Sábado, 26 de abril, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica
(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
LA LEY SE CUMPLIÓ A SI MISMA EN EL MESÍAS, PARA FIN DEL PECADO:
A su debido tiempo, nuestro Padre Celestial hizo lo que era imposible
posible para bendición y gloria eterna de su Ley viviente, por cuanto
ella misma era débil por la carne humana: Pues a propósito envió a su
unigénito a Israel en semejanza de carne, y a procedencia del pecado
entonces juzgo y condenó todo pecado en su misma carne sacrificada. Es
decir, que nuestro Padre Celestial hizo a Sus Diez Mandamientos santos
y justos carne humana, pero sin el pecado de Adán, para que viviese
como su unigénito su vida santa y mesiánica entre su pueblo escogido,
para vencer la vida pecadora y ofensora de Satanás, para que sólo
gloria y honra reinen continuamente en la vida del hombre.
Y, hoy en día, es nuestra salvación perfecta para cada uno de
nosotros, en nuestros millares, en todos los tiempos y lugares de la
tierra, para poder regresar a nuestras vidas celestiales, «por las
cuales fuimos inicialmente creados en las manos de nuestro Padre
Celestial, en el reino de los cielos». Es decir también que nuestro
Dios convierto a Sus Diez Mandamientos en carne expiatoria, «para que
entonces el Espíritu de su palabra sea sumamente cumplida, honrada y
glorificada en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera» y, por tanto libre infinitamente de Satanás y de su
maldades con sus tinieblas eternas de siempre.
De otro modo, nuestro Padre Celestial no podía cumplir el Espíritu
Bendito de Sus Diez Mandamientos en el paraíso, en donde fueron
quebrantados inicialmente por Adán y Eva, ni menos en la tierra en
donde todo el linaje humano hace lo mismo que sus progenitores día
tras día y hasta siempre, por ejemplo. Es por eso que el Espíritu
Santo descendió del cielo, como en los primeros días de la creación,
para entrar en el vientre virgen de la hija de David, y así a los
nueve meses de embarazo: «darnos la Ley infinita convertida en la
carne y en la sangre del Mesías, para fin del pecado y del ángel de la
muerte».
Y si el Espíritu entro en el vientre virgen de la mujer y a los nueve
meses salio en la carne y en la sangre perfecta para vivir Los Diez
Mandamientos de Dios y de Moisés, «pues bien éste ser viviente y muy
santo es el Hijo de David, ¡el Cristo Celestial!», especialmente
prometido a los patriarcas de Israel. Y nuestro Creador tuvo que hacer
este milagro asombro entre sus hijos e hijas de Israel, «porque era la
única manera posible que un ser santo naciese santo para vivir su vida
consagrada, para cumplir cabalmente Los Diez Mandamientos eternos y
sin quebrantarlos jamás, en todos los días de su vida en Israel y en
la eternidad venidera también, por supuesto».
Aquí vemos que la Ley misma se cumplió a si misma, sin jamás
quebrantarse en ninguno de sus estatutos, «para introducir una vida
tan santa y tan gloriosa jamás vivida por ningún ser del cielo ni de
la tierra, salvo el Hijo de David», el único salvador posible de la
humanidad entera, por los poderes asombrosos de su sangre expiatoria.
De hecho, éste es un milagro que cuando comenzó, pues jamás termino en
el corazón ni en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, comenzando con Israel y con el Hijo de David,
nuestro rey Mesías de todos los tiempos; es decir, «que éste milagro
aún impacta tu misma vida milagrosamente hoy, como en la antigüedad».
Y nuestro Dios lo hace así todo muy bien, hoy en día contigo y con el
resto de la humanidad entera, para que el Espíritu de Sus Diez
Mandamientos santos se cumpla intachablemente, «para bien eterno de
sus hijos e hijas en todas las familias de las naciones». Porque
ningún hombre ni ninguna mujer podía cumplir y honrar cabalmente Sus
Mandamientos, sin jamás ofenderlos en todos los días de su vida, por
causa del pecado original de la carne de Adán y de Eva en sus vidas
normales y de siempre; aquí vemos «como la Ley se convirtió en carne
expiatoria, pero sin la mancha del pecado para siempre».
Por lo tanto, sólo la Ley de Dios podía realmente hacer cumplir su
Espíritu Bendito, como en el reino de los cielos con los ángeles, así
pues también con la humanidad entera de las naciones de toda la
tierra; en otras palabras, «únicamente el Espíritu de la Ley podía
realmente cumplirse y honrarse a si mismo, en cualquier parte y para
siempre». Aquí vemos la gloria de Dios manifestarse, comenzando con
Moisés sobre el Sinaí, para darnos al Mesías, escrito en las piedras
de Los Diez Mandamientos primero, para bien eterno del hombre, como
hoy mismo, con tu vida y la mía: «al recibir no sólo la Ley sin
cumplir como piedras, sino cumplida en la carne y la sangre expiatoria
de Jesucristo».
Además, esto Dios lo hizo milagrosamente con Jesucristo literalmente,
clavado a los árboles cruzados y sin vida de Adán y Eva sobre la cima
de la roca eterna, como quien dice sobre el Sinaí, para que su sangre
bañara su holocausto sagrado continuamente, para expiación de pecados,
«y sólo así entonces ponerle fin al pecado y empezar la nueva vida
eterna». Y, además el fin del pecado tenia que tomar lugar con los
cuerpos sin vida de Adán y Eva, clavados literalmente al cuerpo del
Señor Jesucristo, «porque había sido con ellos y en presencia de
nuestro Dios y de su Espíritu Santo que había empezado primeramente el
pecado de la humanidad en el epicentro del paraíso, cuando rehusaron
comer de Él».
