(NUESTRO PÉSAME ES PARA CON NUESTROS HERMANOS
Nuestras oraciones son para nuestros compatriotas fallecidos
y para las familias de las victimas en general, de las que
han sido afectadas por el mal del terrorismo. Porque
rechazamos el método de la violencia, como medio o modo de
vida y de comunicación. (Como un familiar, por ejemplo, de
una de las victimas pidió, diciendo: -No queremos más
violencia, queremos paz; que pare la violencia, por favor;
buscamos sólo la paz para todos, fueron sus palabras al
sentir el peso del dolor, por su hermano desparecido.)
Ciertamente que nuestros compatriotas están con el SEÑOR,
Carlos Palate y Diego Estacio, gracias a Jesucristo; gracias
a Jesucristo, ellos gozan de su presencia eterna, en el
paraíso, para vivir y gozar de la vida eterna del reino
celestial. Porque todo hombre fue creado por las manos de
Dios para vivir con Él, en su nuevo reino celestial; tarde o
temprano así ha de ser, con todo hombre, mujer, niño y niña
de toda la tierra, en el poder de Cristo.
Por lo tanto, todos los que parten tarde o temprano de la
tierra hacia la eternidad, entonces empiezan sus nuevas vidas
infinitas con su Dios y Fundador de sus vidas, para jamás
volverse alejar de su fruto de vida, su Árbol viviente del
paraíso y del reino de los cielos, el Señor Jesucristo.
Por eso, nosotros damos gracias a Dios siempre por su
Espíritu Santo y por la gracia infinita de la sangre bendita
de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, que nos ha redimido y
limpiado de todo mal del pecado y así ha vencido el mal de la
muerte, para hacernos libres.
Para hacernos eternamente y para siempre libres sólo para
amar y servirle a nuestro Dios y Padre Celestial que está en
los cielos, en donde, hoy en día, Carlos Palate y Diego
Estacio se encuentran respirando vida y vida en abundancia,
para su nueva eternidad celestial, en el seno y en el gozo
perfecto de nuestro SEÑOR.
¡Que nuestro Dios bendiga y guarde en perfecta paz, hoy y por
siempre, las vidas de sus hijos e hijas en todos los lugares
de la tierra, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.)
(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)
VENCIENDO AL MUNDO DE SIEMPRE
Pues bendito todo aquel que ama a Dios, por medio del
espíritu de la sangre, de su pacto infinito, su Hijo amado,
el Señor Jesucristo. Porque este hombre o esta mujer ha de
perseverar y vencer sobre los poderes del enemigo, en el
mundo y en el más allá, aunque jamás sé de cuenta, de sus
muchas victorias de día a día, dado que el espíritu de la
sangre viviente de su gran salvador eterno obra en su corazón
y en su vida, sin cesar.
Por lo tanto, desde hoy mismo, nuestro Padre Celestial ya
tiene lista su "corona de oro y de vida eterna", la cual la
ha formado, desde mucho antes de la fundación del mundo, para
entregársela a su siervo fiel a su sierva fiel (como tú y yo,
hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana).
Porque en la vida eterna, del nuevo reino de los cielos,
hemos de llevar sobre nuestras cabezas coronas de oro, porque
el nombre del Señor Jesucristo y su espíritu de su sangre
viviente viven en nuestras vidas eternamente y para siempre,
para jamás dejar de ser, en ninguno de nosotros, en la nueva
eternidad venidera.
Ya que, en el día que aceptamos al Señor Jesucristo en
nuestros corazones, por amor a su palabra, por amor a su
llamado santo y por amor a muchas de sus cosas personales de
su vida santa y justa en el reino de los cielos, entonces la
corona de vida y de salud eterna es legalmente y
legítimamente nuestra. Nuestra por siempre, para presentarla
delante de nuestro Padre Celestial ante su trono santo y
eterno, en el cielo, para decirle a Él: Gracias, Señor
nuestro, por tan gran salvación. Gracias, Padre y Dios
nuestro, por habernos amado y redimido por los poderes
sobrenaturales del espíritu viviente, de la sangre de tu Hijo
amado, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el Señor
Jesucristo!
Y, en aquel día, nuestro Padre Celestial ha de recibir
nuestras alabanzas de gloria y de honra infinita de nuestros
corazones, como lo ha estado haciendo igualmente desde
siempre, como en estos momentos de tu vida crucial, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, para bendecirte como
jamás has sido bendecido, hasta el día de hoy, por ejemplo.
Porque nuestro Padre Celestial nos oye siempre, cada una de
nuestras oraciones, ruegos, peticiones, suplicas,
intercesiones, alabanzas y glorias infinitas a su nombre
santo, que salen de nuestros corazones, ungidos poderosamente
y sobrenaturalmente, con "el olor grato de gloria y de honra
infinita", del nombre santísimo de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo.
Pues por amor al nombre sagrado de su Hijo amado, nuestro
Padre Celestial nos oye y, a la vez, contesta nuestras
oraciones y ruegos hechas a él, para enriquecer nuestras
vidas y hacernos libres siempre, de los poderes terribles del
enemigo eterno de nuestras vidas, Lucifer y sus secuaces, de
mentira eterna, como ángeles caídos y gentes de gran
decepción. Por esta razón, nuestro Dios desea que no nos
dejemos vencer del mal de sus enemigos eternos por ninguna
razón, sino que siempre los "derrotemos", una y otra vez y
por siempre, "sólo con el bien", del espíritu vivo de la
sangre del pacto eterno, de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!
Puesto que, cada una de nuestras victorias para vencer a
nuestros enemigos contemporáneos, sólo está en la
"invocación" del espíritu de la sangre viviente y del nombre
sobrenatural del Señor Jesucristo, en nuestros corazones y en
nuestros labios, delante de Dios y de su Espíritu Santo, en
la tierra y en el paraíso, para siempre. Y estos enemigos de
Dios y de su Jesucristo tienen que ser vencidos, hasta que
finalmente salgan del camino y de la vida de sus hijos e
hijas, en la tierra y en el más allá, también, para que
entonces empiece de lleno: la nueva vida infinita y
eternamente gloriosa de su Árbol de vida, en su nuevo reino
celestial.
Y ahí, has de estar tú, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, si tan sólo le eres fiel y verdadero a tu Dios y
Creador de tu vida, en el espíritu de la sangre y del nombre
bendito de su Hijo, el Santo de Israel y de la humanidad
entera, en la tierra y en el cielo, para siempre. Por esta
razón, no te dejes vencer por el mal que tus enemigos lancen
contra ti, sino véncelos a ellos con el bien eterno, de
Cristo Jesús en tu corazón (único salvador nuestro, en la
tierra y en el paraíso, hoy en día y para siempre, en la
nueva eternidad venidera, de Dios y de su Árbol de vida
eterna).
Dado que, nuestro Padre Celestial ciertamente nos ha
prometido que si vencemos al enemigo y a su mundo vil,
entonces cada uno de nosotros ha de heredar todas sus cosas
santas de su vida eterna, en el más allá, en el nuevo reino
de los cielos, como, por ejemplo, nuestra nueva vida
infinita, en su gran ciudad celestial: La Nueva Jerusalén.
