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2. Jesús presente en el sagrario
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios había revelado la intención de habitar entre los hombres (Levítico 26, 11; Ezequiel 37, 26-28).
“El Señor, pues, les dará esta señal: La joven está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios-con-nosotros.” (Isaías 7, 14) .
Llegada la plenitud de los tiempos el Verbo se hizo carne. El poder del Altísimo cubre con su sombra a Nuestra Señora (Lucas 1, 35), y después de descender el Espíritu Santo sobre María, la Virgen queda constituida como el nuevo Tabernáculo de Dios: “el Verbo de Dios habitó entre nosotros” (Juan 1, 14).
Al instituir la Eucaristía, Jesús “tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.»
Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por
muchos” (Marcos 14,22-24).
El Señor dijo: este ES mi cuerpo... esta ES mi sangre, no dijo significa, representa o simboliza, sino que utilizó el presente del verbo SER (ver también 1 Corintios 11, 23-27).
Desde entonces podemos decir con total exactitud que Dios vive entre nosotros. Es así como nos cumple de manera perfecta su promesa: “...Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20).
Cada día, en la Comunión, podemos estar con Él en una cercanía como jamás hombre alguno pudo soñar:
“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Juan 6, 51); “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.” (Juan 6, 56).
Y en el Sagrario Cristo continúa realmente presente, con su Cuerpo y con su Sangre, con su Humanidad y con su
Divinidad.
Es totalmente cierto decirle: “¡Dios mío! estás aquí, tan cerca de mí, en este Santísimo Sacramento... me ves, me escuchas, me amas.”
El Magisterio de la Iglesia, saliendo al paso a diversos errores, ha recordado y precisado el alcance de esta presencia eucarística:
Es una presencia real, es decir, ni simbólica ni meramente significada o insinuada por una imagen; verdadera, no ficticia, ni meramente mental o puesta por la fe o la buena voluntad de quien contempla las sagradas especies; y sustancial, porque, por el poder que Dios ha conferido a las palabras del sacerdote en el momento de la Consagración, se convierte toda la sustancia del pan en el Cuerpo del Señor, y toda la sustancia del vino en su Sangre.
Así, el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús están sustancialmente presentes, y “el pan y el vino han dejado de existir después de la Consagración” (Pablo VI, Credo del Pueblo
de Dios) para ser Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor.
Así, podemos decir que la presencia eucarística de Cristo es la prolongación sacramental de la Encarnación.
En el Siglo XIII, Santo Tomás de Aquino compuso maravillosos himnos eucarísticos que, de una manera fiel y piadosa, contienen la fe de la Iglesia. Dice el Pange Lingua (www.adorasi.com/php/pange-lingua-tantum-ergo-canto.php):
“Aquella creadora Palabra, con palabra sin mudarse, lo que era pan, ahora en carne hace tornarse, y el vino en propia sangre transformarse. Y puesto que el grosero sentido se acobarda y desfallece, el corazón sincero por eso no enflaquece, porque la fe le anima y favorece.”
Junto al Sagrario aprendemos a amar; allí encontramos las fuerzas necesarias para ser fieles, el consuelo en los momentos de dolor. Él nos espera siempre y
nos conforta con el calor de su comprensión y de su amor:
“Venid a Mí, todos los que andáis fatigados y cargados, que Yo os aliviaré” (Mateo 11, 28).
El Señor se alegra cuando estamos junto a Él. ¡No dejemos de visitarlo! |