Alejandro
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to Coloquio de Teología
04 octubre 2006
NOTA: Transcripción de una conferencia dictada a jóvenes
universitarios.
NOTA 2: Falta completar un poco la transcripción, aunque el cuerpo
fundamental está completo.
La libertad tiene dos consecuencias importantísimas: 1) es la
condición para la felicidad; 2) es la causa del sufrimiento. Antes de
entrarle al tema de la felicidad, me gustaría que viéramos el tema del
sufrimiento, porque, por lo general, siempre que se habla de
felicidad, se entiende como opuesta al sufrimiento.
Hay dos modos fundamentales de ver el sufrimiento: 1) desde la
perspectiva del hombre y 2) desde la perspectiva de Dios. Casi siempre
que se busca el sentido del sufrimiento se mira desde el punto de
vista del hombre. Cada quien se pregunta: ¿qué significa el
sufrimiento para mi? y ¿qué papel juega en mi vida?
En esta conferencia nos vamos a fijar en lo que significa el
sufrimiento para Dios, porque ese va a ser el significado real y
objetivo para cualquiera (Él es el diseñador del hombre, y si no
basta, tuvo, en la Pasión, experiencia personal de la totalidad del
sufrimiento humano). La perspectiva del hombre depende en gran medida
de la cultura, de la situación histórica, del entorno, etc. No es ni
estable, ni segura.
Cualquiera me preguntaría ahora, y con toda razón: ¿tu qué sabes lo
que piensa Dios? La respuesta es NADA. No se nada, pero igual que
cualquiera, hago mi esfuerzo por entenderlo un poco.
Tenemos dos motivos que nos permiten hacer este tipo de intentos: 1)
Dios se nos ha revelado, 2) estamos hechos a su imagen y semejanza: la
inteligencia, en última instancia, sirve para conocer a Dios.
Lo primero que hay que tener muy claro es que el sentido de la
creación es el hombre. Lo que Dios quiere, sobre todas las cosas, es
la felicidad del hombre. Para eso fue creado el ser humano, para
participar de la bienaventuranza de Dios: “Dios, infinitamente
Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad
ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida
bienaventurada” (Cat. 1). Lo que distingue al hombre del resto de las
criaturas es que el hombre es querido por sí mismo, mientras que todo
lo demás es querido porque sirve al hombre. El universo es un regalo
para el hombre.
Imaginemos a Dios planeando la creación. No la hace para Él: Él no
necesita nada. Lo que quiere es compartir su felicidad absoluta.
Entonces, con su infinita sabiduría, diseña el mejor plan para “hacer
feliz a alguien”. Recordemos que Dios “es amor”. Esto, más allá de la
cursilería, tiene un sentido muy profundo. Dios es donación, es el que
busca la felicidad de los otros. ¿Cómo entonces entró el sufrimiento y
el pecado al mundo, si los planes de Dios son perfectos, y el
sufrimiento no parece ser una perfección?
Dios, al crear al hombre, tenía dos opciones: o crear al hombre libre
o no libre. Si no lo creaba libre, le daría gloria necesariamente,
como los animales y las plantas, pero no podrían gozar del amor: sin
libertad no se puede amar. El amor, por definición es “querer” (el
querer es libre) al otro. Un amor no libre es una contradicción (Ej.
Si tu hijo te dice que te ama sólo porque está obligado a amarte, es
lo mismo a que te diga que no te ama). Si el hombre no fuera libre no
podría amar, y si no pudiera amar, no podría asemejarse a Dios en eso,
en el amor, en lo más importante, porque Dios es amor. Si el amor es
la fuente más rica de felicidad, y Dios quiere al hombre feliz, lo
debe hacer capaz de amar y, por lo tanto, libre. Sin amor y sin
libertad queda el hombre reducido a la capacidad de sentir placer,
como cualquier animal.
Si lo que Dios quiere es felicidad para el otro, debe tomar el riesgo
de la libertad. La introducción de la libertad en la creación supone
que puede haber fallos en ella. Hay criaturas que a partir de la
libertad pueden revelarse contra Él y contra sus planes. Sin embargo,
pienso que pudo haber dado Dios al hombre el suficiente conocimiento y
la suficiente fuerza para no fallar. Me refiero a una libertad
infalible, como la de Dios mismo (Dios, aunque es libre, no puede
hacer el mal, ni fallar). Aunque una libertad incapaz de fallar es un
tema muy complicado que puede debatirse ampliamente, lo que es seguro
es que, en cualquier caso, Dios previó y aceptó la entrada del mal y
del sufrimiento en la creación.
