la verdad dice que
unread,Mar 12, 2011, 1:51:38 PM3/12/11Sign in to reply to author
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to Comunidad de Testigos de Jehová
CRISTO QUITA EL PECADO DEL MUNDO
¿Qué significa eso para nosotros..?
Una persona a la que aprecio mucho, un cristiano que defiende con
mucho celo sus creencias, me compartió hace unos meses alguna
inquietud procedente de alguien que aparentemente anda en búsqueda de
demostrar que los evangelios y algunos apartes de las epístolas
paulinas, son un fraude.
La “prueba reina” de aquella persona era asegurar que el Cordero
Pascual no tenía como propósito el perdón de los pecados y que, por
tanto, cuando Juan dijo que Jesús era “el Cordero de Dios que quita el
pecado del mundo”, estaba haciendo una afirmación espuria; y que eso
demostraba que las palabras de Pablo en 1 Corintios 5:7 (nuestra
Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros) fueron
añadidas fraudulentamente para inducirnos al error. Según este hombre,
así quedaba demostrado que los evangelios del Nuevo Testamento eran
falsos y que los pasajes que los mencionaban estaban adulterados.
El cordero pascual y el cordero expiatorio
Si bien es cierto que el cordero pascual no tenía como propósito la
expiación de pecados, cuando Juan identificó a Jesús como el “Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo” estaba hablando tanto del
cordero pascual como del cordero expiatorio; ambos diferentes en
función y propósito pero, ambos, tipo de nuestro Señor Jesucristo.
El propósito del cordero pascual era el sellar con sangre el pacto que
estaba siendo establecido por Dios para Israel. Quien quisiera aceptar
ese pacto tendría que tomar la sangre del cordero, rociarla sobre los
postes y el dintel de su puerta. Esta sangre, en efecto, no era para
perdón de pecados, sino para salvación. Así como la sangre del cordero
proveía salvación, la sangre de Cristo hizo exactamente lo mismo. Por
supuesto, los israelitas, después de haber aceptado la sangre del
cordero, debieron emprender su camino hacia la salvación definitiva,
lejos del dominio de faraón. Pero dejemos que la misma Escritura nos
hable del significado del cordero pascual:
Y cuando os pregunten vuestros hijos: “¿Qué significa este rito?”,
vosotros responderéis: “Es la víctima de la Pascua de Jehová, el cual
pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando
hirió a los egipcios y libró nuestras casas” (Exodo 12:26-27)
Así como el castigo de Dios vino sobre quienes no aceptaron la sangre
del cordero pascual, la condenación vendrá sobre quienes no acepten la
sangre del Cordero –Jesús- como señal de un nuevo pacto. Así como
ellos fueron “librados” de la esclavitud egipcia, los creyentes que
acepten ese pacto serán librados de la esclavitud de Satanás. Pero no
basta con aceptar simplemente la sangre como señal de un nuevo pacto.
La obediencia es primordial en la aceptación de la sangre del Cordero.
Una vez se acepta a Cristo, se es salvo solamente si se obedece de ahí
en adelante. Cuando los israelitas aceptaron la sangre del Cordero
Pascual, aceptaron obedecer a Yahvé. De ahí en adelante, la obediencia
fue asunto de vida o muerte para ellos. Quienes aceptaron la sangre de
ese pacto y no obedecieron, sufrieron las consecuencias –en muchos
casos- mortales.
Así como los israelitas obedecieron, es decir, emprendieron
inmediatamente la huída de Egipto, los cristianos que acepten la
sangre del nuevo pacto provista por Jesús, deben emprender también la
retirada de los dominios de Satanás y seguir obedeciendo a Cristo.