Ciertamente promesa de nuestro Padre Celestial es ésta, firme
y eterna, para todo aquel que venza su mundo de siempre y a
su enemigo eterno, con el bien de su Hijo amado, su fruto de
vida y de salud eterna, ¡el Señor Jesucristo! Y, ésta promesa
de Dios, es de que Él mismo ha de ser por siempre su Dios, y
él (o ella) ha de ser llamado su hijo (o su hija) delante de
su Espíritu Santo y de sus huestes angelicales, en su nueva
vida eterna, en el reino celestial, desde hoy mismo y para
siempre, en la eternidad venidera.
(Por eso, te digo a ti, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, sele siempre fiel a tu Padre Celestial que está
sentado en su trono, con el nombre y con el espíritu de vida
eterna, de su sangre viviente en tu corazón, para que él
mismo te reciba día y noche delante de su presencia, en el
cielo. Porque sólo Él es quien día y noche te bendice y
guarda tu vida de los males del maligno, para que tu corazón
y tu cuerpo sanen de sus enfermedades y así puedas crecer
cada vez más hacia Él: en tu espíritu, en tu corazón, en tu
mente y con tus fuerzas humanas, en el nombre de su
Jesucristo. Porque realmente nadie jamás podrá hacerte ningún
bien eterno, si no lo hace Él: sólo con los poderes y
autoridades prodigiosas y maravillosas del espíritu y de la
sangre del pacto eterno de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo.)
SOMOS MÁS QUE VENCEDORES, SÓLO EN CRISTO JESÚS
Realmente, en todas las cosas del mundo entero, cada uno de
nosotros es más que vencedor, sólo por medio de aquel que nos
amó y sobre una cruz ensangrentada, sufriendo nuestros
pecados y nuestras mismas muertes, de la tierra y del
paraíso, en el más allá, el Señor Jesucristo, para entonces
darnos vida y en abundancia, eternamente y para siempre.
Porque así como el Señor Jesucristo ha vencido al mundo, en
su vida, entonces también nosotros hemos vencido a todas las
cosas que nos rodean, para alcanzar cada una de las grandes
bendiciones, milagros y maravillas que Dios ha preparado para
cada uno de nosotros, desde muchos antes de la fundación del
cielo y de la tierra, por ejemplo.
Y si permanecemos fieles a Dios, por medio de su Jesucristo,
entonces nada ni nadie nos podrán vencer jamás, en esta vida
ni en la venidera, tampoco. Porque la verdad es que Dios y su
Hijo amado viven en nuestros corazones. Porque esta es su
promesa eterna, de que si le obedecemos a él, "entonces él
vendrá con su Padre Celestial a morar en nuestros corazones,
desde hoy mismo para siempre". Porque para esto Dios nos ha
creado en su imagen y conforme su semejanza bendita, para que
Dios con su Hijo amado y su Espíritu santo vivan en nuestros
corazones y en nuestras nuevas vidas regeneradas y
rejuvenecidas, sólo por la gracia infinita de la sangre
santa, del gran sacrificio eterno.
Además, éste sacrificio eterno, el cual Dios ha llevado acabo
por el bien no sólo de Adán, sino de sus descendientes, en
sus millares, de todas las familias, razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos de la tierra, ha sido el derramamiento de la
sangre bendita de Jesucristo, el único Cordero posible de
Dios, "para quitar el pecado del mundo entero". Porque el
Espíritu de la sangre comenzó a derramarla nuestro Padre
Celestial mismo, desde el momento que comenzó a regenerar al
mundo entero, con la misma sangre bendita, ni más ni menos,
de su Hijo amado, su Árbol de vida eterna, ¡el Señor
Jesucristo!
Y esto comenzó a tomar lugar, en todos los lugares de toda la
tierra, para subyugar a cada una de las profundas tinieblas
de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, (génesis
1:2). Y con esto Dios nos está diciendo, que Él mismo fue
quien comenzó a "derramar" sin limite alguno, el espíritu
bendito de la sangre sobrenatural de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, desde mucho antes que comenzase a crear cada una
de todas las cosas en toda la tierra, para entonces
finalmente crearnos a nosotros. Y Dios quería crear al hombre
y a cada uno de sus descendientes, en sus millares, en todos
los lugares de la tierra, para que camine por el camino del
espíritu de la sangre eterna, de su misma vida santa y
eternamente gloriosa de su Árbol de vida, el Señor
Jesucristo; porque Él es santo.
Por lo tanto, su camino es santo y, además, es el que lleva a
la vida eterna día y noche a todo hombre, mujer, niño y niña
de la humanidad entera, sin jamás dejar a ninguno de ellos
atrás, en este mundo que está muriendo, por culpa del pecado
del hombre. Es por eso, que el Señor Jesucristo les decía a
sus apóstoles y discípulos: -Yo soy el camino, la verdad y la
vida; nadie podrá jamás entrar al reino de los cielos y ver a
Dios. Porque el camino de la sangre del Señor Jesucristo en
el cielo y por toda la tierra, de nuestros días, no hay otro
igual; aunque Lucifer se las invente, con sus artimañas de
siempre, para engañar a las gentes con caminos diferentes y
extraños a Dios y a su reino santo, que sólo conducen a la
confusión eterna del infierno.
Y es por esta razón, que el espíritu de la sangre bendita de
vida y de salud eterna de Jesucristo jamás ha cesado de
descender de sus lugares santos, del altar de Dios, para
bendecir día y noche a todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, para que viva y vea la vida eterna, desde
hoy mismo. Porque la vida eterna de nuestro Padre Celestial
para cada uno de nosotros está: en nuestra eternidad, en
nuestra paz, desde el momento que abrimos nuestros ojos: a la
luz del espíritu de la sangre bendita, de su Hijo amado, para
comenzar a caminar por sus caminos santos y eternos, en la
tierra y en el paraíso, también, para siempre. Porque un
camino diferente al espíritu de la sangre del Señor
Jesucristo no existe otro igual, por más que Lucifer mienta
al mundo; ya que, sólo el camino original del cielo y del
paraíso existe, el de nuestro salvador eterno, el Hijo amado
de Dios, el Árbol de vida eterna, de Israel y de la humanidad
entera.
Es decir, también, que éste camino eterno, el cual conduce al
Árbol de la vida de eterna, en el paraíso está con nosotros,
aquí, en la tierra; ha descendido del paraíso a nosotros para
quedarse con nosotros, hasta que regresemos a casa, a nuestro
hogar y familia celestial, en el paraíso, para siempre. En el
paraíso, en donde el camino de nuestro Padre Celestial jamás
ha de dejar de ser eternamente y para siempre para cada uno
de nosotros, es decir, de los que le amamos a Él, en su
espíritu y en su verdad celestial, de su fruto de vida
eterna, su Hijo, el Cristo de Israel y de la humanidad
entera. Entonces si somos vencedores ante todas las cosas del
mundo, ha de ser porque el Espíritu de Dios vive en nuestros
corazones y en nuestras vidas (el camino de Cristo está en
nuestras vidas) desde mucho antes que Dios comenzase a formar
el cielo y la tierra, por ejemplo, en los primeros días del
génesis de toda su creación.
Por cuanto, el Espíritu de Dios no es nada nuevo en la vida
del hombre o de toda la tierra, de nuestros días y de
siempre. Es más, sin la presencia del Espíritu de Dios, en la
tierra y en nuestras vidas, entonces no habría vida alguna
para el hombre ni para ninguna de las cosas que le rodea día
a día y por siempre, durante los días de su vida por la
tierra. Porque sin el Espíritu de Dios, entonces la tierra
fuese como cualquiera de los planetas y estrellas de nuestros
cosmos, por ejemplo, porque simplemente no existiría jamás la
posibilidad de vida alguna, animal o humana.
