1. En el siglo VIII a.C en tiempos de Isaías: ¿qué se convertía realmente? Las espadas y lanzas no eran solo instrumentos militares:
eran capital acumulado,
garantía de seguridad,
fuente de prestigio político,
lenguaje del poder.
Convertirlas en herramientas agrícolas significaba:
pasar de una economía de muerte a una economía de vida.
No es pacifismo ingenuo, es reordenamiento civilizatorio.
2. Las guerras del siglo XXI: ¿dónde está hoy la espada?
Hoy la guerra ya no se libra principalmente en el campo de batalla. Se libra en:
a) El sistema económico-financiero
Deuda como arma de sometimiento
Sanciones económicas como castigo colectivo
Control monetario como dominio geopolítico
Espada moderna: la finanza sin rostro
Conversión: dinero → instrumento de producción real, trabajo, soberanía compartidaConvertir derivados financieros en pan, trabajo y vivienda.
b) La tecnología desvinculada de ética
Drones, misiles hipersónicos, IA militar
Vigilancia masiva
Automatización del matar
Espada moderna: la tecnociencia sin límite antropológico
Conversión: tecnología → cuidado, salud, comunicación, prevenciónConvertir algoritmos de control en algoritmos de cuidado.
c) El relato y la información
Propaganda permanente
Deshumanización del enemigo
Guerra cultural y psicológica
Espada moderna: la palabra armada
Conversión: lenguaje → verdad, memoria, reconocimiento del otroConvertir el discurso que fabrica enemigos en palabra que construye pueblo.
d) La organización del poder político
Estados capturados por complejos militares-financieros
Seguridad entendida como dominación
Paz entendida como victoria
Espada moderna: la soberanía absolutizada
Conversión: poder → servicio, cooperación regional, derecho internacional realConvertir la razón de Estado en razón del bien común.
3. Entonces… ¿solo las armas?
No.
En clave profética actual, Isaías diría algo así:
“Convertirán
los mercados de muerte en economías de vida,
los algoritmos de control en tecnologías de cuidado,
las fronteras del miedo en casas comunes,
y no se adiestrarán más para la guerra.”
4. Principio de paz en la tierra
La paz no nace del desarme aislado, sino de la conversión integral de las estructuras que hacen de la guerra un negocio, una identidad o una necesidad.
O, más fuerte:
Mientras la guerra sea rentable, la paz será imposible.
5. Clave antropológica final
Isaías no soñaba con un mundo sin conflicto,
sino con un mundo donde el conflicto no se resuelva por eliminación del otro.
Hoy, la conversión necesaria no es solo:
de armas → herramientas
sino de:
enemigos → prójimos
seguridad → confianza organizada
poder → responsabilidad
De la conversión de las estructuras de guerra en estructuras de vida
Inspirados en la visión profética de Isaías —“Convertirán sus espadas en rejas de arado” (Is 2,4)— afirmamos que la paz no se alcanza únicamente mediante el silenciamiento de las armas, sino mediante la conversión integral de las estructuras que producen, financian, legitiman y rentabilizan la guerra.
Reconocemos que en el mundo contemporáneo la guerra no se expresa solo en el combate armado, sino también en:
sistemas económicos que transforman la deuda y la escasez en instrumentos de dominación;
desarrollos tecnológicos desvinculados de toda responsabilidad ética;
discursos políticos, mediáticos o culturales que fabrican enemigos y justifican la exclusión;
concepciones de soberanía que absolutizan el poder y niegan la interdependencia de los pueblos.
El orden de paz en la tierra exige la conversión de estas “armas invisibles” en instrumentos de vida común:
del capital orientado a la muerte, a una economía del trabajo, la producción y el cuidado;
de la tecnología de control y destrucción, a la tecnología al servicio de la salud, la educación y la comunicación humana;
del lenguaje que deshumaniza, a la palabra que reconoce, repara y reconcilia;
del poder entendido como dominación, al poder entendido como servicio al bien común.
Mientras la guerra sea rentable, la paz será estructuralmente imposible, y que toda paz auténtica requiere que la vida humana, la dignidad de los pueblos y la casa común prevalezcan sobre la lógica del lucro, la supremacía y el miedo.
La humanidad debe asumir como principio irrenunciable que la verdadera seguridad nace de la justicia, la cooperación y el reconocimiento recíproco, y no de la acumulación de medios de destrucción ni de la perpetuación del conflicto.