El festín de los buitres
Viendo el revuelo que han querido darle a la celebración
del aniversario CXXI de fundación de Partido Liberal de Honduras, nos llaman la
atención múltiples comentarios de sus partidarios acerca de todas las “cosas
buenas” que hicieron por nuestro país, y como algunos escritores hasta hablan
de “gloria” para referirse a los hechos de este instituto político, que, a lo
largo del siglo XX, y comienzos del XXI, construyeron, junto con los militares
y los otros reaccionarios, una “troika” infernal de entreguismo sin límites.
Sería absurdo negar muchos momentos en los
que, especialmente durante la primera mitad del siglo anterior, este partido político
aportó una cuota significativa de sacrificio frente a la actitud arrogante de
la dictadura. Tampoco podemos obviar que el tan llevado y traído “liberalismo
social”, moderno en la época de los fundadores del liberalismo hondureño, pero
hoy tan obsoleto como los líderes de esa caduca institución política, era sin
duda una propuesta atrevida a finales del XIX. Sin embargo, ciento veinte años
no solo reflejan el paso del tiempo, sino un cumulo terrible de resultados
amargos para nuestra atrasada sociedad.
Desde la administración de Villeda Morales, en
la que no se podía obviar la presión de la “Alianza para el progreso”, ni los
efectos claros que siguieron a la Huelga Obrera de 1954, el partido cumpleañero
no volvió a mostrar una cara progresista. De hecho, hacia el final de su administración
Villeda mismo se confabula, con la venia de los Estados Unidos, con las Fuerzas
Armadas para evitar el ascenso al poder del líder Modesto Rodas Alvarado. La cúpula
de ese partido siempre fue fundamentalmente reaccionaria, a pesar de una
elevada membrecía que procedía de la izquierda y otros sectores nacionalistas
(de nacionalismo no del partido nacional).
Toda esta es una historia conocida, y no valdría
la pena mencionarla de nuevo si no estuviéramos frente al mismo partido que a
partir de 1980 ha gobernado el país por casi 20 años, con intermitentes
apariciones del otro partido conservador que llega a hacer desastres cada ocho
años. Este patrón se rompió gracias a la recomposición de fuerzas que se da, en
parte por el avance de los movimientos sociales, en parte por el giro político de
la administración de Manuel Zelaya, que sin llegar a plantear cambios
estructurales o amenazar la existencia de los privilegios de la clase
dominante, despertó en el pueblo una visión cierta sobre sus terribles
condiciones de vida, y sobre la posibilidad real de que esto podía cambiarse.
Ante la creciente inquietud de los Estados
Unidos de que pudiera crecer un verdadero proyecto de izquierdas en Honduras,
la clase dominante local se embarca en la aventura que culmina con el golpe de
Estado del 28 de junio del año 2009, guiada por, al menos, la inteligencia
norteamericana y el comando sur. En ese momento, la leyenda democrática y
progresista del partido liberal que podía existir en el imaginario de la gente,
sufre un duro revés, dando lugar a una confusión frente al mito de que “los
liberales nunca participaron el golpes de Estado”. Esta historia tampoco tiene nada de novedoso,
excepto por el hecho de que la coyuntura precipitada por el entreguismo de
muchos que ayer celebraban, dio lugar a un nuevo mapa político en el que este
partido, y el bipartidismo finalmente encuentran su punto de quiebre; aun
frente a la posibilidad de que se fragüe un inmenso fraude en las elecciones
venideras, el bipartidismo ya no tiene vida adicional, solamente es capaz de
provocar una enorme tragedia dentro de la ya convulsa situación hondureña.
Viendo los resultados de los gobiernos
liberales y nacionalistas de los últimos cincuenta años (los militares cogobernaron
con los dirigentes de estos partidos), no encontramos más que sumisión abyecta
frente al poder de los grupos transnacionales, profundización de la miseria del
pueblo, y una dosis intensa y permanente de demagogia, que no produjo ningún
buen recuerdo para las mayorías que se empobrecieron más y más, cada uno de los
diez y ocho mil doscientos cincuenta días que, de una u otra forma, estos políticos
han regido los destinos de la nación.
La pobreza en que estos señores han sumido a
este pequeño y desafortunado país centroamericano es difícil de narrar, menos aún
caracterizar acertadamente mediante sortilegios estadísticos. El daño moral y
material que le han producido a la nación es intangible, mientras las pérdidas
producidas por su mísera visión deben ascender a varios miles de millones de dólares,
lo que está ligado a un atraso descomunal y un subdesarrollo generalizado, que
abarca todas las esferas de la actividad humana. La sumisión ha guiado a toda
la sociedad a ver hacia un horizonte “enano”, que nos condena al tercermundismo
y la miseria intelectual, por esa razón sobresalen mercenarios del pensamiento
que se atreven a auto denominarse “intelectuales”.
La carencia objetiva de un enfoque digno, hizo
que el país alcanzara rápidamente el mayor desarrollo de sus medios de producción,
sin que los mismos se hayan movido apenas en cien años, lo que al final nos dio
un capitalismo a medias, con rasgos feudales en muchos sectores del trabajo,
con pocas posibilidades de sobrevivir al salto hacia el precipicio del
neoliberalismo. La Honduras de los actos “gloriosos” que invocaron en la celebración
están lejos de ser motivo de festejo para nuestro pueblo; por el contrario, una
evaluación rápida nos debe llevar a concluir, que esta gente pretende hoy que
le demos las gracias por lo poco que hicieron en más de cien años, y nos
olvidemos de lo que dejaron de hacer y los crímenes que en nombre de la
democracia cometieron contra el pueblo que los eligió.
Aprendimos que la realidad objetiva existe
fuera de nuestra consciencia; sin embargo, por cuestiones de conveniencia,
estos políticos confunden la realidad con su enfoque subjetivo de la misma,
olvidando que los resultados catastróficos que tenemos frente a nosotros, no
dejan duda de lo que verdaderamente han hecho. Si tuvieran un poco de decencia,
guardarían silencio y esperarían que la ya interminable indulgencia del pueblo
dejara de pedirles cuentas por un siglo de oscuridad, pero no es así, pretenden
seguir cultivando sus privilegios, pasándolos de generación a generación, como
que fueran derechos divinos.
Afortunadamente, el pueblo tiene ahora la
oportunidad de ajustar cuentas con la historia, sepultar toda la ignominia que
encierran esos ciento y pico de años de tragedia, y comenzar a escribir la
historia que nos merecemos. No debemos
dejar de ver el país que tenemos, y recordar cada minuto a quien se lo debemos,
entonces, que guarden el pastel los buitres y saquen la carroña, eso es lo que
les corresponde.
Ricardo Salgado
06/febrero/2012