Con motivo del pasado día de la madre, comparto con ustedes
un extracto de *Amor, Odio, Reparación* de *Melanie Klein (1937)*, un ensayo
que, con el psicoanálisis infantil, descubrió que las bases de la formación de
la personalidad cooperativa, amorosa y creativa (o conflictiva, odiosa y destructiva)
se desarrolla cundo es un bebé en su interacción con su madre, cuando ésta le
"da pecho" como alimento y fuente de placer.
M. Klein afirma que todos, irremediablemente, nos debatimos entre los sentimientos
de amor y odio en nuestras relaciones con los demás y de cómo, en la medida que
logremos neutralizar nuestro odio, seremos capaces de reparar mediante el amor.
Así que es muy importante desarrollar en el niño una alta tolerancia a la frustración
y brindarle condiciones para que repare y neutralice su odio y desarrolle una
auténtica capacidad de "dar y recibir" en sentido material, simbólica
y sexual. Esta capacidad de intercambio está ligada con el *Principio del Don*
(o "gift") descubierto por *M. Mauss* y escrito en su *Essai sur le Don
("dar, recibir y devolver") (1923)* y que es la base de la
*reciprocidad * personal y social y objeto de las ceremonias de intercambio de
presentes o regalos simbólicos y materiales en todas las sociedades. Esta
reciprocidad, es la pulsión en todo esfuerzo colectivo.
*Amor, Odio, Reparación *también describe cómo se desarrollan las relaciones
felices y amorosas consigo mismo y con los demás:
*... una buena relación consigo mismo condiciona el amor, la tolerancia y la buena
disposición hacia los demás.* En parte *esta buena relación deriva*, como
intenté demostrar, *de una actitud amistosa, comprensiva y afectuosa hacia los
demás, o sea hacia aquellos que tanto significaron para nosotros en el pasado y
cuyo vínculo con nosotros integra nuestra mente y personalidad.
*
En conclusión:
*
Si *en lo más hondo del inconsciente* logramos superar los rencores contra nuestros
padres y perdonarles las frustraciones que debimos sufrir, podremos entonces
vivir en paz con nosotros mismos y amar a otros en el verdadero sentido de la
palabra.*
Es un ensayo que les invito a leer porque, en mi opinión, ahí se encuentran las
bases de toda organización cooperativa como estructura social, como colectivo
humano capaz de desplegar todo el potencial creativo humano que lleva a las
pequeños y grandes proyectos. También es la base del desarrollo de una buena
transferencia y contratransferencia en el proceso de interacción con los demás
y, obviamente, en la enseñanza-aprendizaje. Creo que ahí está la respuesta de
por qué admiramos a nuestros grandes maestros y apoyamos a nuestros alumnos, e
lustra la clave del perdón como principio de todo proceso terapéutico: perdonar
para poder reparar y amar…
Creo que es un ensayo muy útil para todos ustedes y espero que la cita los atrape
para leerlo... (Va anexo un extracto)
Saludos,
Jesús Zavala Ruiz
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*Relaciones consigo mismo y con los demás*
He tratado en estos capítulos algunos aspectos del amor y de las relaciones con
los demás. No puedo, con todo, concluir sin intentar echar alguna luz sobre la
más complicada de todas las relaciones: la que mantenemos con nosotros mismos.
Pero, *¿qué somos nosotros?* *Todo lo bueno y lo malo que hemos pasado desde
los primeros días; todo lo que hemos recibido del mundo externo, y sentido en
el mundo interno; experiencias felices y desdichadas, vínculos con la gente,
actividades, intereses y pensamientos de todo tipo, es decir, todo lo que hemos
vivido forma parte de nosotros y construye nuestra personalidad. * Si algunas
de nuestras relaciones pasadas, con todos los recuerdos que traen, con la riqueza
de sentimientos que suscitan, pudieran ser súbitamente barridas de nuestra
mente ¡qué pobres y vacíos nos sentiríamos! ¡Cuánto se perdería del amor,
confianza, placer, consuelo y gratitud que hemos brindado y recibido!
