, sino
Satanás. Un consejo antiguo, no camines nunca con aquellos que no
conocen a Jesucristo como su salvador personal de sus corazones
eternos, porque la bendición constante del Espíritu de Dios y de
nuestro Padre celestial no está con ellos sino las maldiciones de
Satanás, y esto es muerte segura para cualquiera.

En vista de que, si te juntas con los impíos, pues entonces has de
sufrir los males terribles de los necios y las maldiciones eternas de
la antigüedad, para perder mucho y hasta tu propia alma eterna y la de
los tuyos también, entre las llamas ardientes del fuego eterno del
mundo de los muertos. Porque con el impío nadie podrá jamás encontrar
verdad en ninguna de sus palabras ni mucho menos derecho ni su
justicia, sino conoce a Jesucristo como el Hijo de Dios, como el Santo
de Israel y de las naciones en su corazón; es más, en su corazón sólo
puede estar y hacerse sólo lo que Satanás quiere, destrucción, como
siempre.

No te juntes con los impíos jamás, para que no manches tu vida con sus
mentiras e injusticias terribles de profundas mentiras y calumnias
increíbles; ellos para ti son la misma muerte en cada día de tu vida
tocando a la puerta de tu corazón, para que le abras y mueras con
ellos en la tierra y en el infierno también. Nuestro Padre celestial
es justo y aborrece la mentira y la maldad del impío en cada momento
de su vida muy santa del cielo. Aprende del Señor Jesucristo, él sólo
se juntaba con sus apóstoles y discípulos para ir a predicar la
palabra de verdad y de salvación infinita de cada hombre, mujer, niño
y niña no sólo de Israel sino también de las naciones de la humanidad
entera, sin hacer excepción de persona alguna jamás.

Acuérdate siempre que los senderos del impío son engañosos, tan
engañosos como ellos mismos para mal de cualquiera; cualquiera que
camina con ellos le hace mal a los suyos y se mancha mucho más que
antes de tinieblas increíbles, para su corazón y para su alma
viviente. Nunca creas a sus palabras, pues es el espíritu de error
hablándole a tu corazón para haber como puede hacerte tropezar en
alguna de sus mentiras o trampas mortales; muchos desdichados ya se
han encontrado cara a cara con el ángel de la muerte al tratar con
ellos, porque el Señor Jesucristo no estuvo jamás en sus corazones
oscuros.

Ciertamente, el que camina con el impío, no conocerá jamás la paz,
sino que las tinieblas antiguas abundaran en su vida de cada día; sólo
Jesucristo podrá rescatar su alma perdida de sus tinieblas y de las
tinieblas de los impíos más terribles de toda la tierra, únicamente
confesando su nombre milagroso, en un momento de oración y de fe. Es
por eso que el derecho se aleja de los impíos, y la justicia jamás los
podrá alcanzar por más que se acerquen a ella con engaños y como
siempre, porque amaron mucho más las tinieblas de sus corazones impíos
antes que la verdad y la justicia del corazón del Árbol de la vida,
¡nuestro Señor Jesucristo!

Pues llamados fueron por nuestro Padre celestial como cada hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, ha amar y ha seguir la
justicia y solamente la justicia cada día, para que, aquel que está en
los cielos se alegre de sus buenas palabras y acciones para con ellos
mismos y para con sus hermanos y hermanas también, por ejemplo. Porque
lo que nuestro Padre celestial siempre busca en cada uno de los
impíos, así como lo busca en cada vida de la humanidad entera en toda
la tierra, hoy en día, es, en si, la verdad y la justicia de su
Jesucristo, para que las tinieblas mueran y la luz del cielo brille
más que nunca.

Es decir, que el llamado de nuestro Padre celestial, desde el
principio de la vida santa del paraíso, para con Adán y así también
para con cada uno de los suyos, de seguir la justicia y la justicia
solamente, es verdad hoy en día también, para todos en todos los
lugares de la tierra, sin hacer excepción de persona alguna jamás.
Porque los que esperan por la luz, cuando el espíritu de error aún
vive en sus corazones pecadores, por culpa del pecado original de Adán
y Eva, por ejemplo, entonces sólo verán en cada día de sus vidas y aún
hasta en el más allá también, tinieblas tras tinieblas sin fin, para
muertes aún más terribles del lago de fuego.

Muertes terribles e inconcebibles en el corazón del hombre, de las
cuales sólo Satanás, el ángel de la muerte y sus legiones de ángeles
caídos deberían sufrir únicamente, pero el impío morirá junto con
ellos, no porque nuestro Padre celestial lo desee así, sino porque
Jesucristo no está en sus corazones fatalmente, por error. Por eso,
esperar por la luz, cuando aún vives lejos de Jesucristo, es una
locura del paraíso sin fin, como la locura que cometió Eva y luego
Adán también por engaño angelical de Satanás; porque todo aquel que
camina en la oscuridad del fruto prohibido es ciego, por lo tanto, no
podrá ver nada de nada jamás, eternamente y para siempre.

