Sanidad
milagrosa estremece nación
POR SAMUEL SANTANA
JERUSALEN, Israel.-Gran escándalo y asombro
ha causado en el liderazgo religioso, político y social de esta nación, el
milagro ocurrido a un hombre postrado en parálisis desde su nacimiento y que, de
repente, saltó ante los ojos de todos tras recibir la orden de que caminara por
parte de Pedro y de Juan, seguidores reconocidos del Jesús crucificado hace sólo
semanas.
El hecho milagroso ocurrió en la entrada del templo de Jerusalén a
las tres de la tarde cuando los dos discípulos subían al santuario público para
orar.
Del hombre cojo no se tiene mucho conocimiento. Sólo se sabe que se
colocaba diariamente en este lugar para pedir limosna de la gente y que su
discapacidad física era de nacimiento. Todo indica que algún familiar, allegado
o amigo lo colocaba todos los días a la entrada de la puerta La Hermosa para que
implorara a devotos algo con que sobrevivir.
En lo que podría ser percibido
momentáneamente como una desilusión, los discípulos externaron que no tenían
absolutamente nada material que ofrecer.
Sin embargo, le dieron algo mucho
más importante y sorprendente: la manifestación de un poder que lo hizo ser
normal. Hablamos de un efecto extraño que estremeció el cuerpo hasta enderezarle
los pies, fortalecerle los músculos y hacerle sentir que podía caminar.
El
pordiosero caminó y saltó ante los ojos de todos en el templo mientras alababa
el nombre de quien lo había sanado.
Alborozado el pueblo se unió al hombre en
gozo dando gloria a Dios y reconociendo su presencia en medio de la
nación.
Con la intención de poner las cosas en claro y dar el honor debido a
quien lo merecía, Pedro se dirigió a los presentes para explicar que lo ocurrido
había sido por la mano de Jesús, conocido como el Cristo o
Mesías.
¿Jesús?
La sola mención de este nombre retrotrajo
un pasado reciente lleno de odio, intriga, sufrimiento y sangre.
El Jesús
mencionado por Pedro fue el hombre que hacía unas semanas fue apresado por
soldados romanos, presentado ante Pilato y sentenciado a morir en una cruz ante
la acusación de estar escandalizando al pueblo y levantarse contra los intereses
del Cesar.
Las evidencias indican que hubo una combinación entre los líderes
judíos y las autoridades romanas para deshacerse del Cristo que amenazaba
intereses políticos, religiosos, sociales y económicos en la nación y el
Imperio.
Roma no toleraba sublevación en ningún lado y el judaísmo cuidaba
con gran celo la hegemonía religiosa que tenía en el pueblo.
Con los azotes
públicos y la muerte en cruz en el mal oliente Monte Calvario, se creyó que la
amenaza había terminado.
Ahora dos de los once seguidores más sobresalientes
andan sanando enfermos y afanosamente atribuyendo el hecho portentoso al Cristo
que terminó en la tumba de José de Arimatea, pues fue evidente que no tenía ni
en que caerse muerto.
Los ojos del pueblo y de los líderes religiosos se han
desorbitados al decir Pedro que ese Jesús no sólo está vivo, sino que está
sentado al lado de Dios y que volverá para enjuiciar a los pecadores, los que
despreciaron y desprecian su nombre y que establecerá, además, un reino de
justicia en la tierra.
¿Cómo era eso posible? Todos los creían
muerto.
“Dios ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y
negasteis delante de Pilato, cuando este había resuelto ponerlo en libertad”,
dijo Pedro.
La acusación
Dentro del templo, la
temperatura emocional de los presentes subió de escala ante la acusación.
“Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diera un homicida
y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de los muertos, de lo
cual nosotros somos testigos. Por la fe en su nombre, a este, que vosotros veis
y conocéis, lo ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a este
completa sanidad en presencia de todos vosotros”.
El discurso improvisado,
que logró acaparar la atención de todos y desviar los asuntos rutinarios del
templo, dio un giro estratégico al indicar que la muerte cruel de Jesús fue
producto de la ignorancia.
Obviamente que Pedro lo hizo para hacerles
entender que a pesar de la gravedad, el Mesías estaba dispuesto a otorgar el
perdón a todos los que se arrepintieran y pidieran su
perdón.
Efecto
Hacía más de 400 años que en una reunión
religiosa en Jerusalén no se había visto un nivel de compungimiento como el que
se apreció en los ojos de estos judíos ante el milagro y las palabras punzantes.
De hecho, hacía algún tiempo Cristo se vio en la obligación de tirar al suelo
las mesas y las monedas de los cambiadores, liberar los animales del sacrificio
y repartir latigazos entre quienes habían corrompido el culto y la casa de
Dios.
La conciencia religiosa y espiritual del pueblo se había transformado
en un formalismo lejos de Dios. Jesús había llamado hipócritas a los religiosos
de la nación que, con sus tradiciones, ponían cargas que no llevaban.
Ellos
vivían a sus anchas de las rentas del templo y del culto, pero sin manifestar la
devoción propia de los que adoran en espíritu y en verdad. Sólo sus cabezas y no
el corazón estaban llenos de la ley mosaica, del ritualismo y de las
tradiciones.
Este Pedro, el viejo pescador sacado del mar por Jesús, ahora
instruía con la verdad de Dios. Y aunque negó a su maestro tres veces, ahora
tenía valor para proclamar la invalidación de las ceremonias del templo por la
obra real y única de Cristo, el verdadero cordero de Dios.
Impacientados por
las punzadas en la conciencia, cinco mil judíos pasaron al frente implorando
perdón al Cristo.
Esto causó una reacción tan adversa entre los líderes
religiosos, que no descansaron hasta ver cómo terminaban con los intrusos de la
nueva fe.
Pero por segunda ocasión, Pedro volvió a dirigirse a las masas y
tres mil más decidieron ser cristianos. Todo indica que en esta ciudad hay un
nuevo mover espiritual imparable y que amenaza con llegar a otras partes del
mundo. Recuerden que Jerusalén está repleta de extranjeros que han llegado para
la fiesta de Pentecostés y que hay nueve apóstoles más por ahí
enseñando.
FUENTE: Hechos capítulo 3 y 4
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Rev. Samuel Santana
Pastor, periodista y escritor
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