Es importante anotar que la misma noche en que Israel sacrificó el
cordero pascual, inició su éxodo, ya no como una turba de esclavos,
sino como un pueblo libre. La salida fue de urgencia, inmediata. De
igual manera hoy, quien acepte la sangre de Cristo debe salir de
“Egipto” (que prefigura el dominio de Satanás) con la misma urgencia
porque su vida puede correr verdadero peligro. Así como Dios protegió
a los hebreos mediante la sangre del cordero pascual –a quien la
aceptara- Él dispuso de manera inmediata su salida hacia la tierra
prometida, llevó al pueblo hacia una forma de vida nueva, los separó
de Egipto y sus pecados y lo santificó mediante el bautismo en la nube
(Espíritu) y en el mar (agua).
En la inmensa mayoría de iglesias “cristianas” de hoy, se enseña que
cuando una persona hace “la oración de fe” (una oración aceptando a
Cristo como su Señor), ya es salva. Se enseña que cada cristiano debe
llevar a un inconverso a hacer esa oración, así éste no tenga idea de
lo que realmente significa. Es, ni más ni menos, que una especie de
trampa que se tiende a personas que realmente no quieren aceptar a
Cristo. Así, cuando un creyente logra que el inconverso haga esa vacía
oración –que no sale de su corazón- se convence de que tal persona ya
es salva. Eso es falso.
Así que, si bien es cierto que el cordero pascual no sirvió para
expiación de pecados, eso no proporciona a nadie razón para limitar la
prefiguración de Cristo en los corderos circunscritos a la ley
mosaica.
Cuando Juan el Bautista identificó a Cristo como el Cordero de Dios
que quita el pecado del mundo, en la mente de sus oyentes se asoció
correctamente con el cordero pascual que, además, quitaba el pecado
del mundo; es decir, también se asoció con los corderos expiatorios.
Porque uno de los propósitos de la ley mosaica fue, precisamente,
prefigurar a Cristo.
Uno de los propósitos de la ley fue el profetizar y servir de figura o
tipo al Mesías Salvador que habría de venir y por medio de quien
únicamente podía ser posible que el hombre recibiera la verdadera
salvación y se le declarara justo. Esto se logró mediante dos formas:
el Salvador fue anunciado mediante profecías directas, y también fue
prefigurado a través de los tipos y ceremonias de los mandamientos de
la ley.
Por ejemplo, en el caso de una profecía directa contenida en la ley,
tenemos en Deuteronomio una profecía donde Dios habla a través de
Moisés:
Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré
mis palabras en su boca, y él les hablará de todo lo que yo le
mandare. Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en
mi nombre, yo le pediré cuenta. (Deuteronomio 18:18-19)
El apóstol Pedro cita estas palabras de Deuteronomio y las aplica a
Jesucristo:
Pues Moisés dijo a los padres: “El Señor vuestro Dios os levantará
profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas
las cosas que os hable, y toda alma que no oiga a aquel profeta será
desarraigada del pueblo”. “Y todos los profetas desde Samuel en
adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días.
Vosotros sois los hijos de los profetas y del pacto que Dios hizo con
nuestros padres diciendo a Abraham: “En tu simiente serán benditas
todas las familias de la tierra”.A vosotros primeramente, Dios,
habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijera, a fin de
que cada uno se convierta de su maldad”.(Hechos 3:22-26)
De esta manera, el profeta anunciado por Moisés se cumple en la
persona de Cristo en el Nuevo Testamento.
Así mismo, en los sacrificios y ceremonias de la ley, muchos tipos
prefiguran a Jesucristo como el Salvador que había de venir. Por
ejemplo, en Éxodo 12, el mandamiento del cordero pascual es figura de
la salvación mediante la fe en la sangre expiatoria de Jesucristo,
derramada durante el tiempo de la Pascua en el madero o la cruz del
Calvario. De la misma manera, los distintos sacrificios relacionados
con la expiación del pecado y el acercamiento a Dios, descritos en los
primeros siete capítulos de Levítico, prefiguran todos, diversos
aspectos del sacrificio expiatorio que fue la muerte de Jesús en el
madero, la cruz (cabe anotar que los sacrificios expiatorios podían
ser de ganado vacuno u ovejuno). Así, cuando Juan comparó a Cristo con
un cordero de sacrificio, estaba guiando al pueblo de Israel a
apreciar a Cristo como aquél que había sido prefigurado, representado
por todos los mandamientos relacionados con los sacrificios de la ley
mosaica. [He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo
(Juan 1:29)]
Morir al pecado para vivir en justicia
Una falsa creencia de muchos creyentes, es pensar que con decir una
oración aceptando a Cristo, ya se es salvo y se vive para la justicia.