Aquí Adán y Eva pecaron, por vez primera, en contra del Espíritu de
Los Diez Mandamientos de Moisés, para que el espíritu de error y de
maldad del pecado empezara a hacer de las suyas en sus vidas y en el
resto de la humanidad entera en los días por venir, «sólo para ofender
a Dios y a su Jesucristo siempre». Y a partir de entonces fue que
nuestro Padre Celestial verdaderamente empezó su lucha personal, para
que el hombre volviese a honrar y a vivir su Ley santa, «pero sin
ofenderla más delante de su presencia gloriosa y sumamente honrada, y
sólo por la fe, del nombre glorioso de Jesucristo en sus vidas
normales y de siempre».
Y estas son nuevas glorias y honras de santidades infinitas las cuales
salen de nuestros corazones hacia el cielo, como «para tocar y
bendecir el nombre y la vida santa de nuestro Padre Celestial y su
Espíritu Santo con el mismo espíritu de fe, del nombre glorioso de su
Árbol de vida, la Ley viva del paraíso», ¡nuestro Señor Jesucristo! Es
decir, que nuestro Padre Celestial desea hondamente en su corazón
sagrado que su Ley santa viva impecable en el corazón y en la vida
cotidiana de cada hombre, mujer, niño y niña, «sin jamás volver a ser
ofendida», como cuando Adán la ofendió en el paraíso, por vez primera,
o como su genero humano lo hace continuamente en la tierra.
Y nuestro Padre Celestial desea parar, tan pronto como sea posible,
«esta gran maldad hecha con premeditación infame en contra de Los Diez
Sagrados Mandamientos de su vida celestial» del reino de los cielos y
de su nueva vida infinita de La Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo,
por ejemplo. Y, por tanto esto es algo que sólo es posible con el
Señor Jesucristo clavado a nosotros por su misma sangre muy santa y
expiatoria, para ponerle no sólo fin al poder del pecado, «sino
también para volvernos a dar vida y en abundancia para siempre en la
tierra y en el paraíso, por ejemplo».
Porque sin Los Diez Mandamientos cumplidos y cabalmente honrados por
el gran rey Mesías, entonces no hay bendición, ni menos salvación para
nadie en el paraíso, ni mucho menos en la tierra; pero gracias a
nuestro Creador y a su Espíritu Santo «por habernos dado a Jesucristo,
para vivir el Espíritu de la Ley infinitamente honrado en nuestras
vidas de siempre». Porque sin el cumplimiento de la Ley, pues
legalmente era totalmente imposible no sólo ponerle fin al pecado y a
cada una de sus tinieblas terribles, de las cuales comenzaron en el
corazón de Adán y Eva por desobediencia, «sino que también su nueva
vida infinita de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo no
podía empezar jamás».
Y esto era un dolor de cabeza terrible para nuestro Padre Celestial; y
aún lo es hoy en día también, «sino no ve a Jesucristo en el corazón
del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de las naciones de la
tierra», por ejemplo. Porque cuando el Señor Jesucristo no está en el
corazón de sus hijos e hijas de todas las naciones, «pues entonces
esto significa que Sus Ordenanzas no han sido aún honradas ni menos
exaltadas en sus vidas», para gloria de su nombre santísimo; y esto es
pecado para nuestro Creador y para su Espíritu Santo, entonces
evitémoslo desde ya, para no pecar.
Además, nuestro Dios desea ver la tierra llena de la gloria del
Espíritu de Sus Diez Mandamientos honrados y exaltados en los
corazones de sus hijos e hijas de las familias de las naciones; de
otra manera, «su ira se inflama para derramar de sus juicios terribles
sobre la tierra, por culpa de los desobedientes y transgresores de su
voluntad libertadora». De ello, como nuestro Señor Jesucristo sufrió
por nuestras culpas y pecados terriblemente clavado con su sangre
expiatoria a nuestros progenitores del paraíso eterno, así pues
también «nuestro Padre Celestial viene sufriendo a toda hora del día y
de la noche por cada uno de nosotros», desde muchos antes de la
fundación del cielo y de la tierra.
En verdad, este sufrir de nuestro Padre Celestial para con cada uno de
nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra, no cesa en su corazón y en su
Espíritu Santo jamás, «y sólo hasta que finalmente su unigénito esté
instalado propiamente en nuestras vidas, y nuestros labios profesen su
fe salvadora continuamente». Porque de otra manera, nuestro Creador no
es feliz con nadie jamás, y abandona a cualquiera o nación, sea quien
sea la persona del mundo u ángel del cielo; porque «mayor felicidad de
ver a su Jesucristo instalado en su corazón sagrado y así también en
el corazón de sus siervos no hay otra igual, en la tierra ni en la
eternidad».
Entonces sin el Espíritu de la Ley glorificado en la vida de cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando en
Israel, «pues entonces no podría existir una nueva Jerusalén Santa y
Perfecta en el cielo, para que Dios habitase con el hombre feliz y
para siempre, como siempre lo soñó desde la antigüedad y hasta
nuestros días». Y esto es algo que siempre le dolió mucho en el
corazón de nuestro Dios, de su Espíritu Santo y de su unigénito
también, el sólo hecho de pensar de que su nuevo reino sempiterno no
podría empezar jamás, «sin su Ley honrada correctamente por el hombre
y con la sangre de Jesucristo sobre su cuerpo y en su corazón
perpetuo». (Es por eso que tienes que aceptar a Jesucristo en tu
corazón, hoy y sin más ni más excusas; orando, e invocando su nombre
ungido y salvador para ti, sólo con tu fe de siempre delante de su
presencia santa, y mirando al cielo cada vez que puedas, para que lo
encuentres en tu vida, cuanto antes mejor.)