Es decir, también, de que si los planetas de nuestro sistema
solar recibirán "el derramamiento 'del espíritu de la
sangre' del Señor Jesucristo", el cual es inmenso porque
puede llenar todo el universo con su presencia santa, por
cierto, entonces habría vida en cada uno de ellos, como en la
tierra de nuestros tiempos y de siempre, por ejemplo. Pero
como nuestro Padre Celestial decidió derramar el espíritu de
la sangre bendita de su Hijo amado sobre toda la tierra, en
donde hemos nacido, entonces hay vida vegetal, animal y, por
supuesto, humana también, por doquier; no sólo para llenar de
vida la tierra, sino también el nuevo reino de los cielos, en
el más allá, evidentemente.
En otras palabras, en el día que nuestro Dios derrame del
espíritu de la sangre bendita de su Hijo amado, sobre el
planeta Marte, por ejemplo, entonces habrá vida en este
mundo, extremadamente seco, frío y caliente, a la vez, para
que ninguna vida, como la conocemos en la tierra, sea
entonces posible en él. Porque la tierra antes que fuese
tocada por el derramamiento del espíritu de vida, (génesis
1:2), de la sangre eterna del Señor Jesucristo, entonces
estaba extremadamente vacía, desordenada y desolada por
completo; no había vida alguna, sólo profundas tinieblas a la
redonda.
Y éste espíritu de vida de la sangre bendita del Señor
Jesucristo descendía del cielo para preparar nuestros
corazones y nuestros cuerpos, para recibir la vida eterna de
Dios y de su Hijo amado, el Santo de Israel y de la humanidad
entera, ¡el Altísimo! Por lo tanto, éste espíritu de la
sangre bendita del pacto eterno es que realmente ha vencido
al mundo para ti y para todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, mi estimado hermano y mi estimada hermana,
para que jamás veas la muerte sino sólo la vida infinita de
Dios y de su Hijo amado, el Cristo.
Es más, éste espíritu de vida de la sangre sagrada de Dios no
ha de dejar de descender sobre la tierra, hasta llenarte a ti
y cada uno de los tuyos con sus dones poderosos en batalla,
en contra del enemigo y, además, grande en victorias eternas,
para nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos,
por ejemplo. Porque nuestro Dios nos ha creado para ser mucho
más que vencedores, en el paraíso, en la tierra y de nuevo de
regreso al cielo. Porque en el reino de los cielos sólo
entran a vivir los que han derrotado a Lucifer y a cada uno
de sus ángeles caídos, por el espíritu de la sangre viviente,
de su fruto de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Por eso, es que el hombre con su corazón de fe, en el nombre
del Señor Jesucristo, ha de vivir para ver la vida eterna,
desde hoy mismo en su vida por la tierra, hasta que por fin
entre al más allá, al cielo de regreso por vez primera,
después de la desgracia (o caída) de Adán, por ejemplo. Pero
esta vez, hemos de ir, a su nuevo reino celestial, en el más
allá; en donde sólo habita el amor, la paz, el gozo y la
felicidad infinita, de haber conocido a nuestro Dios "en éste
grandioso espíritu bendito", de la sangre sobrenatural del
Señor Jesucristo, el único posible salvador de nuestras
vidas, eternamente y para siempre.
NUESTRO DIOS NOS GARANTIZA / ASEGURA VICTORIAS ETERNAS EN
JESUCRISTO
Por eso, le damos gracias a Dios, quien nos da la victoria
día y noche en contra de todos nuestros enemigos, de los que
vemos y de los que no (vemos), por medio del espíritu de
vida, de nuestro Colosal Salvador, ¡el Señor Jesucristo!
Porque el espíritu de la sangre del Señor Jesucristo vive en
nuestros corazones y en nuestros cuerpos espirituales y
corporales, para vencer a cada día y a cada noche de nuestro
mundo cotidiano, en donde hemos nacido por juicio de Dios en
contra de Adán y de su rebelión ante su Árbol de vida,
Jesucristo.
Porque Dios nos creo en el cielo, en su corazón y con sus
manos santas para llenar toda su creación, cielo y tierra,
sólo de su gloria infinita, la cual hemos de recibir por
siempre en la vida santa de su Hijo amado, el Cristo, si sólo
le somos fieles a Él. Es por eso, que en el día que Dios
termino de crear al hombre, Adán, por ejemplo, entonces lo
introdujo a su vida santa y perfecta en el paraíso, para que
conozca la vida sagrada de su Hijo amado, su Árbol de vida y
de salud eterna, el Señor Jesucristo, y no la vida errada de
sus enemigos eternos.
Puesto que, tanto Adán y como cada uno de sus descendientes,
como tú y yo, hoy en día, por ejemplo, en todos los lugares
de la tierra, necesitamos del espíritu de la sangre de vida
eterna, de nuestro Señor y salvador eterno, el Señor
Jesucristo, para entonces poder vencer a nuestros enemigos
habituales. Enemigos habituales y eternos de Dios y de toda
verdad y de toda justicia infinita también, en el cielo y por
toda la tierra, que han entrado al mundo para destruir la
gran obra de las manos de Dios, el hombre, como tú y yo, hoy
en día y por siempre, mi estimado hermano y mi estimada
hermana. Es por eso, que Dios desea ver ya, en tu corazón y
en toda tu alma viviente, también, el nombre de su Hijo amado
reinar día a día y por siempre en tu vida, para entonces
destruir todos los dardos del enemigo, hasta que deje de ser
eternamente y para siempre, en la tierra y en el cielo.
Verdaderamente, el espíritu de la sangre del Señor Jesucristo
ha destruido, desde el día que culmina su gran obra infinita,
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén,
en Israel, para ponerle fin, de una vez por todas y para
siempre, al poder del pecado en la tierra y en la vida de la
humanidad entera. Es por eso, que Dos nos ha llamado a
recibir a su Hijo amado en nuestros corazones y en nuestras
vidas, para tener poder del cielo y vencer al enemigo de
nuestras vidas eternas día y noche y hasta que deje de ser.
Además, fue por esta razón, que el Señor Jesucristo le
declaro al ángel de la muerte abiertamente, diciéndole: -¡
Muerte! Yo soy tu muerte. Y desde aquel día, el ángel de la
muerte comenzó a morir para todo hombre, mujer, niño y niña
de toda la tierra, que tan sólo cree en su corazón y así
confiesa su nombre santo, en cada una de sus oraciones,
suplicas, alabanzas, honras y glorias infinitas a nuestro
Padre Celestial que está en los cielos.
Además, estas fueron palabras que jamás el hombre, ni menos
el ángel de la muerte, había oído antes, desde el día de su
rebelión en el paraíso, con Lucifer y con sus ángeles caídos,
en contra del Árbol de la vida, el Señor Jesucristo. Entonces
delante de sus apóstoles y discípulos, el Señor Jesucristo
termina con el ángel de la muerte, para que no le dé muerte a
ninguno de todos ellos, de los que habían creído en sus
corazones y confesado con sus labios, de que Él es el Hijo de
Dios, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el
Todopoderoso!
(Es por eso, que cada vez que un hombre o mujer muere, en
verdad, no muere, sino que pasa de este mundo a otro mundo
para seguir viviendo. Y si la persona muere con Cristo Jesús
en su corazón, entonces regresa al paraíso; pero si muere sin
Cristo Jesús en su vida, entonces desciende al mundo de los
muertos, el infierno. En ambos casos, la persona aunque esté
muerta para la vida de la tierra, en verdad, vive en el más
allá, ya sea en el paraíso o en el mundo de los muertos.)
