la verdad dice que
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to Comunidad de Testigos de Jehová
REPORTAJE: ESCÁNDALO EN LA IGLESIA CATÓLICA
La increíble vida de Marcial Maciel
El fundador de los Legionarios de Cristo fue pederasta, tuvo hijos con
varias mujeres y plagió el libro de cabecera del grupo. Tantos
'pecados' ensombrecen la beatificación de Juan Pablo II, su gran
protector
JUAN G. BEDOYA 24/01/2010
Marcial Maciel soñaba con ser proclamado santo universal... y acabará
en los infiernos más profundos de su iglesia. Los últimos
descubrimientos sobre la doble y exagerada vida del famoso fundador de
los Legionarios de Cristo y del grupo sacerdotal Regnum Christi no
dejan lugar a dudas, y eso que aún no ha concluido la investigación
ordenada hace un año por Benedicto XVI. Lo que ya se sabe es
demoledor. El líder de uno de los más exitosos movimientos del nuevo
catolicismo no sólo fue notorio pederasta y drogadicto. También tuvo
hijos -al menos cuatro, quizá seis- con varias mujeres, plagió
descaradamente el libro de cabecera legionario, titulado El salterio
de mis días, e impuso a toda la organización un cuarto voto de
silencio para guarecerse de denuncias. Uno de sus antiguos
colaboradores le acusa incluso de haber envenenado a su tío abuelo, el
obispo Guízar, que avaló la exitosa carrera eclesiástica del ambicioso
sobrino en el
convulso México de los años treinta del siglo pasado.
"¡Cuánta suciedad hay en la Iglesia!" Este clamor le valió un
pontificado al entonces cardenal Joseph Ratzinger. Lo pronunció en un
vía crucis en abril de 2005, a punto de reunirse el cónclave para
elegir al sucesor de Juan Pablo II. El todopoderoso prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe (ex santo Oficio de la
Inquisición) sabía de qué hablaba. Los cardenales electores, también.
Sobre la mesa del Papa anterior, Karol Wojtyla, se habían acumulado
acusaciones de pederastia contra miles de sacerdotes, y también quejas
por el encubrimiento de esos delitos por algunos jerarcas en Estados
Unidos, Irlanda, Italia, Austria e, incluso, España. El alemán
Ratzinger aparecía como el único de los reunidos con información y
autoridad suficientes para atajar tal estado de cosas.
El propio Juan Pablo II no se libraba de las críticas. Por citar sólo
el caso del fundador de los Legionarios, a la mesa de trabajo del Papa
polaco habían llegado durante años cientos de denuncias sobre las
andanzas y desviaciones del sacerdote Maciel. El Pontífice las
despreció. Maciel era uno de sus preferidos. Llenaba plazas y estadios
de fútbol en los viajes del líder católico por el mundo, junto al otro
movimiento de moda, el Camino Neocatecumenal del español Kiko
Argüello. Aquella protección contra toda lógica amenaza ahora con
ensombrecer la anunciada beatificación de Juan Pablo II, a poco que
funcione la famosa y vieja figura -desaparecida como tal- del abogado
del diablo en todo proceso de canonización.
Cuando el todavía cardenal Ratzinger clamó contra la "suciedad"
interna en su iglesia, los cardenales se convencieron de que era el
hombre a elegir. Dos días más tarde lo hicieron Papa, el 19 de abril
de 2005. Fue entonces cuando se empezó a cavar la tumba del hasta
entonces intocable fundador de los Legionarios. Una de las primeras
medidas anticorrupción del pontífice Benedicto XVI, en mayo de 2006,
le alcanzó donde más dolía. Maciel debía abandonar Roma
apresuradamente, y retirarse a su México natal. También debía dejar el
poder en manos de alguno de sus colaboradores. La decisión del
Vaticano parecía humillante -Maciel era obligado a llevar "una vida
reservada de oración y penitencia, renunciando a cualquier forma de
ministerio público", se le ordenaba-, pero no acalló el escándalo.
Demasiado poco castigo para documentadas acusaciones de abusos
sexuales en varios países. Como disculpa, Roma apeló a la edad
avanzada del encausado,
casi nonagenario. Maciel moriría poco más tarde, en enero de 2008, en
Cotija (Michoacán, México). Asunto zanjado, suspiraron sus antiguos
amigos en el Vaticano.