Muchos no quisiéramos siquiera haber evitado las experiencias dolorosas, porque
han contribuido al enriquecimiento de nuestra personalidad. Me he referido ya
varias veces en este artículo a la
influencia de nuestras primeras relaciones sobre las siguientes. Quisiera ahora
demostrar la fundamental gravitación de *las tempranas situaciones emocionales
sobre nuestras relaciones con "nosotros mismos"*. Nuestra mente
guarda como reliquias a los seres que amamos. En momentos
difíciles sentimos a veces que ellos nos guían. De pronto se nos ocurre preguntarnos
cómo habrían actuado "ellos" y si aprobarían o no nuestros actos. Por
lo que he dicho podemos concluir que las personas a quienes así
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consideramos representan en esencia a los padres admirados y amados.
Hemos visto, no obstante, que de ningún modo es fácil para el niño establecer
con ellos relaciones armoniosas y que los primeros lazos de amor se ven
seriamente inhibidos y perturbados por el odio y el concomitante sentimiento
inconsciente de culpa. Es cierto que los padres pueden haber carecido de amor y
comprensión, lo cual tendería a aumentar todas las dificultades. Los impulsos y
fantasías destructivos, los temores y la desconfianza, que en cierta medida se
hallan siempre activos, aun en las circunstancias más propicias, se incrementan
innecesariamente si las
condiciones son desfavorables y las experiencias desagradables. Además, lo que
es también muy importante, es que *si al niño no se le da bastante felicidad en
la primera etapa de su vida, quedará perturbada su capacidad para desarrollar
una actitud optimista, amor y confianza en los demás.* No debe, sin embargo,
deducirse que la capacidad de amar y ser feliz responde en proporción directa a
la cantidad de amor que se haya recibido. En realidad, hay niños que configuran
en su inconsciente imágenes paternas extremadamente duras y severas (lo que
perturba su relación con los padres reales y con la gente en general) aunque
hayan tenido padres buenos y cariñosos. Por otra parte, *las dificultades
mentales del niño no están frecuentemente en proporción con el trato
desfavorable que puedan haber sufrido.* *Si por razones internas, que desde el
principio varían en cada individuo, existe escasa capacidad para tolerar la
frustración, y si la agresión, temores y sentimientos de culpa son muy
intensos, la mente infantil puede exagerar y deformar grotescamente los
defectos de los padres *y en especial la intención que determina sus errores.
De este modo, los padres y otras personas de su ambiente serán juzgados predominantemente duros y severos. *Nuestro
propio odio, temor y desconfianza tienden a crear
en el inconsciente figuras paternas terribles y exigentes.* Estos procesos se encuentran,
en diverso grado, activos en todos, ya que todos tenemos que luchar, con mayor
o menor intensidad y en un sentido o en otro, con sentimientos de odio y temor.
Vemos así que las "cantidades" de impulsos agresivos, temores y
sentimientos de culpa (que parcialmente surgen de razones internas) guardan una
relación importante con la actitud mental predominante que asumimos.
En contraste con niños que, en respuesta a un trato desfavorable, desarrollan
en su inconsciente figuras paternas duras y severas, que afectan desastrosamente
su perspectiva mental, en muchos otros los errores o la falta de comprensión de
los padres producen consecuencias menos adversas. *Los niños que, por razones
internas, son desde el comienzo mucho más capaces de soportar las
frustraciones* (ya sean evitables o inevitables) , *es decir, que puedan
hacerlo sin exceso de odio y sospechas,*
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*serán más tolerantes con los errores que los padres cometan al tratarlos. Podrán
confiar más en sus propios sentimientos amistosos y, por lo tanto, al tener más
autoseguridad serán menos susceptibles a lo que provenga del mundo externo*.
Ninguna mente infantil se encuentra libre de temores y sospechas, pero si la
relación con los padres está basada sobre todo en la confianza y el amor, éstos
podrán ser establecidos firmemente en la mente como figuras mentoras y
benéficas, las que serán fuente de bienestar y armonía y prototipo de todas las
relaciones amistosas de la vida futura. He tratado de aclarar algo sobre las
relaciones adultas señalando que, con ciertas personas, nos conducimos como
nuestros padres lo hacían con nosotros, o bien como hubiésemos deseado que se
comportasen, invirtiendo de esta manera las primeras situaciones. Asimismo, *en
algunos casos, nuestra actitud es la del niño afectuoso con sus padres.* Esta relación
recíproca niño-padre, que manifestamos frente a los demás, también es experimentada
internamente ante las figuras benéficas y mentoras que conservamos en la mente.