Y cuando el Señor Jesucristo le declaro la muerte al ángel de
la muerte, entonces lo hizo delante de sus siervos, para que
entiendan, en lo profundo de sus corazones, de que sólo él es
el dador de la vida, en la tierra y en el más allá, también,
para siempre. En realidad, cuando Lucifer oyó estas palabras
salir del corazón y de la boca del Señor Jesucristo hacia sus
siervos y toda la tierra, entonces se sorprendió
profundamente en su corazón pecador y eternamente perdido en
el más allá, entre las llamas eternas del lago de fuego y
comprendió por fin, de que su día había llegado. Algo que
jamás él pensó que le iba a suceder, en el cielo ni menos en
la tierra. Pero así fue, Cristo le anuncio su muerte, al
ángel de la muerte, para que todos entiendan que no morirán,
sino que seguirán viviendo, en el más allá, sus almas
infinitas.
Lucifer perdido en sus profundas tinieblas, de su primer
pecado de rebelión, en contra de Dios y de su Árbol de vida
eterna, en el reino de los cielos y delante de sus ángeles
santos, y ahora a fin de cuentas recibía en su corazón su
justo castigo eterno, por sus mentiras y por su gran maldad
con el hombre. Porque fue al hombre a quien le causo la
muerte con sus mentiras, pues ahora el hijo del hombre le
entrego su propia muerte, pero con las palabras y el juicio
final de Jesucristo. Porque por fin entendió Lucifer que el
Señor Jesucristo es su muerte también, como la muerte del
mundo vil y pecador del ayer y de siempre, hasta que el nuevo
reino de Dios empiece, con nuevos cielos y con nuevas
tierras, para cada uno de sus hijos e hijas en la humanidad
entera, del ayer y de siempre, por ejemplo.
Por eso, nuestros corazones, llenos por siempre del espíritu
de vida, de la sangre eterna del Señor Jesucristo, entonces
les damos gracias, gloria y honra a nuestro Dios y Padre
Celestial que está en los cielos, sentado en su trono santo
de gloria y de gran honra infinita. Pues gracias a Dios por
habernos amado tanto, hasta librarnos de las cadenas del
pecado, para volvernos a dar vida y vida en abundancia, de la
vida misma de su Hijo, el Señor Jesucristo, el único vencedor
del mundo y de su muerte eterna, en todo hombre, mujer, niño
y niña de la humanidad entera, del ayer y de siempre.
En vista de que, el hombre sin Cristo Jesús en su corazón,
entonces no podrá jamás recibir su victoria eterna, en contra
del pecado y en contra de cada una de las profundas tinieblas
de Lucifer y de sus ángeles caídos. Como males repentinos o
enfermedades conocidas y hasta desconocidas, también, que
estén atacándole (o planeando atacarle), para destruir su
vida, de una manera u otra, en la tierra y en el fuego del
infierno, eternamente; para que la obra de las manos de Dios
jamás sea cumplida en ningún hombre, mujer, niño o niña de la
humanidad entera, por ejemplo.
Porque ésta es la victoria de Dios, "de que su obra sea
cumplida en Adán y en cada uno de sus descendientes, por
medio de su fruto de vida eterna", su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, el único Árbol de la vida y de salud eterna, en
el paraíso y en toda la creación de Dios, hoy y por siempre.
Visto que, todo mal que siempre le ha venido al hombre,
físicamente, ha sido por medio del espíritu de desobediencia
y de error del fruto prohibido, del árbol de la ciencia del
bien y del mal y más no del espíritu del fruto de vida
eterna, del Señor Jesucristo, por ejemplo.
Por eso, damos gracias a nuestro Dios día y noche y
eternamente, en la eternidad venidera, porque nos ha dado "la
victoria infinita" sobre todas las cosas del mundo entero y
del más allá, también, por medio de su fruto de vida eterna,
su Hijo amado, el Señor Jesucristo; porque sin Cristo no
somos nada, en la vida de Dios. Ni tampoco hemos de tener
poder alguno, en el más allá, como en el paraíso, como cuando
Adán caía en su gran rebelión delante de Dios y de sus
huestes de ángeles celestiales, por falta del fruto de vida
del Señor Jesucristo en su boca, en su corazón y en toda su
alma viviente.
Porque sólo en los poderes sobrenaturales del espíritu
viviente, de la sangre del Señor Jesucristo, es que hemos
alcanzado cada una de nuestras victorias, en el mundo y hasta
la eternidad venidera, en el paraíso y en el nuevo reino de
Dios, para jamás morir sino para vivir eternamente creciendo,
en nuestro Dios y en sus frutos de vida infinita. Ya que,
para esto Dios nos ha creado en sus manos santas a cada uno
de nosotros, comenzando con Adán, por ejemplo, para vencer al
paraíso, al mundo y a la nueva eternidad venidera, en la
inmensidad del infinito, sólo por medio de su Hijo Santo, en
el corazón y en la vida del hombre.
Porque hoy en día, la inmensidad de nuestro cosmos y del
reino de los cielos, en el más allá, ha sido, para nuestro
entender, para nuestras fuerzas humanas y limitadas: un
imposible de alcanzar, pero con Cristo en nuestros corazones
nada de esto es verdad, sino por lo contrario. Realmente
somos "más que vencederos" para Dios y para su creación
infinita, hoy en día y para siempre, en su nueva eternidad
venidera de su gran rey Mesías, el Señor Jesucristo. Y esto
ha sido verdad en nosotros, desde los días del paraíso y
hasta siempre: con tan sólo creer en nuestros corazones y así
confesar eternamente a su fruto de vida eterna, su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, para gloria y para honra infinita
de su nombre santo, en su corazón glorioso y en el corazón de
sus ángeles celestiales.
SANTIFICADO ES EL HOMBRE QUE RECIBE LA CORONA DE VIDA ETERNA
Por esta razón, bendito el hombre que persevera día y noche
bajo la voluntad perfecta de Dios para su vida, de comer por
siempre, de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo,
para que su corazón y su alma viviente crezcan hacia la
verdad y la justicia real y verdadera, de la vida eterna del
reino celestial. Porque, cuando haya sido probado, como Adán
fue probado y así venciese al fruto prohibido del enemigo,
entonces "recibirá la corona de vida", que Dios ha prometido
sólo a los que le aman, en el espíritu y en la verdad única,
de su fruto de vida eterna, de su Árbol Viviente, ¡el Santo
de Israel y de la humanidad entera!
Y esto ha sido verdad día a día, en la vida de todo hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, desde los días de
vida de Adán, en el paraíso y hasta nuestros días, por
ejemplo, con todos nosotros. Porque cada uno de nosotros, así
como Adán y Eva, por ejemplo, tiene que obedecerle a Él, para
entonces comer por siempre no del fruto prohibido, del árbol
de la ciencia del bien y del mal, sino del fruto de vida
eterna de su Árbol Viviente que está en el epicentro del
paraíso, ¡el Señor Jesucristo!
