La mujer, tema abundoso para el escritor, tan fecundo como lo es ella
para la Tierra que habitamos. La diatriba y la apoteosis han
encontrado igualmente en este asunto campo en qué plantear sus
respectivas tiendas; pero el amor ha sido el ángel salvador de la
mujer, y los hombres al erigirla altares, llamándola madre, esposa,
amada, amiga, han hecho afortunadamente que la apoteosis triunfe
siempre y en lo general de la diatriba. Así hemos visto de continuo al
poeta llamándola rosa del pensil humano y robando su canto al ruiseñor
para loarla y celebrarla; al artista pintándola cual virgen, y al
filósofo aceptándola a su vez como complemento necesario a la
naturaleza y vida del hombre; en tanto que la sátira ha pugnado
vanamente por marchitar la rosa del poeta, por manchar la virgen del
artista, o por profanar la Eva del filósofo.
No daré yo ciertamente este giro a mis palabras; soy hijo y he sido
amante; y si bien no faltaría a mis labios una amorosa y aun amarga
queja que de seguro no comprendería en su triste halo a todas las
mujeres, jamás mi lengua iría hasta el epigrama, puñal de dos filos
que al par que hiriese al amable sexo lastimaría también mi corazón.
Es menester, es santo conservar en el alma la creencia y las dulces
aspiraciones; es menester no suicidarse en el mundo del cariño,
verdadero universo del alma; es menester conservar la fe en la belleza
y en la virtud. Belleza y virtud: semejante preciosa dualidad es la
síntesis de todas las creaciones; presidió y preside en nuestro mundo;
es el espíritu, la esencia y la hechicera forma que preside en la
creación de todos esos mundos que a cada instante, a cada soplo,
brotan en los espacios al mágico, grandioso y repetido fiat-lux del
Hacedor: belleza y virtud, tal es la fórmula.
Ahora bien, donde quiera y cuando quiera que esta dualidad ha obtenido
el necesario imperio, allí ha existido una civilización consumada por
más que pudiese acusársela de imperfecta, relativamente, por extrañas
causas, rémoras sin duda de aquellos dos principios.
No buscaremos por cierto civilización militante ni progresiva en
aquellos pueblos en que la mujer, condenada a servidumbre, se ocupa
solo en las duras faenas desdeñadas por el hombre, que allí se reserva
para el combate, o para la holganza, o para el gobierno, fenómeno que
hase verificado en la primitiva edad de casi todos los pueblos, bien
hayan vagado en tribus, bien háyanse estacionado en poblaciones, ora
en el Asia, ora en las regiones célticas, ora en el nuevo mundo; ni
buscaremos tampoco savia progresista en aquellos pueblos índicos, por
ejemplo, en que la mujer, propiedad exclusiva del hombre, hallábase
obligada a sepultarse viva con el difunto esposo, cual viviente
sudario, cual lastimera novia de la muerte.
Es evidente que, sin que sea ya necesario en nuestra época refutar el
exclusivo sistema del filósofo de Ginebra, el mencionado período no
puede tampoco llamarse estado natural, puesto que nunca debe juzgarse
al hombre más próximo a su estado natural, que cuando se encuentra
mejor aparejado en la vía de civilizarse y perfeccionarse. El estado
de naturaleza que imagina o establece el citado filósofo, está en
palpable contradicción con la verdad, puesto que el hombre no fue
creado para los bosques como los lobos, sino para la civilización que
le acerca a la belleza y a la virtud. Y ciertamente que el artista a
quien ocurrió pintar al hombre de Rousseau despojándose de sus
vestidos para ir a buscar en lo agreste de las selvas la dulce ventura
de su estado natural, anduvo acertado, y su ocurrencia fue por demás
ingeniosa, apropiada y peregrina. Si en semejante período anti-
civilizado de los pueblos buscamos a la mujer, la encontraremos
bárbara y esclava.
Pasemos pues en la continuación de mi propósito a examinar, siquiera
sea sobre la marcha, la fisonomía histórica de algunos pueblos cuya
civilización relativa se ha consumado en cierto modo, es decir en sus
naturales límites, con arreglo a la época y a la civilización activa y
general del mundo. Examinemos los pueblos más conocidos. El pueblo
hebreo, verbi-gracia, que nació con Abraham para morir a manos de
Roma, realizó todas las fases posibles de su civilización, abstracción
hecha de tiempos y lugares respecto de nosotros, porque en la historia
no puede haber más que épocas semejantes, y entre las aspiraciones del
pueblo más culto de otro tiempo y los nuestros hay un abismo de
diferencias. El pueblo hebreo a pesar de ser uno de los más ignorantes
de la tierra, tuvo en su theismo puro, o séase en el espiritualismo
unitario, su salvación moral respecto de la historia, puesto que por
aquella dote excelentísima preparó las épocas modernas emanando al
Mesías, redentor divino, salvador de la idea universal. No puede
ofrecerse un problema mejor resuelto ni una civilización más
relativamente consumada en aquel pueblo que produjo gérmenes y savia
para engendrar nuevas civilizaciones; porque sea dicho aunque de paso:
es necesario comprender que las civilizaciones peculiares de los
pueblos y sobre todo las de algunos en los cuales aparece el fenómeno
mejor caracterizado, no mueren, porque su espíritu es el espíritu
inmortal y como él se transforman, transmigran, se transfiguran. La
espiral en sus diversas e infinitas evoluciones, ensancha su diámetro,
pero al centro permanece, la espiral es infinita. El pueblo hebreo
consumó su evolución, fue consumadamente civilizado. ¿Qué papel hizo
en esta evolución la mujer? Siguió la marcha lógica, y sin perder su
carácter local, pasó de liberta como Rebeca a heroína como Judith,
aceptada, querida y estimada, su apoteosis fue la de un salvador. Y
adviértase que era tal la dinamia espiritualista de este pueblo,
estacionario si se quiere en cierto modo, pero depositario de un arca
santa de espíritu y unción, que ni aun la poligamia allí establecida
pudo impedir el progreso de la mujer ni mucho menos envilecerla. El
tipo purísimo de María no rechaza como precursoras en las virtudes a
las Ruth ni a las Susanas.