Se equivocaban de punta a cabo. Además del clamor dolorido de las
víctimas, que pusieron el grito en el cielo por la benevolencia de
Benedicto XVI, ahora entraban en escena autoproclamados hijos y
mujeres de Maciel reclamando atención y derechos. Todo empezó en
Madrid, adonde Maciel venía con frecuencia, a veces discretamente. Al
fin y al cabo, fue aquí donde fue recibido con los brazos abiertos en
1941, nada más fundar en México el movimiento de los Legionarios de
Cristo, con apenas 20 años de edad. El ministro de Asuntos Exteriores
de entonces, el democristiano Alberto Martín-Artajo, fue el encargado
de introducirlo en la nacionalcatólica sociedad franquista. Hoy, los
Legionarios cuentan en España con una Universidad -la Francisco de
Vitoria, en Madrid-, varios seminarios y cientos de colegios, entre
otras muchas propiedades.
Los primeros rumores sobre la doble vida de Maciel provocaron un
revuelo morboso entre algunos legionarios, abrumados, sobre todo, por
las acusaciones de pederastia, que hasta Roma avalaba oficialmente. Si
su adorado fundador conoció mujer y tenía una hija, eso espantaba,
según ellos, las sospechas del horrendo pecado de pedofilia. Así que
lo que debía ser gestionado en sumo secreto, pronto fue un clamor
público, filtrado desde dentro. Maciel no sólo tuvo aventuras
amorosas, sino que en Madrid vivía una hija suya, con nombre,
apellidos y un número de portal concreto en unos lujosos apartamentos
de la calle de Los Madroños. La chica, ya madura -la madre murió hace
años-, se llama Norma Hilda y ha pactado silencio a cambio de una
pensión vitalicia. Quien selló el acuerdo y se ocupó de que la
rocambolesca historia acabase ahí fue el mismísimo secretario de
Estado vaticano, cardenal Tarcisio Bertone, durante una visita
semioficial a España.
Ocurrió en los primeros días de febrero del año pasado. El dinero no
fue un obstáculo. Hace décadas que en ambientes hostiles el grupo del
Maciel es conocido, con ironía, como los Millonarios de Cristo.
Animado por el éxito del apaño maquinado en Madrid, Benedicto XVI tomó
otra decisión, con la esperanza de difuminar el escándalo. Ordenó que
la investigación se extendiese a toda la organización. El argumento de
la medida era inatacable: si el fundador legionario había llevado una
vida de crápula, ¿cómo es que nadie de su entorno lo advirtió y
denunció? Para encontrar respuestas, el Papa nombró a cinco
"visitadores", todos ellos obispos: Ricardo Blázquez, de Bilbao
(España); Giuseppe Versaldi, de Alessandria (Italia); Ricardo Watty,
de Tebladpic (México); Ricardo Ezzati, de Concepción (Chile), y
Charles Joseph Chaput, de Denver (EE UU). Watty inspeccionaría en
México y Centroamérica; Chaput, los centros legionarios de Estados
Unidos y Canadá; Versaldi, los de Italia, Israel, Corea y Filipinas;
Ezzati, los de Suramérica, y Blázquez, los de Europa, con la excepción
de Italia. Para facilitarles el trabajo, el Papa, único que puede
atar y desatar esas cosas en la confesión católica, derogó el cuarto
voto de la Constitución legionaria, que obliga a los seguidores de
Maciel a confesarse sólo con sus superiores y a guardar secreto de los
conflictos internos.
En un principio, la inspección ordenada por el Papa fue tomada por el
sucesor de Maciel al mando de la Legión y del Regnum Christi, el
también mexicano Álvaro Corcuera, como un gesto de confianza. El
propio cardenal secretario de Estado, Bertone, había dado pie al
equívoco en la carta en la que comunicó públicamente la decisión
papal. "La visita apostólica es de fundamental importancia y merece la
pena consagrarse a ella con amplitud de miras y limpio corazón. [Los
legionarios] Siempre podrán contar con la ayuda de la Santa Sede para,
a través de la verdad y la transparencia, en un clima de diálogo
fraterno, superar las dificultades existentes", decía la carta del
cardenal al sacerdote Corcuera.