Por ende, si creemos a nuestro Padre Celestial, en lo íntimo
de nuestros corazones, para comer por siempre, del espíritu
de fe y del espíritu de la sangre viviente, de su Árbol de
vida, su Jesucristo, entonces hemos de recibir sobre nuestras
cabezas: la corona de oro de la vida eterna, para jamás
morir, sino para sólo vivir la vida. Porque nuestro Padre
Celestial creo a Adán y a cada uno de sus descendientes, en
sus millares, de todas las familias, razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos del mundo entero, para ver la vida eterna,
sólo la de su Hijo amado, por siempre en el paraíso y en la
eternidad venidera de su nuevo reino celestial, en el más
allá.
Ya que, el mundo que Dios siempre ha idealizado tener, para
sus ángeles y hombres de la humanidad entera, ha sido un
mundo sin Lucifer y sin ninguno de sus ángeles caídos; es
decir, un mundo libre del mal de las palabras mentirosas y de
muerte eterna, para sus ángeles y para la humanidad entera.
Porque han sido siempre los espíritus inmundos de los ángeles
caídos que han profanado su palabra viva y su nombre santo,
en el cielo y por toda la tierra, también, como en nuestros
días, por ejemplo, en tu mismo corazón sin Cristo y en los
corazones de las gentes que tampoco tiene amor ni justicia
alguna, en sus vidas.
Y éste es un mundo rebelde a Dios y a su vida santa,
totalmente contraria a los "mandamientos fieles", de la Ley
de Israel y de Moisés, por ejemplo, el cual jamás pensó tener
en su vida ni en la vida de ninguna de sus criaturas, en el
pasado ni menos en la eternidad venidera, para ninguno de sus
fieles. Porque sólo la "vida santa" de su vida infinita y
totalmente perfecta, el Señor Jesucristo, ha de reinar por
siempre en la eternidad venidera, de su nuevo reino
celestial, de su Espíritu Santo y de su Árbol de vida eterna,
rodeado día a día y por siempre de sus huestes de ángeles y
de su nueva humanidad infinita, por ejemplo.
Además, en esta nueva vida de su nuevo reino celestial estás
tú con cada uno de los tuyos, si tan sólo le crees a Él, por
medio de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, viviendo y
creciendo en tu corazón y en tu alma viviente, para una vida
sobrenatural, desde hoy, en la tierra y en el cielo, para
siempre. Porque es por medio del espíritu de fe, del nombre y
de la sangre bendita del Señor Jesucristo que todo hombre,
mujer, niño y niña, ha de vivir su vida infinita, desde hoy
mismo en la tierra, para luego entrar en su vida venidera (y
no muy lejano), al reino de los cielos, en el más allá.
Por esta razón, bendito es para Dios todo aquel que ha creído
en su corazón y así ha confesado con sus labios, que el Señor
Jesucristo es su vida eterna y el Hijo amado de Dios, en la
tierra y en el reino de los cielos, para miles de siglos
venideros, en el más allá, en la nueva eternidad. Porque nada
hay mayor para el corazón de Dios, de que los ángeles del
cielo y así también los hombres de la tierra, crean que el
Señor Jesucristo es su Hijo amado, el Santo y la vida
perfecta de todo ser viviente, en la eternidad venidera de su
nuevo reino celestial.
Por cuanto, en la vida santa de su nuevo reino celestial,
"Dios no podrá jamás aceptar una verdad y una justicia
menos": que el de creer de todo corazón y de confesar con los
labios: el nombre bendito de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo! Es por eso, que Dios llama a Adán y a cada uno de
sus descendientes, comenzando con Eva, en el paraíso, ha
creer en su fruto de vida eterna, su Hijo amado. Porque mayor
que Jesucristo no existe en el paraíso ni menos en la tierra,
para luego entrar en los días finales a la nueva vida
infinita, del más allá, como su nueva ciudad celestial e
infinita: La Gran Jerusalén Santa y Eternamente Gloriosa de
su gran rey Mesías y de sus huestes celestiales con su nueva
humanidad celestial, por ejemplo.
Es por eso, que todo aquel que se encuentra en su corazón con
el nombre del Señor Jesucristo, entonces ha encontrado su
vida eterna, para nunca más volverse alejar de ella, como
Adán y Eva lo hicieron por culpa de las palabras de mentira,
de la serpiente antigua y de Lucifer, por supuesto, en el más
allá. Es decir, que todo aquel que ha recibido al Señor
Jesucristo, entonces ha vencido no sólo al mundo sino también
al paraíso y a la nueva eternidad venidera, para comenzar su
nueva vida infinita, la misma vida celestial que Adán perdió
en el paraíso, pero esta vez con mayores glorias y con
mayores poderes sobrenaturales, del fruto de vida eterna.
Puesto que, el triunfo del Señor Jesucristo sobre los árboles
secos, cruzados y sin vida de Adán y Eva, sobre la cima de la
roca eterna, con el Señor Jesucristo clavado a ellos con su
propia sangre santa, no es sólo para la tierra, sino mucho
más que toda esta gloria infinita. Realmente éste sacrificio
celestial, también es para el paraíso y para todo el viejo y
el nuevo reino de los cielos, de Dios y de sus ángeles
celestiales, por ejemplo; por lo tanto, el sacrificio de
Cristo jamás ha de dejar de ser en nosotros ni en los
ángeles, sino que ha de ser para siempre, para la eternidad.
NO DEJES QUE EL MAL TE VENZA JAMÁS: VÉNCELO CON JESUCRISTO
Pues bien, mis estimados hermanos no sean vencido por el mal,
de ninguna manera ni por ninguna razón, sino venzan el mal
con el bien, el bien infinito de Cristo Jesús en sus vidas.
Porque el espíritu de la sangre del Señor Jesucristo comenzó
a descender desde el cielo (génesis 1:2), de parte de Dios y
con grandes poderes y autoridades sobrenaturales, para vencer
a cada una de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus
ángeles caídos, para darle paso a la nueva vida infinita del
ángel y de todo hombre, por ejemplo.
Es decir, que el Señor Jesucristo venció todos los males de
sus enemigos y de los enemigos del hombre con su propio bien
infinito y celestial, el espíritu viviente de su sangre
santísima, la cual derramo sobre toda la tierra, en génesis
1:2 y siguió derramándola sobre la roca eterna, para vencer
al mundo. Es más, el espíritu de la sangre de vida eterna del
Señor Jesucristo jamás ha dejado de descender de nuestro
Señor Jesucristo para bendecirnos y salvaguárdanos de todos
los males del enemigo, Lucifer y la muerte eterna del
infierno, en el más allá, por ejemplo.
Puesto que, sin el derramamiento del espíritu, de la sangre
del fruto vivo, de su Árbol de vida, su gran "Cordero
Escogido", entonces no hubiese sido posible jamás la vida de
ningún ser, sea ángel del reino u hombre de la tierra y de
todas sus demás especias de animales, aves del cielo y hasta
peses de los mares, también. En realidad, en la tierra no
hubiese vida alguna ni de animales ni menos de hombres, como
los planetas secos y sin vida alguna de nuestros cosmos, por
ejemplo.
Pues así es la vida del hombre, sin Cristo Jesús en su
corazón; realmente no es vida alguna en la tierra ni en
ningún planeta de la inmensidad de los cosmos, ni menos en el
paraíso, por ejemplo. Precisamente éste fue el problema
celestial que Adán y Eva se encontraron al comer, del fruto
prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal; en
vez, de haber comido del fruto de vida eterna, el Señor
Jesucristo para bien eterno de muchos.
