¿Y cuál es el Dios verdadero?

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Alejandro

unread,
Feb 23, 2010, 6:42:14 PM2/23/10
to Coloquio de Teología
"¿Quién dicen ustedes que soy yo?" le preguntó Cristo a sus
discípulos, momentos antes de nombrar a Pedro cabeza de su Iglesia.
Esa pregunta resuena en nuestras vidas cuando conocemos a Cristo de
distintas maneras: nos han platicado de Él nuestros padres, a algunos
nos han enseñado a adorarle, hemos oído que para ciertas personas es
Dios y para otro tanto es sólo un personaje histórico respetable, hay
los dicen que está en la Eucaristía, hay también los que dicen que
está en todas partes. Personalmente soy de los que lo adoran; creo que
Cristo es Dios hecho hombre. ¿Por qué lo creo?

Desde luego las razones que puedo dar son muchas. La más importante,
sin embargo, y a la vez la menos relevante desde el punto de vista
argumentativo, es el acto de fe: la voluntad de creer en Él. Ojo: que
el acto de fe sea la razón determinante, no significa que los
argumentos racionales estén de sobra, porque, como diría San Agustín,
"la fe, si lo que cree no se piensa, es nula". Sepan de antemano que
ninguno de esos argumentos podrá probar contundentemente la Verdad de
Cristo (en dado caso no habría espacio para la fe), pero todos sirven
como indicios para depositar confianza en ese acto de fe. Dado el
espacio limitado con el que cuento, desarrollaré brevemente sólo una
de esas razones.

Cuando San Anselmo construyó su argumento ontológico para intentar
probar la existencia de Dios, hacía notar que tanto los que afirman su
existencia como los que la niegan tienen en común la misma idea de
Dios, a saber, "algo tan grande que nada mayor puede ser concebido".
Para Anselmo Dios es el ser supremo que contiene todas las
perfecciones en sumo grado.

Definitivamente los hombres no podemos, con nuestra inteligencia
limitada, ni comprender, ni concebir, ni imaginar a Dios. Que pequeño
sería Dios si cupiera en nuestra mente. Eso no significa, sin embargo,
que no podamos hacer un esfuerzo por acercarnos remotamente, con todas
nuestras facultades, a tratar de conocerlo. Podemos intentar proyectar
al extremo las perfecciones, y en particular, la más noble de ellas, y
nos daremos una idea pobre y muy insuficiente de cómo puede ser Dios.

Antes de continuar con la proyección al extremo haré una aclaración.
Todas las perfecciónes en el fondo dependen unas de otras. Si por
ejemplo, dijéramos que la perfección suprema es el trabajo,
pensaríamos en Dios como el mejor trabajador posible, lo cual
supondría quizá orden, sinceridad y muchas otras perfecciones. Las
perfecciones están jerarquizadas; no es lo mismo la perfección del
aparato digestivo, que la perfección de la felicidad. Evidentemente la
salud del primero es significativa en virtud de la felicidad. A las
perfecciones que son tales en virtud de que sirven a una perfección
más noble las llamo reductibles y a la(s) que son por sí mismas la(s)
llamo irreductibles. No sé si Dios tenga todas las perfecciones, pero
sin duda, para ser realmente perfecto y, por lo tanto, para ser
realmente Dios, debe llevar al extremo la perfección más sublime e
irreductible, que en el presente texto, postulo que es el amor.

Ahora bien, si Dios es la Perfección, y se puede asemejar a Él una
proyección al extremo de la más noble de las perfecciones que
conocemos, es decir, de la perfección irreductible, podemos hacer un
ejercicio con la inteligencia y la imaginación para projectar al
infinito (o lo más que podamos) dicha perfección. Pondré un ejemplo
más sencillo para que se comprenda qué es proyectar un atributo al
extremo. Si dijéramos que la perfección suprema es el tamaño,
imaginaríamos a Dios como una masa infinitamente grande. Claro que el
tamaño no es necesariamente una perfección, y mucho menos es la
perfección irreductible.

Introduciré como supuesto que el amor es la más extrema y noble de
todas las perfecciones; el tratamiento extenso de esta premisa lo
trataré en otro texto. Con base en el método de disparar al extremo un
atributo, y si la perfección suprema e irreductible es el amor (si el
amor es aquella perfección que no es en virtud de ninguna otra sino
que todas son en virtud de ella), ¿cómo tendría que ser Dios?

