TOROS: ¡Paren la barbarie! Escribo esta columna sintiendo una especie de estupor mezclado con incredulidad por la decisión de la Corte Constitucional -el poder sin metáforas- de permitir que las corridas de toros sigan siendo legales en Colombia. Puso, eso sí, algunas condiciones dignas de figurar en la historia universal de la estupidez humana: que los animales mueran “sin dolor” (habrá que darles un analgésico antes de purificarlos con la espada), y que no se realicen en los municipios de Colombia donde matar no sea una “sana costumbre”. ¡Qué pobreza moral la de nuestros jueces! Promover la violencia en un país en donde la criminalidad no es el poder sino uno de los poderes. Un país que tiene dos de sus ciudades, Medellín y Cali, entre las diez más violentas de América Latina. El Estado pierde autoridad cuando sus órdenes se convierten en generadores de actos de barbarie. Vivimos en un planeta cínico, gobernado por gente cínica, con leyes cínicas; vivimos rodeados de cínicos que glorifican la palabra “guerra” y luego se admiran de que la vida pueda ser tan dolorosa… para algunos. En otras épocas el hombre se sentía culpable por gozar, ahora se siente culpable o culpa a los otros por no hacerlo en dosis suficientes. Y para el hombre “gozar” significa matar, humillar y traicionar valores en nombre de una épica de alcantarilla. La bestialidad primitiva amparada, ahora, por una justicia que promueve lo que debiera castigar. No es al toro, sino a la dignidad humana a la que atropellamos, a la que asesinamos, con cada golpe de espada. La matamos con nuestro silencio cómplice, con nuestros jueces de bolsillo, con nuestras leyes cretinas, con nuestra falta de coraje cívico. La matamos en un domingo festivo luego, eso sí, de ir a misa; la matamos en un coliseo con nuestros aplausos, con “oles”; la matamos mientras sostenemos criaturas en los brazos. Matamos nuestra dignidad –y esto es lo más lamentable- en un día de sol, solo para que el mundo pueda vernos sonreír. La fiesta brava es una fiesta privada a la que concurren nuestros hooligans de modales suaves y cuellos perfumados. Gente duty free, políticamente correcta, mezclada con los arribistas de siempre – políticos, escritores y algunos periodistas- que enarbolan las banderas de la moral pública. Gente que de lunes a viernes traspasa empresas a fondos de inversiones foráneos y el domingo defiende y aplaude culturas ajenas; culturas que huelen a sometimiento, a bajada de cabeza, a resignación. Así, mientras el toro cumple con su destino de “grandeza” (“al fin y al cabo es un privilegiado que fue criado y alimentado para que muera”, según el filosofo español Fernando Savater), mientras la bestia escupe sangre en la arena para que el hombre ría, para que el hombre goce, el ser humano desciende por las escalinatas de la vida hasta el subsuelo de su condición. Los jueces de la Corte Constitucional han fallado a favor del espectáculo y las necesidades del mundo empresarial: la matanza debe continuar, aun en navidad. El negocio no se puede detener por el llanto afiebrado de unas criaturas. Si al hombre se le da a elegir entre la guerra y la paz, elige lo primero. ¡Ojalá Dios nos indulte!