Pasemos a Grecia. -Este pueblo conservó también su arca de alianza,
este pueblo vivificó también a la humanidad con la rica savia de su
civilización; de su civilización también resuelta, consumada y lo que
es más, como la hebrea, productiva. -Artes, ciencias, virtudes, en una
palabra: Minerva, una diosa, es decir, la mujer; he aquí la verdad de
mi propósito. -Y luego, la Helena que nos ha legado, belleza de todos
los tiempos, tipo que, si ocasionó discordias radicales, inspiró
cantos homéricos, dio vida a los artistas, creó lo inimitable y
morando como perfume celestial en el alma de los griegos y viviendo en
ellos como la fórmula de un casto paraíso, hase alzado por último
altares en la inteligencia y el sentimiento de todas las generaciones,
del mundo entero. Y ¿Penélope? ¿la esposa pura y prudente de todos los
tiempos, la esposa del alma y del corazón? ¡Pero la Grecia! Su nombre
solo, es miel como la miel de sus panales; al pronunciarlo, deja
dulzura en los labios y descoge ante los ojos la perspectiva de un
grato cielo.
Y en esta Grecia ¿qué fue la mujer? Fue amor casto en Penélope,
hermosura en Venus, belleza ideal en Helena, fue artista, fue sabia:
Minerva, diosa. -La Grecia fue pues una nación consumadamente
civilizada; la mujer lo está mostrando: fue allí, hasta diosa.
¿Y qué dirá Roma? ¿Qué dice esa hija de Rómulo y de Numa que crece
para producir a los Tiberios y Nerones, que se eleva y domina para
despedazarse trágicamente y legar a pueblos bárbaros una civilización
griega fecunda; una civilización romana, espúrea, infecunda en bienes?
Madre ingrata que no merecía los huesos de sus hijos, meretriz indigna
que quería venderse al que la compraba.
También ella resolvió su problema; ínterin fue vencedora o mejor dicho
colonia de la Grecia, tuvo virtudes, cuando comenzó a ser romana,
crímenes. Su primer período produjo las Porcias y las matronas; la
esposa de un Catón no era cedida entonces sino por sublime
extravagancia, por la grande estima en que la tenía el esposo, empero
cayó aquella Roma en mano de los Césares, y sus mujeres fueron
Mesalinas. Con un César, (marido de todas las mujeres...) debía
necesariamente comenzar el desprecio hacia las mismas. He aquí marcada
la decadencia.
Los bárbaros y el cristianismo hicieron bien en lanzarla de sus lares;
los hijos de los primeros hicieron mal en adoptar su pernicioso
ejemplo. La muerte de Roma dio nacimiento a la edad media. Llega esta
a su vez, y en la mujer se marca su carácter de lucha, de ambigüedad,
de inconsecuencia. La mujer no era en la edad media la Mesalina, era
la dama del caballero, pero la dama cautiva, el ídolo encadenado en su
propio altar y destinado a enmudecer y a aletargarse con el humo de un
incienso embriagador. El feudo de las cien doncellas, el derecho de
pernada, el de vida en el marido para castigo del adulterio, la
consagración forzosa y absoluta de la mujer a los menesteres mecánicos
del hogar, su nulidad en el estado, todo prueba que la invocación
caballeresca de Dios y mi dama era pura vanidad del caballero,
glorificación fútil e ilusoria; pura galantería, no verdadera
estimación.
Llegan pues las edades modernas. Jerusalem y Atenas se unen; el
cristianismo y la filosofía, en fraternal consorcio, llaman a su
puesto a la mujer. No es ya crimen que se instruya; su puesto en el
estado se quiere ya reconocer como legítimo y valioso; se concede que
la madre es la base de la familia, del estado, de la sociedad en
general. Atrás los partidarios de los Atilas, de los Meroveos y de los
Ataulfos: la sociedad consuma su civilización; signo de ello, la
emancipación racional de la mujer: palabra nueva, dogma fecundo. En
vano la falsa galantería se viste con la exterioridad de un servil
afecto, en vano pretende para la dama un trono de amor con tal que
renuncie a su papel cívico, en vano sonríe burlescamente al
contemplarla en lucha con su ignorancia suponiéndola nacida para solo
reinar por la galantería y la hermosura, en vano pretende arredrar con
el desdén a la que como él nació inteligente y que como tal intenta
quebrantar la barrera de las preocupaciones para ilustrarse y pensar y
rivalizar con el hombre en el noble palenque de la ciencia y de los
derechos. La mujer contesta a su sarcasmo con noble empeño y
elevándose en alas del ingenio común a la especie humana, marca con el
dedo como el mejor agente en esa civilización universal que marcha sin
esfuerzo pero inflexible, al pueblo que mejor instruye y hace más
cívica a la mujer. La mujer ha pasado por la esfera de las esclavas y
de las libertas, ha ocupado el trono de las diosas, ese no es su fin,
ese no es su camino, la mujer se eleva más, camina mejor hacia su
estado natural haciéndose ciudadana; he aquí uno de los problemas que
tiene que resolver el siglo XIX.