Es decir que «nuestro Padre Celestial ha sufrido mucho por todo lo que
le ha sucedido a Sus Diez Mandamientos santos, desde el día que Adán
se abstuvo de comer y beber de su fruto de vida eterna en el paraíso»,
para mal de su vida y de su género humano en toda su vasta creación y
para siempre. Y, tristemente esto era muerte no sólo para Adán y Eva,
sino también para cada uno de sus descendientes, de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero, y
hasta que toco terriblemente al mismo dador de la vida, nuestro
Salvador Jesucristo, «clavándolo sobre los árboles cruzados de Adán y
Eva, para salvación eterna de muchos».
Porque el Espíritu de la sangre viviente y expiatoria comenzó a
descender del cielo desde los primeros días de génesis (gen. 1:2),
para comenzar a subyugar a cada una de las tinieblas de Satanás.
Tinieblas terribles e inhumanas, de las cuales se manifestarían
rebeldemente en contra de Dios y de su Jesucristo en el corazón del
hombre y de la mujer, para deshonrar continuamente Los Diez
Mandamientos eternos de Dios y de Israel, «y así hacer con sus manos
pecadoras objetos abominables de ídolos tallados y de imágenes
fundidas en metal, para llamarlos equívocamente sus dioses».
Y esto es obra del espíritu de error en la carne de Adán y así también
de cada uno de sus descendientes en todos los lugares de la tierra,
para ofender a Dios y a su Jesucristo siempre, «degradando el Espíritu
de Los Diez Mandamientos sagrados, cada vez que lo puedan hacer así
para maldición y muerte de muchos». Y es así que Satanás ataca a Dios
diariamente con el mismo corazón rebelde del hombre y de la mujer, con
sus ídolos e imágenes terribles y de gran maldad, instalados en sus
corazones ciegos de la verdad de Dios, «en vez de honrar a
Jesucristo», ¡el único cuerpo inmolado de la carne expiatoria del
pecado para cumplir infinitamente la Ley celestial!
Para que de esta manera el Señor Jesucristo no pueda jamás establecer
su reino sempiterno con el hombre y con los ángeles del cielo sobre
toda la tierra para servir a nuestro Padre Celestial, «como debió de
ser así desde el comienzo de las cosas en el más allá, para gloria y
honra eterna de su nombre muy santo». Entonces los ídolos son los que
hacen una barrera de gran maldad entre la vida del hombre en la tierra
y la vida sagrada de nuestro Dios en el cielo, «para que nuestro
Salvador Jesucristo no sea reconocido erróneamente como el Árbol de la
vida no sólo del corazón del hombre, sino de cada nación y de cada
religión de la tierra».
Y ha sido este mal terrible desde la antigüedad y hasta nuestros días,
el cual ha separado a Dios y sus riquezas infinitas del hombre y de la
mujer, «para que no haya una armonía y un enlace de amor y de cariño
verdadero entre todos, para bendición infinita de muchos y en todas
las naciones de todos los tiempos también». Aún así, nuestro Dios no
se da por vencido jamás, porque sigue enviando del Espíritu de la
sangre expiatoria de su Jesucristo, para subyugar a estas terribles
tinieblas de Satanás en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña
de las naciones, para que al fin la tierra sea llena aún mucho más que
antes de su gloria salvadora.
Por ello, gracias a la Los Diez Mandamientos que se volvieron carne y
sangre expiatoria en nuestro rey Mesías, el Hijo de David, por
ejemplo, «por el poder sobrenatural del Espíritu Santo en el vientre
virgen de la mujer, para entonces cumplir con los requisitos de la
verdad y de la justicia infinita de la nueva vida eterna de todos». Y
así vencer al pecado y al ángel de la muerte al fin, para que sólo
pueda existir en los nuevos días venideros nuevas glorias y honras
jamás alcanzadas ni aun por los ángeles fieles, «para que el amor del
hombre llegue a crecer más y más para siempre hacia su Creador y hacia
su Árbol Celestial», ¡nuestro Señor Jesucristo!
Porque siempre fue en el cielo y así también en la tierra, «de que Los
Diez Mandamientos podían cumplirse cabalmente por su mismo Espíritu
Inviolable», dándonos en su día al unigénito, al Cordero de Dios, el
sumo sacerdote celestial, para mediar por siempre entre Dios y el
hombre de la tierra, «y al fin así destruir el pecado para la
eternidad». Y ha sido esta mediación constante de día y noche, y muy
importante a la vez, del Señor Jesucristo ante nuestro Padre
Celestial, «el cual ha hecho terminantemente que abunde el amor, la
justicia y la verdad, para que muchos juicios en contra de la
humanidad entera no caigan sobre toda la tierra, para mal eterno de
muchos inocentes e ilusos».
Es por eso que el Señor Jesucristo es tan importante en nuestros
corazones y en nuestro diario vivir, «para que nuestro Dios siempre
vea al Espíritu de Sus Diez Mandamientos sumamente glorificados y
honrados en nuestras almas infinitas, y así no tengamos ningún
tropiezo jamás con el mal de Satanás», ¡gracias a las múltiples
misericordias y bondades infinitas de nuestro Creador Celestial!