Inconscientemente, consideramos a los seres que forman parte de nuestro mundo
interno como padres afectuosos y protectores y les retribuimos su amor; *nos
sentimos hacia ellos como padres.* Estas relaciones fantaseadas, basadas en
experiencias y recuerdos reales, integran nuestra continua y activa vida
afectiva e imaginativa y contribuyen a darnos felicidad y fuerza mental. En
cambio, *si las figuras paternas que conservamos en los sentimientos y en el
inconsciente son predominantemente duras, no lograremos estar en paz con
nosotros mismos.* Es harto sabido que una conciencia demasiado severa ocasiona desdicha
y preocupación. Es menos sabido, pero comprobado por los descubrimientos
psicoanalíticos, que la presión de las fantasías de lucha interna y los temores
con ellas conectados, se hallan en el fondo de lo que reconocemos como
conciencia vindicativa. Incidentalmente, estas tensiones y temores pueden
expresarse en profundas perturbaciones mentales y conducir al suicidio.
He utilizado la extraña frase *"relación con nosotros mismos".* Quisiera
ahora agregar que ésta *es la relación de todo lo que apreciamos y amamos, con
todo lo que odiamos en nosotros.* He tratado de aclarar que la parte nuestra
que apreciamos es la riqueza que hemos acumulado a través del contacto con
otros seres, pues estos vínculos y las emociones que los
acompañan han llegado a constituir una posesión interna. Odiarnos en nosotros
las figuras duras y severas que también forman parte de nuestro mundo interno y
que son en gran medida el resultado de nuestra propia agresión hacia nuestros
padres. Sin embargo, *en el fondo, lo que más
violentamente odiarnos es el odio interno en si.* Lo tememos tanto que nos vemos
llevados a emplear una de nuestras más fuertes medidas de defensa,
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que consiste en ubicarlo en otros, o sea, proyectarlo. Pero también desplazamos
amor hacia el mundo externo, y sólo podemos hacerlo genuinamente si hemos
establecido buenas relaciones con figuras amistosas en nuestra mente, creando
así un circulo benigno: en primer lugar *brindamos amor y confianza a nuestros
padres; luego los incorporamos a nosotros, por así decirlo, con todo ese
caudal, y podemos de nuevo dar al mundo externo parte de esta riqueza de
sentimientos positivos.* El odio configura un círculo análogo pues, como hemos
visto, erige figuras aterradoras en nuestra mente y entonces dotamos a los
demás de cualidades desagradables
y malas. Incidentalmente, esa actitud mental produce *el efecto real de suscitar
sospechas y desagrado en los demás*, mientras que una actitud confiada y
amistosa de nuestra parte tiende a provocar la confianza y la benevolencia
ajenas.
Observamos que algunas personas, especialmente a medida que envejecen, se
vuelven cada vez más desagradables. Otras en cambio, se suavizan y se hacen más
comprensivas y tolerantes. Es bien sabido que tales variaciones no corresponden
simplemente a las experiencias adversas o favorables que hayan tenido en la
vida, sino que se deben a las diferencias de actitud y de carácter. De lo
expuesto, podemos llegar a la conclusión de que *la amargura, ya sea hacia la
gente o hacia el destino -y por lo general abarca a ambos- se establece
fundamentalmente en la niñez* y puede reforzarse o intensificarse más tarde.
*Si el amor no ha sido ahogado por el resentimiento, los pesares y el odio,
sino que se ha consolidado internamente, la confianza en los demás y en nuestra
propia bondad soporta como una roca los embates de la vida.* Cuando surge el
infortunio, la persona que se ha desarrollado de ese modo es capaz de preservar
en sí a aquellos padres buenos cuyo amor constituye una ayuda infalible en la
desdicha y volver a encontrar en el mundo personas que en su mente los
reemplacen. *La capacidad de invertir situaciones en la fantasía e
identificarse con los demás –importante característica de la mente humana-
permite al individuo otorgar a otros la ayuda y el amor que él mismo necesita,
obteniendo de ese modo bienestar y satisfacción para sí.*
Comencé por describir la situación emocional del lactante en su relación con la
madre, fuente primera y fundamental de la bondad que recibe del mundo externo.
