1810: SIGNIFICADO DEL BICENTENARIO (XII).

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Presidente

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Oct 8, 2010, 11:30:19 PM10/8/10
to Grupo "OXIGENO PURO" 2010-2030
Muchas cosas se podrían decir al respecto, les presento la visión de
alguien que ha hecho parte del establecimiento.

"1810: SIGNIFICADO DEL BICENTENARIO (XII). Una mirada al presente y el
futuro de Colombia
José Fernando Ocampo T., Bogotá, septiembre 15 de 2010
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Esta mirada a la historia del bicentenario de la independencia en doce
entregas conduce a una pregunta fundamental: ¿Por qué Colombia sigue
siendo hoy un país subdesarrollado? Y esta pregunta conduce a un
examen del atraso económico de la Nación, al proceso de
´desindustrialización´ progresiva que sufre Colombia, al atraso
inmisericorde del campo, a la pavorosa concentración de la propiedad
agraria, a la ausencia total de una industria de bienes de capital y
alta tecnología, a la persistencia de la pobreza de la población hoy
en un 60%, a los escandalosos niveles de miseria hoy en un 20%. Hace
cincuenta años China era uno de los países más pobres de la tierra,
sin comparación con Colombia y lo mismo India sumida en la hambruna.
Hoy son dos potencias económicas. Hoy compiten con Estados Unidos,
Japón y la Europa desarrollada.
¿Por qué a Colombia no le sirvió la independencia para convertirse en
un país desarrollado y próspero? Pueden darse innumerables respuestas
a este interrogante fundamental. Pero queda clara una cosa. Quienes
han dirigido el país en el siglo XX fracasaron. Ni el Partido
Conservador hasta 1930, ni el Partido Liberal hasta 1945, lograron
sacar el país del atraso. La segunda mitad del siglo XX y lo que va
del siglo XXI, del Frente Nacional en adelante, han experimentado
enormes transformaciones económicas y sociales, pero ninguna ha sido
suficiente para sacar el país del atraso económico. En agricultura el
país no alcanza a alimentar su población. En industria no hay una sola
empresa nacional de bienes avanzados de capital. En comunicaciones
depende del capital internacional. En transporte acabó con el
ferrocarril en lugar de modernizarlo. Sus vías de comunicación—
primarias, secundarias y terciarias—son deplorables. Sus recursos
naturales—petróleo, carbón, minería—entregados al capital extranjero
en condiciones de expropiación. Su banca convertida en el más puro
capital financiero y, parte de ella, en manos de capital
internacionalizado. El país tiene que preguntarse qué es lo que ha
pasado aquí.
Desde 1951, cuando el Banco de Reconstrucción y Fomento—después Banco
Mundial—elaboró el primer plan de desarrollo, el llamado plan Currie,
cada gobierno ha presentado uno cada cuatro años. Sin mucho esfuerzo
intelectual, resulta sencillo el análisis del término “de desarrollo”
para descubrir que no ha significado sino planes de endeudamiento
externo. Antes de 1951, la deuda externa del país no pasó de los
doscientos millones de dólares escasos que condujo a la famosa
moratoria y a la amenaza de invasión por parte de los Tenedores de
Bonos Extranjeros de Estados Unidos y que impuso la presidencia de
Enrique Olaya Herrera, como quedó consignado en la Circular Especial
del Departamento de Comercio de Estados Unidos. Resuelta la moratoria
y pasada la Segunda Guerra mundial, el endeudamiento se dispara en una
forma alarmante. Comienza en la década del cincuenta. Pero es el
Frente Nacional, con el acuerdo bipartidista antidemocrático, durante
el cual el país se alinea en forma irrestricta con Estados Unidos en
su lucha por la hegemonía mundial, lo que dispara el endeudamiento y
la sumisión a los organismos internacionales de crédito en la
orientación de la economía nacional. Para 1985 alcanzaba la suma de 8
mil millones de dólares. En 1990 ascendía a 18 mil millones de
dólares. Veinte años después, llega a la inalcanzable suma de 55 mil
millones de dólares. Con el dólar a mil ochocientos pesos, tal como
está hoy a mediados de 2010, equivale a 100 billones de pesos; pero si
estuviera a dos mil, ascendería a 110 billones de pesos; y si llegara
a tres mil pesos, quedaría en la astronómica suma de 165 billones de
pesos. Estaría en niveles entre el 30% y el 50% del producto interno
bruto del país. Una barbaridad.
La esencia de la economía mundial dominada por diez o doce países,
consiste en garantizar la exportación de capitales y de mercancías
elaboradas desde allí con tres propósitos fundamentales, el de
contrarrestar el bajo rendimiento del capital, el de resolver ese
“sísifo” económico de la superproducción industrial que padecen y el
de aprovechar la mano de obra barata de los países subdesarrollados.
Los organismos internacionales de crédito —llámense Banco Mundial,
Fondo Monetario Internacional, Agencia Internacional del Desarrollo,