Porque sin en el Señor Jesucristo en nuestras vidas, «entonces Los
Diez Mandamientos jamás hubiesen sido cumplidos cabalmente, y así la
ira de los juicios de Dios hubiese caído uno tras el otro y hasta
terminar con toda vida humana», como sucedió en el mundo de Noé o como
en Sodoma y Gomorra, cuando murieron perdidos sin el don del cielo.
Porque sin el cumplimiento eterno y muy singular de la Ley viviente en
la vida del hombre, «pues entonces era totalmente imposible alcanzar
la llenura de su Espíritu en el corazón, en el espíritu y en el cuerpo
humano de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera», en
esta vida y en la venidera también, para siempre. Es decir, que aún
estuviéramos condenados a morir nuestras muertes eternas en la tierra,
para descender a nuestro lugar perdido, en el mundo de los muertos,
como en el infierno, por ejemplo, «para posteriormente ser lanzados
por los ángeles en el día del juicio final de las cosas al lago de
fuego, para no volver a conocer la vida eterna jamás».
Porque nadie que no cumpla con su Creador y con el Espíritu de su Ley,
«pues no podrá ser redimido de sus pecados, ni menos podrá jamás
heredar la vida del nuevo reino celestial», en la tierra ni mucho
menos en el más allá, para siempre; y, además nuestro Dios no desea
éste mal terrible para nadie, sino sólo el bien. Porque es el mismo
Espíritu de Los Diez Mandamientos, el cual acusa o señala
continuamente al hombre, a la mujer, al niño y a la niña de la
humanidad entera, «como el ofensor a su palabra santa y perfecta»; y,
por lo tanto «cada uno de ellos es un desconocido de Dios y de su
Salvación perfecta, por su pecado original».
Por ello, nuestro Señor Jesucristo fue enviado inicialmente al mundo
por el poder de su Espíritu Santo, como desde los primeros días de la
creación, para subyugar a las tinieblas de Satanás; y, a partir de
entonces «el Espíritu de la gracia y de la sangre expiatoria del
pecado no ha cesado de descender, en la vida de todo ser viviente». Y
esto es poder sobrenatural, un milagro tras otro milagro glorioso,
para nuestro diario vivir en todos los lugares del mundo entero, para
no solamente ser protegidos del mal de Satanás y de su espíritu de
burla en contra de la Ley, «sino primordialmente para que caigan
bendiciones más y más en nuestras vidas y hasta que sobreabunden en
gran medida».
Porque es necesario que el Espíritu de la gracia y de la expiación
perfecta de la sangre del sacrificio asombroso y eterno de Dios toque
nuestras vidas ininterrumpidamente, «antes que nazcamos, mientras
vivimos nuestras vidas normales en la tierra, para posteriormente
entrar a la nueva vida infinita del cielo, pero siempre llenos del
Espíritu del Árbol Celestial», ¡nuestro Salvador Jesucristo! Porque el
Espíritu Salvador de nuestro Señor Jesucristo es la Ley de Dios y de
Moisés eternamente cumplida en toda su verdad y en su justicia
infinita, para que nuestro Creador esté siempre contento con cada uno
de nosotros, «y sólo así podamos ser elevados inmediatamente a la
nueva vida riquísima de La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo,
naturalmente».
Aquí podemos recordar como el Señor Jesucristo dio fe, que él no había
venido a Israel a abolir la Ley, sino a cumplirla; y éste es
precisamente el Espíritu de Los Diez Mandamientos que él mismo nos da
progresivamente en nuestras vidas normales, pero cumplidos; «cumplidos
en su totalidad sobrenatural, para satisfacer conforme con la Ley a
nuestro Dios Celestial». Porque nuestro Dios es un Dios que tiene que
ser satisfecho en su totalidad por el espíritu de la verdad y de la
justicia del Árbol de la vida, «y esto es sólo posible en amar y en
exaltar el Espíritu cumplido y sumamente honrado de Los Diez
Mandamientos en nuestros corazones»; de otro modo, «Dios no es feliz
con nosotros, nunca».
Y si nuestro Dios no es feliz con nosotros, entonces no podemos
esperar de él ninguna de sus ricas bendiciones de milagros, para
llenar nuestras vidas de sus riquezas abismales de toda la vida, por
ejemplo; es decir, también que cuando Dios no es feliz con nosotros,
«es porque el Espíritu de su Ley no es honrado en nuestros corazones
debidamente». Aquí tenemos que poner atención de no ofender a nuestro
Padre Celestial y a su Espíritu Santo, por ejemplo, «para que ninguno
de los frutos de vida y de salud eterna del paraíso, ni ninguno de sus
muchos bienes gloriosos de siempre, jamás nos falte a nosotros, ni a
ninguno de los nuestros tampoco, en toda la tierra».
Pero cuando el Señor Jesucristo vive en nuestros corazones, «entonces
esto significa que estamos viviendo en el Espíritu de Sus Diez
Mandamientos eternos infinitamente cumplidos y honrados en nuestras
vidas, para vivir con él en su paz y con sus riquezas espirituales
sumamente abundantes del cielo y de la tierra», para que jamás
tengamos hambre ni sed de ningún bien eterno. Es por eso que el
Espíritu de la gracia salvadora de la sangre expiatoria para la vida
del hombre no cesa de descender desde cielo, para enriquecer nuestras
vidas, perdonando nuestros pecados, «y dándonos más y más de los
milagros, maravillas y prodigios sobrenaturales de nuestro Dios, para
que su Ley bendita sea glorificada en nuestras vidas aún mucho más que
antes».