Utilizaré la definición de Tomás de Aquino para acotar la noción de
amor: "amar es querer el bien de otro". Algunas veces este "querer el
bien de otro" lleva a renunciar al bien propio, es decir, al
sacrificio. Esto, sin embargo, no sería desordenado, porque cuando se
entiende el amor como perfección, no hay mayor bien propio real que el
acto de amar y ser amado. De estos dos, sólo uno depende de la propia
voluntad. Para acercarse a la mayor perfección, entonces, uno debería
amar ilimitadamente, querer y buscar el bien de otro sin barreras, que
sería lo mismo que buscar el bien propio de manera indirecta, pues
amar también perfecciona al individuo. Ahora bien ¿cómo sería Dios si
extraemos su noción desde el concepto de amor proyectado al extremo,
al sumo grado?

Podríamos pedirle a los grandes literatos que con el poder de su
imaginación pintaran a un dios extremo en la virtud del amor.
Recibiríamos sin duda historias magnífcas, aunque unas más cerca que
otras del extremo. La imaginación y el entendimiento humanos no pueden
con sus propias dotes llegar al infinito con que Dios porta esas
perfecciones.

Miremos al repertorio de dioses de lo que nos ha contado el hombre y
la historia. ¿Quién de ellos porta esa perfección del amor al extremo?
¿Hay acaso amor más grande y más extremo que dar la vida por el otro?
¿Hay algún Dios que con el afán de alcanzar el bien del otro se
encarne en su propia naturaleza y de la vida por él? Sí lo hay:
Cristo.

Cristo es en efecto lo más extremo cuando se trata amor. No hay más.
Nosotros no podríamos haber imaginado extremo de amor tan grande y tan
infinito, pero una vez que se nos ha revelado, lo podemos asentir.
Dios, el Dios del amor, crea al hombre libre para hacerlo capaz de
amar como Él ama (a su imagen y semejanza) a costa de que introduzca
por su propia libertad el pecado. Ese mismo Dios asume la
responsabilidad de ese pecado, se encarna al pequeño tamaño de su
creatura y da la vida por ella. El sufrimiento de la Cruz es el
extremo del amor, no sólo para rescatar al hombre del pecado, sino
para hacerlo hijo de Dios. En Cristo recibimos el amor del Padre con
la misma intensidad con la que Cristo mismo lo recibe. Esto quiere
decir que el Padre ama a cada persona igual que como ama a su propio
hijo Cristo.

Seguro alguien objetará que el infierno no es el extremo del amor. El
tema del infierno es tremendo, motivo suficiente para dedicarle un
texto específico. Adelanto que podemos tener la seguridad de que
incluso el infierno es un acto de amor. El infierno es sufrimiento
porque no se tiene a Dios. Y no se tiene a Dios no porque Dios no esté
ahí, sino porque se rechaza, y el amor de Dios es tan extremo que
respeta máximamente la libertad del hombre, porque el hombre es un ser
libre, y si Dios violentara esa libertad, negaría la propia naturaleza
del ser que ama. Eso no es verdadero amor. No abundemos más sobre el
tema. Baste con tener la seguridad de que, más allá de nuestra
comprensión, cualquier cosa que suceda es por amor cuando tiene que
ver con el obrar de Dios, y amor extremo.

Si alguien me presenta a un dios que rebase los extremos del amor de
mi Dios, mi Cristo, me cambio inmediatamente de religión.

En resumen, el argumento va como sigue: Dios debe llevar al extremo la
más noble de las perfecciones, a saber, la perfección irreductible.
Dicha perfección es el amor. No hay Dios que ame con más intensidad
que el Dios cristiano. Por lo tanto, el Dios cristiano es el Dios
verdadero. Si bien la inteligencia humana no puede concluir que Dios
debe ser como Cristo a partir de la idea de amor proyectada al
extremo, pues la inteligencia humana es limitada, sí puede asentir que
en Cristo está el extremo más radical del amor, una vez que se revela.
Si la inteligencia fuera ilimitada, me atrevería a decir, podría
concluir a la persona de Cristo a priori de la misma idea del amor
proyectada al extremo, es decir, podría concluir que Dios debe morir
por amor, de la misma manera que de la idea de un triángulo puede
deducirse que sus ángulos suman 180º, pero eso lo desarrollaré en otra
ocasión. Queda mucho por explicar, mucho que pensar y mucho que
dialogar, pero también muchos artículos por escribir. Por lo pronto
contemplemos la belleza del Dios del amor.

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