¿Pudo haberlo evitado?, ¿la rebelión de los hombres pudo haber
sucedido sin consecuencias de sufrimiento? Probablemente Dios, que es
todopoderoso, pudo haber conseguido una creación con libertad y sin
sufrimiento. Por eso, hay que pensar que Dios tiene una buena razón
para permitir la existencia del sufrimiento. Si lo que Dios quiere, en
última instancia, es la felicidad del hombre, y permite el mal y el
sufrimiento, significa que el sufrimiento, de alguna manera, debe
contribuir a la felicidad del hombre. De lo contrario, Dios no lo
hubiera permitido. ¿Qué bien saca Dios del mal y de las consecuencias
del mal, que son “sufrimiento”? Esa es la pregunta que queremos
responder. ¿Cómo se conecta el sufrimiento con el amor de Dios?
Antes de intentar resolver esta difícil cuestión vamos a decir qué
queremos decir con sufrimiento. Como primera aclaración distingo el
sufrimiento del dolor. El dolor es una alerta: nos dice que algo no
anda bien. Los animales sienten dolor. Si no sintiéramos dolor
probablemente moriríamos muy rápido. El dolor es como un guía que nos
indica qué daña al cuerpo y qué es físicamente bueno para el cuerpo (a
nivel físico, no moral). El sufrimiento no es simple dolor, sino
consciencia de que falta un bien. El hombre sufre cuando se da cuenta
de que le falta, por ejemplo: salud, familia, amigos, cariño.
Cuando nos preguntamos por la felicidad buscamos algo que satisfaga el
corazón humano absolutamente. Los hombres deseamos algo eterno,
infinito y total. El dinero, por ejemplo, no resuelve completamente
nuestras ansias de eternidad porque supone riesgos, inestabilidad,
preocupaciones, etc. Además es finito, limitado y sólo deja al corazón
del hombre más hambriento. Entre más se tiene, más se quiere tener.
Podemos continuar proponiendo bienes para ver si satisfacen esta “sed
infinita” del corazón humano: poder, fama, placer, etc. Casi cualquier
respuesta, si reflexionamos profundamente, nos deja con las ganas.
Muy bien, tengo todo el poder del mundo, ¿y ahora qué? Todo el dinero,
¿y luego? Esta pregunta “¿ahora qué?” nos revela la búsqueda de lo
eterno. Queremos más y más y más sin final. Sin embargo, cuando en la
respuesta aparece el amor humano, por ejemplo, hijos, amigos, novia,
etc. la cosa es más difícil de evaluar: cuando uno ama a su novia, no
desea otra novia, y otra, y otra hasta el infinito. Lo mismo pasa con
cualquier persona. Esto sucede porque cada ser humano vale infinito,
por lo que deja al hombre un poco más satisfecho. El amor no se puede
medir, aunque sí se puede intensificar. Uno sabe que puede seguir
amando cada vez mas, y cuando ama de verdad, quiere seguir amando más.
Podemos ver que el amor humano se acerca más a lo que buscamos en la
felicidad, aunque no completamente: de alguna manera es un barril sin
fondo también. Podemos ver que la respuesta a la pregunta por la
felicidad se va descubriendo por el camino del amor, aunque no basta
el amor humano, porque no es perfecto.
Ni puede tenerse todo el dinero hasta el infinito, ni todo el amor de
una persona. Pero, supongamos que se pudiera, una vez que se tiene
todo el dinero, sigue la pregunta: ¿y ahora qué? Compro todo lo que
existe: ¿y luego? Lo uso, ¿y? Seguimos metidos en un agujero sin
fondo. En cambio, si hablamos del amor, no podemos ni comprender, ni
imaginar lo que sería tener el amor absoluto de una persona. Aunque no
se puede tenerlo, no se puede seguir con la pregunta: "¿para qué?". Si
le preguntamos a una mamá para qué quiere tanto a su hijo, nos va a
responder: nomás, porque lo quiero y ya. No hay razones. No se quiere
al hijo para algo, sino por él mismo. Igual sucede si le preguntamos a
un novio para qué quiere que lo ame su novia: no podrá, si es un amor
sincero claro, más que decirnos que para nada, simplemente porque la
quiere.