Y nuestro Padre Celestial hace estas misericordias por cada uno de
nosotros, de todas las familias de las naciones de la tierra, «porque
nos ama enormemente, así como ama desde siempre a su Hijo amado»,
¡nuestro Señor Jesucristo!; es decir, que nuestro Creador te ama a ti,
igualmente «o con la misma fuerza que ama a su Hijo amado desde
siempre». Consiguientemente, muchos males de nuestras vidas
desaparecerían inmediatamente, como enfermedades y hasta todas clases
de dificultades comunes y hasta las incontrolables; porque muchos de
estos males no sólo son problemas para el hombre por falta del
cumplimiento de la Ley en sus vidas cotidianas, «sino porque no aman a
Jesucristo, como le gustaría a Él, o como sólo Él lo ama».
Porque aquí es cuando el Espíritu de Los Diez Mandamientos de Dios son
cumplidos en nuestras vidas, «cuando amamos fielmente a nuestro Señor
Jesucristo delante de su presencia santa para cumplir con toda verdad,
justicia y santidad en nuestras vidas», lo cual nos hace aptos para
recibir todo lo que deseemos del cielo continuamente. Sólo así es que
tú vivirás por siempre feliz, porque tus problemas y enfermedades
mueren y, por tanto solamente tú sigues viviendo tu vida normal y como
siempre con tu Dios en el cielo feliz también; y si ambos son felices
mutuamente, «ha de ser porque el Espíritu de su Ley cumplido y honrado
por Jesucristo reina continuamente en tu corazón eterno».
Es decir también que con un Dios tan glorioso y con su Árbol de la
vida no sólo establecido en el paraíso sino también en Israel y en
muchas naciones, por el poder sobrenatural del evangelio, «entonces
las gentes pueden comer y beber de su fruto de vida a cada hora del
día, para ser felices junto con Dios en el paraíso». Porque en el
cielo nuestro Padre Celestial y así también su Espíritu Santo son
infinitamente felices con todos sus ángeles fieles, «porque cada uno
de ellos, en sus millares, come y bebe cada día del Árbol de la vida»,
nuestro Señor Jesucristo, para servirle a Él debidamente y fielmente
siempre en sus corazones y en sus espíritus celestes igual.
Por lo tanto, todo es amor y paz en el reino de los cielos entre Dios
y sus millares de ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás
seres santos, muy fieles a Él y a su nombre infinitamente sagrado,
«porque nuestro Señor Jesucristo es la Ley cumplida para todos ellos a
lo largo y a lo ancho de toda la vasta creación». Porque el amor al
Señor Jesucristo, nuestro único Árbol de vida y de salud, no sólo
borra nuestros pecados a toda hora del día, sino que también nos llena
del Espíritu Santo y de su Ley bendita sumamente honrada, «para
despertar nuestras habilidades especiales, las cuales nos confió
nuestro Dios en el día de nuestra creación, en sus manos infinitamente
gloriosas».
Y estas habilidades especiales de Dios están en nuestros espíritus
humanos, para honrar por siempre a nuestro Dios, pero sólo si el
Espíritu de Satanás no reina en nuestros corazones sino sólo el
Espíritu de Los Diez Mandamientos eternos, «únicamente infinitamente
cumplidos por nuestro Señor Jesucristo para gloria y honra de nuestro
Padre Celestial que está en los cielos, por ejemplo». Y nuestro Dios
nos bendice abundantemente nuestras vidas terrenales y celestiales,
porque nuestros corazones le están dando a él, lo que siempre ha
buscado en todos sus seres creados de la antigüedad y de nuestros días
también, «el Espíritu de Sus Diez Mandamientos sumamente honrados y
cumplidos», ¡gracias a la presencia del Señor Jesucristo en nuestras
vidas cotidianas!
Por ello, el hombre y la mujer fueron puestos en la tierra por la mano
de Dios, para que conozcan Sus Diez Mandamientos muy santos y los
cumplan cabalmente día y noche en sus vidas, «pero siempre por el
Espíritu de amor de su fruto de vida eterna», ¡nuestro Señor
Jesucristo! Fue por esta razón que nuestro Padre Celestial llevo de la
mano a Adán por el camino de la verdad y de la justicia, para que
conozca personalmente a su Árbol de la vida, a su unigénito, a su
único gran rey Mesías, nuestro Salvador Jesucristo, «y coma siempre de
Él, para que jamás deshonre su Ley viviente ante su presencia
santísima».
Porque no hay nada que le pueda ofender tanto a nuestro Padre
Celestial que el Espíritu de su Ley santísima no sea honrado con el
Señor Jesucristo, en nuestro diario vivir en la tierra; en otras
palabras, «no es bueno para nuestro Dios vivir un día entero, sin que
el Espíritu de su Ley sea honrada en el corazón del hombre». Porque
sólo con el Señor Jesucristo en el corazón del hombre, «entonces el
pecado muere para no volver a existir», ni menos a afectara nuestras
vidas terriblemente, como en el pasado; por ello, «sólo el Espíritu de
la Ley cumplida y sumamente honrada vivirá en nuestras almas infinitas
para siempre», en el nuevo reino de Dios y de sus ángeles fieles.