Pues ambos se encontraron, en el día de su gran rebelión
celestial, sin vida alguna en sus corazones y en sus almas
vivientes, también, para jamás volver a ver la vida, sino
desdichadamente a la muerte. A la muerte eterna de sus
cuerpos y de sus almas vivientes, en el paraíso y por toda la
tierra, también, para siempre, o hasta que reconozcan a
Jesucristo con sus labios y en sus corazones, para
reconciliarse con Dios y con su vida infinita, en el paraíso.
Por lo tanto, tuvieron que abandonar la tierra santa del
paraíso, no porque Dios lo haya querido así, de ninguna
manera, sino por lo contrario. Ambos abandonaron el paraíso
inmediatamente, porque: "la tierra misma sagrada los
desconoció y los tuvo que vomitar por ser enemigos de la
palabra de Dios y hasta que Cristo regrese a sus corazones y
a sus vidas, también, para siempre". Porque sólo el Señor
Jesucristo podía vencer a la tierra santa del más allá, para
bien de Adán y de cada uno de sus descendientes, comenzando
con Eva, por ejemplo, en sus millares, de todas las familias,
razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra,
de hoy y de siempre.
Es por eso, que el llamado que Dios les hizo, en su día, a
los ángeles del reino de los cielos, en sus millares, por
doquier, por ejemplo, realmente se lo ha hecho al hombre, la
mujer, el niño y la niña de la humanidad entera, también,
para que obedezcan a su Árbol de vida, a Jesucristo. Y esto
es de vencer al mal, sólo con el bien de Cristo en sus
corazones y en cada momento de sus vidas por la tierra y en
el paraíso, para siempre. Porque el bien eterno de nuestro
Señor Jesucristo tiene los poderes sobrenaturales y
autoridades especiales de parte de nuestro Dios, de subyugar
a cada uno de los males y de sus tinieblas eternas, de
Lucifer y de cada uno de sus ángeles caídos, en el paraíso y
en la tierra, para bien eterno del hombre y de los suyos.
Es decir, que con el espíritu de la sangre bendita de
Jesucristo obrando en tu corazón y en toda tu alma, entonces:
tu vida ha de ser llena de milagros tras milagros, de
maravillas tras maravillas y de prodigios tras prodigios
sobrenaturales en la tierra y en el cielo, también, aunque tu
jamás te des cuenta de nada, por ahora. Por eso, Dios ha de
hacer todas estas cosas pequeñas y grandes, día y noche y
hasta sin cesar jamás, por ti y por los tuyos, también, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, para enriquecer por
siempre tu nueva vida infinita, en Dios y en su Espíritu
Santo, por ejemplo, en la tierra y en el paraíso, para
siempre.
Porque la verdad es que Dios jamás ha sido vencido por el mal
de nadie, sino que el hombre se dejo vencer al creer en las
palabras mentirosas de la serpiente antigua y de Lucifer, en
el paraíso y por toda la tierra, también. Porque la tierra
está llena de estas terribles profundas tinieblas de las
palabras de mentira y de engaño eterno, del corazón perdido y
eternamente rebelde a Dios y a su Jesucristo, en el cielo y
en toda la creación, de ángeles y de hombres, también.
Es por eso, que Dios llama no a los ángeles, sino a los
hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra, ha que no
se dejen vencer por el mal de las cosas del mundo de toda la
vida, sino todo lo contrario. Y esto es de que triunfen por
siempre con el nombre de Jesucristo, en sus corazones y en
sus almas, delante de Dios y de su reino celestial y en la
tierra, también, para gloria y para honra infinita del nombre
sagrado que "Dios ama tanto" (y que Lucifer odia neciamente),
el nombre de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo!
Y si vences al mundo de siempre, con el nombre de Jesucristo
en tu corazón, entonces habrás levantado gloria y honra al
nombre de Dios, desde tu corazón, hasta finalmente alcanzar
la gloria infinita de la vida del nuevo reino de los cielos,
hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera de su
nuevo reino celestial, por ejemplo. Porque toda gloria y toda
honra que el nombre del Señor Jesucristo alcance en tu
corazón, para levantarla muy en alto sobre todos los cielos a
nuestro Padre Celestial que está en los cielos más allá de
los cielos angelicales, ha de ser para enriquecer por siempre
tu nueva vida infinita, en el nuevo reino infinito del más
allá.
Porque en la nueva vida celestial del nuevo reino celestial
tú, mi estimado hermano y mi estimada hermana, tienes un
lugar muy especial en el corazón de Dios, que nadie ni nada
jamás te lo podrá quitar por ninguna razón, para siempre,
porque amas a tu Dios verdaderamente, sólo por medio de su
Hijo amado. Y esto es gloria eterna para Dios y así también
para tu corazón y para tu nueva vida eterna, en el cielo,
desde hoy mismo y por siempre, en el nuevo reino de los
cielos, como en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del más
allá, de su gran rey Mesías, el Cristo de Israel y de las
naciones.
EL QUE VENZA AL MUNDO, HA DE HEREDAR LA VIDA ETERNA Y SUS
COSAS
Es por eso, que Dios mismo le ha prometido al hombre y a la
mujer de toda la tierra, por ejemplo, asegurándoles que: El
que venza al mundo, entonces heredará todas las cosas
gloriosas de la vida santa del paraíso y del nuevo reino de
Dios, en la tierra y en el cielo, también, para siempre.
Además, sólo Él será su Dios, y el hombre será su hijo,
delante de las huestes angelicales del más allá, del nuevo
reino de los cielos, para miles de siglos venideros, en la
nueva eternidad celestial e infinita.
Por ello, todo aquel que vence el mal delante de Dios, ya sea
ángel del cielo u hombre de la tierra; es decir, si el nombre
de Jesucristo vive en su corazón, entonces triunfara por
siempre, para no morir jamás, sino para ver la vida, en el
paraíso y en La Nueva Jerusalén Celestial, del nuevo reino de
los cielos. Porque sólo el nombre santo del Señor Jesucristo
ha de hacer que el espíritu de la sangre del pacto eterno,
entre Dios y el hombre, llegue a su corazón y a toda su vida,
también, día y noche para que ningún bien le falte a él ni a
ninguno de los suyos, tampoco, hoy en día y para siempre.
Visto que, Dios ha creado al hombre no para que sufra, sino
para que vea la vida celestial del más allá; una vida santa y
totalmente gloriosa, la de su Hijo, el Santo de Israel y de
la humanidad entera, que Adán, en sus días, tuvo la gran
oportunidad de alcanzarla y vivirla por siempre, pero la
desprecio por error. Históricamente, para mal eterno de
muchos, Adán desprecia la vida de Cristo en el paraíso, no
porque quiso hacerlo así, sino porque fue engañado por las
palabras, llenas de mentira y de muerte eterna, de la
serpiente del Edén y de Lucifer, por ejemplo, en boca de su
esposa, Eva.
Puesto que, Lucifer había entrado en el paraíso, con gran ira
en su corazón mentiroso, en contra de Dios y de la obra
sagrada de sus manos santas, para destruirla y así humillar a
Dios, de una vez por todas y para siempre, como jamás nunca
antes nadie lo había humillado a Él, para destruir toda
santidad perfecta. Porque en verdad, la única manera que
Lucifer podía verdaderamente humillar a nuestro Padre
Celestial, no iba a ser por medio de los ataques y de la
destrucción de la vida celestial, de los ángeles del reino,
sino mucho más que esto, el hombre.
