Follano.
Escritor contranatura.
“La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos” GGM.
Una tibia mañana de mayo, Rebeca amaneció hecha una estatua de sal, sus manos embadurnadas de yeso evidenciaron la travesura; obedeciendo a una noble causa, había decidido sellar las ranuras de todas las alcancías de la familia; así, los cerdos expresivos, los sonrientes y los melancólicos tuvieron un instante de dignidad. Don Adrián, el padre, a poco de enterarse contempló tierno a su retoño con una comprensión indulgente; ciertamente, medio siglo atrás, con tres años, los mismos que Rebeca tenía, el pequeño Adrián, logro perturbar la pasividad asiática de su estirpe, había quemado todos los diccionarios de su hacienda, incluida los doce tomos de la Real Academia, la cual constituía la única colección existente en la ciudad, que el abuelo había adquirido con ahorros de angustia y que cuidaba con proporcional celo. El sustento de su travesura decimonónica, conmovió hasta a los más duros de corazón, Adrián perdió el sueño el último día de junio cuando escuchó de una conversación de “adultos” que ese siniestro texto, amenazaba la acongojada vida de los burros; recupero el sosiego la noche que a escondidas recluto los veintisiete perversos libros y los quemo sintiéndose por primera vez justiciero y humano.

La madre no reaccionó igual, doña Isabel leyó de la pared, en crayola azul la persuasiva nota de Rebeca, “Mala la gente que abusa del chanchito, lo destroza después y le roba su plata” a poco de enterada impuso su verbo e implanto un silencio de velorio, arrastro a la pequeña a la bañera y sin reparar en desvestirla, dejo correr el chorro de agua fría sobre el cuerpecillo que se resistía en un llanto compulsivo, silencioso de lagrimas que se hacían níveas al contacto con el yeso. La novedosa menopausia de Isabel fatalizaron la escena, la indujo a culpar a Adrián, su resignado esposo, y a Tesla, su único hijo; con predicados enjundiosos e impronunciables; su entorpecido criterio para reponer las cosas al estando anterior de los estragos, le hizo destrozar las cinco alcancías al punto de hacerlas polvo, sin preocuparse en respetar la división de los recaudos, ni siquiera en su peculio.
El amor monárquico de Isabel, decreto el obligatorio sentido de solidaridad familiar. Considerando que Rebeca, la hija menor, una niña de personalidad romántica, que apenas con tres primaveras ya sabía escribir más que leer, era peor que genio, loca. Así que el dinero de los cerdos de yeso sin ranura fue destinado a los servicios de un psiquiatra y un cura, por si acaso el problema tuviera residencia en el espíritu.
[...]Continuará.
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Publicado por CIJEI.CONTRANATURA para
CONTRANATURA el 1/23/2011 03:40:00 PM