Pero los que se arrepienten del pecado original de Adán y Eva en sus
corazones, pues en un momento de fe y de oración, en el nombre
angelical y sobrenatural del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo,
cambiaran sus vidas milagrosamente de tinieblas a la luz más brillante
que el sol; pues ellos brillaran como las estrellas del infinito para
Dios. Caminaran día y noche sólo por senderos de verdad y de justicia
sin fin, para sólo conocer el bien de todas las cosas, como las
creadas por la palabra santa o por el nombre glorioso y majestuoso de
nuestro Padre celestial que está en los cielos, para gloria y honra de
su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!

En éste sendero del paraíso y de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa
del más allá no caminara ningún impío del paraíso ni menos de toda la
tierra, a no ser que vuelva a nacer del Espíritu Santo de Dios,
invocando, hoy antes que mañana, el fruto de la vida eterna del cielo,
para ser lleno de Dios, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque sólo el
que es lleno del Espíritu Santo de nuestro Padre celestial y de su
Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, podrá realmente volver a nacer
para ser como los ángeles del cielo o como el mismo Dios y Creador del
cielo y de la tierra, lleno de la nueva vida infinita del Árbol de la
vida, ¡el Hijo de David!

Entonces nosotros, como seres humanos del mundo entero, podemos ser
llenos del Espíritu Santo de Dios, como nuestro Padre celestial lo es
y así también su Hijo amado, nuestro Jesucristo, porque hemos sido
creados en su imagen y conforme a su semejanza celestial; por ende,
podemos ser como ellos mismos eternamente—pues para esto nos crea
Dios, desde el principio. En éste camino santo del paraíso y del nuevo
reino celestial, sólo transitaran para vivir sus vidas santas y
normales del más allá, llenos cada día y por siempre del Espíritu
Santo de Dios y de su Jesucristo, para brillar más fuerte que el sol
en toda su verdad, santidad, pureza, derecho, amor, paz y vida llena
de una justicia impecable.

Si, así será: Seremos cada uno de nosotros, en nuestros millares, uno
a uno, como nuestro Árbol de la vida, como nuestro Señor Jesucristo o
como nuestro Padre celestial, llenos de su Espíritu Santo, pues para
esto nos crea desde el comienzo de las cosas en el reino de los
cielos, en su imagen y conforme a su semejanza celestial. En verdad,
esta es una justicia tan santa y tan pura y perfecta en el corazón de
nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Gran Rey Mesías,
la cual ni aún los ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás
seres santos del cielo la han vivido jamás, ni menos la conocen hasta
el día de hoy.

Pero los que aman al Fundador de sus nuevas vidas infinitas, a través
del Espíritu de la vida y de la sangre resucitada de nuestro Señor
Jesucristo, en el tercer día de la nueva vida eterna del cielo, la
poseen ya en sus corazones para jamás abandonarla, como Adán la
abandona inicialmente por las mentiras de Satanás en el paraíso. Pues
con el Señor Jesucristo en nuestros corazones conoceremos la paz desde
ya, para caminar día a día por los senderos de la verdad y la justicia
irreprochable y enteramente satisfactoria de nuestro Padre celestial y
de su Espíritu Santo.

Cualquiera que camine con nosotros, en verdad, estará caminando
también en las múltiples bendiciones infinitas de nuestro Padre
celestial y de su Hijo amado, nuestro Salvador Jesucristo, para jamás
sufrir la falta de ningún bien del cielo. Por esta razón, el derecho
siempre estará en nuestros corazones, para que el Espíritu de la
justicia de nuestro Padre celestial y de su Hijo nos alcance cada día
con sus múltiples bendiciones de paz, amor, felicidad y de gozos
infinitos de nuestros corazones, de conocer a nuestro Padre celestial
de persona a persona en la eternidad.

Porque sólo los que hacen su voluntad podrán entrar a la nueva vida
del nuevo reino sempiterno, y ésta es La Nueva Jerusalén Santa y
Honrada del cielo, en donde el derecho reina sublime para que se haga
justicia impecable cada día para los hijos e hijas de Dios y de
nuestro Señor Jesucristo, empezando hoy mismo con tu vida. Pues
esperamos por paz con sus bendiciones celestes, aún mayores de las que
hayamos conocido en nuestras vidas antiguas, y nos alcanzara para
vivirla sobrenaturalmente, como jamás los ángeles del cielo la han
vivido, gracias al Señor Jesucristo quien estará aún en nuestros
corazones para crecer cada día más y más y para siempre en la
eternidad venidera.

Por lo tanto, con el Señor Jesucristo solamente caminaremos en el
resplandor de la luz bendita del rostro santo de nuestro Padre
celestial; pues Él mismo es el sol eterno de nuestras vidas por la
tierra cada día y cada noche y hasta aún más allá de la eternidad
celestial. Pues únicamente el rostro del SEÑOR, el Todopoderoso, será
nuestro sol cada día de nuestras vidas para que nos alumbre nuestros
pasos progresivamente hacia el encuentro de nuevas glorias y honras de
santidades profundas del nuevo reino de los cielos, jamás vividas por
nadie, sino sólo por Él, nuestro Padre celestial, ¡la gloria y la paz
celestial!

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.

LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):

“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.

SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.

TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.

CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.

QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.

SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.

SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.

OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.

NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.

DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.


http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20///


http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx


http://radioalerta.com



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