Y si el pecado muere en nuestras vidas, y sólo gracias a la sangre
expiatoria del rey Mesías, pues entonces ya no tenemos enemistad con
Dios «sino una amistad continua, la cual jamás tendrá fin en nuestro
diario vivir en la tierra y así también en nuestra nueva vida infinita
de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo». Y esto es ya, de
vivir en el Espíritu de la perfecta gloria de Los Diez Mandamientos
sumamente honrados y cumplidos en nuestras vidas, «gracias a la vida
mesiánica y glorificada del Hijo de David, nuestro único Salvador
posible del paraíso y de toda la tierra y aún más allá de nuestra
nueva vida infinita también», ¡nuestro Señor Jesucristo!
Porque el Espíritu de Los Diez Mandamientos se habrá cumplido a si
mismo, en nuestros corazones y en nuestras vidas de cada día, «gracias
a nuestra confesión constante, mediante la oración de fe, del nombre
salvador de nuestras vidas, nuestro Señor Jesucristo», ante nuestro
Padre Celestial y ante su Espíritu Santo que están en los cielos,
siempre esperando pacientemente por nosotros. Y nuestro Dios siempre
espera pacientemente por nosotros, como desde la antigüedad, para que
hagamos lo correcto con su unigénito, para que entonces sin que le
pidamos nada, «pues nos dé, cómo algo muy normal, de todo lo que
necesitemos cotidianamente»; porque nuestro Dios nos ama profundamente
en su corazón santísimo, «tal como a su mismo Jesucristo de toda la
vida».
Es decir que nuestro Dios nos quiere dar de todo y en cada día de
nuestras vidas terrenales, pero si ve a su Ley sumamente honrada en
nuestras vidas, es decir, «si tan sólo ve a nuestro Señor Jesucristo
vivo en nosotros y no muerto» (como en el olvido eterno de los ídolos
de Satanás, por ejemplo). Es decir también que nuestro Dios ha enviado
a su Hijo amado al mundo por el poder de su Espíritu y al hombre
también con su esposa y con su linaje humano, para unirse, ligarse,
fusionarse con el Espíritu de su Ley, y así vivirla en su Espíritu
Inviolable, para no sólo honrarlo continuamente, «sino también para
exaltarlo en la eternidad».
Porque eso es lo que nuestro Padre Celestial anhela ver día y noche en
nuestro diario vivir por toda la tierra, que el Espíritu de Sus Diez
Mandamientos sea honrado cabalmente en nuestras vidas cotidianas, es
decir, «ver a Jesucristo reinar en nuestros corazones eternos sin
cesar jamás, para gloria y honra infinita de su nombre muy santo, para
siempre». Por ello, todos al fin viviremos llenos del Espíritu de la
Ley cumplido y honrado en nuestros corazones y en nuestras nuevas
vidas eternas del nuevo reino celestial de ángeles y de la humanidad
entera, «gracias al amor de nuestro Dios por nosotros, para jamás
volvernos a alejar del Árbol de la vida», por razones de las mentiras
de nadie.
Porque nuestro Dios le ha puesto fin al pecado y a la muerte también,
sólo en nuestro Señor Jesucristo, como nuestro único y suficiente
Salvador de nuestras almas infinitas; y las gentes deberían conocer
esta verdad celestial en sus corazones, «para que el ángel de la
muerte se vaya, y el ángel de las bendiciones se quede en sus vidas».
Porque «nuestro Dios sólo desea bendiciones y vida eterna en nuestras
vidas presentes», pero Satanás sólo desea maldad y destrucción eterna
de nuestras vidas en la tierra y en el más allá también, como en el
mundo de las almas perdidas o como en el lago de fuego, por ejemplo,
la muerte de la muerte de todas las cosas condenadas.
Como les sucedió a Adán y a Eva en el paraíso, por ejemplo, y así
también a Israel; como cuando crucificaron al Señor Jesucristo sobre
los árboles cruzados de Adán y Eva para consumación del sacrifico
asombroso, el cual se hablaría de él día y noche para millares de
generaciones sin fin, en la tierra y en la nueva eternidad celestial.
Ciertamente que esto le sucedió a Israel, cuando en si, no mucho
tiempo de haber crucificado al Hijo de David sobre los árboles
cruzados y sin vida de Adán y Eva, y toda la carne humana muerta y con
su espíritu apagado, ¡la sangre expiatoria del Señor Jesucristo a
tiempo los cubrió del pecado, para volverles a dar vida a todos!
Más adelante, Israel salio de sus tierras, como cuando salio de Egipto
por la noche y en apuros, llevados por las manos de Dios por los
caminos de las tinieblas (pero protegidos), para dar fiel testimonio
de esta gran verdad salvadora a las naciones, cuando todo lo vivido y
visto por ellos del Mesías, pues aún estaba fresco en sus vidas. Así
pues, Dios uso a Israel para hacer saber de las grandezas infinitas de
su Ley y de su unigénito manifestadas no sólo a ellos sino a la
humanidad entera, «para que todos las conozcan de pies a cabeza como
hoy en día con su evangelio eterno, por todos lados de la tierra, para
perdón de pecados, sanidad y salvación eterna».
Porque señales les siguen a todos los que creen en el Señor Jesucristo
en sus corazones, como su único y suficiente Salvador de sus vidas, en
esta vida y en la venidera; es decir, «que las enfermedades se van y
así muchos problemas y hasta el ángel de la muerte también, cuando
Jesucristo es honrado en el corazón del hombre». Y Dios hizo esto con
sus millares de hombres, mujeres, niños y niñas de Israel, de los
cuales salieron de sus hogares por diferentes caminos sombríos, «para
anunciar personalmente a las naciones las buenas nuevas de perdón y de
salvación, por el milagro de tan sólo creer en el corazón y así
confesar el nombre ungido de nuestro Salvador Jesucristo».