Si bien es cierto que la confesión con la boca es importante, no es
menos cierto que una confesión que no nazca del corazón, como producto
de la fe (y la fe es un proceso adquirido mediante el estudio de la
Biblia) no tiene ningún valor. Por otro lado, como ya se dijo antes,
aceptar a Cristo es obedecerlo, y no podremos obedecerlo si no
conocemos las Escrituras.
Acerca del sacrificio de Cristo relacionado con el perdón de pecados
nos habla Pedro:
Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero a fin de
que nosotros, habiendo muerto para los pecados, vivamos para la
justicia. Por sus heridas habéis sido sanados. (1 Pedro 2:24)
Cuando Pedro nos dice que por el sacrificio de Cristo nosotros hemos
muerto para el pecado para, luego, vivir para la justicia, eso
significa que la muerte de Cristo va mucho más allá que el simple
perdón de los pecados pasados. Saber y aceptar que morimos para el
pecado, pero que vivimos para la justicia, nos debe llevar a una
dimensión completamente diferente en la experiencia espiritual. Es
muy, pero muy importante saber esto.
La inmensa mayoría de los cristianos de todas las denominaciones,
están convencidos de que sus pecados pasados pueden serles perdonados.
Sin exagerar, podemos afirmar que ésta es la razón por la cual asisten
a las iglesias y se someten a la autoridad de los pastores y demás
jerarcas eclesiásticos. Ellos creen que con ir a sus iglesias
denominacionales y confesar (a Dios o al hombre), pueden lograr el
perdón de los pecados que han cometido. Pero jamás experimentan
ninguna transformación interna en su propia naturaleza. Estas personas
creen erróneamente que al morir Cristo por nuestros pecados, lo único
que se necesita de ellos es una confesión. Y la triste realidad es que
no “viven para la justicia” y mucho menos han muerto al pecado.
Todos esos “cristianos” que ven en el sacrificio expiatorio de Cristo
una especie de permiso divino para seguir pecando, jamás alcanzarán el
perdón por ellos. Estas personas van a la iglesia, cantan, lloran,
claman y confiesan sus pecados, y salen de sus iglesias sin cambiar
realmente su naturaleza para continuar cometiendo la misma clase de
pecados. A los ocho días regresan al mismo ritual vacío. Y es que,
honestamente, no pueden ir más allá.
Todo cristiano auténtico debe entender que el propósito central de
Dios en la expiación de Cristo no fue para que el hombre pudiera
recibir el perdón de sus pecados anteriores sino más bien que, una vez
perdonado por su vida pasada, el creyente pudiera entrar en una
dimensión completamente nueva de experiencia espiritual. Cuando una
persona acepta el sacrificio de Cristo, a partir de ese momento, debe
estar muerta para el pecado pero viva para Dios y la justicia; ya no
debe ser esclavo del pecado; el pecado no debe tener ningún dominio
sobre él. Por supuesto, esto se logra solamente con la aceptación del
sacrificio de Cristo que nos abre la puerta para la acción del
Espíritu Santo en nuestras vidas. Esa operación tiene que ver con el
nuevo nacimiento.
