En distintas situaciones de la vida, sufrimos
ofensas, decepciones, tristezas o dolor
provocados por otras personas. Esas sensaciones
suelen ser difíciles de sobrellevar y aceptar.
En ocasiones nos encerramos en ellas, y en
otras, renunciamos al orgullo y buscamos la
paz. Ante esto, surge la pregunta si perdonar es
lo mismo que olvidar. El padre Sebastián García,
de la Congregación Sagrado Corazón de Jesús en
Capital Federal, dialogó con Radio María y
reflexionó al respecto.
El Padre Sebastián indicó lo siguiente:
Hay tres dimensiones a considerar.
- La primera es que perdonar no es igual a
olvidar.
- La segunda es tratar de no responder de la
misma manera con el mal que me causaron.
- La tercera, es mirar la historia y dar
gracias por las ofensas que sufrí, porque
esconden un sentido redentor.
El desafío al que nos invita Jesús es el de
vivir reconciliados. En primer lugar, perdonar
significa renunciar a la venganza. Es no
devolver al mal que me han causado con otro mal
mayor.
Que una persona perdone de corazón no significa
que vaya a olvidar el daño causado. Cuando vemos
situaciones de personas que nos han herido o
lastimado, es muy difícil olvidar, pero la no
capacidad de olvido no hace imposible el perdón,
sino al contrario. Con esa herida en el corazón
y en el alma, puedo ofrecer una primera
instancia de perdón
Ante
el recuerdo doloroso, está la opción de perdonar
Muchas veces no nos vamos a olvidar del mal que
nos causaron o que causamos, pero podemos
perdonar, que es la capacidad de recrear un
vínculo y renunciar a pagar el mal con el mal.
Desde la mirada creyente, esas situaciones en
que me han ofendido o lastimado son ocasión y
posibilidad de nueva vida. Yo le puedo dar
gracias a Dios por las heridas de mi vida, por
esta posibilidad de nueva vida, de ver desde una
nueva perspectiva.
Si uno lee el Evangelio, ve que Jesús sufre las
opresiones y las carga en su propia cruz. Si uno
lo ve fríamente, perdonar no sirve. Pero si lo
ves de una perspectiva de fe, perdonar es el
acto en el que más nos asemejamos a Dios.
Nos hacemos más seres humanos y cristianos en
la medida en que más perdonamos. A veces tenemos
que perdonarnos a nosotros mismos, porque Dios
perdona todo.
¿Quién
sufre: el que odia o el que es odiado?
El Padre Ignacio Larrañaga nos dejó una
meditación sobre el perdón que vale la pena
dejar como aporte en este espacio:
Pocas veces somos ofendidos;
muchas veces nos sentimos ofendidos.
Perdonar es abandonar o eliminar un
sentimiento adverso contra el hermano.
¿Quién sufre: el que odia o el
que es odiado?
El que es odiado vive feliz,
generalmente, en su mundo. El que cultiva el
rencor se parece a aquel que agarra una brasa
ardiente o al que atiza una llama. Pareciera que
la llama quemara al enemigo; pero no, se quema
uno mismo.
El resentimiento solo destruye al
resentido.
El amor propio es ciego y suicida:
prefiere la satisfacción de la venganza al
alivio del perdón. Pero es locura odiar: es como
almacenar veneno en las entrañas.
El rencoroso vive en una eterna
agonía.
No hay en el mundo fruta más sabrosa que
la sensación de descanso y alivio que se siente
al perdonar, así como no hay fatiga mas
desagradable que la que produce el rencor. Vale
la pena perdonar, así como no hay fatiga más
desagradable que la que produce el rencor. Vale
la pena perdonar, aunque sea solo por interés,
porque no hay terapia mas liberadora que el
perdón.
No es necesario pedir perdón o perdonar
con palabras. Muchas veces basta un saludo, una
mirada benevolente, una aproximación, una
conversación. Son los mejores signos de perdón.
A veces sucede esto: la gente perdona y
siente el perdón; pero después de un tiempo,
renace la aversión. No asustarse. Una herida
profunda necesita muchas curaciones. Vuelve
a perdonar una y otra vez hasta
que la herida quede curada por completo. (Padre
Ignacio Larrañaga)
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Publicado
originalmente en Radio
María Argentina, Con
aportes de PildorasdeFe.net