Banco Interamericano de Desarrollo— cumplen el papel fundamental de
apretar el cumplimiento de las políticas económicas, sin el
cumplimiento de las cuales los países subdesarrollados se convertirían
en los competidores de los poderosos. Durante la crisis de la década
del 80 del siglo pasado, quedó claro que los países de América Latina
estaban transfiriendo capital, por este proceso, a los países
desarrollados y sufriendo un proceso de pauperización inocultable. Así
se cumple el mito griego de un eterno retorno, los países dominantes
de la economía mundial impulsando un desarrollo económico suficiente
de los países pobres, única forma de poder exprimir las riquezas y el
capital, pero impidiendo por medio de instrumentos económicos y no
económicos su conversión en competidores. Hace un siglo, en momentos
de una transformación de la economía mundial y de la aparición de
nuevas potencias, Lenin denominó ese fenómeno “imperialismo” o la
transformación del colonialismo directo de los siglos anteriores en el
del dominio indirecto basado en el capital financiero, un poder que se
separa cada vez más de la producción y exprime las economías
atrasadas. En Colombia, Estados Unidos lo preparó sistemáticamente por
medio siglo, lo ha disfrutado otro tanto y lo ha aplicado en forma
minuciosa con el apoyo abierto y decidido de la dirigencia política y
económica.
No se entiende cómo este país tiene que importar diez millones de
toneladas de alimentos. El caso del trigo, un alimento esencial para
la vida humana, es de un dramatismo histórico pavoroso. Por la Alianza
para el Progreso de los años sesenta del siglo pasado, Estados Unidos
le impuso a Colombia la importación de sus excedentes de grano.
Argumentaban los gobiernos y los técnicos que el país no podía
producir buen trigo y en condiciones de buena rentabilidad. Se
convirtió en importador neto de trigo. De la sabana de Bogotá, que era
una despensa alimenticia, desapareció el producto en menos de diez
años y fue reemplazado velozmente por cultivos de flores y el país
llegó a ser un gran exportador de adornos florales en lugar de
productor de alimentos. Cuando la extinguida Unión Soviética afrontó
la escasez de trigo a finales de los años ochenta y tuvo que someterse
a las condiciones de su contrincante estratégico—Estados Unidos—para
alimentar su población, las condiciones de precios relativamente
favorables del trigo desaparecieron. Y Colombia ya carecía entonces de
trigo para reemplazar las importaciones. Ha ido pasando igual fenómeno
con otros productos, o porque han desaparecido y hay que importarlos o
porque se han firmado acuerdos de importación en detrimento de los
productores nacionales. Un caso dramático es el arroz. Pero han ido
esfumándose el algodón, el sorgo, la solla, el cacao, el maíz, la
cebada y hasta hemos empezado a importar el mismísimo café. No se diga
nada en caso de que se llegue a aprobar el TLC en el Congreso de
Estados Unidos, con el que se derrumbaría así mismo el resto de la
agricultura, se afectaría la producción de pollos, cerdos, ganado de
carne y casi todo el campo. Es que se está convirtiendo Colombia, un
país agrícola, en un país sin alimentos y sin materias primas
provenientes del campo.
Esto no fue lo que se propusieron los grandes combatientes de la
Independencia. Nos sacudieron del yugo colonial con el propósito de
hacer un país próspero capaz de satisfacer las necesidades de su
población y con niveles de vida adecuados a una vida humana digna. Los
últimos sesenta años de historia nacional—para ponerlo en términos más
concretos—desde el asesinato de Gaitán, nos han dejado en el
subdesarrollo, nos han mantenido en la pobreza, ha aumentado la
dependencia del extranjero en todo tipo de recursos, ha caído el país
en manos del sector financiero improductivo, hemos entregado la
soberanía a pedacitos, la independencia ha quedado despedazada.
Pero no soy pesimista. A todos los grandes imperios les ha llegado su
hora de decadencia y caída. Eso también les pasará a los dominantes de
hoy. Países sumidos en la miseria y la desgracia se han levantado y
han salvado su gente. Si Bolívar y Santander y Nariño y Torres y
tantos combatientes creyeron en el futuro, no cedieron un ápice en sus
principios de soberanía, no negociaron con el enemigo, entregaron todo
por salvar su patria, derrotaron la primera potencia mundial de
entonces, tiene que estar viva la esperanza y tiene que estar firme la
decisión de hacer de Colombia una patria soberana y próspera. El
estudio de la historia no consiste en satisfacer un prurito
intelectualista, sino en aprender de ella para no repetir los fracasos
y proseguir los éxitos. Este ha sido el propósito al escribir estos
doce ensayos sobre el Bicentenario del grito de independencia de
1810."


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