Al fin y al cabo, Dios hizo que Israel le obedeciese y predicase el
Espíritu de la carne y de la sangre expiatoria del sacrificio eterno
del Hijo de David, para cumplimiento de la Ley, y para perdón eterno
del pecado de la humanidad entera en todos los tiempos de la vida de
la tierra. Y esto es gloria sin igual para nuestro Padre Celestial,
para su Espíritu Santo y para su Árbol de vida eterna, ¡nuestro
Cordero Inmolado, para bendición en nuestras vidas y para salvación
perfecta de nuestras almas infinitas!
Prácticamente Israel dejo de ser la nación gloriosa de la antigüedad
en sus tierras escogidas por Dios, llena de testimonios y de milagros
asombrosos, para que en los últimos días no sólo vuelva a ser nación,
«sino que esta vez reciba al Hijo de David en su vida normal, como
Dios manda, para jamás volverse a alejar de él, para siempre». Además,
Dios mismo uso a todas las familias de Israel para que salgan de sus
tierras a vivir literalmente sus nuevas vidas encontradas en el
sacrificio asombroso del Hijo de David, «para que las demás naciones
del mundo entero conozcan esta gran verdad sólida en sus corazones, y
así dejen de sufrir y de morir en sus males eternos de siempre».
Y sólo ellas mismas se salven de sus pecados y de sus males eternos,
al creer en los poderes sobrenaturales del Hijo de Dios, nuestro Señor
Jesucristo; «entonces milagros y maravillas gloriosas de sanidad y de
salvación se llevaron los israelíes a las naciones, para que el
evangelio se predique a todos y sin fin jamás, como en nuestros días
incuestionablemente». Francamente, fueron los israelitas y los judíos,
históricamente hablando, los que primeramente predicaron con poder al
Cordero crucificado, clavado a los árboles cruzados de Adán y Eva,
porque lo vieron todo, «para recibir la sangre expiatoria de la Ley, y
así librarse de sus pecados, recibiendo al mismo tiempo la vida del
paraíso una vez más, y esta vez para siempre».
Y cuando los hebreos predicaban al Señor Jesucristo, por donde sea que
eran llevados por el Espíritu Santo, entonces los mismos milagros y
maravillas que habían visto cumplirse con el Señor Jesucristo cada vez
que hablaba de Dios y de sus Mandamientos, pues sobrevenían con ellos
también, es decir, «que los gentiles eran sanados de sus males y
redimidos para Dios». Realmente fueron los israelitas con los judíos
que recibieron del SEÑOR sobre el Sinaí Los Diez Mandamientos para que
posteriormente en ellos, al no poder con ella con su carne y con su
espíritu humano, por ejemplo, «pues entonces el Espíritu de la Ley
entre en una de sus vírgenes, para darnos la carne que si podía
cumplir la Ley religiosamente».
Y fue precisamente en una de las hijas de David, en la cual el
Espíritu de la Ley entro para permanecer en su vientre virgen por
nueve meses, «y así darles la carne y, además la sangre expiatoria que
si podía cumplir la Ley y, juntamente expiar por sus pecados, para
entrar felices al fin a La Nueva Jerusalén Celestial». Porque sólo el
Hijo de David es la única y verdadera puerta no sólo del paraíso sino
también del nuevo reino celestial, como La Nueva Jerusalén Eterna del
más allá, «para que Adán regrese a su lugar divino y así también cada
uno de sus descendientes, en sus millares, de todas las familias,
naciones, pueblos, linajes y reinos de la tierra».
Así pues, como sólo el Señor Jesucristo es el Árbol de la vida eterna
y única entrada de Adán para el paraíso y para el reino de los cielos,
así también para Israel; en otras palabras, «sólo el Señor Jesucristo
es la puerta, el camino, la verdad y la vida, para entrar a la
presencia de Dios en el cielo». Porque fue el Señor Jesucristo quien
fue crucificado y muerto en las afueras de Jerusalén, en Israel, para
que todo aquel que desee entrar a la nueva vida eterna y conocer cara
a cara a nuestro Creador, «pues entonces sólo pase por él, para que
entre a La Nueva Jerusalén Celestial y así el deseo de su corazón sea
cumplido con justicia».
Y así también sólo el Señor Jesucristo pude ser la puerta de entrada
al cielo no sólo de cada nación, como en las afueras de Jerusalén o
del paraíso, sino de cada religión y de cada familia, «para que por
fin entren juntos a la nueva vida de Dios y de su Jesucristo en el
nuevo reino sempiterno de las naciones eternas». Y, además de todos
los seres vivientes que han descendido del cielo y, por tanto el único
que podía cumplir cada palabra, cada letra y cada significado de cada
tilde de la Ley por ti hoy, como en la antigüedad, «es Jesucristo
crucificado a la puerta de Jerusalén»; pues acéptalo tal cual, «para
que entres a tu vida saludable, libre de Satán».
Por ello, el Señor Jesucristo vivía y caminaba por todo Israel, «como
el Espíritu y la carne perfecta de Los Diez Mandamientos no sólo para
cumplirlos y honrarlos, sino también para sanar y para levantar de los
muertos a los que creen en él», como su único y suficiente Salvador de
sus vidas; entonces Jesucristo es para ti hoy, pues recíbelo. Porque
las gentes sufren males y mueren diariamente por razones del Espíritu
de la Ley, el cual fue violado no sólo por Adán, sino también por la
humanidad entera, desde sus primeros pasos de vida; y nuestro Señor
Jesucristo viene cada día a nosotros, «para cambiar este gran mal
constante en nuestras vidas, con la ley expiatoria de su sangre
asombrosa».
