Carta valiente de un cura catalan a los obispos de Cataluña...¡¡ con dos ....!! Un ejemplo para la mayoría de los catalanes sometidos a una manipulación política demencial-
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Jun 11, 2017, 10:00:40 AM6/11/17
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Carta de un cura de a pie a los obispos de Cataluña
Reverendísimos Sres. Obispos de Cataluña: La Nota del 11 de mayo
firmada por todos ustedes me ha dejado sumido en la más absoluta perplejidad y
tristeza. Afirman sin embozo que se sienten herederos de la larga tradición de
nuestros predecesores, que les llevó a afirmar la realidad nacional de Cataluña,
y al mismo tiempo nos sentimos urgidos a reclamar de todos los ciudadanos el
espíritu de pacto y de entendimiento que conforma nuestro talante más
característico. Seguidamente, para que no haya lugar a dudas, vuelven a
insistir: Por eso creemos humildemente que conviene que sean escuchadas las
legítimas aspiraciones del pueblo catalán, para que sea estimada y valorada su
singularidad nacional, especialmente su lengua propia y su cultura, y que se
promueva realmente todo lo que lleva un crecimiento y un progreso al conjunto de
la sociedad, sobre todo en el campo de la sanidad, la enseñanza, los servicios
sociales y las infraestructuras. Perplejidad y tristeza, sí. Porque
durante meses se me ha conminado a evitar cualquier connotación, en mis palabras
y actuaciones, que pudiese ser interpretada como un posicionamiento a favor de
la unidad de España, que forma parte de las legítimas aspiraciones de la mitad
del pueblo catalán; porque se me indicó que cualquier manifestación pública en
ese sentido podía provocar crispación y división entre los fieles católicos que
viven en Cataluña. Por tanto, que la procesión con el Cristo de la Buena Muerte
de la Hermandad de Antiguos Caballeros Legionarios en Hospitalet estaba fuera de
lugar; que la Santa Misa celebrada por los difuntos en acto de servicio de las
Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no era de mi competencia; que la
atención pastoral prestada a los nonagenarios socios de la Hermandad de la
División Azul y el posterior acto académico eran una provocación en toda regla;
y que la manifestación contra la cristianofobia y por la libertad de culto y de
expresión en la Plaza de San Jaime -con la imagen de Cristo crucificado- no era
conveniente que estuviera acompañada por ningún sacerdote porque producía
crispación social. Me siento profundamente engañado por unas palabras que llegué a
considerar hasta sinceras por el empeño que se ponía en hacérmelas comprender
casi al precio de parecer tonto. Y referidas en cualquier caso a actuaciones
meramente evocativas, sin una directa operatividad política y social. Capítulo
aparte merecen los posicionamientos y actuaciones de algunos obispos ante mi
participación en las manifestaciones mensuales contra el aborto en el Hospital
de San Pablo, intentando desactivarlas a causa de la incomodidad que les
generan. Perplejidad y tristeza, sí. Porque ustedes, señores Obispos, se han
posicionado públicamente a través de su Nota afirmando la realidad nacional de
Cataluña, concepto no pastoral sino político, no fermento de unidad, sino de
discordia. Porque consideran legítimas y ahora legitimadas por ustedes,
las aspiraciones de menos de la mitad de los catalanes (aunque por
bastante más de la mitad del poder político y eclesiástico) a estimar y valorar
una singularidad nacional fabricada hace cien años por Prat de la Riba y las
Bases de Manresa. Aspiraciones ahora concretadas en el empeño de esos poderes
