Solíamos ir a comer los domingos con el Doc

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JOSE LUIS SOLIS OLIVARES

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Nov 13, 2011, 2:35:10 PM11/13/11
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Karma.

Por José Luis Solís

 

Desde mi súbita y precoz adolescencia descubrí que la única forma éticamente válida de robarle libros valiosos a mi padre era un proceso realmente sencillo: tan sólo debía tomar un volumen de su colección de primeras ediciones latinoamericanas y aprovechar que algún literato llegará a la ciudad para que me la dedicara. De esta manera el libro tendría mi nombre en la portada y el dolo intelectual perpetuaría el atraco incólume.

 

Cuando García Marquez visitó la metrópoli tomé la primera edición de “Cien años de soledad” y me dirigí al museo donde daría su charla, en el camino escuché en mi carro “Pequeña serenata diurna” de Silvio Rodriguez y supe que al Doc Solis le rompería el corazón al ultrajar su libro sagrado. Lo anterior me hizo preguntarme qué libro realmente quisiera que me dedicaran, mi ego desde entonces era vasto y sin duda decidí que si Cortazar o Rulfo vivieran hubiera tomado “Rayuela” o “Pedro Páramo”.

 

Aunque para ser realmente sincero, esas eran novelas que había leído originalmente por obligación, al saber que eran clásicos imprescindibles. Hurgué en mi emotividad sin filtros intelectualoides y la imagen del supermayebstrazodeljoséagustín me abordó, en efecto, birlarle a mi jefe “La Tumba” y “De Perfil” sería sublime, además de que el ultraje se convertiría en el mejor homenaje al más iconoclasta de los atizados onderos.

 

Por aquel entonces otro mayebstraso tapatío avecinado en Monterrey, el buen José Eugenio Sánchez, organizó junto a la Dirección de Cultura del Municipio de Guadalupe un encuentro homenaje por los 25 años de publicación de “La Tumba”, algunos escritores decidimos crear un pseudo performance para recibir al Agustín en el aeropuerto. El músico Luis Carlos López “Maico” y un servidor  fuimos personificados de guaruras norteños que lo escoltaríamos durante sus días en la sultana del norte, Pablo Candal dejó su investidura de pintor y se transformó en sacerdote y junto a José Luis Cendejas le entregarían simbólicamente las llaves de la ciudad; al Agustín le cautivó el recibimiento, a tal grado de que nos dijo que jamás le habían dado una recepción tan chingona. Pasadas unas horas, platicábamos en el espacio de nuestro colectivo “La Mano” y bajo el influjo de unos Chivas Reagal (bebida favorita del mayebstro) desenfundé el par de libros que había tomado de casa de mi padre. El Agustín al ver la portada de “La Tumba” reaccionó con su acentito acapulquense chilangozo: 

 

-        ¡No mames! esta versión con la portada mamona que lleva el subtítulo de “Revelaciones de un adolescente” es dificilisisisisima de conseguir master,  ni yo la tengo… ¿A quién se la chingaste?

-        Ya ves, extrañezas que psicoanalistasfreudianosobsesivoscompulsivos coleccionan.

 

Cuando estaba terminando de  firmarla, le reviré con “De perfil”, me miró con una sonrisa de brujo de Catemaco y a la raza que estaba en “La Mano” le profirió.

 

-        El tocayo es un pinche delincuente, no lo inviten a sus casas; alejen a este padrote de primeras ediciones de sus virginales estantes de libros.

 

Cuando todavía no me recuperaba que José Agustín me honrara llamándome tocayo, seriamente y en voz baja me dijo.

 

-        Esta es una de mis favoritas.

-        Coincido master. Gracias a Queta Johnson aprendí a jalármela en serio.

 

Brindamos con el escocés en las rocas, y luego hablamos de cosas realmente trascendentes como la pinche forma tan exquisita en que el Parme García Saldaña combinaba perfectamente a eros y tánatos en su forma de agarrar el pedo.

 

Pasaron algunos años y José Garza organizó desde la Universidad Autónoma de Nuevo León un nuevo homenaje para festejar los 40 años de la publicación de “La Tumba”. Cuando tuve oportunidad de saludar nuevamente al tocayo, le pedí que me hiciera el favor de volver a dedicarme el ejemplar para de esta manera sellar por siempre el esplendido robo del volumen.

 

-        Pinche José Luis, sigo sin tener esta versión.

-        Es el karma, brother, sólo el karma - Le respondí, para posteriormente agregar -Lo importante es que volvamos a hacer el ritual cuando la novelita cumpla el tostón.

 

Me dio un abrazo chingón y junto a David Toscana platicamos de los chismes de vecindad del  Sistema Nacional de Creadores y de las jugosísimas becas Guggenheim; no hubo Chivas ni desmadre, tan sólo una cena oficial y los años que nos estaban alejando cada vez más de la bohemia y que nos hacían añorar con más ganas el mundo hedonístico de Queta Johnson.

 

A mi padre, “El Doc” Solís, siempre le enorgulleció ver que regresaba a casa con alguno de sus libros dedicado, disfrutaba enormemente que le contara la reacción de los escritores ante las primeras ediciones que metódicamente buscaba en recónditos lugares de la ciudad de México,  Buenos Aires, San Antonio o Nueva Orleans. Nuestras charlas siempre concluían cuando el Doc colocaba nuevamente el libro en su biblioteca, y acto seguido recibía un abrazo grande de él, acompañado de una sonrisa donde sin mencionarlo me daba a entender que  algún día ese libro podría ser mío.

 

El Doc falleció hace algunos meses, a la familia nos legó mucho más que una impresionante colección de libros; sin embargo es fecha que sigo sin consumar el atraco para tener “La Tumba” o “De Perfil” en mi biblioteca personal; lo anterior no se debe a rencillas de herencias familiares entre mis hermanos o a otro tipo de calamidades igualmente complicadas. La cuestión del por qué no pude hacerme de los volúmenes es simple y bella. En consenso con mi madre, el Doc decidió antes de morir donar a su amada Universidad Autónoma de Nuevo León su biblioteca literaria y psicoanalítica; de esta ritual manera mi padre terminaría de consolidar su pensamiento liberal humanista, no sólo otorgando novelas insignes de la narrativa mexicana contemporánea a la UANL, sino donando volúmenes tan trascendentales como la primera edición de “Fervor de Buenos Aires” con correcciones a mano del propio Borges y dedicada por el insigne autor argentino al pensador dominicano Pedro Enríquez Ureña. Jamás me atrevería a retirar mis amadas novelas del Agustín de la colección de mi padre. Todo había terminado: “La Tumba” y “De Perfil” ahora eran patrimonio público universitario.

 

En el 2014 “La Tumba” cumplirá 50 años de vida, espero que cuando esto ocurra pueda encontrarme con el ondero universal nuevamente, y ahora sí poder tomarnos unos Chivas. Para esta ocasión tendré que ir al Acervo-Colección Hernán Solís Garza de la Biblioteca Magna Raúl Rangel Frías de la UANL y pedir un permiso especial para que me permitan sacar la novela “La Tumba” con el objetivo de que el autor la dedique por tercera vez. Posteriormente regresaré con mi hija Luz Almudena al acervo universitario, caminaremos en la colección explorando los libros de su abuelo y finalmente colocaremos conjuntamente “La Tumba” en su estante. Sucedido esto me sentaré con ella en el diván donado por mi madre, y le contaré esta anécdota de cómo nunca pude robarle un libro a mi padre.

 

Karma mi Agustín, karma sublime mi Doc, tan sólo dulce karma mi Almudena.

JOSE LUIS SOLIS

 
  

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