En realidad, Lucifer sólo podía humillar a Dios en gran
medida espiritual, como jamás había sino humillado por
ninguno de sus seres creados, por el poder de su palabra, o
de su nombre santo, por ejemplo, al destruir la obra santa y
perfecta de sus manos santas, Adán y sus hijos, como tú y yo,
hoy en día, por ejemplo. Por lo tanto, esto iba a ser,
realmente atacando y, a la vez, destruyendo al hombre, a Adán
y a cada uno de sus descendientes, para que ninguno de ellos
vea la vida celestial e infinita del nuevo reino de los
cielos, en el paraíso.
Realmente un nuevo reino celestial e infinito, del cual Dios
había decidido crear, después de haber visto tanta rebelión y
tanta violencia en su reino celestial, con los ángeles caídos
atacando en todo momento a su Árbol de vida eterna, el Señor
Jesucristo, su Hijo amado. Entonces Dios decidió crear un
nuevo cielo con nuevas tierras infinita, para darle vida para
siempre a toda su creación antigua y moderna, como hoy en
día, por ejemplo, en el cielo y en la tierra, de nuestros
días, también. Es decir, con el fin eterno de darle vida y
salud infinita a cada uno de sus seres creados, en el más
allá y en toda su antigua creación celestial, para siempre,
como ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres
santos del nuevo reino de los cielos, como el nuevo hombre,
en Cristo Jesús, Señor nuestro, por ejemplo.
Pero cuando Lucifer pensó desacertadamente, que le había
ganado a Dios, en su propio terreno y con su propia obra
suprema y sumamente gloriosa, para su corazón santo, entonces
realmente se equivoco otra vez, como siempre, para mal eterno
de muchos. Y esta vez, se equivoco tanto, Lucifer, que
realmente fue mortal para su plan fallido, mucho antes que lo
empezase, de un reino para él y para sus seguidores fieles,
como ángeles caídos y gentes de la mentira eterna, porque el
espíritu de la sangre santa y de la Ley Viviente de Dios
decidió terminar con ellos, de manera drástica.
En otras palabras, de terminar con la mala vida de Lucifer,
en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera y, a la vez, vencer al paraíso y a la vida
inmoral de la tierra, también, con la misma vida de Cristo,
ni más ni menos, para gloria y honra infinita de nuestro
Padre Celestial. Porque nuestro Dios está sentado en su trono
santo, de gran gloria y de gran honor infinito, para recibir
a cada ángel del cielo y a cada hombre, mujer, niño y niña de
la humanidad entera, que le ame a Él, como su único y
suficiente Dios y Creador de su vida, por medio de su Hijo, ¡
el Señor Jesucristo!
Es por eso, que la promesa de nuestro Padre Celestial, por
medio de la vida santa de su Hijo amado, el Señor Jesucristo,
es de que todo aquel que venza al mundo, entonces heredara
todas las cosas santas grandes y maravillosas de la vida del
reino de los cielos y de sus santos ángeles celestiales, del
más allá. Y esto es una bendición, la cual realmente Lucifer
deseo mucho en su corazón alcanzar en el reino de los cielos,
en el paraíso o en la tierra, pero no lo logro jamás, ni en
sus sueños más profundos, a pesar de su gran sabiduría y de
su gran gloria angelical.
Porque Lucifer se rebela erróneamente en contra del fruto
viviente, el Señor Jesucristo, para mal eterno de su vida y
la de cada uno de ellos, de los que le llegaron a creer, en
el cielo, como los ángeles caídos y como Adán en el paraíso y
sus descendientes en la tierra, de nuestros días, también,
por ejemplo. Entonces para Dios y para su "libro de vida
eterna", del reino de los cielos, en donde los nombres
escritos están de todos los hombres, mujeres, niños y niñas
de la humanidad entera, de los que han recibido al Señor
Jesucristo en sus corazones, son los que realmente han
vencido el mal del paraíso y de la tierra, también,
eternamente.
Es decir, que han vencido al mundo y a la eternidad venidera
del paraíso y del nuevo reino de los cielos, por ejemplo,
para jamás volverse a separar de Dios y de su Árbol de vida
eterna, el Señor Jesucristo, por las palabras mentirosas, de
un ser tan terrible y con una lengua experta en mentiras,
como Lucifer, por ejemplo. En verdad, en la vida nueva del
nuevo reino de los cielos ningún ángel ni menos el hombre,
mujer, niño o niña, volverá a alejarse peligrosamente de su
Dios y de su Árbol de vida eterna, por el mal de nadie;
porque el mal ya no existirá junto con su pecado, sus
enfermedades y su muerte eterna, en el infinito. Realmente,
hemos de ser libres por siempre, gracias al espíritu viviente
del Señor Jesucristo; y gracias a nuestro Padre Celestial,
por vencer al mundo y al más allá, también, por amor a cada
uno de nosotros, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus
y reinos de la humanidad entera, hoy en día y para siempre.
SOMOS VENCEDORES DE TODOS NUESTROS ENEMIGOS, PARA SIEMPRE
Ciertamente, en Cristo Jesús, Señor nuestro, somos más que
vencedores, en esta vida y en la venidera, también, en el
nuevo reino de los cielos, por ejemplo, por amor a nuestro
Padre Celestial y a su reino Colosal e Infinito. Y, además,
porque nuestro Dios nos ha creado y, a la vez, nos ha llamado
ha ser "vencedores eternos", en contra de sus enemigos
habituales, como Lucifer y sus ángeles de gran maldad del más
allá y de la tierra, de nuestros tiempos.
Es decir, que Dios nos ha llamado a derrotar y a destruir a
cada uno, de los poderes de las palabras de mentira y de
muerte eterna, de las cuales comenzaron en la vida de Eva
primero, para luego manchar a Adán y a cada uno de sus
descendientes. Descendientes directos y eternos, como tú y
yo, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada hermana,
por ejemplo, para alejarnos más y más de su fruto de vida
eterna, el Señor Jesucristo, para que muramos y así jamás
veamos nuestras vidas celestiales, en la tierra ni menos en
el paraíso.
Y Lucifer ha tratado todos estos males en contra de nosotros,
por medio de su espíritu de error y de maldiciones eternas,
de sus palabras mentirosas que aun existen (o viven) en
nuestras sangres humanas, que hemos heredado de Adán, por
ejemplo, para que nos enfermemos y muramos, en la tierra y en
el infierno tormentoso y violento, también. Es más, es por
eso que nosotros nos enfermamos y morimos día y noche en
todos los lugares de la tierra, hasta que por fin regresamos
al más allá, como en el principio, pero no a la vida eterna
sino a la muerte eterna. Porque no podremos entrar jamás a la
tierra santa del paraíso, porque nos rechaza; es decir, que
la misma tierra santa del reino de los cielos nos rechaza,
porque nos falta Cristo en nuestros corazones y en nuestras
almas infinitas.
Y esto es verdad, de la misma manera, que rechazo a Adán y a
Eva, por ejemplo, en el día que pecaron y estuvieron delante
de Dios para darle cuenta a Él, de todo lo malo que habían
hecho: al comer del fruto prohibido, del árbol de la ciencia
del bien y de mal, para mal eterno de muchos. Es decir, que
como Adán y Eva no vencieron a Lucifer ni al paraíso,
tampoco, entonces ahora tenían que vencerlo en la tierra y en
el mundo que les presentaba, como el mundo de nuestros días,
por ejemplo, lleno más de las palabras del enemigo, que de
las palabras de vida eterna de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!