por un referéndum para consumar la destrucción de una unidad que ha durado
siglos. Unidad no sólo de España, sino también de Cataluña, en la que el
autodenominado “pueblo catalán” pretende someter a los que tan atinadamente
llamó Candel “els altres catalans”. De momento, mediante un referéndum que los
enfrente y los confronte. Ustedes, Sres. Obispos ¿se sienten herederos de la
larga tradición de sus predecesores que les llevó a afirmar la realidad nacional
de Cataluña? Pues yo también me siento heredero, junto con esa otra mitad de
catalanes silenciados también por la Iglesia, de una tradición muchísimo más
larga y más catalana que la suya. Me siento heredero de aquellos que en las
Navas de Tolosa unieron las fuerzas de toda la España cristiana -Asturias,
Castilla y León, Navarra y Aragón- para defender la libertad de profesar la fe
verdadera frente a la intolerancia sanguinaria del Islam. Me siento heredero de
aquellos sacerdotes y obispos que enviados por Isabel y Fernando al Nuevo Mundo,
evangelizaron las Américas y confirieron la dignidad de hijos de Dios a hombres
y mujeres de otras razas que se convirtieron por la fe no en esclavos, sino en
súbditos libres de su Madre Patria, iguales en derechos a los demás
españoles. Me siento heredero del Somatén de Sampedor que se levantó con el
timbaler del Bruch el dos de mayo de 1808 para defender una patria española que,
invadida por los ejércitos de la atea Ilustración francesa, amenazaba con
destruir la fe de una nación constituida sobre ella. Me siento heredero también
de Mossén José Palau, Sacristán mayor de Nuestra Señora de Belén, bárbaramente
mutilado y quemado vivo en su iglesia cuando la multitud anarquizada arrasó con
todos los templos de Barcelona el 19 de julio de 1936, y arrebató la vida
de cientos de sacerdotes y religiosos, a los que siguieron luego varios miles
bajo el mandato de Companys. Me siento heredero de aquellos catalanes que bajo
la advocación de la ahora profanada Virgen de Montserrat, levantaron la bandera
de la Tradición catalana y regaron con su sangre los campos de España, muriendo
por Dios y por su Rey católico. Soy heredero de aquellos hombres y mujeres
honrados que prefirieron permanecer fuera, vigilantes, a cielo raso, antes que
participar en los restos desabridos de un banquete sucio. Me siento heredero de
aquellos que se jugaron la vida para sacar a la luz las catacumbas de Cataluña,
y para dar testimonio de la Fe de Cristo en sus calles y en sus plazas; y de
aquellos que murieron en un sucio paredón de cara a la madrugada con la mirada
puesta en su Dios y en su Patria. Con el mismo derecho que ustedes se
declaran “herederos” de los unos, me declaro yo heredero de estos otros como
catalán que soy. Con el mismo derecho con que ustedes toman una opción
tremendamente discutible, yo tomo la contraria y lo hago también públicamente
desde mi conciencia de sacerdote y de cristiano, de la cual ni siquiera la
Iglesia puede juzgar. Soy heredero de una tradición que me ha hecho, por la
gracia de Dios, ser lo que soy. ¿Ustedes obran en conciencia? Yo también. No les
juzgo, no me juzguen ustedes a mí. Dios ya lo hará con todos. Pero ese “pueblo
catalán” que está en el poder y aspira a ver reconocida su singularidad
nacional, no deja de ser una elucubración hegeliana al servicio de ese poder
absoluto e intolerante, no sólo político, sino también moral (desde la
perspectiva católica, inmoral) que en Cataluña impide toda discrepancia, hasta
la de los obispos. Pero insisten en que se ha de dialogar con ellos. ¿Sobre qué?
¿Sobre el calendario de imposición de la corrupción moral? Ustedes, Sres.
