Migrar significa cruzar fronteras, encontrarnos con lo desconocido; significa irrumpir en un espacio ocupado por otros, convertirnos en aquel "tercero" tan temido como indeseado. El migrante revela la operación de exclusión que atraviesa la práctica política de los Estados-nación modernos. Pero, ¿Cuál es la relación entre migración, amor y fronteras? A modo de hipótesis de lectura afirmaremos que el pensamiento xenófobo que habilita la existencia de fronteras, muros y leyes anti-inmigración comparte con el amor patriarcal un profundo miedo a la alteridad: el miedo a la "otra", a la "amante", es el mismo miedo al "extranjero" y al "migrante".
La geopolítica especular, como método de aproximación, nos invita a ofrecer una nueva mirada sobre las formas de operación del poder, esto es, a observar desde la re-flexión las trayectorias e implicaciones compartidas por fenómenos aparente -e intencionalmente- inconexos. ¿De qué nos sirve pensar la relación entre amores y fronteras? Por lo pronto, podemos afirmar que imaginar y practicar nuevas formas de amar significa reconocernos incompletos sin la presencia del otro; significa desactivar la idea de alteridad como amenaza; significa, finalmente, dinamitar las fronteras xenófobas, patriarcales y coloniales que hoy nos habitan.