Esa infinitud que busca el hombre sólo puede encontrarse en el amor de
Dios, a diferencia de lo que sucede en la imperfección del amor
humano. La felicidad no consiste tanto en amar a Dios como en ser
amado por Dios. Lo primero será imperfecto, igual que el amor humano.
Lo segundo, sin embargo, será pleno, único y absoluto. Nada hace más
feliz al hombre que saberse amado por Dios: “Dios me ama”. Que difícil
es entenderlo y realizarlo, pero nada deja al corazón humano con más
paz que el saberse amado de modo incondicional por su creador. No
importa lo que pase, lo que haga o no haga, lo que diga o no diga, lo
que consiga o no consiga, ahí está el amor profundo de Dios. La
felicidad del hombre está en la plena consciencia del amor de Dios. Si
no podemos ser absolutamente felices ahorita es por la imperfección de
nuestra conciencia. El plan de Dios, entonces, consiste hacer que el
hombre realice su amor.
Decía Benedicto XVI en una homilía: “¿Cuál es el motivo por el que
debemos alegrarnos? (...) la razón más profunda está en el mensaje de
las lecturas bíblicas que la liturgia nos propone hoy (...) Nos
recuerdan que, a pesar de nuestra indignidad, somos los destinatarios
de la misericordia infinita de Dios. Dios nos ama de un modo que
podríamos llamar "obstinado", y nos envuelve con su inagotable
ternura”.
Cuando Dios creó al hombre, vimos ya que tuvo dos posibilidades:
crearlo libre o no libre, pero en otro sentido tuvo también dos
posibilidades: ponerlo directo en estado de visión beatifica
(explicar) o revelarle la verdad poco a poco mediante un largo plan
pedagógico. Evidentemente eligió la segunda posibilidad. Podemos
asegurar, por muy misterioso que nos parezca, que es la mejor manera
posible, porque Dios no se equivoca. La primera opción, la de la
visión beatífica directa, probablemente hubiera evitado que el hombre
errara el camino, pues una de las causas más profundas del error es la
ignorancia. Frente a la majestuosidad absoluta de Dios no podríamos
más que arrodillarnos. Caeríamos rendidos delante de Él (aclaración:
los ángeles tampoco tuvieron visión beatifica desde el inicio). El
segundo camino es el que llamamos “la prueba”. Dios deja al hombre un
poco a ciegas, para que elija sin el peso de la irresistible verdad.
Elegir a Dios en este caso supone, por una parte, un salto al vacío
(es lo que llamamos fe), pues no sabemos bien a bien en donde vamos a
caer. Por otra parte, es prácticamente seguro que habrá error. Dios no
es tonto. Desde que crea al hombre sabe bien que pecará, y que del
pecado nacerá todo el sufrimiento de la humanidad: muertes, guerras,
enfermedades, hambre, egoísmo, odio…
Esto no significa que Dios sea autor del pecado. Leemos en
Eclesiástico: “No digas: ‘me aparté por causa del Señor’, porque lo
que Él detesta, Él no lo hace. No digas: ‘Él me extravió’, pues Él no
necesita de hombre pecadores. El Señor odia toda abominación, y
tampoco es querida por los que le temen. Él, desde el principio, creó
al hombre y le dejó en manos de su propio albedrío y lo puso en manos
de su concupiscencia” (Eclesiastico 15, 11 ss.) Dios es autor de una
criatura libre, capaz de pecar, pero no del pecado. El Creador conoce
los riesgos y los asume, y tiene un plan alternativo que resolverá
todo el problema. Dios es tan poderoso que se aprovechará del mal para
sacar bien. Un bien inimaginable. Si no pudiera hacer esto, nunca
hubiera permitido el fallo. Por eso dice San Agustín: “Dios consideró
mejor sacar bien del mal a no permitir su existencia” (En. 27).
Veamos, según los planes de Dios, los beneficios que ha sacado del
pecado y del sufrimiento. Quedamos antes que la máxima felicidad del
hombre estaba fundamentada en el saberse amado por Dios. ¿Dónde es que
se revela con más nitidez e intensidad el amor? Cristo adelanta una
respuesta a esta pregunta: “no hay amor más grande que dar la vida por
los amigos” (Jn. 15, 13). Llama la atención que la manifestación más
grande de amor tenga una connotación de dolor y de sufrimiento. Dar la
vida, morir…
No digo que no se pueda amar a alguien sin sufrimiento. Lo que digo es
que en el sufrimiento es donde con más claridad se vive el amor. Por
eso hay un dicho que dice que “los verdaderos amigos se descubren en
el hospital y en la cárcel”. En los momentos de sufrimiento un amigo
es el que quiere sufrir contigo, el que te acompaña en el dolor.