Aceptar el sacrificio del Cordero de Dios no es hacerlo de manera
pasiva, como bajo el Viejo Pacto, sino aceptarlo de manera activa,
morir juntamente con Cristo. Nuestra naturaleza pecadora debe morir
(como murió Cristo); luego, debemos ser sepultados (como lo fue Cristo
–eso simboliza el bautismo), y debemos resucitar (igual que Jesús)
hacia una forma de vida totalmente nueva.
Y sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él,
para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que ya no seamos
esclavos del pecado (Romanos 6:6)
Noten que la crucifixión del viejo hombre juntamente con Cristo, fue
un evento histórico que sucedió en el pasado. Eso no quiere decir que
debamos crucificarnos ya que cuando Jesús lo fue, murió como
sacrificio expiatorio una sola vez y para siempre.
Así, pues, también vosotros haced cuenta de que estáis muertos al
pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. (Romanos 6:11) NC
Antes de este versículo, Pablo habla de la importancia de saber esto,
y de considerar el asunto. Esto es importante:
¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia
abunde? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado,
¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido
bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?,
porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo,
a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del
Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Si fuimos plantados
juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos
en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue
crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea
destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado, porque, el que ha
muerto ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo,
creemos que también viviremos con él, y sabemos que Cristo, habiendo
resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más
de él. En cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; pero en
cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos
al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.
(Romanos 6:1-11)
Fíjense que la muerte expiatoria de Cristo difiere de la muerte
expiatoria de los corderos del sacrificio en que bajo el Viejo Pacto
muere solamente el cordero, pero bajo el Nuevo Pacto nosotros morimos
conjuntamente con el Cordero de Dios.
Hay dos condiciones para estar muerto al pecado y vivos para Dios y su
justicia: “Saber esto” y “considerarnos muertos al pecado”
“Saber” en qué consiste el sacrifico de Cristo y cómo nos afecta a
nosotros, es tan importante como “considerarnos muertos al pecado”.
Es necesario, como lo asegura Pablo, “saber” lo que la palabra de Dios
enseña acerca del propósito principal de la muerte de Cristo (que
muramos al pecado para que, luego, andemos en vida nueva). También
debemos “considerarnos muertos al pecado”; para poder ser sepultados
en su muerte –que es el bautismo- y, de la misma manera que lo hizo
Cristo, podremos resucitar a una vida nueva aquí y ahora.
El propósito principal de la expiación de Cristo
Con respecto al propósito principal de la expiación de Cristo –para
que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia-
podemos asegurar dos cosas:
1) Ninguna otra verdad tiene mayor importancia en todo el Nuevo
Testamento ¿Pero qué sucede también?
2) Que ninguna otra verdad hay acerca de la cual exista mayor
ignorancia, indeferencia o incredulidad entre los que profesan ser
cristianos. Si usted hace una encuesta entre sus conocidos que
profesan ser cristianos, podrá constatarlo.
Este es el centro de nuestra fe. Saber que con la muerte, sepultura y
resurrección de Cristo somos justificados porque morimos al pecado
juntamente con él en el bautismo y emergemos resucitados a una vida
nueva, es un asunto que nadie entiende realmente y casi nadie conoce.
Es así como podemos aplicar a esta realidad lo que dice el Señor en
Oseas 4:6: Mi pueblo se perdió por que le faltó de conocimiento.
El primer gran requisito que Pablo estableció para disfrutar del
propósito principal de la expiación de Cristo es “sabiendo esto”. Si
el pueblo de Dios no conoce esta verdad, no podrá creer en ella; si no
cree en ella, no podrá experimentarla. Así que podemos entender la
necesidad imperiosa de dar a conocer estos hechos a la iglesia de
Cristo para que cada persona la recuerde permanentemente.
Y aquí tenemos que considerar la importancia real del bautismo
cristiano. En el próximo artículo analizaremos el bautismo cristiano
en agua, uno de los diferentes bautismos que menciona la Biblia y que
todos debemos conocer ya que es una de las doctrinas fundamentales del
cristianismo. (Hebreos 6:2)
Dios los cuide.