Afirmé también que es un proceso extremadamente doloroso para el niño el
privarse de la suprema satisfacción de ser alimentado por ella. Con todo, si su
voracidad y su resentimiento ante la frustración no son excesivos, puede éste
*desprenderse gradualmente de la madre y al mismo tiempo obtener satisfacción
de otras fuentes.* En su inconsciente los nuevos objetos de placer se eslabonan
con las primeras
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gratificaciones recibidas de la madre. Puede por consecuencia, aceptar otros
goces como sustitutos de los originales. Podría decirse que retiene la bondad
primaria a la vez que la reemplaza, y cuanto más exitoso es ese proceso, menos
apoyo tendrán en su mente la voracidad y el odio. Pero, como lo he señalado
frecuentemente, los sentimientos inconscientes de culpa que derivan de la
destrucción fantaseada del ser amado, desempeñan aquí un papel importante.
Hemos visto que *los sentimientos de culpa y pesar, provenientes de la fantasía
agresiva y voraz de destruir a la madre, activan el impulso de curar estos
daños imaginarios y repararla.* Estas
emociones actúan grandemente sobre el deseo y la capacidad infantiles de aceptar
sustitutos maternos. *Los sentimientos de culpa provocan el temor a depender de
esta persona querida, cuya pérdida se recela, pues no bien surge la agresión el
niño siente que está causándole daño. Este temor es un incentivo para
desligarse, para volcarse en otras personas y cosas y agrandar así su círculo
de intereses.* Normalmente el impulso de reparar logra mantener a raya la
desesperación suscitada por los sentimientos de culpa. En este caso, prevalecerá
la esperanza; el amor y el deseo de reparación del niño serán inconscientemente
extendidos a los nuevos objetos de amor e interés.* Estos, como ya sabemos, se
asocian en su mente con la primera persona amada, a quien vuelve a descubrir o
crear a través de sus nuevas relaciones e intereses constructivos. En esta
forma, *la reparación -que es en parte inherente a la capacidad de amar*-
ensancha su ámbito, consolidando la posibilidad infantil de aceptar amor y de
hacer suya, por varios medios, la bondad proveniente del mundo externo. *Un equilibrio
satisfactorio entre "dar" y "recibir" es condición
primordial para la felicidad futura.*
*Si en nuestro temprano desarrollo hemos podido transferir interés y amor de
nuestra madre a otras personas y hemos obtenido nuevas gratificaciones,
entonces y sólo entonces, podremos en el futuro obtener placer de otras
fuentes.* Esto nos permite *compensar, mediante un nuevo
vínculo afectivo, los fracasos o desengaños que sufrimos, bien como aceptar
sustitutos para lo que no hemos logrado conseguir o conservar.* Si la voracidad
frustrada, el resentimiento y el odio no perturban la relación con el mundo
externo, hay infinidad de *modos de extraer de él belleza, bondad y amor.* Al
hacerlo, acrecentamos continuamente nuestro acervo de recuerdos felices y *este
acopio de valores nos da una seguridad difícil de vulnerar y un bienestar
íntimo que aleja la amargura.* Además del placer que proporcionan, estas
satisfacciones tienen el efecto de mitigar las frustraciones (o mejor, el
sentimiento de frustración) pasadas y presentes, incluso las primeras y
fundamentales. Cuanto más satisfacción auténtica logremos, menor será nuestro
resentimiento ante las privaciones y menos
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nos dominarán la voracidad y el odio. Seremos entonces realmente capaces de
aceptar de otros amor y bondad, de brindárselos y, en retribución, de recibir
más aun. En otras palabras, *la capacidad esencial de "dar y recibir"
se desarrolla de tal manera que nos asegura satisfacciones y contribuye al placer,
al bienestar o a la felicidad de otras personas.
*
Y para terminar, una buena relación consigo mismo condiciona el amor, la
tolerancia y la buena disposición hacia los demás. En parte esta buena relación
deriva, como intenté demostrar, de una actitud amistosa, comprensiva y
afectuosa hacia los demás, o sea hacia aquellos que tanto significaron para
nosotros en el pasado y cuyo vínculo con nosotros integra nuestra mente y
personalidad. *Si en lo más hondo del inconsciente logramos superar los rencores
contra nuestros padres y perdonarles las frustraciones que debimos sufrir,
podremos entonces vivir en paz con
nosotros mismos y amar a otros en el verdadero sentido de la palabra.*
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