Sin demora, después de haber vivido y cumplido con el Espíritu de la
Ley, entonces el Señor Jesucristo les dijo a sus discípulos: Todo lo
que yo hago, ustedes también lo pueden hacer, si tan sólo creen en sus
corazones y así confiesan con sus labios la verdad y el nombre
glorioso de mi Padre que está en los cielos. Porque todo aquel que
invocare el nombre del SEÑOR en los últimos días, infaliblemente será
salvo; porque los que invocan su nombre santísimo y salvador,
«entonces sus nombres son escritos en el acto de fe y de oración, en
el libro de la vida eterna del Cordero de Dios», ¡nuestro Señor
Jesucristo!, para jamás ver la muerte sino exclusivamente la vida
eterna.
Pero para que esto sucediese en la vida de cada hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera, entonces el Árbol de Dios tenia que
descender a nosotros «como carne sumamente santa, para ser el
unigénito, el Cordero Escogido, el sumo sacerdote (el mediador fiel
entre Dios y el hombre)», sentado a la diestra de nuestro Creador en
el cielo. Y sólo así nuestro Padre Celestial podía hacer que cada
ordenanza de Sus Diez Mandamientos eternos sea cumplida e
infinitamente honrada no sólo en la vida gloriosa de su Hijo amado,
nuestro Árbol de la vida, «sino también en cada uno de los hijos e
hijas de Dios de todas las familias de las naciones de la tierra, como
hoy contigo».
Porque sólo así nuestro Creador puede literalmente formar un remanente
fiel a él y a su nombre bendito en su unigénito en cada generación de
las naciones, para establecer su reino sempiterno, el cual no tendrá
fin jamás, «porque existirá por siempre lleno del Espíritu de la
verdad y de la justicia infinitamente cumplida en el Mesías de Los
Diez Mandamientos, ¡Jesucristo!». Es por eso que muy bien puedes creer
en tu corazón y así confesar con tus labios, que nuestro Padre
Celestial le ha puesto fin al pecado y al ángel de la muerte en tu
vida, y sólo por amor único a tu mismo Árbol de vida eterna del
paraíso y de la tierra», ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Y esto es gracias a la obra asombrosa de su Cordero Escogido, clavado
infinitamente con su sangre expiatoria de los pecados del mundo entero
a los árboles cruzados de Adán y Eva sobre la cima de la roca eterna,
en las afueras de Jerusalén, en Israel, «para que entres desde ya a tu
verdadera vida», ¡La Nueva Jerusalén Colosal del cielo! Porque sólo el
Señor Jesucristo es la puerta, el camino, la verdad y la vida, para
entrar desde ya a la nueva vida de La Nueva Jerusalén Prometida del
cielo a los antiguos, «para servirle a su Dios y Fundador de sus
vidas, únicamente en el espíritu y en la verdad infinita de su Árbol
de la vida», ¡nuestro Señor Jesucristo!
Muy pronto, los días vienen cuando cada tiniebla de Satanás y de sus
ángeles caídos no sólo dejaran de ser en el corazón y en la vida de la
humanidad entera, sino que también la tierra será libre de ellas
infinitamente; y esto es «infinitamente poder sobrenatural del
Espíritu de Los Diez Mandamientos obrando vida y salud cada día para
todos». Porque sólo éste Espíritu divino cumplió y honrado únicamente
en Jesucristo podrá realmente hacer que Satanás y sus pecados de
ídolos e imágenes fundidas de mental desaparezcan del mundo entero por
completo, «para hacer al hombre infinitamente al fin libre para el
servicio honroso de su Dios y único Fundador de su nueva vida eterna»;
y esto es gloria inmortal presentemente.
Es decir, que cada vez se acerca más y más el día cuando ninguna
tiniebla podrá permanecer ni un sólo momento más en la tierra, «por la
presencia gloriosa y permanente del Espíritu de Los Diez Mandamientos
infinitamente cumplidos y sumamente honrados a toda hora del día, en
la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra». Y tú
mismo, mi estimado hermano y mi estimada hermana, tienes que estar
presente en éste día glorioso para Dios, como hoy mismo, para ti y
para los tuyos, e incluyendo a tus amistades de toda la vida, también,
« para que tu alma se goce infinitamente en tu SEÑOR», ¡gracias al
Espíritu de la Ley cumplido infinitamente en Jesucristo!
Pues entonces el pecado habrá desaparecido enteramente con Satanás y
con sus malvados de siempre en el infierno, para no volver hacer que
el pecado nazca otra vez y perdure para hacerle daño a nadie nunca
más; pues finalmente la vida misma será libre de Satanás, «para ahora
gozar continuamente sólo los frutos del Árbol de la vida», ¡nuestro
Salvador Jesucristo! Y esto seria la llegada del primer día del nuevo
paraíso terrenal, para que entonces nuestro Padre Celestial pueda
descender del cielo, como en la antigüedad con Israel, libremente y
sin la preocupación del pecado, para socializar y, a la vez vivir con
el hombre y los suyos, tal como siempre lo deseo hacer así, desde la
fundación de las cosas.
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre Celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.
CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.
QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.
SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.
SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.
OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.
NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.
DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y deshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Disponte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.
http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20///
http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx
http://radioalerta.com