Lo que no podían prever entonces ambas partes es el aluvión de
noticias sobre la vida secreta de Maciel, ahora sin control posible.
Para colmo, había entrado en acción un abogado de prestigio,
anunciando acciones judiciales civiles, que siempre sacan de quicio a
la Santa Sede. El letrado se llama José Bonilla. Uno de sus hijos fue
sometido a abusos sexuales a la edad de tres años en un colegio de los
Legionarios y le ganó a la Iglesia católica un juicio penal por esos
hechos. Ahora representa a tres de los autoproclamados hijos de
Maciel, con nombres propios y en busca de reconocimiento legal y
compensaciones económicas. Se trata de tres varones, hermanos entre
sí, de nacionalidad mexicana. El letrado asegura que Maciel habría
tenido tres hijos más, incluida la española Norma Hilda, cuya
existencia ya ha reconocido oficialmente la Legión. Otro hijo viviría
en Londres, y una sexta hija se mató en un accidente de tráfico cuando
iba a
recoger a su padre a un aeropuerto de París. Norma Hilda, por cierto,
cursó su carrera en la Universidad Francisco de Vitoria, en Madrid,
propiedad legionaria.
Los obispos visitadores que llevan casi un año investigando en las
instituciones y centros de los Legionarios de Cristo y del Regnum
Christi no sueltan prenda de sus averiguaciones. Tampoco desmienten
noticia alguna, y eso que se publican a diario, sobre todo en la
prensa latinoamericana. Reconocen, en cambio, que los cinco prelados
han sido convocados a Roma de urgencia para presentar a Benedicto XVI
un primer informe de lo actuado. José Martínez de Velasco, redactor
jefe de la agencia Efe y el primero que desveló los escándalos de la
Legión -publicó en 2002 el libro Los Legionarios de Cristo, el nuevo
ejército del Papa, y dos años más tarde, Los documentos secretos de
los Legionarios de Cristo-, sostiene que la investigación está
"prácticamente concluida", pese a que son muchas las personas que han
solicitado ser recibidos para dar su testimonio o desahogarse.
Martínez de Velasco afirma, además, que las acusaciones de pederastia
contra Maciel prácticamente no se han investigado porque estaban
suficientemente contrastadas. Las primeras denuncias sobre abusos
sexuales en centros de la Legión llegaron al Vaticano en la década de
los años cincuenta del siglo pasado, durante el pontificado de Pío
XII, paternal protector también del sacerdote mexicano. Éste había
llegado a Roma avalado por su parentesco con un tío abuelo suyo,
Rafael Guízar, obispo de Veracruz y en proceso de canonización por
Benedicto XVI como uno de los héroes de la persecución y guerra de los
Cristeros en el México revolucionario de los años treinta del siglo
XX. Sin embargo, un libro publicado en México con el título El
Legionario, escrito por Alejandro Espinosa, sostiene que el obispo
Guízar murió envenenado con cianuro por el propio Maciel. "Guízar
acogió a su sobrino en su seminario clandestino, pero la buena
relación
entre ambos duró hasta que el obispo descubrió que el joven Maciel le
estaba pervirtiendo su seminario con relaciones sexuales con otros
estudiantes. El día en que el obispo murió había tenido una discusión
muy fuerte con Maciel", sostiene.
Apoyado con información de algunos testigos del suceso y con
confesiones que el mismo Maciel le hizo cuando tenía con él una
relación muy cercana, Espinosa armó esta hipótesis. "La muerte de
monseñor Guízar no quedó esclarecida. Y cuando años después exhumaron
su cadáver, se le halló incorrupto y con el pelo rojizo, tal y como
deja el cianuro a los cuerpos. Pero la gente se fue por el lado del
milagro", sostiene este ex legionario, él mismo sometido a abusos
cuando estudiaba en el seminario que la Legión posee en Ontaneda
(Cantabria). Hoy vive retirado en el campo mexicano, con estrecheces
económicas y, aún, amenazado por antiguos correligionarios. En cambio,
el postulador en México de la causa de canonización de Guízar, el
sacerdote Rafael González Hernández, tacha de absurda la historia.
