DÓNDE ESTÁN LAS PRUEBAS
¿Quién dice la verdad? Guiaré mi examen a esta pregunta valiéndome de una charada del Barón de Teive (heterónimo de Fernando Pessoa): Hay 1 prisionero en una celda; la prisión tiene 2 puertas –una conduce a la libertad, la otra al cadalso; cada puerta, custodiada por 1 guardia
–uno de éstos siempre dice la verdad y el otro acostumbra a mentir. El recluso puede hacer una única pregunta para poder averiguar por la salida que le salvará ¿Qué preguntará? La respuesta a este acertijo es la siguiente: Desde el punto de vista de su compañero, ¿cuál es la puerta que lleva a la libertad? Y, cualquiera que sea la respuesta, negarla ¡Ahí está la salida! ¿Por qué? Porque el que dice la verdad, mirando desde el punto de vista del otro, dirá la falsedad y el que dice la mentira, el mentiroso, también se pondrá en el lugar opuesto, esto es, del verdadero y lo negará, diciendo así, una consuetudinaria falsedad. Así pues, ambos vigilantes coincidirán en enviar al preso por la abertura de la condenación; luego, al optar por la contraria -de cualquiera de las dos respuestas- encontrará la anhelada libertad. Todo lo cual implica que, aún el mentiroso, sabe la verdad, pero que su pasión, su pathos, es negar, engañar; en cambio, su contrario, ama, a tal punto, decir lo cierto que, por esta misma fuerza, dice la mentira que sabe va a enunciar su oponente; está dispuesto a proferirarla él también, por supuesto.
¿Quién dice la verdad? Partamos de que, quien miente compulsivamente, actúa movido por un miedo, el miedo a ser descubierto en una falta o delito, alguna acción u omisión que le acarrearía castigos, sanciones, escándalos, vergüenzas, burlas. Diremos pues, que se miente por temor a ser descubierto (o, en el caso, al comienzo mencionado, el del Barón de Teive, ¿se miente por puro gusto, por mera perversión y disfrute en el daño ajeno? -esta última posibilidad es la más escalofriante por fría y despiadada de antemano) ¿Es el caso de Uribe o de Santos? Se dice que el señor Uribe
persigue, desde antaño, una venganza por su padre asesinado -que él atribuye a las Farc. En esa búsqueda, ha escalado hasta lo más alto del poder político, usando, al parecer, de las artimañas y de las estratagemas que suelen usarse en este tipo de búsquedas, disfrazando así, siempre, su leitmotiv, la gran justificación de su sistema de engaños y autoengaños, hasta quedar encerrado en una maraña inextricable, sin aparente salida, atrapado en la mentira de su libertad –que, en realidad, como hemos dicho, es una vindicación, una vendetta. Es decir, que no lo hace por el puro gusto de mentir.
La contraparte estaría, así las cosas, representada por quienes no tienen nada que temer a la verdad, puesto que nada esconden de gravedad (o, también, podríamos
pensar que son simplemente temerarios o que un fin más alto los preserva del espanto, -porque no hay criatura libre de temor o que no necesite de estrategias engañosas para lograr su supervivencia sobre la faz de la Tierra) nada que tapar, ninguna justificación trascendental para cometer ningún acto delictivo (quizá Mockus; con mucha reserva, Santos). Esta conducta, conduciría a la puerta de la libertad verdadera.
Si todo fuera tan sencillo, si todo se redujera un procedimiento lógico, si sólo hubiese 2 puertas y una mazmorra y un presidiario y dos guardianes y dos visiones definidas del mundo maniqueamente construídas; si no hubiera adrenalina, hormonas, esperanzas, enfermedad, felicidad, fábricas de opinión como la
prensa escrita y hablada; si el ser humano no fuera una cosa tan extraña y entrañable.
Tal vez no haya, como en la adivinanza con que iniciamos este ejercicio de análisis, mentirosos puros ni meros sujetos que siempre dicen la verdad. También existen el equívoco y el error y, lo que es peor, la mala fe –probablemente, repartidas desigualmente (como todo en la vida).
Se ve cómo, pues, el factor principal de toda esta especulación, es el miedo (o la valentía, digamos de paso) frente al ámbito de lo firmemente verídico,
de lo evidente, de lo cierto.
Pero, ¿cómo se puede nunca conocer toda la verdad (y nada más que la verdad) siendo ésta tan vasta e inabarcable? Se trata, tal vez, que estamos sometidos a mecanicismos verbales un tanto simples los que nos llegan a nosotros, sencillos mecanismos de reloj para uso del común; se comprende que cada cosa que se dice es meramente de oídas o por conocimiento indirecto (sobre todo libros y cine, prensa
escrita y hablada, conversaciones con gente cercana).
¿Quién oculta más? ¿A quién le interesa más tapar el sol con un dedo?
Wittgenstein dijo: Si existiera ética, un sólo segundo, todo el mundo volaría en pedazos -ante lo cual, Savater se rió afirmando que él mismo no ha escuchado ninguna explosión… todavía.
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Juan Carlos Silva