Satoshi Nojima regresaría a Japón la mañana siguiente después de un
postdoctorado de unos dos años en los Estados Unidos. Su búsqueda de
una feromona emitida por las cucarachas hembras había sido
infructuosa. Las feromonas son sustancias que atraen al sexo opuesto y
las vuelven más locas que una cabra. He visto aquí en Cayey perras
siendo perseguidas por unos veinte perros con el único propósito de
"hacerles el amor", como se le dice a lo que sabemos que sucede. No
sé si los perros aman aunque mi perrita Shakira se pone muy contenta
cuando me ve. Claro que nuestra relación es estrictamente de
amo-mascota. Por si acaso. Tan poderosa son las feromonas que si
entrevista a los perros y les pregunta de dónde son unos probablemente
le dirán que de Caguas, Cidra o Aibonito. Ya la industria de los
perfumes se ha dado a la tarea de identificar feromonas humanas. Hasta
existe un perfume con ese nombre. ¿Se imagina las consecuencias
sociales si se descubre, aísla y se vende algo así? Quién sabe si
cuando decimos que una persona exuda sexualidad lo que exuda son
feromonas que nos ponen como cucarachas.
El Dr. Nojima ya se había rendido cuando esa noche en el laboratorio
la máquina hizo click. Él había preparado un extracto de una
glándula de cucarachas que produce las feromonas. Debido a que estas
sustancias son producidas en cantidades ínfimas, en el laboratorio
tuvieron que disectar unas 15,000 cucarachas. Conseguirlas no debe
haber sido difícil si consideramos que un apartamento promedio
infectado puede tener hasta 100,000 de ellas. Por supuesto, están
debidamente escondidas. Aclaro que no era cualquier tipo de cucaracha,
sino la alemana, Blattella germánica. Los que hemos vivido en Nueva
York la conocemos muy bien. No son esas grandes que parecen gallinas
que tenemos en Puerto Rico. Usted está en la cocina y no hay
cucarachas. Apaga la luz, prende la luz y están por todos lados.
Agarra el pote de fli, como le llamamos al envase con insecticida, y
mata a todas las que ve. Feliz de haber matado 100 cucarachas se
acuesta sin saber que escondidas quedan 99,900. Cien machos muertos,
porque las
hembras casi no salen de sus escondites.
Nojima había cogido una antena de una cucaracha macho, cucaracho en
adelante, y le había conectado electrodos que a su vez estaban
conectados a un equipo de cromatografía de gas. Este sistema permite
separar unas moléculas de otras y detectarlas en un registro. Click.
Nojima miró y vio el pico en la gráfica. Encontró el oro que
buscaba. Identificó la feromona deseada por los cucarachos. La
llamaron blattellaquinona (Science, 307, 5712, 1029-1031 , 18 de
febrero de 2005).
Tan poderosa es que los cucarachos bailan salsa cuando la detectan. Se
ponen extremadamente "horny" y cucaracha que les pase por el lado a
la que le hacen el amor. La blattellaquinona ya ha sido sintetizada
artificialmente porque es fácil de producir. Ya la industria
anticucarachera se está afilando los dientes por las ventas que se
avecinan. Imagínese un sistema sencillo donde ponen blattellaquinona
en una cajita que también contiene un veneno anticucarachero. El
macho, después de tratar infructuosamente de fornicar con la cajita,
que no dará signos de vida, se impregnará del veneno en las patas y
regresará al nido en busca de la cucaracha en la que descargará su
furia sexual. Allí, después del acto, y cigarrillo en mano, hablará
en la cama con su cucaracha amada sin saber que en unas horas, o tal
vez minutos, ambos morirán. Por lo menos los cadáveres tendrán una
sonrisa de gozo en sus cucaracheros rostros.