Dicen por ahí que el verdadero amor es “en las buena y en las malas”.
Pero todos hemos tenido experiencia de que en las malas es donde mejor
nos damos cuenta y realizamos el amor de los demás. Cuando alguien
sufre contigo vives su amor como nunca. Más aún, cuando alguien te
perdona después de que tu le has provocado sufrimiento, se siente y se
vive el amor con profundidades impensables.
En el caso del amor de Dios a nosotros sucede lo mismo. Nosotros
realizamos y entendemos su amor en un momento medular: en el perdón.
El hecho de que Dios, sin necesidad, y contra su justicia (pues no
merecemos nada), nos perdone, a costa de la muerte de su único hijo
Cristo, nos revela su amor de una forma única, que no puede lograrse
de ningún otro modo.
En la encíclica Deus Caritas Est encontramos espléndidamente expresada
la actitud de Dios con el Hombre: “Israel (es decir, cada uno de
nosotros) ha cometido ‘adulterio’, ha roto la Alianza; Dios debería
juzgarlo y repudiarlo” El Papa toma palabras del profeta Oseas para
explicarnos lo que pasa con Dios: “¿Cómo voy a dejarte, Efraín, cómo
entregarte Israel?... Se me revuelve el corazón, se me conmueven las
entrañas. No cederé al ardor de mi cólera…” Continúa Benedicto XVI:
“El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez
un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí
mismo, su amor contra su justicia”.
Esto es verdaderamente lo que significa el misterio de Cristo: Dios
contra sí mismo; el Padre descargando toda su cólera sobre el Hijo. El
Hijo sufre un golpe infinito, el golpe de Dios, que lo merecía el
hombre.
Esta impresionante prueba de amor deja a San Agustín perplejo, como
conejo lampareado, y se expresa diciendo: “Bendita culpa que mereció
tal Redentor”.
Para entender el amor que Dios nos tiene es necesario conocer su
voluntad. Sabemos que la voluntad del Padre es que Cristo, su hijo,
muera en la Cruz para redimir los pecados (lo dice continuamente
Cristo en el Evangelio). Ahora yo me pregunto: ¿ya por saber que
Cristo murió por nosotros, y que esa es la voluntad del Padre
entendemos su amor? Me parece que no estamos ni cerca de comprender el
misterio de Cristo.
Dios quiere que el hombre entienda, viva y sepa que su amor por
nosotros en tan grande que culmina con la muerte de Cristo. Pensemos,
¿cómo vamos a comprender la muerte de Cristo? La Cruz es el dolor
infinito de Cristo por amor al hombre. Sería imposible comprenderla si
uno mismo no conociera el sufrimiento. Cuando vemos en conjunto cada
lágrima, cada guerra, cada muerte, cada enfermedad, cada asesinato,
todo el odio que hay en el mundo, la ambición, la pornografía, y en
suma, todo el dolor humano, podemos comprender un poco más que eso de
la Cruz. Sin sufrimiento humano no sería posible conocer lo que
significa el amor de Dios por el hombre.
Si uno no sufriera, ¿cómo podría entender el perdón? Si mis pecados no
me han llevado al sufrimiento, acaso tendrá alguna importancia si soy
o no perdonado. El sufrimiento hace palpable el perdón, lo acerca a
nuestra comprensión en un nivel vivencial, no teórico. No me basta, a
mi ni a nadie, con saber en teoría que Dios me ama. Es necesario
vivirlo. No es lo mismo que me describan un dolor de cabeza de esos
intensos, a vivirlo en carne propia. El sufrimiento nos conduce a
vivir el amor de Dios. Fundamentalmente por dos motivos: 1) porque nos
permite vivir el perdón de Dios en carne propia, y no sólo en un nivel
teórico, y 2) porque nos permite comprender el significado de la Cruz,
que nos revela la voluntad del Padre.
Es decir, el sufrimiento es un canal único para aproximarse a vivir el
amor de Dios. Si nunca hubiera existido pecado, ni dolor, ni
sufrimiento, podríamos vivir el amor de Dios, pero no en la
profundidad del dolor y del perdón. Dios ha sacado bien del mal. Ha
dado sentido al sufrimiento. Desde esta perspectiva el sufrimiento, si
bien es difícil, es un don de Dios que nos permite entender su amor.