"Monseñor Guízar murió en 1938 a causa de una insuficiencia cardiaca y
de un ataque de diabetes. Tenía 60 años y ya era un anciano
decrépito y acabadísimo, pues gastó su vida al servicio de los fieles.
Efectivamente, 12 años después de su muerte, en 1950, sus restos
fueron exhumados y se encontraron incorruptos", afirma.
Lo cierto es que, con informaciones de acá y de allá, más lo que le
han aportado ya los visitadores, el Papa tiene datos suficientes sobre
la situación de la Legión de Cristo y sobre las acusaciones contra el
fundador y algunos de sus colaboradores. La decisión que adopte se
conocerá el próximo marzo. Según Martínez de Velasco, el Vaticano se
debate entre tres opciones: disolver la congregación, proceder a su
refundación o designar un comisario pontificio que conduzca a la
Legión hasta un Capítulo General de renovación total.
Desde la disolución de los jesuitas en 1773 por Clemente XIV, forzado
por los reyes de Francia, España, Portugal y de las dos Sicilias -por
motivos de poder, por tanto-, la Iglesia católica no se había
enfrentado a un caso igual, esta vez por sucios escándalos sexuales y
financieros. Benedicto XVI, él mismo acusado de no haber actuado con
diligencia cuando estaba al frente de la Congregación para la Doctrina
de la Fe, se enfrenta al peor momento de su pontificado, sobre todo si
la investigación interna confirma una culposa pasividad de Juan Pablo
II por amistad personal con Maciel.
"Un guía eficaz de la juventud", según piropo de Juan Pablo II
Los días de gloria de Marcial Maciel, y los de los Legionarios -unos
70.000, de los que 800 son sacerdotes-, estaban contados cuando un
grupo de ex seminaristas de la organización se unió para denunciar
ante la opinión pública al fundador y a sus protectores en el
Vaticano. Unos, en Ontaneda (Cantabria), y otros, en seminarios de
México, todos sufrieron abusos sexuales de su padre confesor. Fueron
sacerdotes la mayoría. Tardaron en "contactarse", pero al final fueron
"atando datos", dicen, hasta llenar de credibilidad una denuncia, que
llegó ante Ratzinger cuando todavía no habían explotado los escándalos
de pederastia en la iglesia de EE UU. He aquí la identidad de algunos
de los denunciantes: además de Alejandro Espinosa, los hermanos
Fernando y José Antonio Pérez Olvera, Samuel Barrales, Arturo Jurado,
Juan José Vaca, José Barba y Félix Alarcón. La gota que colmó el vaso
de su paciencia fue una frase de Juan Pablo II, amigo y
protector de Maciel. El fundador de los Legionarios de Cristo es "un
guía eficaz de la juventud", dijo el Papa polaco, de visita en México.
Era en 1994. Con este sorprendente piropo del distraído Pontífice, el
fundador legionario, que iba para los altares según el polaco, empezó
su caída a los infiernos de la Iglesia romana. El proceso contra
Maciel, según lo plantearon los ocho ex legionarios y su abogada, la
austriaca Martha Wegan, tenía dos planos: el de los abusos sexuales y
la adicción a la morfina del fundador, y el que éste dominara la
conciencia de sus víctimas mediante la dirección espiritual. Es decir,
además de los delitos sexuales, que en 1998 podrían estar prescritos,
Maciel había absuelto a sus muchachos en confesión. La figura de la
absolución del cómplice, uno de los mayores delitos en la Iglesia
católica, no prescribe, y su examen queda reservado a la Congregación
para la Doctrina de la Fe. La demanda contra Maciel
se presentó en Roma en octubre de 1998 con este título: Absolutionis
complicis. Arturo Jurado et alii versus Rev. Marcial Maciel Degollado.
Las desviaciones del fundador legionario ya fueron investigadas entre
1956 y 1959, sin resultado conocido. Durante ese tiempo, Maciel fue
suspendido como superior general y expulsado de Roma. El cardenal
Alfredo Ottaviani, entonces gran inquisidor, encargó al claretiano
vasco y futuro cardenal Arcadio Larraona que dirigiese la
investigación. Éste envió a sus visitadores al seminario de Ontaneda,
pero no resolvió nada.