Obispos, mantienen impertérrito el ademán ante la “Constitución” inmoral y
anticatólica del nuevo Estado Catalán que parecen aceptar de buena gana, con la
única condición de un pacto y un entendimiento que saben que no llegará nunca
por la absoluta incompatibilidad de principios y por el carácter rabiosamente
totalitario de ese poder. ¿Debemos entonces aceptar que se abra el camino a
todos los sacerdotes, religiosos y religiosas de sus diócesis para que se pongan
al servicio incondicional del nuevo Estado inmoral y tiránico que se quiere
refrendar contra la mitad del pueblo catalán y contra el resto de España? Me
duele profundamente que en su nota conjunta, los obispos de Cataluña no hablen
del Pueblo de Dios (que es el que la Iglesia nos confió), sino sólo del pueblo
de Cataluña (el medio pueblo de Cataluña que tiene el poder y por el que parecen
apostar) elevándolo así a categoría teológica; me duele que no se nombre en
ningún momento ni a Cristo ni a su Iglesia y se prescinda del anticristianismo
radical de ese “pueblo de Cataluña” que ha profanado ya los símbolos más
sagrados de nuestra fe. Y resulta sorprendente, Sres. Obispos, que apuesten
ustedes por una Cataluña cuyos servicios sociales, tan fuertemente anclados en
el progreso que ustedes desean, ofrecen niños en adopción al Lobby LGTB; que
apuesten por una sanidad que cultiva el aborto, la eutanasia y la
experimentación con embriones humanos; y por una enseñanza que adoctrina ya hoy
en ideología de género y en plurisexualidad desde la educación primaria. De
momento, han conseguido ostentar la tasa más alta de abortos -también en
hospitales participados por la Iglesia- pagados con dinero público por la
Generalitat. Este progreso que ustedes, señores obispos, desean que se promueva,
se cimienta en la nueva Cataluña sobre la más deplorable corrupción moral:
contra la que ustedes evitan toda crítica; y se quedan en la calderilla de la
corrupción económica. ¿De Cataluña? No, del “conjunto del Estado”: que para eso
pertenecen a la Conferencia Episcopal Española. La calurosa felicitación de
Carles Puigdemont no se hizo esperar. Podría haber desahogado mi tristeza y
perplejidad en cualquier tertulia de sobremesa en una recóndita casa parroquial.
Prefiero hacerlo así, públicamente, como ustedes lo han hecho y con la lealtad
de aquel que no puede ni debe esconderse, pues no ha dicho nada ni contra la
doctrina ni contra la moral cristiana. Sólo he roto el bozal del pensamiento
único y he entrado en la arena del ruedo por la puerta que ustedes mismos me han
abierto. Si defienden la legitimidad moral de todas las opciones políticas
que se basen en la dignidad inalienable de los pueblos y de las personas, espero
que respeten también la mía y de tantos otros, pues ustedes ya se han
posicionado con la suya; y que no reduzcan al silencio a los discrepantes, con
el argumento de autoridad de la obediencia debida. Ya sé que la discrepancia
contra el pensamiento único se castiga severamente. Ya han visto cómo han
reaccionado contra el autobús discrepante. Estoy dispuesto a pagar el precio con
que se castiga ésta. La defensa de la verdad tiene un precio, ya muy alto en
esta sociedad que galopa hacia el totalitarismo. En la refriega en que estamos,
es difícil evitar el fuego enemigo, tan fanático. Por eso daré gracias a Dios si
consigo esquivar el fuego amigo. Y me aplico el cuento del cartel de esos
reivindicadores del derecho a decidir (sólo lo que el poder decida que podemos
decidir): Procura que tu prudencia no se convierta en traición. En mi caso,
traición al Evangelio, a la Iglesia y al Pueblo de Dios. Custodio
Ballester Bielsa, pbro. Cura párroco de la Inmaculada Concepción de
Hospitalet de Llobregat
www.sacerdotesporlavida.es
defendiendo la Verdad y denunciando la persecución tácita o explícita
que se esta haciendo a los cristianos en nuestro país; así como, de la
imposición ideológica que se está produciendo. Los Sres. Obispos nos han puesto
en una posición muy complicada ante nuestros feligreses, si ya era complicado
lidiar con la ruptura y desunión en las familias por el separatismo y la
independencia que está rompiendo familias, ahora dentro de la misma Iglesia en
Cataluña con este escrito se rompe la unidad.