Es por eso, que la vida del Señor Jesucristo es de suma
importancia, para el corazón de cada hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera, comenzando con el mismo Adán del
paraíso de Dios y de sus huestes de ángeles santos, del reino
de los cielos, por ejemplo. Porque de otra manera, el hombre
y la mujer, así como Adán y Eva, han de seguir por siempre
perdidos en sus profundas tinieblas, de enfermedades y de
muertes eternas, de las primeras palabras de Lucifer que
llegaron a nosotros, por boca de la serpiente antigua, para
darnos maldiciones y así la segunda muerte final. Y de esta
segunda muerte final no se escapa nadie ni el mismo ángel
caído menos el pecador o pecadora sin Cristo en su corazón,
en el lago de fuego eterno, en el más allá.
Por lo tanto, la vida del Señor Jesucristo es tan importante
para que nuestros días sean felices, en la tierra y en el
paraíso, desde hoy mismo y por siempre, en la eternidad
venidera del nuevo reino de Dios y de sus huestes de ángeles
fieles y eternamente honrados por el Señor Jesucristo. Es por
eso, que somos más que vencedores delante de Dios y de su
reino celestial, solamente con creer en el espíritu de la
sangre y del nombre sobrenatural del Señor Jesucristo, en
nuestros corazones y en nuestras almas eternas, también, hoy
en día y por siempre, en la nueva eternidad de tamaño
descomunal.
Por esta razón, le damos gracias a nuestro Dios, al creer en
nuestras vidas, en cada una de las palabras de su Hijo y de
su gran obra infinita, segunda a ninguna, la cual lleva acabo
sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén,
para vencer al mundo y a los males de nuestros enemigos
habituales. Sí: hemos vencido al mundo ante Dios y ante el
infierno, ¡gracias! a la "gracia infinita", del espíritu de
la sangre viva de nuestro gran rey Mesías, el Hijo de David,
el Cristo de Israel y de la humanidad entera, en la tierra y
en el paraíso, también, hoy en día y como siempre, en el
nuevo reino de Dios.
Porque no hay mayor victoria para el corazón de Dios, de ver
al hombre, a la mujer, al niño y a la niña de toda la tierra,
creerle a Él, sólo por medio del nombre bendito de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, de ayer, de hoy y de siempre. Por
ende, esto es poder infinito, desde hoy mismo, en cada vida,
de ángel del cielo y de hombre de la tierra, el cual jamás ha
de ser cambiado ni menos vencido por ningún poder del mal,
del más allá, como sucedió con Adán y Eva, en le paraíso, por
ejemplo. Por lo tanto, somos más que victorioso ante Dios y
ante su nueva vida eterna, desde hoy mismo, en la tierra y en
nuestros corazones, en el nombre sagrado del Señor
Jesucristo.
Y de esta victoria no hay otra igual, para bendición y para
alegría eterna del corazón de Dios y de su Espíritu Santo y
de sus huestes angelicales, en la tierra y en toda la gloria
infinita del nuevo reino de los cielos, desde tu corazón, mi
estimado hermano y hasta la nueva eternidad celestial. Es por
eso, que somos, declarado y afirmado por nuestro Padre
Celestial mismo, como "más que vencedores", sólo en la vida
santa y eternamente honrada de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!
(¡Feliz Día de Reyes Magos a todos! Estos tres hombres sabios
llevaban con ellos regalos para el Señor Jesucristo, por
haber descendido a la tierra. Y estos regalos eran oro,
incienso y mirra, por la gran salvación de Dios que había
llegado a ellos, los gentiles de aquellos días y de todos los
tiempos, también. Estos hombres sabios llegaron a Belén de
Judea, preguntando por el nacimiento del Mesías Judío.
Herodes era rey en aquellos días: pues al oír que nacería
otro rey en Israel, entonces se sorprendió mucho. Porque lo
que oía era tan verdadero y del cielo, que su alma se
estremecía junto con su corazón, en una manera tan
sorprendente, que ni él lo podía explicar, porque sólo sentía
miedo y pavor por Dios y por su Gran Rey Celestial para
Israel y la humanidad entera. Además, porque esto significaba
que Jesucristo le iba a reemplazar a él, como rey de
Jerusalén y de Israel, por ejemplo (porque sólo Jesucristo es
rey de Israel, y Jerusalén es el lugar de su trono eterno, de
acuerdo a la promesa de Dios a David, por ejemplo). Y Herodes
no estaba dispuesto a otorgarle su puesto de rey a nadie, sea
quien sea aquel hombre ni menos al salvador de parte de Dios,
para los hebreos y la humanidad entera. Entonces Herodes
decidió también encontrarlo, para honrarlo, según su corazón
engañoso. Pero Dios no quería que Herodes lo encontrase,
porque sabía que era lo que había en su corazón para su Hijo
amado, y esto era sólo envidia y muerte; en vez, de Herodes
recibirlo como su gran rey y redentor de su alma perdida en
las tinieblas de su pecado, de no conocer a su Creador. Y,
además, la estrella que guiaba por el camino a los hombres
sabios no le fue manifestada a él, sino a los que Dios mismo
había escogido, como hombres sabios y gentiles, para que
honren la llegada de su Hijo amado a sus vidas, en Israel y
en toda la tierra, también. Y, en realidad, Herodes no quería
honrar a Cristo en su vida, sino matarlo para no perder su
puesto de rey, en Jerusalén (cuando sólo Cristo es el
verdadero rey de Jerusalén, por mandato eterno de Dios). Y
saliendo de la presencia de Herodes, entonces los hombres
sabios volvieron a encontrarse con la estrella que finalmente
los guiaría a donde estaba Cristo, acostado en pañales en su
cuna; y con sus padres y animales del coral a su alrededor,
para darle de su calor, en aquella noche fría de Belén. Y es
precisamente ésta estrella (gigante, pero se manifiesta
pequeña en tamaño) del espíritu de la predicación de la
palabra, de nuestro Padre Celestial de nuestras vidas
infinitas, es la que ha llegado, en un día como hoy o como
cualquier otro, a la vida del mundo entero, por ejemplo, para
tocar tu corazón sediento y hambriento por ser redimido. Es
decir, para tocar de una vez por todas, cada corazón humano y
llevarlo a la presencia santa de su único salvador eterno de
su alma viviente, ¡el Señor Jesucristo!, para que lo reciba y
por siempre le ame sólo a él en su nueva vida, para gloria y
para honra infinita de nuestro Dios y Padre Celestial que
está en los cielos. Y si tú, en este día crucial para tu
vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana, obedeces a
la luz de la estrella que guiaba a los tres hombres sabios,
por ejemplo, a donde se encontraba Cristo, para recibirlo y
agradecerle por tan gran salvación, entonces Dios te amara
mucho más que antes, para darte bendiciones y vida eterna. Y
Dios hará esta misericordia y gracia infinita por ti, en
donde sea que te encuentres, en esta hora crucial para tu
vida, en toda la tierra. En verdad, Dios también te ha de
bendecir a ti, como a ellos y hasta con mayores bendiciones
celestiales y terrenales, también, porque el mundo y el
príncipe de las profundas tinieblas del más allá y de tu alma
perdida en tus pecados de muerte eterna, ha sido vencido
eternamente y para siempre, para gloria infinita de nuestro
Creador Celestial.
¡Feliz Día de Reyes Magos a todos! Amén.)
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".
SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".
CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del
sábado y lo santificó".
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".
SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".
OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".
NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No
_____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
mas de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros están a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.
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